Entrevista a un psiquiatra disidente

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Allen Frances. Foto: Gennady Fiksman,

Hace unos días, la editorial Ariel me propuso entrevistar al neoyorkino Allen Frances. Un reto teniendo en cuenta su perfil: reputadísimo psiquiatra, profesor universitario, conferenciante y, atención, presidente del grupo de trabajo del DSM IV y parte del equipo directivo del DSM III. Para situarnos, el DSM -en sus siglas en inglés- es el manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. Una mal llamada “biblia” de la psiquiatría -eso me lo dirá Frances a lo largo de la entrevista- en la que los profesionales tienen las pautas para diagnosticar trastornos y tratar a sus pacientes. Hasta ahora, al menos, si el DSM decía que tal comportamiento podía catalogarse como un trastorno, el resto del mundo decía amén. Por absurdo que fuera. Digo hasta ahora porque Frances visitó España este mismo mes para presentar un libro titulado “¿Somos todos enfermos mentales?” en el que cuestiona abiertamente la última edición del DSM -la quinta, en la que él ya no participó- por considerar que se ha hecho de forma descuidada y, lo que es peor, ciertamente peligrosa.

Todas estas cavilaciones la vierte en el citado libro en donde, no solo carga contra su propio gremio entonando una suerte de ‘mea culpa’, sino que, sobre todo, denuncia abiertamente lo que considera abusos de la psiquiatría. Lo que viene a decir, avanzo a modo de simplista resumen, es que existe un exceso de diagnóstico psiquiátrico y que estamos todos empastillados –sí, también los españoles porque se molestó en enterarse de cómo están la cosa por estos lares- cuando muchos de los problemas cotidianos que tenemos podrían resolverse sin fármacos y, desde luego, sin quedar etiquetados como un trastorno mental. 

Antes de proseguir, un consejo: “Nadie que lea tu articulo debe dejar de tomar la medicina que esté tomando”. Frances sabe de lo que habla. En caso alguno quiere que nadie utilice sus palabras y pretende evitar manipulaciones. “Ya estoy siendo citado amplia e incorrectamente por cienciólogos y otros grupos rabiosamente contrarios a la psiquiatría”, asegura en el libro.

El doctor Frances es un señor de aire deportivo y aspecto despreocupado. De esos personajes que, cuando entrevistas, te mira directamente. De los que, más allá de soltarte el rollo promocional de su libro, te contesta con detenimiento. Lo normal, diréis. Pues no. Por experiencia, os digo que no. Ni es habitual que todo el mundo te mire a la cara cuando te habla -desconfiad de los que no lo hacen-, ni tampoco que un personaje se trabaje cada entrevista como si fuera la única que está concediendo. Para la entrevistadora, un placer.

No era la primera vez que, en boca de otros colegas suyos, escuchaba el mensaje que lanza el psiquiatra norteamericano. Sin embargo, él va un paso más allá. Desde la cordura y el sentido común. Sin alarmismos. Con argumentos sólidos y explicaciones convincentes. Pero sin miedo alguno. Por ejemplo, a poner nombres y apellidos a “las actuales falsas epidemias de la psiquiatría”, es decir, los trastornos con más probabilidad de ser diagnosticados y tratados de manera excesiva. Tres le preocupan especialmente, porque atañen a los niños: el autismo, el trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDHA) o el trastorno bipolar infantil. De los desmanes que se han llegado a producir da idea lo que cuenta a continuación: “La falsa epidemia de bipolaridad infantil sucedió a pesar de que habíamos rechazado el concepto en el DSM IV. Algunos investigadores de Harvard, que eran como líderes de opinión, dieron muchas conferencias que convencieron a psiquiatras infantiles, pediatras o médicos de familia que todo tipo de problemas de comportamiento en la infancia eran un desorden bipolar y debían ser tratados con medicación, incluso en niños de 3 años. Sin considerar los riesgos a largo plazo de un cerebro joven sometido a ese tratamiento. Para algunos niños, la medicación es beneficiosa, pero ha de ser evaluada muy cuidadosamente y es solamente un último recurso”. 

Cuando Frances llega a España, ocurre un suceso terrible en Madrid. Una madre acaba de matar a su hijo de dos años. La mujer, parece que tiene antecedentes de depresión. Toco el tema. La mayoría de las personas con enfermedad mental no comenten actos violentos. Suelen ser más las victimas del crimen que criminales violentos. No es útil pensar que podemos prevenir la violencia de manera simple o directa, pero es muy útil proporcionar acceso fácil al tratamiento para la gente que tiene una enfermedad mental, especialmente si tiene un historial que contiene violencia y, sobre todo, abuso de sustancias”, ataja.

