Hostias con performance

Hay un tipo que se llama Abel Azcona. Es artista, al parecer. Su última performance –todo el mundo sabe lo que quiere decir la palabra, ¿no?– ha consistido en poner 242 hostias consagradas en el Ayuntamiento de Pamplona (Bildu) formando la palabra pederastia. Según él mismo dijo, las había conseguido haciéndose pasar por un devoto de la comunión en misas (242 comuniones, que ya es paciencia): “Me daban la hostia y yo me la guardaba”.

Ah, el arte. Tal vez era esto, no sé; no voy a ser yo quien ponga en duda el de Abel Azcona. Tuvo –él mismo lo dijo en una excelente entrevista que le hicieron en Jot Down– una dura infancia, abandonado por una madre prostituta y drogadicta (aunque, en realidad, tampoco está claro cuándo quiere mentir y cuándo decir la verdad) y con intentos de suicidio. Pero hay algo que sí le respeto: a diferencia de otros supuestos “artistas”, no le ha dado sólo por el Catoliscismo, que es lo fácil: hace dos años se comió –literalmente– un Corán, en una performance (otra vez la palabra) titulada precisamente así, en inglés: Eating a Koran. Por supuesto, no tardaron en llegarle las amenazas y hasta puede que acabe como Salman Rushdie, pendiente de una puta fatwa que les proporcione no sé cuántas vírgenes a sus asesinos.

Al menos, Abel –artista o no–, se la ha jugado. Pero no cabe decir lo mismo de los valientes proetarras del Ayuntamiento de Pamplona (nada menos que Pamplona). Ellos no se juegan nada con la exposición de las hostias. Saben que la Iglesia no les va ni a excomulgar y que juegan con ventaja, como hacía ETA con el tiro en la nuca –ni un solo patriota inmolado–; y con la excusa del “ahora puedo, porque he ganado unas elecciones” (mentira: están ahí por los pactos). ¿Harían lo mismo, estos perlas, con las viñetas de Charlie Hebdo sobre Mahoma? ¿Harían lo mismo con una exposición antitaurina contra los Sanfermines? A ver, figuras. Valientes. Genios.

 

 

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¿Hay justicia?

Caso 1. La candidata del PP a la Alcaldía de Madrid, Esperanza Aguirre, será juzgada por una “falta” –y no “delito”– de desobediencia a la autoridad tras su incidente de tráfico. Bien. En diciembre de 1999, el Tribunal Supremo absolvió a Javier Barrero, diputado del PSOE, del delito de desobediencia: se negó a realizar una prueba de alcoholemia al ser requerido para ello por la Guardia Civil. En realidad, le absolvió de dos cosas: de conducir ebrio y de desobedecer. Curiosamente, Barrero era presidente de la Comisión de Justicia e Interior del Congreso que, solo unos años antes –con Belloch de biministro de ambas áreas, ¿recuerdan?– aprobó la Ley Orgánica 10/1995, de 23 de noviembre, del Código Penal. Es decir, uno de sus impulsores. Y ¿qué decía aquella ley en su Art. 382. Esto: “El conductor que, requerido por un agente de la autoridad, se negare a someterse a las pruebas legalmente establecidas para la comprobación de las tasas de alcoholemia y la presencia de las drogas tóxicas, estupefacientes y sustancias psicotrópicas a que se refieren los artículos anteriores, será castigado con la penas de prisión de seis meses a un año y privación del derecho a conducir vehículos a motor y ciclomotores por tiempo superior a uno y hasta cuatro años”. La misma redacción se mantiene hoy día, tras las sucesivas reformas. Por supuesto, aquella absolución tuvo consecuencias –tal vez por el trabajo del abogado–, pero es la excepción a la regla: prueben a desobedecer ustedes.

Caso 2. La Audiencia Provincial de Madrid considera que no hay engaño (estafa) en venderle libros a una anciana de 85 años casi ciega. Se trata, según los magistrados, de una política comercial agresiva. Y tanto: además de los libros –algunos tan interesantes para ella como Biblioteca infantil–, se aseguraron de que comprase nintendos, minibikes, dos sillones de relax, tres placas de cocina, un set de desayuno, un ordenador portátil, un aspirador, relojes, una central de planchado, dos cristalerías, dos cuberterías o una vajilla… total, 85.000 euros en siete meses. Bien. Pero ahora viene lo más alucinante: los propios jueces admiten que Flavia –así se llama la anciana– “presentaba un déficit cognitivo” en la época de los hechos. De hecho, ahora está internada y bajo atención médica.

