Que 20 años no son nada

Adrián Pérez Ortiz me recuerda, de cuando en cuando, el tiempo que llevo sin pisar este blog. Adrián es amigo de Interviú. Llegó a esta revista siendo un chaval. Por supuesto, detrás, traía una historia que contar, que acabó siendo reportaje. Siempre dice que aquel reportaje le ayudó a creer en sí mismo. Y le dio fuerza para resolver su batalla. La de David contra Goliat. Ganó. Aunque, Goliat sigue por ahí, campando a sus anchas. Pero ganó. Y eso es lo importante.

Adrián forma parte de mi club de fans. También Francisco, que hace unas semanas se arrancó con un insólito regalo que tuve que devolverle porque, por su valía, sobre todo sentimental, resultaba inaceptable. Argumentó que me lo merecía, porque fui de las pocas personas que le escuchó. De Francisco hablé en este mismo blog. Su historia, cuanto menos, singular.

Dije por primera vez que quería ser periodista cuando apenas tenía unos diez años. No sé por qué. No me venía de familia. Bueno, rectifico. Con los años me di cuenta de que una tía abuela, Aurora, fue corresponsal de ‘El Progreso’, el periódico de mi ciudad, Lugo. Contaba la actualidad de un precioso pueblo llamado As Nogais, el pueblo de mi abuela materna. Quizá de ahí me vino la cosa. El asunto es que la primera vez que verbalicé que quería ser periodista, siendo muy niña, fue a unas primas mías. En una tarde de piscina. “Eso debe ser como ser electricista o algo así“, me contestaron impertinentes porque, entiendo, en su universo de futuros estudios jurídicos o económicos, les sonaba a ser muy pringada (falta de razón no les faltaba, todo hay que decirlo). Aquello me dolió. Pero seguí con mi idea.

Acabé siendo periodista. Entré -muy jovencita- en Grupo Zeta. Mi casa durante toda mi vida laboral. La única que he conocido. Recuerdo, con cariño, a Antonio Asensio, su fundador. Su amplia sonrisa cuando te lo encontrabas en un acto. Recién llegada a la empresa, me mandó una pluma, unas Navidades, para agradecerme mi trabajo. Con nota de afecto incluida. Me dejó KO. ¡Vaya detallazo!.  Parecía poner cara y nombre a todos y cada uno de sus empleados. Por muchos que fuéramos. Era un poco como el patrón del barco. El que nos llevaría a buen puerto.

Interviú lo ha sido todo para mí. Cuando llegué, por primera vez, hace más de 20 años, de la mano de Agustín Valladolid, me asusté. Imponía aquella redacción. Tan masculina, tan aguerrida, tan dada a la copa y el puro cuando caía la tarde. Tan canalla. Me costó entender a esos compañeros. Eran tipos duros aquellos. Sí, imponían un poco. Daban miedito. Sobre todo porque notabas, casi mascabas, que en aquella redacción de reporteros de la vieja escuela, tú no eras más que una niñata que no pintabas nada. Tan correctita, tan modosa, tan acostumbrada a las ruedas de prensa y las notas oficiales. Salvando los iniciales resquemores, sin embargo, la mayoría me acogió con los brazos abiertos. Mi primer reportaje en esta revista iba sobre el dinero que, ya entonces, empezaba a mover el mundo gay en materia de ocio. Con Antonio Pardo -irrepetible- y el fotógrafo Fernando Abizanda, otro grande de esta cabecera. ¡¡Vaya tardes me dieron por Chueca, entrando y saliendo de los sex shops!! “Esto es reporterismo, guapa”, me decía Antonio cuando yo abría la boca alucinada ante sus comentarios. Dos reporteros irreverentes, inusuales, impertinentes, ingeniosos. Enormes. Divertidos. Únicos. Incorrectos políticamente. Tuve la suerte de conocer la vieja escuela de Interviú. Tan divertida. Tan entregada. Tan diferente a lo que yo había vivido hasta entonces. Tan diferente a la que viví después, cuando poco a poco esos veteranos fueron desapareciendo y nuestra redacción se volvió un lugar mucho más formal. Más aburrido, también. Quizás más operativo, todo hay que decirlo.