Los recortes en servicios sociales y sanitarios, dice, han tenido efectos demoledores en ese sentido. En Estados Unidos, en los últimos años, se han cerrado medio millón de camas en hospitales psiquiátricos. “No proporcionamos suficiente cuidado psiquiátrico o viviendas en las comunidades para cuidar a toda esa gente que fueron dados de alta. Como resultado, tenemos un millón de pacientes psiquiátricos en la cárceles y cientos de miles de personas sin techo con enfermedad mental”, afirma.

Porque, en el meollo de todo lo que expone este asiduo colaborador de algunas de las más prestigiosas publicaciones estadounidenses, está que se trata demasiado a quien no lo necesita y se está dejando sin atención a quien de verdad sí tiene una enfermedad mental que se debe atajar de forma urgente: “La mayoría de medicamentos psiquiátricos los recetan los médicos de Atención Primaria después de 10 minutos con un paciente al que a menudo no conocen o al que probablemente conocen en uno de los peores días de su vida. Además, bajo la enorme presión de las industrias farmacéuticas. Cuanto más sepa el paciente y más preguntas haga, menos tratamientos innecesarios y dañinos habrá. Una diagnosis rápida y descuidada pueden causar problemas que durarán una vida entera. Es muy difícil dejar de tomar una pastilla porque muchas van asociadas a síntomas de abstención graves”, indica.

2014-09-29 17.57.41Es esa presión de las farmacéuticas -“se gastan dos veces más en márketing y en política que lo que gastan en investigación y el público tiene que entender que no lo hacen para ayudar la paciente, si no para  elevar los sueldos de sus ejecutivos”, advierte-  la que, también en España, está provocando un  abuso de los fármacos psiquiátricos (un 20 por ciento de los norteamericanos toman esta medicación) para “problemas que sería más fácil solucionar con el tiempo, tu propia resistencia y, a lo mejor, la psicoterapia. En Estados Unidos, los narcóticos sin receta se están dispensando sin ningún tipo de control, así que tenemos más sobredosis y muertes por estos medicamentos que por la cocaína o la heroína que proviene de la calle”.

Le pregunté al doctor Frances si se considera un médico valiente por poner patas arriba lo que en estos años han venido postulando algunos de sus colegas. “No –me respondió-. Tampoco creo que esto me haya granjeado enemigos. La gente que tiene sentido común, tiene la misma perspectiva que yo”. Y su sentido común, añade, dicta que, por ejemplo, es un absurdo hablar de psiquiatría preventiva. “España tiene en este momento un paro altístimo. Me consta que es difícil para la gente joven conseguir empleo y la situación es terrible. A la gente le rompe el corazón, le hace sentirse triste, se preocupan por el futuro, pero eso son reacciones humanas normales a la pérdida y al estrés. No son una enfermedad psiquiátrica, a no ser que los síntomas sean muy severos, incapacitantes o con pensamientos suicidas. Si tiene síntomas severos debería ser tratado inmediatamente. Pero si tiene síntomas comprensibles, no tiene porqué”.

Dice Allen Frances que ha escrito este libro porque quiere cumplir con dos propósitos: alertar a las personas que no necesitan tratamiento para que lo eviten y animar a quienes sí lo precisan a que lo soliciten y lo sigan”. Ni más ni menos. Lo dice muy serio. Desde la experiencia de quien define la psiquiatría como una profesión noble e indispensable, en el fondo sana, y extremadamente eficaz cuando se practica bien“. Casi una hora de entrevista y una lectura detallada de su libro, le cargan de argumentos. Pero, sobre todo, dan mucho que pensar. Una lectura absolutamente recomendable si os interesan este tipo de cuestiones.

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El niño

El niño va solo. Me doy cuenta al momento porque coincidimos en el paso de peatones, camino del tren de cercanías, en el centro de la ciudad.

El niño parece decidido. Enfila las escaleras mecánicas sin titubear. Aparenta que sabe bien a dónde se dirige. De alguna manera, no intencionada, sigo sus pasos. Siempre me llama la atención ver a un niño solo en una ciudad grande como Madrid. Se me disparan las alarmas. Instinto maternal.

Calculo su edad. ¿10? ¿11? ¿12?. Desde luego, no más. Es delgadito y va bien vestido. Tiene cara de sueño. Al llegar a la estación, parece dudar. Sin embargo, no es la primera vez que ha estado allí, porque mira hacia los paneles donde informan de la llegada y salida de los trenes como si ya conociera el procedimiento. Simplemente, parece no tener clara cuál es su vía. Al final, siempre seguro, le veo que opta por preguntar en la ventanilla.