Caso 3. El fiscal anticorrupción Alejandro Luzón ha pedido fianzas a determinados beneficiarios de las famosas tarjetas black de Cajamadrid/Bankia. Dejó sin esa petición, sin embargo, a unos cuantos personajes. Por ejemplo, estos cuatro: Rodolfo Benito, Juan José Azcona, Guillermo Marcos Guerrero y Gonzalo Martín Pascual. Al parecer, “los cuatro dieron explicaciones que convencieron, por el momento, al fiscal Luzón de que habían gastado en concepto de representación”. Bien. Consulten la lista de gastos persona a persona y año tras año y verán algunos curiosos gastos de representación: Rodolfo Benito, consejero a propuesta de CC.OO, por ejemplo, se gastó 2.747,55 euros en comidas en sábados, domingos y festivos. Y eso solo en 16 meses, entre 2009 y 2010. Hombre, sí que podrían colar los 14.343 euros que, en cinco años, le costó vestirse en la madrileña sastrería Yusti; pero lo otro… Luego lo echaron del sindicato, claro.

Pero tampoco su colega Gonzalo Marín Pascual, consejero por UGT –otro ejemplo–, le fue muy a la zaga, no: se pulió 3.037 euros por lo mismo en un año, entre marzo de 2009 y el mismo mes de 2010. No perdonó comidas de 150 euros ni en el Puente de la Constitución. Tras sacar pecho por los trabajadores el 1 de mayo de 2009, y tras la dureza de la manifestación, se fue a relajar a Segovia: cenita en La Codorniz (86 euros) y noche en el Parador Nacional (242,08). También lo echaron del sindicato, claro: el año pasado.

Tranquilos: ahí estará finalmente el juez Andreu para poner las cosas en su sitio, como ya hizo el pasado mes con otros cuantos de estos personajes. Ah, la prescripción, la prescripción… ¿A ustedes les prescriben las deudas con los bancos, por ejemplo?

Caso 4. El Ayuntamiento de Madrid tiene un equipo de vigilantes de circulación expresamente dedicado a llevarse coches con la grúa. Eso, al menos, acaba de denunciar un sindicato propio. Rescatar el coche cuesta, en Madrid, un mínimo de 147,55 euros (de grúa) más 1,85 por hora de parking –nadie lo rescata de inmediato: no da tiempo– más el coste de la multa, en torno a 150 euros por estar mal aparcado. En suma, más de 300 euros por haber dejado el coche en una esquina, por ejemplo. La mitad del salario mínimo interprofesional, ahora de 648,60 euros. Yo –yo, nadie me lo ha contado– he visto a la grúa llevarse vehículos en calles cerradas, de esas que se llaman culo de saco. Es imposible que obstaculizasen circulación alguna: ni de coches, ni de peatones, ni de animales. Pero lo hicieron, de tres en tres. Los agentes debieron considerar que, como la calle tenía forma cuadrada, nada les impedía levantar los vehículos situados en las esquinas. Acojona, ¿eh? ¿Que se puede reclamar? Sí, seguro: hágalo. Siempre que tenga dinero para las tasas, tiempo hasta para a llegar al Contencioso… y otro coche, claro, para poder seguir trabajando. Reclame: no ganará jamás. Pero, si por casualidad lo hace –imagínese, incluso en el Supremo–, tranquilo: no creará jurisprudencia.

Caso 5. Este pónganlo ustedes, por favor. Yo no terminaría nunca.

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Una cuestión de desprecio

Manuel Romero fue un director que tuve en la revista Panorama. Hijo de emigrantes extremeños en Alemania, le tocó vivir desde aquí –pero con la misma intensidad que si estuviera en Berlín, por cómo le impactó y la alegría que le produjo– la caída del muro. Antes del fin de ese apartheid había estado en otro, el de Suráfrica. Un país precioso, me dijo. Y algo más: “Al llegar al aeropuerto de Ciudad del Cabo vi que había servicios para negros y servicios para blancos. Los japoneses entraban en los de los blancos, pero los coreanos iban al de los negros. Unos eran ricos inversores y los otros, pobres marineros: el racismo siempre es económico”.

