Historia de un cuadro

Esta es la historia de un cuadro. De un cuadro que un día acabó aparcado en un contenedor. Resumiendo: en la basura.

La historia arranca en verano. Un retén –pintores, acuchilladores…- se dispone a entrar en una vivienda de Madrid. Lavado de cara. Puesta a punto. Pequeña reforma.

En la casa, como en todas, se acumulan los trastos. Momento de abrir armarios, vaciar estanterías, revisar cajones y tirar trastos inútiles. Muchos.

Captura de pantalla 2016-09-27 a las 15.52.11Aparcado en una esquina, tras un armario, hay un cuadro. Regalo de la pintora lucense Paula Salinas. El apellido no es pura coincidencia. Paula es mi hermana. Su cuadro, una obra antigua, de cuando estudiaba en la Facultad de Bellas Artes de Madrid. Nunca llegó a adornar pared alguna. Por motivos hoy inexplicables, como tantos otros objetos que dejas en una esquina y ahí quedan durante años.

Cuando llega el momento de deshacerse de trastos, el cuadro va de avanzadilla. No, no es un acto irresponsable. Tampoco una decisión alocada. Es más, acaba en la calle con permiso de su autora a quien, antes, se le comunica. Ella lo da. Es una obra primeriza, repite. No le gusta. Casi un experimento de su época universitaria. “¡Es horrible!, ¡adelante!“, dice. ¡¡¡Cuadro fuera!!!!.

Pasa el verano y pasa la vida. Cada uno a lo suyo. Comienzo de curso. ¿Quién recuerda ya el cuadro?. Los trastos no dejan huella. O eso pensamos. ¡Qué equivocados!.

Sucede, entonces, algo increíble. Carambolas de la vida, Paula Salinas, entra en una página web llamada Todocolección. “Un mercado online de antigüedades, arte y coleccionismo, donde comprar, vender y subastar toda clase de objetos coleccionables”, reza en su quienes somos.

Y, en el apartado de arte, luciendo como nunca, aparece el cuadro de Paula. ¡¡¡¡¡¡El de la basura!!!!!!!. Su precio: 800 euros. Ni más ni menos. Perplejidad.

Captura de pantalla 2016-09-27 a las 15.53.20Paula me llama. Sí, a mí, la (i) responsable de que una obra de arte haya acabado en la basura, la que ha perpetrado la tropelía. No me queda otra que admitir que, en mi afán por deshacerme de cuanto pensaba que estaba de más en mi casa, arramplé con cuanto me cruzaba por el camino. ¿A quién se le ocurre algo así en una ciudad donde las basuras tienen vida propia, donde centenares de personas recorren cada día los contenedores en busca de tesoros ocultos?.

Confirmado el despropósito, las dos nos quedamos tiesas. Del contenedor el cuadro ha pasado a ser objeto de venta en una página de coleccionistas. 800 euracos. Sin palabras. ¡Qué mal me siento!. Parece irreal.

Captura de pantalla 2016-09-27 a las 15.52.36En la página de coleccionistas, la obra de Paula Salinas luce esplendorosa. Pronto nos damos cuenta de que, quien se ha topado con el cuadro en el contenedor, se ha molestado en averiguar quién es su autora. En la venta, ofrece todo lujo de detalles. Se equivoca en algunos. Como la fecha de nacimiento. Le ha echado unos cuantos años encima. Además, ofrece varias fotos. Incluso deja constancia de la firma. Sólo consuela pensar que quien se lo ha encontrado -desde ese momento su dueño se mire como se mire, pese a la rabia que una pueda sentir- lo mimó, lo valoró, lo vendió con cariño. Pensamos que entiende de arte. Al menos, dentro del gran despropósito, cayó en buenas manos. El vendedor, insisto, cuida los detalles. Ofrece varios planos. Plasma la firma. Para que se vea su autenticidad. Para que nadie dude que lo que se ha topado en plena calle no es un cartelito cualquiera. Dignifica el trasto. Ante nuestro estupor, el cuadro se revaloriza. Alguien creyó en él. Desde luego, mucho más que yo. Más que su propia autora. ¡Qué sinsentido!.

Captura de pantalla 2016-09-27 a las 15.52.48Paula y yo apenas hemos tenido tiempo de hablar en estos días de esta historia. Tan bonita. Tan surrealista. Tan increíble. Tan absurda. Que merece ser contada. Sólo supe, rápidamente, que un amigo suyo, por curiosidad, se puso en contacto con el vendedor y, al indagar sobre el origen de la pintura, éste (un tío honrado) admitió que lo había encontrado en la basura. Le honra.

A día de hoy, el cuadro ya no figura en el catálogo de la web. La venta, si es que la hubo, debió de ser reciente. Quizá alguien, probablemente un vecino con el que me cruzo a diario, tiene hoy unos cuantos euros más en el bolsillo. Mejor no pensarlo. No hizo nada ilegal. Aquí, la única culpable, la que esto escribe.

Aunque Paula Salinas le reste importancia y diga que no pasa nada, que era una obra de la que no se sentía especialmente orgullosa, siento que he metido la pata hasta el fondo. Son muchos los que en estos días se han echado las manos a la cabeza cuando les he contado lo sucedido. “Pero, ¿estás tonta?, cómo pudiste deshacerte de algo así?. Yo lo hubiera comprado”, me dicen.

No tengo excusa. Cuando me pica la conciencia, me repito que pedí permiso a la autora para aparcarlo frente al contenedor. Queda claro que no era una de mis obras favoritas. Porque Paula Salinas es una pintora excepcional. Sí, es mi hermana. Pero, además, es una pintora excepcional. (Conste que no lo digo yo sola, sus éxitos la avalan). Tengo la enorme fortuna de lucir en mi casa gran parte de su obra. Un lujo.

El cuadro de tonos amarillos tuvo mala suerte. Por mi mala cabeza. Pero de alguna manera, como cada vez estoy más convencida de que existe eso que llaman justicia poética, ha tenido una segunda oportunidad. 

Que la vida no siempre es justa es algo que ya todos sabemos. Que no todo el mundo tiene la suerte que se merece, también. Que yo tenía que escribir este post para restituir el honor de un cuadro que acabó en la basura y luego volvió a la vida, era una urgencia.

Por fin, lo he soltado.

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Estoy por llamar a ‘El Langui’

 

Sucede algo. Esta misma mañana. Lo cuento rapidito, no vaya a ser que se me olviden los detalles. Que sirva de denuncia. Que, quien lo tenga a bien, y espero que sean unos cuantos, lo expanda para que a alguien se le caiga la cara de vergüenza. Que se sepa en los despachos y oficinas, que circule a la velocidad del rayo entre las asociaciones, que llegue hasta las autoridades correspondientes y a los mandatarios políticos. Esos que tienen la capacidad de, a golpe de teléfono, cambiar las cosas en cuestión de minutos. Sobre todo cuando se destapan. Aunque, seamos realistas, sean de esas cosas que solo te importan cuanto te tocan de cerca.

Sucede algo delante de mis narices y hasta ahora no me había dado cuenta de lo injusto y amoral que es. Primero, el contexto. Mi revista está alojada en un edificio a las afueras de Madrid. Junto a un polígono (feo, no nos vamos a engañar). Cuando no vengo en coche, lo hago en Cercanías de Renfe. Esta mañana, un viernes cualquiera, cojo el tren. Un poco de música y algo de trabajo. Quince minutos preciosos para recibir y mandar mensajes, enterarme de lo que pasa y organizar algunas cosas. Mucho sueño por una mala noche y sensación de resaca. Eso viene a cuento de algo que después diré.

Mi parada, pequeñita y bastante dejada, se llama Ramón y Cajal (abajo, la foto testimonio) y corresponde a la del hospital del mismo nombre. Por tanto, es habitual que en el tren coincida con pacientes que vienen camino del que es uno de los grandes centros sanitarios de Madrid. Se les distingue porque muchas veces, despistados, preguntan. A menudo, son personas muy mayores. Otras, familias con niños. Casi siempre, con cara de preocupación.