Intento no ser paranoica. Sigo mi ruta. En el andén, a punto de coger el tren, volvemos a coincidir. Subimos al mismo vagón. Me siento a su lado (de forma intencionada, esta vez). No sé qué hacer. ¿Le digo algo?. Me muerdo la lengua. En realidad, no se le ve desamparado. Aunque, en el fondo, le doy vueltas a eso de hasta qué punto es normal que un niño –porque se le ve muy niño- viaje solo en un tren de cercanías, por corto que sea el trayecto.

A todo esto, él tan tranquilo. A su bola. Me mira, pero porque yo le miro. Yo le miro, porque no sé si debo decirle algo. Así vamos. Tanteándonos. A nuestro lado, una señora mayor. Cerca, dos vigilantes de seguridad. Desde fuera, parece que el niño viaja con una de nosotras. Nadie pensaría que circula solo.

Llegamos a una estación. La señora se baja. Los vigilantes, que parecen seguir la pista a unas carteristas, por lo que comentan entre ellos, prosiguen su rumbo. Entonces, ya no puedo aguantar más: “¿Vas tú solo?”, le suelto como quien no quiere la cosa. “Sí, voy a tal sitio”, me contesta sonriente. Su destino, a unos 20 kilómetros del corazón de la ciudad. ¡Ah!”, digo yo. El niño no me da pié a más. Muy educado, vuelve la mirada hacia la ventanilla. Pienso que, quizás, desconfía de mí. O que, simplemente, no quiere darme explicaciones. Le dejo tranquilo.

DownloadedFile-1El tren se queda parado un rato en la estación. Lo increíble –mira que es casualidad- es que, por la ventanilla, veo un gran panel que publicita la Fundación ANAR (Ayuda a Niños y Adolescentes en Riesgo) que conozco bien. Trabaja en la protección de la infancia y colabora en la localización de menores desaparecidos. En 2013, el Teléfono ANAR para casos de niños desaparecidos (116000) atendió 229 casos. Más de la mitad, eran por fugas; el otro 19,6 por ciento por secuestros parentales y un 18,8 por ciento estaban relacionados con situaciones en las que los menores habían sido echados de casa.

Pienso si el niño está viendo lo mismo que yo. El gran panel. Quizás ni le haya prestado atención. Ni parece secuestrado, ni perdido, ni que se haya fugado. Sigue tranquilo. Pega la nariz a la ventanilla y disfruta con el trayecto. Tiene las manos pequeñas y las uñas un poco comidas. Lleva zapatillas de moda y luce melenita. Va sin mochila, sin móvil. Puede que lo lleve en los bolsillos de su pantalón de cuadritos. Se le ve absolutamente despreocupado, espabilado y como aleccionado en el sentido de no pararse con nadie desconocido, ni hacer caso a extraños. Esas cosas que los padres siempre soltamos a los hijos.

Sigo dándole vueltas a si debo -o no- hacer algo.  En la cabeza, llevo el run-rún del pederasta que secuestró a las niñas en un barrio de Madrid y al que todavía no han cazado. Ojalá pronto. Por otro lado, me digo si estaré un poquito pesada, metiéndome donde nadie me está llamando y quizás acabe liando la que no deba.

Total que me bajo en la siguiente. Y ahí lo dejo. Tan pancho. Con cara de que alguien le espera y llegará a buen puerto. Mirando el paisaje por la ventanilla. Por cierto, feo a rabiar en las afueras de la ciudad.

A lo largo de ese mismo día, y de los sucesivos, hago una encuesta en mi entorno: ¿consideras normal que un niño vaya solo en un tren de cercanías?; ¿y si hubiera sido una niña de esa misma edad?;  ¿tú le habrías dejado?; si en lugar de ir solo por la ciudad lo hubieras visto en un parque, ¿te habría llamado la atención?…

Obtengo respuestas para todos los gustos. Desde quien recuerda que, cuando nosotros éramos niños, íbamos solos de aquí para allá –a esa edad, claro está- sin que ello entrañase peligro alguno, hasta quien piensa que lo correcto es que los menores vayan siempre acompañados. Por si acaso y al menos hasta determinada edad.

Recuerdo, de pronto, un estudio que recibí hace unos días. Lo firmaban la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria y la Fundación Mapre. Revelaba que un 10 por ciento de los menores españoles de 12 años se quedan solos en sus domicilios en algún momento lo que, lógicamente, representa un mayor riesgo de accidentes. No hay más que repasar las noticias de sucesos de vez en cuando.

El asunto es que, ya rozando agosto, se me ocurre escribir un último post veraniego sobre ese pequeño trayecto en tren con un niño de no más de 12 años que viajaba solo. No es más que una reflexión. Sobre cómo debemos protegerlos, si siempre podremos hacerlo y hasta qué punto debemos darles alas para que descubran este mundo que tantas veces, y en tantos lugares, les resulta tan hóstil.