Más de veinte años en Interviú dan para mucho. Es, sin duda, de las mejores escuelas que hay en este país. Historia muy viva del periodismo español. Imprescindible en la hemerotecas. Punto y aparte. Aquí, en esta redacción, ya lo he dicho en otros post, lo pasé “que te cagas” como, a modo de resumen, diría otro compañero irrepetible, Juan Luis Álvarez, Fiti, del que tanto sigo acordándome. También sufrí, claro. Peleé mucho por hacerme mi hueco. Por encontrarme a mí misma como periodista. Por ganar en seguridad y hacerme visible, dentro y fuera de esta redacción. Lidiando con mis inseguridades, que entonces eran muchas. No siempre ha sido fácil. Sería absurdo decir que todo fue rodado. Costó, pero valió la pena. Sin duda. Sin ninguna duda. Convencer en determinadas esferas de que este era uno de los medios de comunicación más rigurosos de este país y que de nada valían los prejuicios ante determinadas portadas, resultaba titánico. Cansino, frustrante, agotador.  ¡Cuántas veces tuve que escuchar la bromita de “¿pero es para salir en portada?”!. Un clásico. Pero también era sumamente reconfortante cuando ya empezaban a llamarte para que les hicieras hueco entre tus reportajes. Curioso que, a los que enarbolaban la bandera de los más liberales, fuera a los que más había que convencer. Si algo he aprendido en todos estos años es que la tolerancia se escribe andandito. Que todos estamos llenos de contradicciones y que, ojo, cuidado, con los que se erigen en defensores morales de nada. Todo es un gran teatrillo -el periodismo, por supuesto, también- y, salvo lo verdaderamente importante, el resto no hay que tomarlo muy en serio. Ni creerte nada.

_MG_2518Con Interviú, viajé por toda España –también cayeron varios viajes internacionales que plasmé en reportajes como este–; casé a un príncipe (hoy Rey)  cubriendo su boda en Madrid un día de mayo que llovía a chuzos; y, con una tripa monumental, porque estaba embarazadísima, acompañé, casi hasta el altar, a la hija de un expresidente del Gobierno llamado José María Aznar en El Escorial (Madrid). Una boda llena de bigotes. Cuando digo casi al altar es prácticamente literal. Tan embarazada estaba que los tipos de seguridad me obligaron a sentarme por si me ponía de parto en pleno evento. Aquello, sospecho, hubiera causado un buen revuelo.

Para esta revista cubrí los terribles atentados del 11-M en 2004 -imposible olvidar aquellas escenas de familiares y heridos llegando al hospital Gregorio Marañón; imposible no escuchar el silencio que aquella mañana recorrió las calles de Madrid- o, durante semanas, con mis compañeras Inma Muro y Esther Ortega, viví por y para las noticias generadas en torno a un virus terrible que, de forma imprevista, llegó a España: el ébola.

Con Interviú vibré con ‘Operación Triunfo’ y sus cantantes; conté, semana tras semana, los entresijos detrás de ‘Gran Hermano’; me camuflé como clienta de un reputadísimo doctor francés para, tumbada en la camilla, descubrir qué llevaban esas agujas misteriosas con las que pinchaba a señoras tan estupendas como Isabel Preysler y las dejaba maravillosas. Con Interviú, me hice pasar por mujer de mi querido Fiti para comprar una casa; por compradora de medicamentos ilegales para descubrir una trama farmacéutica…Con Interviú aprendí a ser mejor persona, conocí a gente interesantísima, tuve la oportunidad de ver mundos muy diferentes –que nunca había visto–; de preocuparme por lo que asolaba a colectivos de todo tipo, clase y condición. Lloré más de una vez viendo realidades completamente injustas. Que yo no conocía. Que hay mucha fatiga por ahí adelante y hay que contarla. Por solo una persona a la que, con alguno de mis reportajes, haya podido ayudar, ha valido la pena todo esto. A ellas, a esas personas, me toca agradecer que me abrieran los ojos, que ensancharan mi mundo que, mil y una veces, me dieran enormes lecciones de dignidad pese a su sufrimiento. Lecciones que, he de decirlo, pocas veces aprendí en los despachos.