Esta mañana, en el tren, venía una madre con un chico, ya mayor, con discapacidad. Me dio la impresión de que tenía parálisis cerebral. No podría asegurarlo. La escena me la topé al bajar porque, hasta entonces, no había reparado en ellos. El andén de la estación es estrecho. De tablones viejos (repito, abajo foto ilustrativa, de cosecha propia, tomada rápidamente). De esos que crujen cuando llevas zapatos de tacón. Ahora, están en obras. En ese lado, el que se ve en la foto, no había tornos para acceder al tren. Es decir, subías directamente. Muchos, me cuentan, se colaban. Lógicamente, eso, a Renfe, le preocupa. No que los tablones crujan, ni que tengan que echar sal en invierno para que no se resbale la gente y, mucho menos, claro está, que no exista un mínimo de accesibilidad para las personas que van al hospital. Así que la compañía está construyendo unas pequeñas instalaciones en las que hay unos tornos para que nadie se cuele. Parece que les queda poco.

Cuando el cercanías paró y abrió las puertas, vi que la madre intentaba bajar al chico –que apenas andaba- con ayuda de otro viajero. Tarea titánica si se tiene en cuenta la altura del escalón para descender al andén. De repente me acuerdo con mi madre, a la que tanto le cuesta andar. Nunca, jamás de los jamases, podría subir a uno de esos trenes –ni a otros muchos- salvo que le pusieran una rampa. O que la lleváramos en volandas. Algo que, dado su genio y orgullo de señora de todavía muy buen ver, nunca consentiría. No es la primera vez que, en esta misma parada, veo a una persona mayor a la que, entre familiares y pasajeros, ayudan a subir al tren. En la parada de un hospital, repito. ¡Pero si yo misma a veces casi no puedo da la distancia que hay! ¡Por favor!. ¿Es que nadie se da cuenta de eso?.

Sigo. La madre y el chico logran bajar, muy malamente, a trompicones, del tren. Por supuesto, con ayuda del viajero solidario que coge al chaval por un lado. Detrás, otra viajera, a la que conozco de vista porque coincidimos en alguna ocasión, acaba de echar capotes. Ayuda a bajar la silla de ruedas del chico. Una silla muy simple, un tanto ajada. Pero el maquinista lleva prisa y, entiendo que sin intención, solo faltaba, cierra las puertas. La silla queda semi estrujada y se produce un pequeño griterío. “¡Es increíble!,. Pero, hombre, ¿no ve que está bajando el chico?. ¡Espere por favor!”. Veo la escena pasmada. Como el andén es estrecho se organiza un pequeño atasco. ¡Qué tremendo todo!.20160923_101625

Ya en el andén, los viajeros ayudan a la madre a colocar al chico en la silla. Y, por favor atención, ahí viene lo más grave. Lo que todo el mundo debería saber. Para que cambie. En el andén, la madre, exhausta, se enfrenta a la mayor de las soledades, al más grande de los retos: acceder al hospital  (en la foto, a lo lejos con pantalón rojo, se ve como empuja la silla camino del centro sanitario). ¿Cómo hacerlo si para llegar al otro lado de las vías, que es donde está el hospital, hay que bajar una veintena de escalones, atravesar un pequeño tunel y subir otra veintena?. ¿Cómo va a conseguir esa mujer llegar con su hijo?. ¿Es que nadie se da cuenta del reto que tiene por delante?. ¿Es que nadie ha pensado que esa parada corrresponde a un hospital y llega gente que no está en condiciones de emprender semejante viacrucis?.

No. Nadie lo ha pensado. O les importa tirando a nada. Que es otra posibilidad.

La vida, cuando andas, cuando te mueves, cuando nada te impide subir y bajar, es estupenda. Hasta las estaciones de tren resultan románticas.

Pero la vida, cuando tu movilidad es reducida, es otro cantar. Sin un ascensor, cruzar las vías de acceso al hospital Ramón y Cajal, es un infierno para muchas personas. Pero ninguna cabeza pensante ha querido reparar en ello. Vamos, que no les da la gana ni de contemplarlo. Lo de los tornos para que nadie se cuele, sí. Sin ascensor, la única forma de acceder al centro desde la estación es dar una vuelta de al menos un kilómetro. Empujando la silla.

Busco información sobre la accesibilidad de la parada de Ramón y Cajal. A ver si se me está escapando algo. Me topo con una carta que reproduzco por pública. Es de una trabajadora del hospital y la dirige al Ayuntamiento de Madrid. Me cuentan que, en la estación de la localidad madrileña de Ciempozuelos, sucede lo mismo. Mi compañero David Arnanz acaba de encontrar otra foto denuncia. Va a continuación. Que alguien tome nota.

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Por la parte que me toca, esta mañana estaba tan atontada que no fui capaz de reaccionar y ayudar a esa madre a llegar a ese destino que, imagino, se le antojaba imposible. Vamos que, inútil de mí, no presté ayuda ninguna. Utilizo este espacio para denunciar lo que he visto. No es lo mismo. Imagino que quiero acallar mi conciencia.

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Protesta en la localidad de Ciempozuelos, Madrid. De lo más ilustrativa.

Lógicamente son muchas las asociaciones que llevan años peleando para que esto se solucione. FAMMA-Cocemfe Madrid  lo ha denunciado recientemente. Más del 75% de las estaciones de la red de Cercanías de Madrid  aún no cuentan con las debidas medidas de accesibilidad universal y presentan carencias importantes. Ni Renfe ni Adif, como responsables de esta situación, toman medidas para paliar la situación, aseguran.

La estación del Ramón y Cajal es uno de los muchos puntos negros que hay en España en cuestión de accesibilidad. Especialmente grave que suceda en el entorno de un hospital. Estoy por llamar a ‘El Langui’  para que se plante aquí. Él, que acostumbra a parar autobuses liándola parda, seguro que es capaz de atrincherarse y que, de nuevo, le abran las puertas de los despachos. Claro que, como se ponga, ya no para.

En cualquier caso, que se sepa. Quién sabe. Que por mí no quede. Por esa madre. Por ese chico. Y las escaleras insalvables. Esas que, para ellos, nunca debieron existir.

 

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Once años y una tarta de celebración.

Nos manda un mensaje y nos dice: Hoy hace once años de lo mío”. Ella se entiende. Nosotros, los cercanos, también. De hecho, este post es una actualización de uno anterior -de 2014- en el que, por las mismas fechas, mandaba otro mensaje. También enigmático. En plan clave. Hoy hace nueve años…”. Cojo el post anterior, lo bato un poco, lo remuevo, agito y aderezo, le quito -parte- y le pongo -cosas nuevas- y vuelvo a lanzarlo. Once años bien valen la pena.

Seguimos entonces. Y sumamos. Y alzamos la copa -sin alcohol- por ella y su triunfo. Sabemos lo importante que es la fecha. Y  esos once años. Con sus noches y sus días. Horas y minutos. Uno tras otro. Con sus más y sus menos. Los “me vengo arriba”, los “me hundo”  y “los me mantengo”. Una carrera de obstáculos. De tropezones. De caídas y subidas. De tentación, a veces. De voluntad, siempre. Desde que lo dejó.

Once años sin beber. El aniversario de una decisión: no volver a probar gota de alcohol. Ni en las tartas. Ni en los bombones. Ni en los solomillos. Ni en nada. Cero.

¿Once años ya?. Pero si parece que fue ayer. Cuando todo era caos, preocupación constante, tremenda tristeza, dolor…Once años que son un premio. ¿Cómo no sentir orgullo?. Solo quien ha vivido de cerca el infierno del alcohol, quien sabe de sus devastadores efectos, es capaz de comprenderla. Sí, porque es ella. Mujer. Y joven. Y guapa. Y de clase media alta. Vamos, lejos de los patrones habituales. Doble vergüenza. Más motivos para esconderse. Para ocultar.

Durante años -como ella misma dice cuando quiere desdramatizar- se lo bebió todo”. Hasta que un día –después de otros tantos días- dio el paso y entró en la consulta de un médico de Atención Primaria que, en lugar de lavarse las manos, como sucede en otras ocasiones, supo de su historia y decidió ayudar a quien –desesperada- buscaba ayuda. Hubo suerte. Topó con un médico bueno. Y no hablo precisamente de su profesionalidad. Dispuesto a saltarse papeleos y burocracias. A mojarse e, inmediatamente, movilizarse.