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VERDAD Y JUSTICIA

ADVERTENCIA: Este post es largo. Quizás demasiado. Por si antes de empezar, alguien quiere recular.

Verdad y justicia. Son las primeras palabras que escucho solo encender la radio, muy de mañana. Es 24 de julio. Verdad y justicia en boca del representante de una de las asociaciones de víctimas de la mayor tragedia ferroviaria sucedida en España, la del tren que descarriló en Angrois, a pocos kilómetros de Santiago, en esa curva ya maldita de A Grandeira. Verdad y justicia es lo que hoy piden desde Galicia, mi tierra. ¿Acaso puede existir algo más grande que eso?. La verdad y la justicia. Si el mundo se moviera entre esas dos grandes variables…

Escribo esto mientras se suceden los homenajes, las palabras de afecto, las misas, los recuerdos a quienes murieron en aquel tren. Intento ir deprisa. Quiero publicar este post ya. ¡Casi mediodía!. ¡Cómo me enrollo!. Pero, qué irónico, salta otra alarma. Se ha perdido la pista a un avión. En Argel. 116 pasajeros. Seis tripulantes españoles porque la compañía es española. Me despisto. ¿Otro avión?. ¿Pero qué está pasando?.

El 24 de julio de 2013 –miércoles- se presentaba un día medianamente tranquilo en la redacción de Interviú. Verano, becarios a tope con sus primeros reportajes, adelanto de temas y unos cuantos redactores ultimando sus cosas y a punto de irnos de vacaciones mientras que otros compañeros llegaban de las suyas.

La terrible noticia nos cogió fuera de la revista. El accidente de Angrois fue a última hora de la tarde. El drama comenzó tímidamente, como suelen empezar los más terribles sucesos. Como en cámara lenta. Primeras informaciones contradictorias. ¿Pero cómo va estamparse un tren Alvia, cargadito de veraneantes, de turistas, de peregrinos, de familias que iban a pasar el Día de Santiago con los suyos?. Esas cosas no pasan…

Un año antes yo había cogido un tren parecido. Mi destino, A Coruña. En San Juan. Eran los primeros trenes híbridos-duales S-730. Esos que –menos a Lugo, mi ciudad, donde tarda como en tiempos de la diligencia- Renfe y la ministra de turno, la del gremio, anunciaban a bombo y platillo que llegarían con menos tiempo a sus destinos gallegos. A falta de AVE (Galicia, furgón de cola en comunicaciones)  algo es algo, pensábamos entonces los primeros que los estrenamos.

Aquel viaje, el mío a A Coruña, fue tipo odisea. Mi híbrido-dual S-730 debía llegar a destino en 6 horas y 9 minutos. ¡JA,JA!. Apenas dos horas de viaje y caput. Primera parada. En mitad de la nada. Ni “p’atrás ni p’alante”. Revisor correteando por entre los vagones. Problemas técnicos. O eléctricos. Vaya usted a saber. “Disculpen, ustedes, señores viajeros. Les mantendremos informados”…

En el tren viajaba un grupo de sindicalistas, la mayoría gallegos, que reivindicaban no me acuerdo ahora qué. Sí que era algo relacionado con Renfe. Subieron en Chamartín (Madrid) y llenaron los vagones con su jolgorio y sus pancartas. Venían de algún tipo de acto. Sin dormir. Fueron ellos quienes me explicaron que los pasajeros de aquel tren -tras más de dos horas parados, todo el vagón había estrechado lazos de amistad por decirlo finamente-éramos un poco los conejillos de indias de esos  trenes híbridos más rápidos que los antiguos talgos a Galicia.

Aquel día, había un partido importante. (¿Sería la Eurocopa?). Todos, niños incluidos, querían verlo. España jugaba y se la jugaba. Pero no había cobertura. Un chico que viajaba delante de los sindicalistas, sacó su ordenador. Hizo virguerías y consiguió sintonizar algún canal. Todos se apiñaron a su alrededor. Los niños, lo sindicalistas, la productora de televisión que viajaba a mi lado, las dos estudiantes de Medicina…Ya éramos una pandilla. Cuando pasábamos un túnel o atravesábamos una montaña, perdíamos la cobertura. Los sindicalistas, subían tono. Las futuras médicas, chillaban. Los niños, histéricos, saltaban entre los asientos. Aquello era una locura. Para resarcirnos del retraso que acumulábamos, el revisor repartía bocadillos de jamón. Creo que de los más ricos que probé en toda mi vida. ¡Vaya viajecito! Como a la antigua. Pero muy divertido.

Un año después sucedió lo del tren. Reviví aquel viaje y pensé…¡Ufff! En los niños, en las estudiantes, en los sindicalistas, en la productora, en el ejecutivo del ordenador gracias al que vimos el partido…¡La de historias que iban entre aquellos vagones!. 