Por supuesto, Manolo. Y lleva un desprecio aparejado. Para los independentistas catalanes –digámoslo de una vez– la cuestión de ser no es si España les roba o les deja de robar. Eso es solo parte de su estrategia. El problema es lo que jamás van a reconocer, ni siquiera consigo mismos, y es el desprecio que sienten por el resto de los españoles. ¿Por qué? Fundamentalmente, por pobres: Cataluña “es más rica”; pero también porque nos consideran inferiores: “Hasta vuestro humor nos parece zafio. No tiene nada que ver con nosotros”, me dijo un día un compañero de profesión, fotógrafo catalán. Para él, “nosotros” éramos Paco Martínez Soria (un respeto) o Pepe da Rosa (otro respeto). Y, por supuesto, humoristas como Mary Santpere o Saza, catalanes ambos, no entraban en la categoría “de los suyos”.  Eso, claro, lo reservaba para artistas supuestamente profundos, y no zafios: La Trinca, Tricicle… o el genio Pepe Rubianes (aquel gallego que se cagaba en España, ¿recuerdan?), a quien Dios tenga en su gloria.

Los independentistas catalanes –no los catalanes que no lo son, porque estos sí que nos ven como iguales: por eso no son independentistas– desprecian al resto de los españoles. Se creen más civilizados. Más europeos. No llevan boina (bueno, los vacos tampoco, ¿eh?), no pegan a las mujeres, no procesionan santos, no matan toros… Y son –o lo han sido todo este tiempo, sobre todo desde que España trajo la patata desde América; antes tenían que sobrevivir del trigo castellano– más ricos.

¿La historia? La de verdad –no la del engendro ése que dice que Colón era catalán–, simplemente han dejado de considerarla. Por eso, a una pregunta de un periodista cuando la última Diada, un barcelonés, que iba con su hijo pequeño sobre los hombros, le respondió sin más (aunque con Mas): “Nos vamos de España porque queremos. Punto”. 

Todo esto produce indignación, nervios y aburrimiento; pero sobre todo una profunda tristeza.

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El “tigre” desmemoriado

 

Hablamos, claro, de José Ángel Fernández Villa, el todopoderoso exlíder del SOMA-UGT, amén de exdiputado autonómico y exsenador por el PSOE. El Tigre, para los mineros asturianos. El que todo lo manejaba en el Principado de Asturias, el que nombraba presidentes de la Caja de Ahorros (Cajastur) o daba el visto bueno a los mismísimos candidatos al Gobierno autonómico.

Como saben, hace unos meses se supo que se había acogido a la amnistía fiscal para regularizar casi millón y medio de euros (ver interviú del 20 de octubre pasado). Por supuesto, siempre podría decir que son los ahorros de toda su vida –como el electricista del Códice Calixtino–, algo francamente lógico en un minero, ¿no? Pero ni siquiera eso: no ha abierto la boca, argumentando mala salud: no recuerda nada, se le ha ido la memoria.  su esposa, que sí acudió a la comisión parlamentaria que investiga el escándalo (él ni se presentó), tampoco: no contestó ni a preguntas de los suyos.

 

Y digo de los suyos por el sectarismo de la clase política española: los votantes/militantes del PP miran para otro lado con Bárcenas, los de CiU lo mismo con el caso Pujol, los de IU con los pisos y los cursos de la familia de Tania Sánchez… Pero, con todo, en cuestión de sectarismo el PSOE suele ir en cabeza. Hace unos años, el alcalde comunista de Puerto Real (Cádiz), Pepe Barroso, me lo dejó muy claro en una entrevista: “¿Que a mi pueblo le viene bien que gobierne la izquierda en Andalucía? Ni mucho menos. Si yo fuera del PSOE, por supuesto que sí; pero no lo soy, y por tanto me tiene como su enemigo. Los socialistas son una secta: si no eres de los suyos, nada”.