Porque si ella no hubiera dado el paso, nadie podía hacerlo en su lugar. Eso siempre quedó claro. Era ella la que tenía que decidir si quería o no acabar con aquello. De nada valía empujarla.

Los once años son el final –ese que en un alcohólico nunca está escrito- de una pesadilla de otros tantos en los que beber era el día a día. Cuando se estaba bien. Y cuando se estaba mal. También cuando se estaba regular. Siempre.

La adicción al alcohol es una enfermedad, diagnosticable y tratable. En España, se calcula que el 5,3 por ciento de la población y un 12,3 por ciento de los estudiantes de 14 a 18 años, presentan un consumo de riesgo… (Datos 2014 del Seminario Lundbeck Adicción al alcohol: viaje al interior de una enfermedad”) . El alcohol que arrasa con todo. Quienes conocen bien el tema siempre hablan del bebedor pasivo. De hijos, madres, mujeres, compañeros… De los accidentes, la falta de productividad, los costes directos e indirectos…También de que no llegan a tratamiento más de un 10 por ciento de los alcohólicos. Además, tarde. Con 10 años de retraso.¿Qué se puede hacer por ellos?. ¿Por esa bolsa de alcohólicos ocultos que poco a poco van machando sus vidas?. Sí, sí. Esos que todos conocemos. Vosotros también. Con historias completamente normalizadas. Me acuerdo, de repente, del conductor de una ambulancia al que conocí en un reportaje. ¿Es que nadie se daba cuenta de que aquel hombre no debería llevar a enfermos?. Solo había que mirarle. Olerle. Sentirle.

Lógicamente, hoy, pienso en ella. Que, en pleno junio, celebra aniversario. Once años ya. Parecía un imposible. Y lo logró. Toca, como dije antes, agitar un blog antiguo y darle nueva forma. Nueve y once no es la misma cifra. Son dos años más. De triunfo y valentía.

13305066_1138746206146875_1683509215810327994_oAsí que no se me ocurre mejor regalo que compartir con ella -que me consta es lectora fiel- algo querido para mí: un trozo de la tarta con la que el otro día celebramos otro aniversario: nada más y nada menos que los 40 años de Interviú. Se acaba la semana y apenas he tenido tiempo de escribir sobre semejante acontecimiento. Pero no quería dejar ir la ocasión de rendir un pequeño homenaje a mi revista en este post que surge de otro aniversario.

En Interviú lo he aprendido todo. Primero, a ser reportera. Y a hacer algo tan maravilloso -y tan difícil- como el periodismo de investigación. Pero también a ser persona. Mucho más abierta, tolerante, empática. Conocí a gente de toda clase y condición. Viajé muchísimo. Pasé ratos muy malos -de mucho estrés por esos reportajes arriesgados, difíciles y provocadores- y, sobre todo, ratos buenísimos. Me divertí mucho. “Que te cagas”, que diría mi compañero Fiti, al que tanto sigo echando de menos. Él tenía que haber estado esta semana con nosotros. De celebración. Por los pelos no ha llegado. ¡Si supiera la de veces que le hemos recordado en estos últimos días…!.

Y aquí sigo. Con el mismo estrés. Cerrando otro reportaje complejo. Que alguno preferiría que no viera la luz el próximo lunes. Pero para eso estamos nosotros. Para presumir de que no somos fáciles de amedrentar.

Obviamente no soy la misma chavalita confusa que, hace ya veinte años, llegó a la revista.  A una publicación que, para mí, tan pardilla entonces, me dejó impactada. Los que llegamos jóvenes ahora somos casi dinosaurios. Mucho menos divertidos, más seriotes, pienso a veces, que nuestros antiguos compañeros. Esos reporteros que marcaron escuela en el periodismo español en las páginas de una cabecera imbatible. (¡¡Cuánto te echo de menos Fiti…!!).

Aquí estamos. Al pie del cañón. Defendiendo nuestra revista a capa y espada. Ante quién haga falta. Porque creemos en ella. En lo que hacemos y en lo que publicamos. Todos estamos felices de haber llegado hasta aquí. Además, sumamos el éxito de una portada conmemorativa con la que hemos arrasado: la de Chenoa. Aún vivimos el resacón.

Cjz33cLUgAAkyEgEsa tarta con la que Interviú celebró su cumpleaños es también un poquito mía. Por eso, con mis compañeros, apagué las velas con tanta ilusión en una semana que ha estado cargada de emociones, risas, brindis y felicitaciones. Mi trozo quiero dedicarlo a quien hoy manda ese mensaje de otro aniversario: el de los once años.

Va por ti, querida. Con toda mi admiración.

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H de humanización

Se llama humanización de la sanidad y estoy segura de que ella, que acaba de salir del hospital, tras más de diez días mal durmiendo en un sillón reclinable, pegada a la cama de su compañero, nunca ha oído hablar del tema. Incluso quizá ni le importa. Conociéndola, le sorprendería. A ella, que es tan humana. Que no concibe otro trato, en el tú a tú, que no sea vía humanidad. Es la costumbre.

¿Acaso cabe otra forma de tratar a las personas que con humanidad? ¿Es que quizá debe sorprendernos que el trato cuando uno atraviesa un momento difícil -en cualquier escenario- sea afable o respetuoso? ¿Es de verdad tan inusual que las personas practiquen la empatía o que, en un hospital, un sitio donde a nadie le gusta estar, un sanitario te salude, te sonría un poco, te guiñe un ojo, te pregunte como estás o cierre la puerta con cuidado?

Eso me lo preguntaría ella. A mí, que algo conozco de estos temas, me tocaría explicarle que, desde hace tiempo, existe una corriente que aboga por humanizar el entorno sanitario y que, en los últimos tiempos, los políticos se llenan la boca anunciando planes con los que pretenden instaurar el buen trato a los pacientes, el respeto a su intimidad, a la toma de decisiones con plena autonomía, a la comunicación fluida, al máximo respeto… Que, entre los pioneros, está el médico Gabi Heras, especialista en medicina intensiva. En esta web, los detalles de su Proyecto HU-CI. Altamente recomendable pinchar el enlace.

“¡Qué cosas!”, me diría ella. Que hace apenas unos días, precisamente, me comentaba la brusquedad –cero malintencionada- de la médico que entró en la habitación para, en toda su crudeza, exponer la situación al enfermo y a su acompañante. “Hoy vino otra chica”, me aclara hace apenas unos momentos. “Más amable”, precisa. Y el matiz, en determinadas circunstancias, cuando estás asustada, es todo un mundo. Cambia la perspectiva. Al que está en la cama. Y a quien le acompaña.

“¡Pues me parece muy bien!”, me añadiría, al tiempo que, en uno de los muchos cafés que hemos tomado en estos días de hospital, le contase que humanizar es más que una palabra que empieza por H. Que esa H ya no es muda. Que son muchos los que piensan como ella. Que hay que volver a humanizar el entorno sanitario. Hacer la vida más fácil a los pacientes y sus acompañantes. Tratarles con afecto. Que obra milagros. Incluso de cara a la curación.

Que se lo digan a ella, al pie del cañón en una habitación donde las horas pasaban lentamente. Donde la rutina solo se rompía con las comidas, la limpieza del baño, la vía para poner la vitamina…Con ruido, por cierto, me explica, que hubo mañanas en las que el toque de diana era a las seis. Como si no estuvieran sufientemente cansados. Traqueteo de carros, timbres de llamada, conversaciones…¡Vaya usted a saber!. “Un poquito de silencio, por favor”, viene a decirme. Que no viene mal.