El 24 de julio de 2013 Galicia se enfrentó a la que sin duda ha sido la mayor desgracia vivida. Los minutos de esa película en cámara lenta se sucedieron a velocidad del viento y llegó lo peor. Goteo de víctimas. Caos. Tragedia nacional. Y los vecinos de Angrois, que para siempre quedarán en la memoria colectiva. Tirándose a las vías, arrojando mantas, sacando a los heridos, custodiando a los muertos…

Sostengo que los gallegos no somos gente de grandes alharacas. De los de soltar un “te quiero” así como así, de dar palmaditas sin la oportuna confianza. Ni demasiado aficionados a mostrar nuestros sentimientos en público. No quiero caer en topicazos que para eso ya están las películas que barren en taquilla, aunque no hablen de gallegos. Los gallegos somos más comedidos, más como hacia adentro. Sobre todo si rozamos el interior. Como yo. Pero aquel 24 de julio los vecinos de Angrois dieron una lección tal de solidaridad que todavía hoy se saltan las lágrimas recordando aquellas escenas. ¡Qué gente! ¡Cuánta generosidad! La misma que aquel día demostraron las decenas de voluntarios, los médicos y enfermeras, los equipos de emergencia…¡Cuánto héroe anónimo!

Vuelvo a ese 24 de julio de 2013, en la redacción de Interviú. No. Miento. Voy al día después. Jueves. Mal día para nosotros. Día de cierre. Día de Galicia. Día del Apóstol  Santiago. Día de fiesta para los gallegos que a mí siempre me coge trabajando en Madrid -el año que viene tengo que cambiar las vacaciones- cuando debería estar de parranda, comiendo pulpo y empanada, bebiendo el vermut en la verbena de un pueblo y escuchando a los gaiteiros. Con mi familia.

Aquel fue un 25 de julio de mier***. En Interviú, reunión de urgencia para ver cómo, informativamente, afrontar el brutal accidente. Todavía noqueados. Con el corazón encogido ante semejante catástrofe. Tensión, cruce de miradas, ideas. Al final se decidió apostar por el testimonio de víctimas de otras tragedias similares. Mis compañeros Juan José Fernández, Juan Luis Álvarez, Carlos Barrio y yo misma, nos pusimos a llamar como locos a víctimas de los siniestros de Spanair o Metro de Valencia, temas ampliamente tocados en este semanario. El último hace apenas unas semanas. Lo firma Javier Gallego, uno de nuestros fichajes para este verano. Juan José Fernández fue el primero en destapar las lagunas e irregularidades en la investigación del accidente del Metro  y Juan Luis Álvarez sabe como nadie de lo que sucedió con el trágico vuelo de Spanair. A menudo hablamos de ello.

TRENAlgunas de esas víctimas -o sus familias- estaban demasiado tocadas para reaccionar cuando se les pedía su sentir ante el siniestro del Alvia. De pronto, lo revivían todo. Cada uno aportaba su opinión. Pero la mayoría lanzaba mensajes en la misma dirección: que se unieran, que no se dejasen manipular, ni por políticos ni por abogados, y que fueran conscientes de que al principio todo eran palabras de consuelo, gestos de solidaridad, de cariño, promesas…hasta que un día llegaba el silencio. Y el olvido. Y se quedaban solos con su lucha.

Ha pasado un año de aquel accidente de Angrois. Leo los titulares sobre el aniversario. Entre ellos, una carta del maquinista en la que pide perdón. Poco puedo aportar yo. Salvo volcar lo que siento por si a alguien le interesa. Y necesito decir lo que siento: que si no hay verdad, ni hay justicia, como reclaman, para saber lo que sucedió, por qué sucedió y cómo podía no haber sucedido, no habrá descanso para esas familias ni para sus muertos. Si yo fuera ellos pediría a gritos esa justicia, esa investigación. Sin tregua. Hasta quedarme sin voz. Por los que quedaron entre los hierros de aquellos vagones.

 

 

 

 

 

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Estefanía, la de los ojos tristes

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Mirad la foto que ilustra el comienzo de esta entrada. ¿No es una belleza esta chica?. Tremendo bellezón, diría yo. Estefanía, la de la mirada triste. La que tenía miedo. La que se miraba al espejo y, pese a sus enormes ojazos y la perfección de sus facciones, no se gustaba. Nada. Estefanía la que lloraba cuando se levantaba de la cama, cuando le decías lo guapa que era o cuando relataba las devastadoras consecuencias de la psoriasis que padecía desde niña y había tomado las riendas de su vida.