10006033_734503729904460_7626358153353874744_oCon Interviú recorrí Córdoba, Lleida o Málaga con excepcionales chavales con síndrome de Down mucho más capacitados que algunos de los que juzgan sus capacidades; acompañé a moribundos capaces de dar lecciones de vida extraordinarias; entrevisté a curas y a prostitutas, intentando siempre hacerlo con el mismo respeto con el que me gusta que me traten a mí; a grandes ejecutivos y a enormes trabajadores que apenas si sacaban un salario para dar de comer a sus hijos;  a padres de niños con rarísimas enfermedades que buscaban esperanza y luchaban como jabatos; a madres coraje, dispuestas a todo por sus hijos, mujeres extraordinarias; a médicos de todas las especialidades, a enfermeras valientes…Conocí a personas maravillosas que, tengo la certeza, de ningún otro modo hubiera podido conocer.

Con el tiempo, otro director, Manuel Cerdán, decidió que los temas médicos vendían. Y, casi sin quererlo, comencé a especializarme. Si mi padre, médico, hubiera visto todos los temas sanitarios que publiqué en Interviú…Creo que un poquito orgulloso se hubiera sentido. No pudo ser. Como la vida está llena de casualidades, hace apenas unos días entrevisté -en uno de mis últimos reportajes- a un médico que conoció al doctor Salinas, mi padre. Fue un momento de gran emoción.

Con Interviú me colé en hospitales para destapar sus miserias y relatar sus grandezas, que son muchísimas porque tenemos una sanidad pública que es espectacular pese a todos los escollos; “mangué” bandejas de comida, también en hospitales, para analizar su calidad; seguí la pista de afectados por todo tipo de dolencias, escuché sus reivindicaciones e incluso, también embarazada, y esto es verídico, tuve que ver como, ante una emergencia, y tumbada en una camilla (otra vez), dos médicos, que cinco minutos antes eran todo simpatía, me abandonaban –vamos que se piraban y me dejaban en manos de una enfermera ojiplática- tras confesarles (aturdida y sin darme cuenta) que trabajaba en esta revista. Ocurrió en un gran hospital de Madrid. Supongo que imaginaron que iba de infiltrada para destapar algún escándalo. Desde entonces, nunca volví a identificarme cuando pisé un centro sanitario. Voy de incógnita. Aprendí lo que impactaba decir que eras de Interviú. Eso, marcaba la diferencia. Hasta entré en un quirófano –a puntito estuve de desmayarme- con motivo de un reportaje sobre trasplantes de órganos para ver cómo, contrarreloj, un grupo de médicos extraía los órganos de un hombre fallecido demasiado joven que, después, daría la vida a otras personas. Una aventura extraordinaria.

Cfsq636W4AENXZfEn  Interviú entrevisté a políticos, a cantantes, bailarinas, escritores, actrices,  toreros…Hasta, no hace tanto, a una de las diez enfermeras que asistieron a Franco en su agonía en La Paz de Madrid.  Una exclusiva que quedó eclipsada por los terribles atentados de París. Asistí a congresos, a fiestas divertidísimas, a conciertos surrealistas, a citas únicas…En los últimos meses, tuve ocasión de saludar,  junto al resto de la redacción, a los Reyes de España, que vinieron a visitarnos. Mil y un recuerdos que vienen de golpe. En Interviú me codeé con malotes, pendencieros y villanos (algunos simpatiquísimos, todo hay que decirlo) y con gente que ocupaba puestos de altísima responsabilidad, gente importante, de la de verdad,  y que, sin embargo, hacían gala de una enorme humildad.

Con Interviú, hasta gané un par de premios. El Línea Directa de 2012 y el Albarelo, del Colegio de Farmacéuticos de A Coruña, en 2016. Dos reconocimientos inesperados. Momentos muy felices. Felicísimos. De los que quedan para tu particular baulillo de recuerdos.

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En Interviú conocí elperiodismo de investigación, un género casi en vías de extinción en esta profesión nuestra que hoy trabaja tan en precario. Que está tan maltrecha. Que tan difícil resulta ejercer porque cuando no te vapulean de un lado, te dan del otro. En la que consagrados compañeros engrosan las filas del paro y otros tantos  malviven a no se cuántos euros la pieza.  El periodismo de investigación –al menos para mí- es lo más de lo más. Esa sensación de tener algo y comenzar a tirar del hilo. Ese gusanillo…Ese estrés de llamadas, preguntas sin respuesta, descubrimientos inesperados, malísimos ratos, ese venirte arriba e irte abajo…Ese tirarte al ruedo, con tu redactor jefe pisándote los talones y esperando que vuelvas con algo bueno. Ese “¡¡¡sí!!!!!, ¡¡Lo conseguí!!”Ese pensar que te estás equivocando. Ese saber que tienes algo entre manos. Intenso, duro, estresante hasta puntos insospechados, divertido muchas veces, terrible otras tantas.