Vuelvo de pasar unos días -en modo apoyo- en ese hospital. Público, tamaño medio y, en el entorno, pequeños jardines plagaditos de margaritas, que para algo es primavera. No es lo mismo un centro que tiene un respiro donde los pacientes o sus familias pueden sentarse a tomar un poco el aire que un hospital-aeropuerto, todo hormigón y distancias enormes. Sin un triste banco, ni una friste flor. Sí, ya lo sé, lo que cuenta es la excelencia del centro, pero lo otro ayuda a animarse un poco. Desde el hospital que ha sido mi segunda casa estos días se veía, a lo lejos el mar y, también, las montañas. Todo suma.

Humanización es que, tras el impacto inicial, alguien, pongamos un auxiliar, entre y te sonría y, al paciente, le llame por su nombre. No es lo mismo Ángel que Antxón. Carolina que Marta. No es lo mismo que se dirijan a ti por tu nombre a que se refieran a tu persona como el de la habitación 235. Si te ponen nombre, te humanizan. Eres algo más que el de la tensión alta, la pancreatitis o las piedras en la vesícula. Eres persona.

Humanización es que, como a mí me pasó el otro día, en ese hospital del norte, el de los campos de margaritas, del que ya había oído hablar más que bien -ejemplo de hospital humano, me decían- te acerques a un control de enfermería, transmitas tus inquietudes y una enfermera, que de nada te conoce, te coja las manos y te las apriete fuerte y diga: “Hay que ser optimistas”. (Gracias enfermera).

Humanización es que a tu habitación llegue alguien a preguntarte qué necesitas. Si pueden ayudarte en algo. Simplemente a escucharte. Tranquilizarte. Darte esperanza. Aunque nunca antes te hayan visto. En ese hospital, el de las margaritas, hay gente maravillosa que en estos días se ha volcado con ella. La ha arropado cuando le ha hecho falta y yo quiero darles las gracias. Como a la enfermera.

La humanización debería extenderse como una mancha de aceite. Ser asignatura obligatoria. Contagiarse como la gripe. Pegarse como la cola. Practicarse a diario. Circular sin control. En los hospitales. Y fuera de ellos. En muchos otros circuitos.

Sin humanización, en realidad, no hay nada. Así que bien por los que apuestan por ella. Mejor nos irá a todos.

 

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El miedo

El miedo, por supuesto, es libre.

Martes de Semana Santa. El país a medio gas -la entrada de mails es el principal barómetro de días como este- y vuelve el miedo. Esta vez, a Bruselas, en Bélgica.

El miedo, en realidad, siempre está ahí.

DSCF0198 copiaPor motivos familiares, la pasada Navidad me metí en un avión rumbo a Nairobi, capital de Kenya. Por supuesto, iba con mucho miedo. Es más, a medida que se acercaba la fecha de salida, más miedo tenía. ¿En qué cabeza cabe coger un vuelo a un país que, según leía esos mismos días, está considerado por el Ministerio de Exteriores como punto caliente?.

Yo sabía que tenía que hacer ese viaje. Largamente planificado. Muy deseado. Pero, en aquellos días, el patio andaba más que revuelto por el mundo entero -París retumbaba en mis oídos- y volar a África se presentaba, cuanto menos, como una temeridad. En realidad, nadie comprendía porqué elegir semejante destino. También es cierto que muchos otros, envidiando mis vacaciones africanas, quitaban hierro al asunto y me animaban a no pensar en nada, a disfrutar de lo que me esperaba, a desafiar a quienes quieren meter miedo. Eso es lo que quieren -me decían- que tengas miedo“.

Desde Nairobi, comprendían mi inquietud. Pero, quien esperaba con los brazos abiertos, aseguraba que allí, en Kenya, todo estaba en orden. Que tranquila. Que no pasaba nada. Que el safari estaba listo, las tiendas preparadas, los coches a punto, los guías expectantes  y el parque nacional de Masai Mara, nuestro primer destino, recién finalizada la temporada de lluvias, lucía espléndido. Con más elefantes que nunca.

De manera que me lancé. Tipo mantra repitiéndome una y otra vez que loca estaría para arriesgar mi vida. Que todos los días y a todas horas, millares de personas viajan de un lugar a otro del mundo por negocios, por trabajo, por amor, para reunirse con los suyos, para escapar de vidas miserables, para volar en busca de sueños, para cambiar el rumbo de los destinos…Para huir, por ejemplo, del terror. Del terror que siembran los que obligan a miles de personas a pedir que les refugiemos.

Así que mi miedo y yo libramos una ardua batallla para meternos en ese avión confiando en que nada debía pasar. Y lo conseguí. Muertita de miedo, pero fui capaz de llegar al aeropuerto de Madrid y presentarme ante el mostrador de Ethiopian Airlines para coger un vuelo directo a Addis Abeba. El miedo se disipó cuando vi que, al igual que yo, otros tantos viajeros españoles cogían ese vuelo con destino a un aeropuerto, el de Bole, que se ha convertido en centro neurálgico de las conexiones intercontinentales.

Como el miedo es muy traicionero, opté por disfrazar el vuelo de aventura. Para mí y mis acompañantes. Por ejemplo, repetí una y otra vez a quien me quisiera oir, que nunca hasta ese momento había pensado que pisaría suelo etíope, llamé la atención sobre la belleza de las azafatas, lo curioso de la comida a bordo o el color de las mantas para taparnos.

DSCF0004 copiaEl vuelo transcurrió sin incidentes. Pasados los primeros momentos, el miedo fue quedándose agazapado y dio paso al sueño, el cansancio o la ilusión por la llegada al destino. El miedo escampó cuando África se presentó amaneciendo a través de la ventanilla. El miedo ya no existía cuando, a toda prisa, una furgoneta nos trasladó por las pistas del aeropueto de Addis Abeba rumbo a un nuevo avión que nos llevaría a Nairobi.

El miedo era sólo un mal recuerdo en los días que transcurrieron en un país maravilloso como es Kenya que tanto sabe de ataques terroristas, de amenazas. El miedo daba risa cuando una se encontraba en el Masai Mara, ese sueño convertido en parque nacional, donde todavía se puede ver un espectáculo tan increíble que parece irreal, propio de un documental de National Greographic. El de la vida salvaje.

El miedo dio tregua durante días. África es tan hermosa que si no existiera habría que inventarla. África es incomensurable. África es dignidad. Africa no es un país, como reza el blog del diario El País que coordina Lola Huete y cuya lectura recomiendo. África es mucho y diferente. Imposible no enamorarse.

DSCF0279El miedo volvió en Nairobi al entrar en alguno de los centros comerciales de la ciudad. Cuando te cacheaban para acceder a las tiendas, algo a lo que una no se acostumbra. El miedo estaba presente cuando, a un lado, y al otro, y al de más allá, veías decenas de soldados armados hasta los dientes, una imagen insólita para quien viaja desde un país donde, en la cotidianeidad, no ves armas. Afortunados que somos.

El miedo estuvo. Y se fue. Demasiadas vivencias para tenerlo presente. Bye, bye, miedo.

La vuelta a Madrid hizo que reapareciera. Pese a los recuerdos de esas manadas de elefantes que quitan el sentido, el señorío de las jirafas, la majestuosidad de los leones, las risas histéricas de las hienas, las noches a la luz de las velas, las conversaciones con el guía samburu, los sabias palabras del chófer Thomas…La felicidad.

En Nairobi, kilómetros antes de acceder al aeropuerto vía peaje, los viajeros están obligados a abandonar los coches y acceder a un control de seguridad. El objetivo, pasar un primer filtro antes de entrar en las instalaciones del Jomo Kenyatta. El control, más exhaustivo, se repite después. El vuelo Nairobi-Addis Abeba salió con retraso. Con el tiempito justo para darse una vuelta rápida por ese aeropuerto de Bola, quizás uno de los más bulliciosos que he visto y veré nunca. Las medidas de seguridad, extremas. Los controles, exhaustivos. Los soldados armados, por todas partes.

Ya a bordo, sin previo aviso, la compañía decidió que el que debía ser un vuelo directo Addis Abeba-Madrid incluyese una escala. Así, sin decir nada a nadie. En mitad de la noche, el avión aterrizó en El Cairo, Egipto. Para repostar, dijo una azafata cuando se le preguntó el por qué de la parada.