Yo lo sabía muy bien porque viví cuatro años en Huelva (1983-1987), en plena época de euforia por los diez millones de votos de Felipe González el año anterior. En cuanto el PSOE copó las instituciones, todo fue colocar amigos, repartir subvenciones y, en fin,  apoyar a los nuestros. Hubo hasta un senador socialista, Genaro García Arreciado, que montó un periódico –La Noticia, con dinero público, claro– para intentar hundir a la competencia, que era entonces Huelva Información, el diario financiado por los empresarios (con su dinero), con el asturiano Nicolás González al frente, en el que yo trabajaba.

De ese sectarismo saben bien en el Principado de Asturias –curiosamente, junto con la andaluza la única comunidad en que gobierna el PSOE–. O eres de lo nuestros” o eres nuestro enemigo. Y más si eres villista: a Xuan Cándano, periodista de TVE en esa comunidad y director de la excelente revista Atlántica XXII, intentaron reventarle sus propios compañeros de trabajo de UGT: le acusaron de tener una pequeña productora que había montado… ¡25 años atrás! y que ni siquiera tenía actividad desde hacía casi veinte. Todo siguiendo órdenes del todopoderoso Fernández-Villa, claro, a quien Cándano –nada sospechoso de ser de derechas, precisamente– había puesto en evidencia muchas veces (y lo sigue haciendo) con rigurosas informaciones. El Tigre, con sus maniobras, logró que le suspendieran veinte días de empleo y sueldo, pensando en que así le pararían los pies; pero Cándano no es la marioneta de nadie: les plantó cara y, como no podría ser de otra manera, logró que el juez levantara la sanción.

Aquellos ataques, claro, los villistas los sufragaron con dinero público, como siempre. O de los currantes, como el que ha estado cobrando José Antonio Postigo (un villista más villista que Villa) del Montepío minero que presidió hasta el año pasado. Postigo –bonito chalé el que tiene en Valladolid junto al constructor de la obra estrella del Montepío, el geriátrico de La Felechosa, 30 millones de euros– también fue llamado a declarar en la Comisión de Investigación del Parlamento autonómico. Y tampoco abrió la boca… salvo para insultar a Cándano: “¿Has echado un polvo hoy? ¿Eres homosexual?”.

Les recomiendo que echen un vistazo a Atlántica XXII por Internet. O aun mejor: que se suscriban o la compren cada dos meses (sale bimestralmente en papel, la edición digital es solo un complemento menor), sobre todo si son asturianos. Ahí verán una muestra de cómo son y cómo las gastan estos personajes, a los que la revista sigue desenmascarando día a día.

 

 

 

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Claro que Podemos, pero cagarla

El expediente abierto a Iñigo Errejón por cobrar una beca –dinero público– en la Universidad de Málaga sin dar un palo al agua debería alertarnos sobre qué estamos dispuestos a tragarnos. Ya sé que es muy difícil que uno vaya contra los suyos; según de quién vienen las cosas nos parecen bien, razonables o justificables. Las del otro, por supuesto, jamás disfrutan de ese periodo de gracia. Pero lo de Errejón –tras “la Casta (y la Susana)” de Santiago González en El Mundo poco queda por decir–, sobre todo si le sumamos los pisos y contratos de Tania& familia en Rivas, los pagos iraníes al Coletas, el intento de compra bolivariano de TeleK, etcétera, da al menos que pensar, ¿no?

No discuto que estén hartos de la Casta –por cierto, mi compañero Daniel Montero había usado exactamente este título en un libro bastante anterior a los debates de la Sexta. Y sobre el mismo asunto, claro–, pero yo también, y no por eso voy a dejar los dineros del país en unos economistas que dicen que hay que “aumentar el número de funcionarios, como en Suecia: uno de cada cuatro trabajadores. Y así les va de bien”. La teoría se contesta sola: en Andalucía, exactamente ése es el porcentaje: uno de cada cuatro trabajadores cobra del dinero público. En Extremadura, hasta hace muy poco, era un poco mejor: uno de cada tres. Y así les va de bien. 

Claro que esto es cojonudo (eso sí: solo cuando son los míos los que se colocan). A los periodistas profesionales, por ejemplo –aunque no solo a nosotros claro– nos vendría estupendamente: medios privatizados, pero trabajo asegurado. ¿Cómo? Hay múltiples formas: dinamizadores culturales de barrio; asesores de talleres para jóvenes; jefes de Comunicación/directores de Propaganda en  ayuntamientos, diputaciones, mancomunidades, autonomías, comarcas, empresas públicas, museos o bibliotecas; supervisores de textos en ministerios, círculos, asociaciones, sindicatos; integrantes de comisiones de estudio e investigación en las más diversas áreas (mujer, igualdad, medio ambiente, sostenibilidad); miembros de comités de análisis y valoración; componentes de jurados de ética y rigor profesional… Todo un mundo de posibilidades, ¿no?