No sé que habrá sido de Estefanía, a la que conocí con motivo del reportaje “La piel que habito”, que publiqué hará cosa de año y medio. Una no siempre puede seguir la pista de las personas a las que conoce o entrevista, aunque a veces le gustaría y quiere pensar que todo ha ido a mejor desde la última vez que topa con alguien que se ha roto y, a duras penas -algo que siempre he admirado-, te cuenta su vida sin conocerte de nada.

Así sucedió con Estefanía, la de los ojos tristes. Nos sentamos en la sala de un hospital y habló. De sus 25 años entonces. De sus estudios de Farmacia. De que siempre iba tapada y recordaba, como marcados a fuego, esos momentos como cuando, con 15 años, en la piscina del pueblo de su abuela, una señora le pidió que saliera del agua por si contagiaba.

Estefanía, la de los ojos tristes, era una de las protagonistas de ese reportaje que acabo de mencionar. Un tema durillo, la verdad, que yo misma propuse porque, por desconocido, me resultó interesante: el de la Dermatología Psiquiátrica, una subespecialidad en la que se estudia como los problemas de la piel repercuten en la mente, y viceversa.

Personas que sienten su cuerpo infestado de parásitos, que se autolesionan o se arrancan el pelo. Son los casos más extremos. Una minoría. Los casos más graves. Lo habitual, explicaba la doctora Aurora Guerra, jefa de sección de Dermatología del Hospital 12 de Octubre de Madrid, es que quienes ven en consulta sean personas con una enfermedad estrictamente dermatológica -como la psoriasis- que, por su estigma, les puede provocar un trastorno o quienes, a causa de una situación puntual de estrés, acaban teniendo un problema dermatológico.

Los datos indican que uno de cada cuatro pacientes que visitan al dermatólogo sufre ansiedad o depresión. Enfermedades de la piel como la psoriasis a veces causan un enorme sufrimiento. También otras. En aquel reportaje me hablaba Rosa Taberner, dermatóloga del Hospital Son Llátzer de Mallorca, del vitíligo, esas lesiones en forma de marca blanca en la cara y en las manos que no tienen ninguna trascendencia para la salud, que ni tan siquiera dan síntomas, pero que son muy estigmatizantes para quienes las padecen. Recordaba el caso de un empresario, paciente suyo, que se quejaba de que, en las reuniones, se le prestaba más atención a su aspecto que a sus palabras. ¿Sabéis que en estos casos una de las opciones es que las enfermeras enseñen a sus pacientes a maquillarse -un maquillaje especial, claro- para camuflar las manchas?.

14273547550_73186c469fEs fastidiado eso de no gustarse a uno/a mismo/a. Vaya si lo es. Que levante la mano quien no se encuentre un pero. Quiero ser más alta, más flaca, tener más pecho, menos celulitis, una dentadura perfecta, los labios más sensuales…Todos queremos  proyectar la imagen de estupendos y seguros de nosotros mismos. ¿No nos están mareando todo el día con eso de que la primera impresión es la que cuenta?. Imaginad entonces, por un momento, lo que supone ponerse en la piel de una chica joven que, desde niña, ha de luchar contra el estigma.

Hoy me he acordado de Estefanía, la de los ojos tristes, porque Acción Psoriasis, formada por pacientes y familiares, ha puesto en marcha varias acciones y campañas para quitar hierro al rechazo que envuelve la enfermedad. Una de ellas tendrá lugar este 19 de julio, sábado, en varias playas -Barcelona, Gijón, Huelva…- bajo el lema ‘Es Psoriasis…¡Y qué!. La idea es animar a los afectados a que descubran su piel, sin vergüenzas, en verano. Todo un reto. A ver cómo reacciona el personal. Además, una exposición con imágenes de pacientes reales -algunas las he incluído en este post- recorre en estos meses diversos hospitales españoles. Su última parada, el Hospital de Basurto, en Bilbao.

Acabo ya. Repito, no sé que habrá sido de Estefanía. Un día me enteraré y quiero pensar que está mucho mejor. Que tendrá novio, que se habrá destapado y, por fin, sonreirá. Aquel día la dejé en manos de la médico, admitiendo que necesitaba ayuda psicológica, y de Obdulia, 49 años, gobernanta de lencería, con una psoriasis severa para la que probó de todo. Brujas, cremas, hierbas…Hasta se fue a Cuba a experimentar con un tratamiento que consistía en aplicarse una pomada a base de placenta humana bajo el calor de una bombilla, contaba la mujer risueña.

14273591289_f26d05d986El carácter extrovertido de Obdulia, rozando los 50, le había ayudado a sobreponerse a la enfermedad. El miedo, recordaba resuelta, lo había sentido de jovencita cuando, si conocía a un chico y se acostaba con él, apagaba la luz para que no le viera el cuerpo. Aquello era pasado, decía. “Ahora si tengo  que ir a la playa y despelotarme, pues lo hago”, aclaraba desafiante.