El miedo, entonces, reapareció con intensidad. Pese al cansancio, pese a los buenos recuerdos, pese a los mantras para mantener la calma.

En mis pies, descubrí una luz. Algo que parpadeaba. Miedooooooo. Porque juraría que esa luz no estaba cuando el avión despegó de Etiopía. O yo no la vi. Más miedo. Tirando hacia la escala de pánico. Y la mente disparada. Que si Egipto, que si esa parada imprevista, que si qué hacíamos allí parados durante tanto tiempo, que si quería salir ya hacia  Madrid…No, no puede ser, pensaba. Es imposible. Nadie se ha colado en el avión. Esto no puede estar pasando y por tanto, no es verdad…”, me repetía sin parar.

El miedo me obligó a llamar a una azafata. En voz muy bajita. No quería asustar a nadie y que se montase una escena de histeria colectiva. Pese al miedo, conseguí mantener el control. La azafata, miró hacia mis pies. Y me dijo que tranquila. Que nada pasaba. Pero, en cuanto me di cuenta, una sobrecargo ya estaba con su compañera atisbando esa lucecita que no dejaba de parpadear en mis pies y que a mí me daba mucho miedo. La sobrecargo miró y calló. Me dijo que esperase un momento, que llamaría a alguien. En dos segundos corría hacia mi asiento uno de los dos pilotos del avión. Muy alto. Con la cara desencajada. Con mucho miedo.

Se tiró hacia mis pies. Y soltó un enorme suspiro. Tan grande como él. Inacabable. “¡No, por favor!. Eso no es nada. Es un…(no recuerdo lo que me dijo que era, algo así como un sensor). Todo está bien”, me soltó de malas maneras. Normal. Le había dado el susto de su vida. Todavía camino de la cabina se dio la vuelta y me hizo la señal de la victoria. Lívido. Falsa alarma. Fuera miedo.

Sucede Bruselas y, en la cascada de condolencias, alguien dice en las redes que hoy, más que nunca, está prohibido tener miedo. Pero el miedo es libre. Yo, ahora, sé que hay muchas personas que tenían miedo a que yo cogiera ese vuelo rumbo a Kenya. Que no durmieron hasta que, en tierra, confirmé que todo OK. Sé, incluso, que hay quien me confesó que nunca habría hecho lo mismo. Y que, en Kenya, las compañías que viven del turismo se lamentan que de que se avecinan tiempos difíciles una vez más. Que nadie quiere subirse a un avión depende a qué destino.

Hay quien vive con miedo todos los días. Hay quien viene hacia nosotros huyendo del horror de guerras que nunca cesan. Familias enteras que buscan ese lugar seguro donde vivir sin miedo.

¡Qué absurdo, ¿verdad?! Vivimos sin miedo y apenas lo valoramos. Como si lo nuestro fuera lo normal.

El miedo está ahí, campando a sus anchas. Porque el terror, aunque queramos olvidarnos, acecha en cualquier lado.

De manera que, es difícil, pero hay que intentarlo.

Vivir sin miedo.

 

 

 

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Ahora vas y lo cuentas

La historia me llega vía Cáritas de Tenerife. La leo, me sorprende, por supuesto me interesa, y decido contarla. Pasarán unos días hasta que pueda pisar este blog y darle forma. El día es hoy. En ese cortito espacio de tiempo me doy cuenta de que cuántas cosas me quedan por saber. Porque, ¿quién no ha oído hablar de Las Patronas de Veracruz (México)?. ¿Quién no sabe que existe un grupo de mujeres que todos los días, desde hace más de veinte años, acude a las vías de un tren para ofrecer comida y bebida a los maltrechos polizones que viajan en el desvencijado ferrocarril?

¿Quién no ha escuchado nunca esa terrible historia de un tren de mercancías que cruza México, de sur a norte, al que apodan “La Bestia”, “El tren de la muerte” o “El devoramigrantes” y cuyo destino final es Estados Unidos? 

¿Es posible que alguien no haya oído que en ese infernal recorrido -cerca de 2.400 kilómetros en un trayecto que dura alrededor de 25 días- muchos de esos migrantes  desaparecen, otros resultan mutilados al intentar subirse a a lomos de ‘La Bestia’ (os ruego leaís este enlace) y centenares son víctimas de robos, extorsiones, torturas, secuestros, violaciones por parte de los cárteles de la droga y las maras que controlan las rutas migratorias y que “cobran” -hasta 100 euros-  de peaje por dejar que se suban en marcha a los vagones? Por favor, ¿es que nadie sabía que, si no pagan la mordida, les tiran a las vías?.

Pero bueno, seamos sinceros, ¿es que acaso nadie sabía que, ante semejante dramón, en 1995, de forma espontánea, como surgen las cosas importantes, un grupo de mujeres solidarias decidió organizarse para alimentar a esos viajeros de ‘La Bestia’ a su paso por La Patrona (de ahí el nombre), una pequeña localidad que pertenece al municipio de Amatlán de los Reyes, a 15 minutos de la ciudad de Córdoba, en el estado de Veracruz?

patronas2¿Cómo es posible no haber escuchado esa historia de que las voluntarias esperan el silbido de ‘La Bestia’ para, rápidamente, acercarse a las vías y lanzar a los viajeros unos paños de tela en los que envuelven tortillas, frijoles, arroz, pan, fruta y botellas de agua y que los migrantes, que van encaramados a la partes superior de los vagones de mercancía, extienden sus brazos para agarrar los paquetes que desaparecen de las manos de las mujeres en pocos segundos por la velocidad del tren?.

¿Puede existir alguna persona que no sepa que Las Patronas de Veracruz fueron candidatas al Princesa de Asturias de la Concordia 2015 en una campaña internacional impulsada por el obispo de Saltillo, Raúl Vera, a la que se sumaron los obispos españoles y que no fue una candidatura fácil porque parece como que el gobierno mexicano pasaba un poco y hubo que empujar -vía una plataforma de firmas- para que esa candidatura fuera una realidad?.

Respuesta. Yo, Nieves Salinas, reportera de Interviú, lo que me presupone cierto conocimiento sobre cosas que pasan, desconocía la gesta de Las Patronas de Veracruz. Es más, nunca había oído hablar de ellas. Y, la verdad, hasta vergüenza me da admitir no estar al tanto de esta hermosa historia de solidaridad que se remonta a hace dos décadas, una de tantas, seguro, que cada día protagoniza un grupo de gente anónima en cualquier rincón del mundo y que, como en este caso, no siempre tienen la cobertura que merecen.

Han tenido que venir las patronas a España -Galicia fue el inicio, el pasado 7 de marzo, de una gira de encuentros y conferencias (organizada por la Plataforma Noviolencia 2018) que finaliza el próximo 20 en Calatayud (Zaragoza)- para enterarme de quiénes son, de qué hacen, de cómo se organizan. (Gracias, por cierto, Cáritas Tenerife). Llevo varios días detrás de Norma Romero, la patrona de Las Patronas, la mujer que, con su familia, lo comenzó todo y lidera a esa quincena de mujeres que cada día cocinan para los migrantes de ese tren maldito.Casi, casi, conseguí hablar con ella, recién aterrizada en Canarias. Se me escapó. Me consta que son muchos los que quieren escuchar la realidad que viene a contar -sí, esa que nos queda tan lejana- y que trae una agenda llena de compromisos.

En realidad, de Las Patronas se ha escrito mucho. Cualquier referencia en la red, devolverá decenas de enlaces y magníficos artículos y reportajes. Hay también documentales.

Que yo no supiera de este grupo de mujeres valientes no significa nada más que muchas veces vivo en la ignorancia sobre cuestiones que bien vale la pena conocer. O que suceden muchas cosas y una no siempre está atenta a todo. Por eso, esta vez, utilizo este espacio del blog, para hacer de correveidile. Me sale, así de pronto, una expresión que escuché hace unos cuantos años a un pequeñajo con mucho gracejo. Ahora vas y lo cascas, dijo el niño con toda naturalidad. He reconvertido la expresión en título para esta entrada: “Ahora vas y lo cuentas”. Pues eso. Si os parece, ahora vais y lo contáis. En este caso, creo, bien merece la pena que se corra la voz.