-Sí, maestro. Pero… ¿todo esto quién lo paga?

-¿Quién va a ser? Los de la beca de Errejón, coño.

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La madre Teresa

Me refiero, claro, a la madre de Excalibur –qué nombre tan largo para un perro-, Teresa Romero, la enfermera del ébola. Está ya en casa, o casi. Pero la llamarán –nos llamarán a todos– a cualquier televisión: hay de por medio exclusivas sustanciosas, hay por medio abogados, hay por medio morbo, hay por medio un protocolo, etcétera. Y, por supuesto, la expondrán –nos expondremos todos– ante el público pagador, ése que tiene derecho a decidir si la convierte en una Pantoja, ay, o en una Esteban.

No sabe el Gobierno la que le va a caer. Ahora que Ana –la de la familia Mato– parecía tener un respiro con la curación de Teresa y con el Jaguar en el taller, vienen las televisiones. Y vienen, como siempre, a por todos y todas: Teresa y su marido, Javier Limón, algún cuñado, una compañera de escuela, la amante del portero del bloque de sus tíos en sabe Dios qué ciudad gallega… Compararán su caso al del Prestige, y con los que vayan desfilando por cada plató tendremos unas bonitas canciones: Saldrá Romero, saldrá Limón/saldrá la Aguirre y el Gallardón./ Y Pedro Sánchez, con su opinión,/y los expertos en la infección/… Y Pablo Iglesias de colofón.

Ella ha dado una rueda de prensa ejemplar. Sin rencores ni reparto de culpas –ya habrá tiempo para eso–. Pero vienen las televisiones, decimos. Y las elecciones. Y nadie va a perderse el espectáculo. Aparte de la Generalitat, claro, a la que ya se le cuentan en decenas los muertos por la legionella y –¡oh, misterios de las televisiones públicas y subvencionadas!– se lo sigue callando a conciencia: “¿Digui? ¿Nosaltres? La nostra sanitat es infalible, va. Aquesta malaltia va arribar des de España, nen”. 

Ay, Teresa. Al menos, sácate un dinero ahora que te van a aconsejar, que te van a usar, que te van a aburrir, que te van a desquiciar. Aguanta lo que puedas porque te expondrán, nos expondremos todos, a ser trizados ¡zas! por una bala. ¿Estás preparada?

 

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Siempre nos faltó la Preysler

Siempre, joder. 2.000 números semana a semana, quiosco a quiosco, y jamás pudimos enseñaros las tetas de la Preysler. Sí: ya sé que quizás ahora no es el mejor momento de hablar de ello. Isabel se ha convertido en una viuda reciente –vaya por delante mi pésame por Miguel Boyer–, pero es una espina que llevamos clavada desde… En fin. Por supuesto que a estas alturas no es lo mismo –“Yo ya no soy yo. Ni mi casa es ya mi casa”–, pero, con todo, decidme a quién no le hubiera gustado verla, a qué fotógrafo no le hubiera supuesto un subidón de adrenalina cazarla en una playa de Ibiza, a cuál de los directores no le hubiera supuesto un pelotazo único.

Pero, decía, ya no hay nada que sea lo mismo. Ni mis amigos más expertos en el cuore, aquellos que se jugaban la vida en coche o en moto –alguno murió– por la N-340 para colocar el carrete con las últimas fotos de Marbella en el avión de Málaga a Madrid  apostarían hoy por ella. Esta es una época de tablets, iphones y whatsapps. Y de MYHYV. Y de internet. Y de Gran Hermano (todavía sigue, hay que ver). Y, por supuesto, de gente que dentro de poco ni sabrá quién era Isabel Preysler ni por qué podría haber sido tan importante sacarle una portada en tetas.

Aunque, bien pensado y 2.000 números después, ¿acaso no ha habido cientos, miles de cosas buenas –de otras cosas buenasen interviu? ¿O se trataba solo de la Preysler?