El final de aquel reportaje consistió en las dos mujeres, frente a frente, sentadas en un banco a las afueras del hospital. Allí las dejé. A Estefanía con su mirada triste y a Obdulia, feliz, pasando de todo y de todos. Contándose sus cosas. Aunque no lo sabían, creo que caminaban en la misma dirección.

PD. La psoriasis es una enfermedad inflamatoria de la piel, crónica y no contagiosa. En verano, cuando los pacientes descubren su piel, es cuando más sienten los estigmas de la enfermedad.

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Inclusión. Y exclusión…

RUBEN

Rubén, con sus padres. Foto: Peio García

Un post especial. Por imprevisto. Tenía dos o tres asuntos pendientes de los que hablar pero, sobre la marcha, aplazo otras cuestiones porque quiero plantearos una reflexión y, esta vez, me interesa conocer vuestras opiniones que –si os parece y os apetece- podéis dejar a modo de comentario en este mismo rincón.

Hablemos de Down. De tener un hijo Down. De lo que un padre o una madre querría para ese hijo o hija. Bueno, sé que es mucho imaginar. Hay quien ni se plantea tener a un niño o niña así. Pero ese es otro debate. Más pausado. Y ahora me corre prisa contaros lo que sigue.

Insisto. Imaginaos que tuvierais un hijo con Down –o con cualquier otra discapacidad…-,  ¿qué querríais para él?. ¿Todo?, ¿lo normal?, ¿mucho? ¿un poco?, ¿lo adecuado a sus capacidades?… ¿Os gustaría qué tuviera amigos como él/ella o una pandilla variadita?, ¿le dejariaís tener novia/o? ¿salir de copas?, ¿le incribiriaís en las competiciones deportivas?, ¿le hablariaís de sexo?, ¿le educariaís igual que a sus hermanos?, ¿con las mismas exigencias?, ¿las mismas obligaciones?, ¿o seríais más permisivos y protectores?. Muchas preguntas, ¿verdad?. Difícil tener respuestas si uno no está en el pellejo.

Veréis, hay unos padres en León, los de un adolescente llamado Rubén, a los que la Fiscalía ha imputado por un delito de abandono familiar por negarse a que el menor, con  Down, sea escolarizado en un centro de educación especial. “Cuando la realidad supera la ficción…”…me dice Alejandro, el padre de Rubén, en su último mail. Porque la realidad es que, tras cuatro años de lucha, el Tribunal Constitucional no ha admitido a trámite el recurso de amparo que presentó la familia de Rubén y ha cerrado las puertas al caso, explican desde Down España. Pero es que, además, añade Alejandro, por si fuera poco,  la jueza les ha impuesto una fianza de 4.880  -2.400 por cada uno de los padres- para asegurar las responsabilidades pecuniarias que se les pudieran imponer. Fianza que han tenido que pagar por la vía rápida. “De lo contrario, nos embargaban», afirma Alejandro.

¿Cómo os quedáis?. Decidme: ¿qué os parece?. ¿Qué hubierais hecho vosotros?. Los padres de Alejandro quieren que el menor vaya a un cole normal. Por eso, en vista de que no les daban esa solución, han optado por educarle en casa. Alejandro considera que los centros de educación especial son guettos donde condenan a los niños al ostracismo social. Lógicamente es su opinión. Otros padres, piensan de otra manera, que para algo cada familia es un mundo. Lo cierto es que Rubén tiene derecho a ir a un cole normal, no es solo una perra de sus padres. Es lo que se viene llamando inclusión educativa. Eso que tan bien queda soltar, pero no siempre se practica. No darle la oportunidad -especifican desde Down España- es vulnerar uno de los derechos fundamentales recogidos en la Convención de los Derechos de Personas con Discapacidad, vigente desde 2008 en nuestro país.

De Rubén hablé en un reportaje que publiqué la pasada primavera. Viajé a varios lugares y conocí a otras tantas familias y chicos y chicas con Down. Familias muy diferentes entre sí. Por su educación, su forma de ver la vida, su pensamiento político, su nivel social o económico…De los temas que más me dio y, sin duda, de los que más aprendí. ¿Cómo no disfrutar del paseo con Tonet por las calles de Lérida, de sus comentarios espontáneos y divertidos, de sus bromas, de sus maduras reflexiones?. ¿Cómo no quitarse el sombrero ante la determinación de la guapa Cristina de convertirse en una mujer completamente independiente? ¿Cómo no emocionarse con el sentimiento -y la fuerza, y la responsabilidad…- del cantaor Manolo de Santa Cruz en una noche de saetas en Córdoba?.