PD. Las Patronas de Veracruz tienen página en Facebook y también cuenta en Twitter: @LasPatronas_dh.

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De vuelta

Casi dos meses sin pisar este blog. Dos meses intensos. Por el camino, la pérdida –brutal por inesperada, por irreparable, de un querido compañero-; un viaje, navideño, a Kenya –de los que te sacuden y, seguro, darán para más de un post- y hasta un par de comentarios a este blog que me han dejado KO. Alguien, se ve que un represaliado por alguno de los reportajes que firmo, me ha mandado mensajes en los que me desea todo tipo de males. Por decirlo suavemente. Lo cierto -soy una afortunada- es que es la primera vez que arremeten contra mí de semejante manera. Tras el shock inicial, me repongo  y vuelvo a la carga. Ningún descerebrado merece que deje de contar una historia. Sobre todo si es bonita, como la que conozco a través de Espíritu González.

Veamos. Espíritu González –pseudónimo de Javier Ramón González Martínez- es policía local en Torre-Pacheco (Murcia). Y criminólogo. Y maratoniano. Y escritor. Lo cuenta él mismo –y en este orden- en su web. Además de ser tantas cosas y aunque no lo conozco personalmente, tengo la impresión de que es uno de esos tipos que va por la vida cargado de entusiasmo –del bueno- y, con semejante equipaje, uno siempre arrasa. A través de Espíritu, conozco la publicación de  Entre superhéroes. La historia de Edu Balboa” (Círculo Rojo Editorial), su tercer libro. El libro de su vida -aclara él mismo- porque narra la historia de “uno de los policías más generosos que tenemos en España”.

libro-entre-superheroes3-1Edu Balboa es un tipo raro. Muy raro. No lo digo yo. Lo explica él mismo. Dice que así le ven algunas personas que no acaban de entender -¡¡¡ay,ay,ay, los prejuicios!!!- que un joven policía nacional se dedique a ir por fundaciones y hospitales con el único propósito de alegrar la vida de los niños con cáncer.  El libro narra sus peripecias y, sobre todo, su historia solidaria. A mí, sólo por eso, ya Edu Balboa del Cid -así se le conoce- me cae bien. Es más, me encanta que sea raro. Ojalá muchos fueran tan raros como él. Lo mismo que me encanta que Espíritu González se haya embarcado en dar voz a este personaje tan peculiar que, por si fuera poco, es amigo del mismísimo Spiderman y consigue que el superhéroe, en cuanto se le reclama, se presente en un hospital y muestre sus superpoderes a niños que, día a día, pelean sin descanso por salir adelante.

Cada año, en España se diagnostican cerca de 1.400 nuevos casos de niños con cáncer (aquí la fuente). El cáncer infantil es la primera causa de muerte por enfermedad hasta los 14 años. En Interviú hemos puesto la lupa sobre esta realidad en diferentes ocasiones. Justo hace ahora un año publiqué este reportaje sobre uno de los momentos más difíciles que atravesaron las familias.

Muchas veces olvidamos que hay niños y familias que están en un hospital batallando por sobreponerse a algo tan duro. Hoy mismo, desde la Fundación Aladina, recuerdan que cumplen diez años repartiendo sonrisas por los los centros sanitarios españoles. Toda ayuda es poca para quienes, en cuerpo y alma, se dedican a que la vida de estos pequeños sea mejor. Así que, por favor, pinchad enlaces, compartid, corred la voz, comprad este y otros libros…Para que los ‘edus’ que hay por ahí haciendo que este mundo sea un lugar más habitable -y que muchas veces no tienen visibilidad-, puedan continuar con su trabajo, para que no se sientan solos y, sobre todo, para que no dejen que nadie les haga creer que son unos bichos raros.

 

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Adiós a Fiti, enorme reportero

421049_338632522824918_134849093_nQuiero escribir pero no me salen las palabras. De repente, estás en la revista una mañana cualquiera y alguien llama para decir que tu compañero de mesa, tu querido Fiti, al que conoces desde hace tantos años, al que tanto admiras; al que tantas veces le has preguntado por cómo encarar este o aquel reportaje; al que siempre has escuchado con respeto por saber que era un maestro; el que tantas veces te ha hecho reír con sus historietas y tonterías; el que ponía la música –desde la copla hasta canción protesta- a todo volumen en las tardes tontas, el que…Te sueltan, así, sin prepararte, que Fiti –de nombre oficial Juan Luis Álvarez y uno de los más veteranos reporteros de Interviú- ha muerto. Y se te rompe el corazón porque no puedes ni concebir que nunca más Fiti vuelva a entrar en esta redacción. No puede ser posible. No me lo quiero creer.

En mi escritorio tengo una foto de mi compañero. La he elegido para ilustrar este post escrito a trompicones. Es lo único que se me ocurre para rendir un pequeño homenaje a mi compañero. Aunque, bien lo sé, él no lo necesitaría. Fiti no era de los que necesitaban esas cosas. Jamás fue un reportero estrella. Era, tan solo, un reportero. Con mayúsculas. Enorme, digno. Demasiados años en esta profesión, demasiados reportajes difíciles, demasiadas investigaciones a sus espaldas como para dejarse adular ni impresionar fácilmente. Fiti era de esos reporteros de los que ya no quedan. De los que creía en lo que hacía. Ese periodismo adusto, complejo, riguroso, sin concesiones…Ese periodismo, qué bien lo sabías compañero, que tan poco lucía y que tantos disgustos le dio, pero, como él mismo contaba cuando se ponía con sus batallitas, tan bien se lo hizo pasar. “¡Qué te cagas!”, aclaraba por si existía alguna duda.

Ese periodismo que tanto y tanto marcó su vida. “Cada nuevo reportaje es un exámen”, decía no hace mucho en una de las tertulias que, con otros compañeros, montábamos en el bar de Carmen (gracias Carmen, por consolarnos hoy con tanto cariño), muy cerquita de nuestra revista. Tertulias surrealistas, absurdas, espontáneas…Charletas que nos daban vida.

La foto que ilustra este post improvisado y tan triste representa al Fiti que yo quiero recordar. Al que tanto voy a echar de menos. Al divertido, faltón, simpático, irreverente, siempre con ganas de hacer reír…Era nuestra última tarde-noche en la madrileña calle O’Donnell, anterior sede del Grupo Zeta. Nos costaba mucho despedirnos de aquel edificio en el centro de la ciudad en el que pasamos tantos años y emprender la marcha hacia unas nuevas oficinas ubicadas en una zona mucho más alejada. Así que organizamos una fiesta de despedida. En la redacción teníamos un gran cartel de Marisol, portada emblemática de la revista, que a alguien se le ocurrió poner para que posásemos a modo de photocall. Allí nos hicieron esa foto en la que aparece Fiti tocado con una gran peluca afro y unas gafas que debió de mangar de cualquier mesa. Fiti en estado puro. A su lado, el también periodista Manuel Marlasca, que fue compañero nuestro, y la que esto firma. La foto es única. Irrepetible.

En fin. Poco más que decir. Hoy se nos ha ido Fiti y no hay ganas de nada. A mí, en el escritorio, me queda esa foto. A la foto y a su peluca me agarro porque no quiero llorar más. Ni pensar en que ayer mismo, ya de tarde, antes de dejar la revista, le hice otra de mis consultas sobre un tema que me preocupaba y él, que conmigo siempre se ponía muy serio (“dime Nievosky”, me decía con su mirada pícara, muy de reojo) me soltó lo que opinaba. Y, como siempre, le di más de una vuelta a lo que opinaba. Porque, que lo sepas compañero, es uno de los periodistas a los que más he respetado en todos los años que llevo en esto. Se lo dije a él. Y lo digo ahora. Así que..Adiós Fiti.

Hasta siempre compañero.

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Desde la ventanilla de un coche blindado

DSCF3031Cuanto cuento en este blog está basado en hechos reales. Vamos, en la vida misma. Pasan cosas y las traduzco en forma de historias. Es mi trabajo. Y este es un espacio personal que me brinda la revista para dar salida a lo que considere oportuno -suerte la mía- y no tiene cabida en forma de reportaje semanal. Otra asunto es que -por aquello de preservar determinados hechos o circunstancias que considero deben quedar en el ámbito privado- de vez en cuando enmascare un tanto lo que sucede a mi alrededor. Como debe ser.