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Vivir es fácil sin estar degollado

Es curioso lo que pasa con los “yihadistas” del ISIS (o EI, o comoquiera que se les llame). Hay miles de testimonios de cómo actúan. De cómo asesinan, de cómo “convierten a los infieles”. De como se imponen cortando cabezas en Siria e Irak. Pero desde ciertos países de Occidente no salta una voz unánime contras ellos, aquélla que bramaba hace apenas unos días contra los ataques de Israel a Gaza. Al menos, eso sí, no han sacado a las calles el NO A LA GUERRA. Aun.

En un reciente artículo en El País, Shlomo Ben Ami –exembajador israelí en España, socialista, nacido en Tánger, autor de un magnífico libro sobre la República, etcétera, etcétera– hablaba de que pesan más unos muertos que otros; concretamente, 2.000 palestinos más que 200.000 sirios (que ahora ya serán muchos más). Para Occidente, claro. Y no lo dice un fascista, precisamente.

Es muy posible que Israel se equivoque de estrategia, si quiere la paz. O que se equivoque Hamas al poner los niños delante de las balas –la bomba atómica del tercer Mundo es la demografía, advirtió Gadafi-. O las Naciones Unidas. No sé. El conflicto es demasiado largo (en el fondo, más de 2.000 años) como para pretender entenderlo en unas líneas.

Pero no deja de ser terrible que no haya un clamor occidental contra los radicales  islamistas cuando degüellan a un reportero norteamericano, a un fotógrafo inglés, a un turista francés. Jamás he visto en estos casos (Timor, Nigeria, República Centroafricana), una protesta firme, un “no a la guerra”, una condena sin paliativos a la barbarie por parte de nuestra presunta –y digo aposta lo de presunta izquierda, tan fácil de grito cuando se trata de atacar a los yanquies… mientras sigamos viviendo a costa de ellos, claro. Bardem y su chica ya salieron escaldados cuando se les ocurrió atacar a los judíos… ¡en Hollywood! Y, por supuesto, dieron marcha atrás de inmediato, la pela es la pela. Hay más ejemplos, pero ustedes los conocen de sobra.

No puede ser. ¿Es Hollande un fascista? ¿Y Cameron? ¿Es Obama un “criminal de guerra”, como lo ha calificado otro de nuestros más conspicuos actores, Alberto San Juan? ¿Es normal que Rusia –a través de su excelso ministro de Exteriores, Labrov, diga que es ilegal intervenir en un Estado soberano –leáse Occidente e Irak– sin mandato de la ONU mientras su país está metiéndose en Ucrania a sangre y fuego? ¿Era también fascista/racista Oriana Fallaci cuando advirtió del peligro islamista hace ya años?

Pensémoslo bien: cuando degüellan a alguien –animista, cristiano, kurdo, judío, francés, español o americano– en nombre de Alá, nos están degollando a todos. ¿O aun sigues sin saber por quién doblan las campanas?

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Un ayuntamiento mezquino

Vivo en Madrid, así que ya queda claro a qué ayuntamiento me refiero. Porque hay que ser mezquino para cobrar aparte una tasa de basura que en su día –con Alvarez del Manzano de alcalde– se incluyó en el IBI y en su espectacular subida. Con la Alcaldía de  Gallardón se impuso otra vez en 2009. Había personas exentas, sí (rentas muy bajas, discapacitados, etcétera); pero el ahora ministro de Justicia envió la carta con la subida en otoño, y en la misma se decía que el plazo para acogerse a las exenciones terminaba… ¡en el mes de marzo anterior! Ese año pagaron todos, pues. Eso es mezquindad.

No contento con eso, Gallardón además, obligó a pagar la tasa a garajes y trasteros. Los propietarios de aparcamientos lo denunciaron, pero demencialmente –como en otras cosas– el Tribunal Supremo, pese a reconocer que no era un “servicio efectivamente prestado” –los garajes no generan residuos, ni por supuesto se recogían– terminó por dar la razón a la Corporación municipal (ver http://portaljuridico.lexnova.es/jurisprudencia/JURIDICO/190374/sentencia-ts-sala-3-de-4-de-enero-de-2013-tasa-de-gestion-de-residuos-urbanos-legalidad). En cambio, eso sí, el Alto Tribunal anuló otro clamoroso ejemplo de mezquindad: el ínclito Gallardón se sacó de la manga en 2006 una vergonzosa subida de la tasa del paso de carruajes, es decir, de los vados, que en algunos casos suponía un 400 por ciento. Su querido concejal de Seguridad y Movilidad entonces, el ex presidente de Nuevas Generaciones del PP Pedro Calvo, lo justificó por “el desgaste de las aceras y las molestias para los peatones”. Como lo oyen. EL TS acabó tumbando la ordenanza.