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Interviú ha sido una lección de vida para mí. Aquí tengo compañeros que hacen un periodismo fuera de lo común. Preciso, riguroso, detallado, documentado y, sobre todo, muy valiente. Periodismo de autor diría yo. E independiente. Que aquí sabemos lo que es trabajar a nuestra bola, sin presiones, sin intentos de manipulación. Oro molido. Compañeros que lo dan todo por sus reportajes y sus portadas. Sin escatimar horas. Es más, rascándolas de sus vidas personales por mantener esta cabecera en pie. Periodistas que nunca son protagonistas de nada, y que, sobre todo, creen en su revista y la defienden ante quien haga falta. Lean Interviú, señoras y señores. Háganme caso y lean esta revista.

IMG_20161212_205329Hoy me he marcado este post porque se lo debo a mi pequeño club de fans. Que sí, que  los tengo. Poquitos, pero muy, muy valiosos. Los mejores del mundo. He sentido la necesidad, casi imperiosa, de escribir lo que siento. Y contar que dejo Interviú después de media vida. Me cuesta verbalizarlo. Casi me ahoga decirlo. ¿Qué será de mí ahora cuando levante un teléfono y no diga: “¡Hola!, soy Nieves Salinas, de Interviú”?. Imagino que más de un gabinete de prensa (de hospitales, consejerías, sociedades médicas)…se alegrará. En el buen sentido lo digo. Entiendo que durante estos años he tocado mucho las narices en algunos ámbitos. Pero esa es la fórmula: investigación, denuncia y portadas espectaculares. Eso es Interviú. Detrás de mí, otros tocarán las narices. Que para eso estamos.

Emprendo otra ruta. Ha sido una decisión muy, muy difícil. Y apenas he tenido tiempo de contarlo.  Así que he rebuscado la contraseña de mi blog –tan abandonado en los últimos tiempos- y, sin esperar un minuto, vuelco sentimientos -por cierto, algo muy sano, absolutamente recomendable- para comunicarle a mi querido club de fans que nos veremos en otros foros.

Así que, sin más, gracias Alberto Pozas, mi director durante tantos años por tantos momentos compartidos. Gracias Luis Rendueles, Ana Pascual, Miguel Ángel Plaza (Budy), Ignacio Andrade, Marisol Romero, Thais Escamilla, Jesús Santiago, Rafa Negrete, Carlos Rubio, Carlos Barrio, Ana de Blas, Luis Miguel Montero, Adela Sánchez…por todo lo vivido. Gracias Alba Guerrero, Vanesa Lozano y Reyes Tatay y mucha suerte. Gracias a los compañeros fotógrafos -a Guillermo Navarro, Jorge Peteiro, Jorge Ogalla, Alberto Paredes, Eva Peñuela, Jordi Parra, Carlos Puga…, por citar solo algunos- que me han acompañado en mis viajes, en mis investigaciones, en mis reportajes. Sin vosotros, imposible. Gracias, cómo no, a todos los muchísimos -y buenos- compañeros de Grupo Zeta con los que también he pasado momentos de los que no se olvidan.

Bj0dFcFIUAAh0sg.jpg_large[1]Gracias, de corazón, a Juan José Fernández, Inma Muro, Alberto Gayo, David Arnanz, Esther Ortega y Soledad Juárez por acompañarme en esta larguísima andadura, por abrazarme cuando hizo falta y por hacerme reir tantas veces, compartiendo mis miedos, alegrías, éxitos y fracasos, ilusiones, preocupaciones, mi vida personal…

Pero, sobre todo, gracias a los que han leído mis reportajes. A quienes me han dejado entrar en sus casas; a quienes me han confiado sus vidas y me han dejado conocer sus inquietudes más íntimas para poder contarlas. A quienes han pensado en mí para denunciar una situación injusta o desvelar alguna tropelía. Ya lo he dicho antes: por una sola persona a la que haya podido ayudar con esos reportajes, todo esto ya ha valido la pena. No hay mejor premio.

Hasta pronto. En cualquier sitio y cualquier momento, volvemos a vernos.  Al fin y al cabo, veinte años no son nada. 

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