Y, por favor, que no suene a petulancia eso de que “cuanto cuento está basado…”. Que, en estos días tristes, soy la primera en asistir -con mucho bochorno- al espectáculo que -sobre todo en redes sociales- están brindando determinados personajes en torno a la enorme tragedia de París. Todavía no me he recobrado del selfie de ese gran comunicador desde uno de los santuarios que los parisimos han dedicado a las víctimas. Ni de la foto de recordatorio de un aspirante a la presidencia del Gobierno que, apenas horas despúes de la masacre, y en un extraño modo de mostrar su solidaridad con el pueblo francés, recordaba que él, un año antes, había estado en la capital francesa celebrando su cumpleaños. El tuit, en este caso, incluía una foto suya junto a la mítica Torre Eiffel. Muy fuerte, ¿no?. “Políticos y periodistas corren a exhibirse sin prudencia alguna. No reparan en q las ocasiones históricas sacan a la luz tu exacta dimensión”, tuiteaba el otro día una magistrada. Como suscribo cien por cien esas palabras, y sin pedirle permiso por ser un comentario público, se las he cogido para este post. Seguimos.

DSCF3028La historia que quiero contar arranca hace poquito más de un mes. Los protagonistas, una familia española. De tantas. Normalita. Con su día a día. En esas que el padre llega a casa y anuncia que tiene que salir de viaje de trabajo. En la familia, todo hay que decirlo, están más que acostumbrados a que ese padre viaje a lugares lejanos y -solo a veces- un tanto peligrosos. En esta ocasión, el destino es Turquía. Estambul para ser exactos. Hace tiempo que el padre no viaja y como en ese mismo país -semanas antes- se habían registrado 95 muertos en un horrible atentado -en un acto por la paz celebrado en Ankara- existe cierta inquietud. “Cuidado, por favor, mucho cuidado”, le dicen.

Imposible esconder a los niños las cosas que pasan. Cada día más imposible. Por eso, durante los días que dura el viaje de su padre, los pequeños están inquietos. Oyen hablar de bombas, de aviones que explotan en pleno vuelo, de muertos por todas partes. No hace falta ni encender la tele. La información se cuela hasta por los patios de los colegios. Con todo lujo de detalles. De lo más escabrosos. ¿Cómo explicarles que ya ningún lugar en el mundo es, en realidad, un sitio seguro?. Aconsejo la lectura de este artículo del diario El País sobre cómo trasladar a los niños hechos tan trágicos como los ataques de París.

DSCF3017Sigo. En la familia, la ausencia del padre, como vengo explicando, se vive con cierta desazón. Normal. Aunque estuviera en Albacete, sería lo mismo. Desde Estambul, a donde viaja por primera vez, el padre llama poco. Normalmente por la noche. Siempre dice que está agotado. Que son muchas reuniones y que no le quedan ganas, y menos tiempo, de visitar Santa Sofía, la Mezquita Azul o el Palacio Topkapi.  “Hombre, pero date una vueltecita. Sí, es verdad que tienes que tener cuidado, pero es una ciudad tan bonita…Hay tanto que ver”, le dicen en casa.“Ya”, contesta. Suena lacónico.

Pasan los días. Pocos. La casa sigue su ritmo. Coles, trabajo, compromisos, peleas por los deberes…Lo hermoso de lo cotidiano. Llega el día de la vuelta del viajero. Se le espera con ganas. Aterriza rozando la noche. Parece cansado. Muy cansado.

El hombre da besos a los niños y mira a su mujer fijamente. Uno de los niños, más mayor, que lleva días extremadamente inquieto, guarda un secreto del padre. Un gran secreto. Que todavía hoy yo -que tan bien conozco a esa familia- no comprendo como ha sido capaz de guardar.

DSCF3030[1]Porque el padre no ha viajado a Turquía. El padre -que suelta la noticia mientras mira sin pestañear a su mujer- acaba de llegar de Irak. Sí, del mismísimo Irak. Ese polvorín al que nadie quiere ir y que se recomienda no pisar salvo caso de extrema necesidad.

Noqueo. Espanto. Incredulidad. Mucho, mucho miedo. Incapacidad de asimilar semejante noticia. El resto de la historia fácilmente imaginable: de entrada, bronca.  “Tú allí jamás vuelves”, “No me vuelvas a mentir con algo así”, “¿Y si te secuestran? ¿Y si pasa algo?”, “Que no, que no”, “Ahora lo entiendo todo. Ya entiendo porqué nunca salías de la habitación del hotel”, soltaban de un lado. “Lo hice para que no te preocuparas”, “Imagínate la semana que habrías pasado, tú sola con los niños, sabiendo que estaba en Irak”, respondían desde el otro lado del ring.

Las fotos que ilustran este post están hechas por ese padre que ha estado en Basora cuando todavía en París no se atisbaba la gran tragedia. En realidad, nada -y todo-, tiene que ver. Por eso -aunque quizás ya estaba previsto- surge este post.

La idea es dar a conocer estas fotos tomadas desde un coche blindado en Irak hace poco más de un mes. Son inéditas. Es decir, nunca se han publicado porque pertenecen al archivo personal de su autor que no es periodista. Ni corresponsal. Ni nada que se le parezca. Me dice que puedo disponer de ellas. También de su testimonio. Lo considero de especial relevancia y, por eso, le doy forma y lo comparto. Es su experiencia, intuyo que traumática, en la segunda ciudad más poblada de un país donde ya no hay nada y a la que no pudo negarse a viajar. Una ciudad donde solo hay destrucción y basura. Mucha basura, resalta impresionado. Basura que todo lo inunda. Estas son sus palabras:

DSCF3015“En Irak hay cientos de empresas de seguridad. En las empresas de seguridad -que se ocupan de garantizar la protección de los trabajadores que viajan al país o de consulados y embajadas- todos son ex militares. Los ingleses que estaban conmigo (ejerciendo de guardaespaldas) eran de Manchester. Uno de ellos era, además, paramédico. Su mujer y su hijo viven en el Reino Unido. Él intentó volver a su país. De hecho, regresó y trabajó en Manchester pero, al cabo de un año, volvió de nuevo a Basora. Por pasta me imagino. O porque no podía acostumbrarse a la vida tranquila. Se llama Bobbi.

A Bobbi, antes, en los puntos de control le pedían la “mordida” en dinero. Ahora, la “mordida” es agua mineral. Paran en el punto de control, abren el maletero, sacan cajas de 12 botellas de agua, de las de plástico, y se las la dan a los soldados.

Dicen que el peligro principal en Basora es el secuestro por dinero. Otro peligro es encontrarte con el fuego cruzado en una discusión entre tribus. A la primera, te sacan un Kalashnikov.  En la planta a la que tuvimos que viajar – el segundo pozo de petróleo más grande del mundo- los trabajadores de las empresas de seguridad son bosnios. También ex militares. Nos contaban que allí, en la planta, el peligro no eran los Kalashnikovs, sino las serpientes (cobras) y los escorpiones. Y, por supuesto, las altas temperaturas en verano. Me contó Bobbi que un verano la temperatura marcaba 61 grados y las crías de cobra recién nacidas “estaban cocidas (muertas) al sol”.

Estuvimos en Basora durante la fiesta de la Ashura, el festejo más sangriento de Irak. (La fiesta más importante para los chiíes. Los peregrinos conmemoran la muerte de su mártir Husein, nieto de Mahoma, asesinado en el año 680. El imán Husein fue decapitado y su cuerpo mutilado, lo que los fieles chiítas conmemoran autoflagelándose). Hombres y chicos vestidos de negro ondeando banderas negras. Puestos de comida gratis para todos los peregrinos, etc. Lo que me impresionó eran dos manos, de medio metro de tamaño cada una, cortadas al  nivel de la muñeca, con la sangre plastificada saliendo en la zona del corte. Estaban hechas, me imagino, de escayola o papel.