El mismo año, el fenómeno Calvo se vio envuelto en un turbio caso: la concesión de los parquímetros a una empresa participada por un amigo suyo de sus tiempos en Galicia. Eran 144 millones de euros. Hubo hasta comisión de investigación y los tribunales acabaron anulando en parte la adjudicación; pero, como tantas veces, no se encontraron irregularidades“. 

Aquellos parquímetros costaban una pasta. Eran difíciles de destruir y no se deterioraban. Cumplían eficazmente su misión: más dinero para el Ayuntamiento y su cohorte de asesores y concejales –hasta de distrito– con escolta (?), chófer y coche oficial. Pero, ay, ya llevaban ocho años de uso, y nuestra nueva genio municipal, la alcaldesa por sustitución Ana Botella, ha decidido cambiarlos: los nuevos cobran ahora, demás, según varios parámetros, entre ellos la antigüedad del vehículo y, por tanto, su más alta posibilidad de contaminar. Pero, oiga, ¿no ha pasado una ITV (que además hay que pagar)? ¿Quién es usted para saber si mi coche contamina más o menos que otro?

¿Y la grúa? ¿Saben que la tasa es de casi 150 euros, más otros 20 por día que el vehículo permanezca en las dependencias municipales, más la multa, una media de 200 euros? Estamos hablando de la mitad del salario mínimo si la grúa te levanta un día el coche. Por supuesto, se puede recurrir y ganar… varios años después, en el Supremo. Pero, mientras,   el Ayuntamiento va a seguir cobrando. Una pasta. Y si pierde el juicio, jamás va a devolver los dineros. Los 7.000 millones de su deuda sí que los tendremos que devolver nosotros.

PD: Ruego me perdonen los que no vivan en Madrid, pero tenía ganas de escribir un día de cómo abusan de nosotros año tras año. ¿Y la oposición? Otro día.

 

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¿Consulta? Sí, gracias

Pero cómo no. Esto es la democracia. En Suiza, con sus 500 años de democracia, además del reloj de cuco han sabido hacer un referéndum para cada ocasión, y así llevan casi 600 en los últimos dos siglos. Los hacen para ver si amplían las vacaciones de cuatro a seis semanas (salió que no), para limitar el sueldo de los ejecutivos (también salió que no) y hasta para permitir la construcción de minaretes en las mezquitas (otra vez un no rotundo). Hay referendos cantonales, federales… hasta en las pequeñas aldeas se discuten entre todos si poner un semáforo o un bulevar, como en Gamonal.

Aprendamos de Suiza, pues, y aprestémonos a decir que sí a la consulta soberanista catalana. Es un derecho de autodeterminación, claro; pero, ¿por qué no? ¿Qué miedo hay? Lo único, el gasto: saldrá caro y, por supuesto, lo pagaremos también los que no vivimos allí. Pero qué más da si terminamos con el conflicto –¿les suena la palabra– por lo menos para veinticinco años (Zapatero dixit). Adelante. Vengan las urnas –a ser posible chinas, que son más económicas, como las senyeras ya descoloridas, desde septiembre aguantando al sol en los balcones– y repártanse por los colegios, incluidos aquellos donde enseñan que Colón era catalán y el Ebro, su río.

Solo una cosa más: yo también quiero votar. ¿Urnas? Claro: somos demócratas. Con todas las consecuencias. Yo el primero. Y si mi hijo se quiere ir de casa… en fin: ya es mayor y se puede pagar sus gastos. O eso dice. Le que no voy a dejarle es que se lleve la habitación que le montamos, ¿no? A no ser, claro, que lo votemos entre todos, hermanos incluidos: decidamos todos sobre la casa de todos.

Por eso quiero votar. Desde Madrid. Desde Cáceres. Desde Huelva. El mismo día y a las mismas preguntas. Ni más (!) ni menos.

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