Nosotros nunca fuimos solos a ningún sitio, así que todo tranquilo por allí. Todo visto desde la ventanilla del coche blindado. Con Bobbi y su fusil al lado”.

Ese padre ya esta en casa viendo en la tele lo que sucede en la cercana París. Con mucho dolor. Con mucha inquietud. Imagino que, aunque no lo transmite, con mucha ansiedad también. Ahora, lejos queda Irak. Y sin embargo, tan cerca, de nuevo…

Sus palabras, para mí, son un tesoro. Sus fotos, tomadas desde un coche del que nunca le dejaron bajar, tan solo para entrar a dormir en un vetusto hotel que era su fortaleza, hablan bien de cómo fueron esos días en los que mintió a su familia para no preocuparles. De lo que vio a través de la ventanilla del blindado cuando viajaba hacia uno de los campos petrolíferos más grandes del mundo. Ni que decir tiene que su vuelta es el mejor de los regalos.

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¡¡¡¡Bonjour, mon amour!!!!!

¡¡¡¡¡Bonjour, mon amour!!!!. Es la leyenda que, en letras doradas, reza en la sudadera de una chica que, en pleno estiramiento, pasa a mi lado camino de marcarse una carrera en el Retiro. Ese precioso parque de Madrid que a ti y a mí tanto nos gusta. Ese que tan bien conocemos.

110b888f506b5abb7747803b5e35ceb2¡Bounjour, mon amour!. ¡¡¡Buenos días, mi amor!!!!. ¡Qué bien suena en francés! ¡Cuánto me gusta leerlo! ¡Me llena de alegría! Lo repito en voz baja mientras recorro algunas de las calles más bonitas de la ciudad en un día especialmente soleado. ¡Cuánta vida estampada en la frase de una sudadera!

¡Bonjour, mon amour! Invita a todo. Incluso a los que -como a mí misma- nadie nos tiene que convencer de nada porque nos tragamos la vida a bocados. En lo bueno y en lo malo. Hasta hartarnos. Tipo indigestión.

¡Bonjour, mon amour!. Y pienso en ti. ¿Cómo convencerte de todas las cosas buenas que hay ahí fuera?. De todas las personas a las que podrás conocer, los lugares a los que podrás viajar, las mil y una veces que te enamorarás, los desafíos que tienes por delante. ¿Cuántas veces te he dicho mon amour que nadie, salvo tú mismo, podrá ponerte límites? No flaquees, no bajes la guardia, no te rindas jamás…¡Venga! ¡Vamos! ¡Puedes con las mates, con el trabajo de Cono, el proyecto de Lengua, tus citas con el teatro y las clases de inglés! A pesar de que a veces sientas que te sobrepasa todo. Te aseguro que merece la pena. Aunque sólo sea para, de vez en cuando, poder gritar a los cuatro vientos: “¡¡¡¡Bonjour, mon amour!!!!!“. Así, en francés. Que suena tan bonito.

¡Bonjour, mon amour!. La vida mola. Mola un montón. Aún en aquellos días en los que no mola nada. Que es muy a menudo, para qué engañarnos. Que no todo es como se planea. Cuanto antes lo comprendas, mejor. De eso tienes que darte cuenta pronto. Que mil veces te sentirás cansado, frustrado, decepcionado, perdido, solo, confundido…Aún así, mon amour, créeme, mola un montón. Doy fe. Habrá otros muchos días en que sentirás que lo que te rodea es tan estupendo que saltarás de alegría. Sin poder contenerte. Como sólo tú sabes saltar.

carte-postale-bonjour-mon-amour¡Bonjour mon amour!. En la sudadera de la runner una frase y se me escapa un post en este blog. Sucede una mañana en la que recibo dos cartas por correo. Sí, cartas, mon amour, nada de mail. Letra y papel. Eso que tú ya casi ni sabes qué es. Una, la de un amigo, larga y tendida, como acostumbra, y con el regalo de un décimo de lotería de Navidad. Para más señas, con fecha señalada. La de un día, de un mes y un año que marcó su vida. Dice mi amigo varias cosas, mon amour, algunas privadas, pero cuenta que, tras mil batallas, llegó la victoria y habla de un sueño cumplido, hecho realidad. Se siente, por tanto, feliz.  ¿No es bonito?.

La segunda carta es mucho más abultada. El remitente se considera víctima de una gran injusticia, mon amour. Lo sé porque me ha pedido que, en cuanto me llegue su envío, le avise. En realidad es un sobre. Bien gordo. Apenas me he atrevido a abrirlo por lo que sé que contiene. Mucho dolor, mucha desesperación.  ¿Estaré a la altura?, ¿podré ayudarle?. ¿Ves mon amour?. Unas veces cal. Otras, arena.

Hoy he querido mandarte un mensaje impreso en una prenda deportiva. Porque pienso que lo mereces, mon amour. Porque a veces te veo como que dudas, que no acabas de creerte esto de que lo que te espera es una gran aventura, que piensas que quizás los demás son los culpables de como tú te sientes. Hecho un lío. ¡¡Qué va mon amour!! Hoy así, mañana asá. Forma parte del juego de la vida. Mira, ahora mismito, acaba de llegarme -esta vez vía mail- el menú que servirán mañana en un lujoso restaurante de Ibiza que suele mandarme sus convocatorias. No podré ir, mon amour, bien que tú lo sabes, pero sólo de pensar en dejarme caer por la isla, ya me pongo contenta.

Bonjour-mon-amour-je-t-aime-4Fíjate que cosas, mon amour. Minutos después me llega otro mail del Ministerio de Sanidad con motivo del XXV Aniversario de la Federación Española de Padres de Niños con Cáncer (FEPNC). ¿Sabías que en España se diagnostican cada año 1.500 casos de menores con cáncer?. Los avances en la lucha contra esta enfermedad -te leo la nota de prensa- se han traducido fundamentalmente en un aumento de la tasa de supervivencia a cinco años de los menores que padecen cáncer. Ahora es del 77%, cuando en 1980 era del 54%. Esto significa que el riesgo de muerte por cáncer se ha reducido a la mitad. Aun así, el cáncer pediátrico es la primera causa de muerte por enfermedad en menores. Nunca pensamos en esas cosas. Nosotros que apenas pisamos el médico…Entiendo que ahora ni te des cuenta. No estás en esa batalla. Solo quiero que lo sepas. Que hay otros niños que no tienen tu fortuna. Y, sin embargo, mon amour, luchan como jabatos, con sus familias, para salir adelante. Ahí no cabe bajar la guardia. Ni los agobios. Ni enfadarse porque no te han regalado la tablet que querías o tu móvil no es el último del mercado. Ahí existen otras prioridades.

Tira de la madeja, pequeño. Y lo entenderás todo. Que habrá mucho bueno. Hazme caso, mon amour. Que te gano en años. Y algo sé. Aunque también un día, hace un puñado de años, como tú, haya estado hecha un lío. Pensando que el mundo estaba contra mí. Se llama adolescencia. Y se pasa. ¡Vaya si se pasa!. Fíjate. Una vez escribí sobre eso en este reportaje. Tú eras todavía un renacuajo. La adolescencia, un horizonte. Un día, cuando seas mayor, si te apetece, le echas un vistazo. Solo si te apetece, claro está. Que ahora no quiero aburrirte con mis rollos.

PD. La adolescencia es un terreno pantanoso por el que se mueven cinco millones de españoles. Se les considera los grandes olvidados del terreno sanitario porque, en cuestiones médicas, están en tierra de nadie. Hospitales como La Paz, en Madrid, cuentan con unidades específicas. La violencia, el acoso escolar, los trastornos alimentarios, la adicción a las nuevas tecnologías, el suicidio, el embarazo precoz o el consumo de drogas son algunos de los problemas, cada vez más comunes, que se ven en el hospital. El Plan de Infancia y Adolescencia 2013-2016 -aprobado por el Gobierno hace más de dos años y medio- incluía, entre otras medidas, ampliar a los 18 años la atención pediátrica, tal y como pedían los especialistas.

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