Alberto, en el club Arkeros Corvera. Foto: Jorge Peteiro

De aquel tema salió otro tema. El de Alberto, un arquero asturiano al que no dejaban federarse en su comunidad. Si, claro, por aquello de ser Down. Ahí sigue batallando Darío, su padre, que, como Alejandro, es de los que no se rinde.

Insisto: si podéis, imaginaos que tuvierais un hijo con síndrome de Down. ¿Qué querríais para él?. ¿Lo mismo que los padres de Rubén, que hoy luchan por defender sus derechos?. ¿Os pondriaís a su lado?. ¿Y de la polémica de Alberto, el arquero asturiano, qué decís?.

Ahí las dejo. Unas cuantas preguntas. Por si, entre todos, encontramos respuestas.  

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Nueve años y unos días

Me manda un mensaje y me dice que son nueve años. Con sus noches y sus días. Horas y minutos. Uno tras otro. Con sus más y sus menos. Los “me vengo arriba”, los “me hundo”  y “los me mantengo”. Una carrera de obstáculos. De tropezones. De caídas y subidas. De tentación, a veces. De voluntad, siempre. Desde que lo dejó.

Nueve años sin beber. El aniversario de una decisión: no volver a probar gota de alcohol. Ni en las tartas. Ni en los bombones. Ni en los solomillos. Ni en nada. Cero.

¿Nueve años ya?. Pero si parece que fue ayer. Cuando todo era caos, preocupación constante, tremenda tristeza, dolor…Nueve años que son un premio. ¿Cómo no sentir orgullo?. Solo quien ha vivido de cerca el infierno del alcohol, quien sabe de sus devastadores efectos, es capaz de comprenderla. Sí, porque es ella. Mujer. Y joven. Y guapa. Y de clase media alta. Vamos, lejos de los patrones habituales. Doble vergüenza. Más motivos para esconderse. Para ocultar.

Durante años -como ella misma dice  cuando quiere desdramatizar- se lo bebió todo”. Hasta que un día –después de otros tantos días- dio el paso y entró en la consulta de un médico de Atención Primaria que, en lugar de lavarse las manos, como sucede en otras ocasiones, supo de su historia y decidió ayudar a quien –desesperada- buscaba ayuda. Hubo suerte. Topó con un médico bueno. Y no hablo precisamente de su profesionalidad. Dispuesto a saltarse papeleos y burocracias. A mojarse e, inmediatamente, movilizarse.

Porque si ella no hubiera dado el paso, nadie podía hacerlo en su lugar. Eso siempre quedó claro. Era ella la que tenía que decidir si quería o no acabar con aquello. De nada valía empujarla.

Los nueve años son el final –ese que en un alcohólico nunca está escrito- de una pesadilla de otros tantos en los que beber era el día a día. Cuando se estaba bien. Y cuando se estaba mal. También cuando se estaba regular. Siempre.

Vuelvo del XIII Seminario Lundbeck para periodistas que, en esta edición, ha estado dedicado a la adicción al alcohol. El encuentro cuenta con los mejores especialistas: Antonio Terán, coordinador del centro San Juan de Dios de Palencia; Antoni Gual, jefe de la Unidad de Alcohología del Hospital Clínic de Barcelona y Nestor Szerman, jefe de Salud Mental Retiro (Hospital Gregorio Marañón de Madrid) y presidente de la Sociedad Española de Patología Dual.

Sobre la mesa, aluvión de datos. Primero, a modo de aclaración, que la adicción al alcohol es una enfermedad, diagnosticable y tratable. En España, se calcula que el 5,3 por ciento de la población y un 12,3 por ciento de los estudiantes de 14 a 18 años, presentan un consumo de riesgo. Estamos un poquito por encima de la media europea. Teniendo en cuenta que es en Europa donde más alcohol se consume y que es la causa directa de una de cada ocho muertes anuales. De cada cien personas que consultan por un uso problemático de alcohol, ochenta tienen otro trastorno mental.

Interesantes otros aspectos que se tratan en el encuentro. Por ejemplo, que la forma de abordar la adicción ha cambiado. Que los psiquiatras negocian con los enfermos, porque de nada vale criminalizar, culpar, incriminar… Ninguna decisión sobre mí, sin mí”, se lee en una de las transparencias que pasa el doctor Gual, quizá uno de las voces más respetadas cuando se habla de alcoholismo. Viene a decir que, lejos del paternalismo, del moralismo que durante años se ejerció -y se sigue ejerciendo, matiza, en centros privados donde los tratamientos son costosísimos y los resultados no siempre están garantizados- sobre el alcohólico, la tendencia actual, la que da mejores resultados, pasa por implicarle en su tratamiento, por darle alicientes, por demostrarle que merece la pena e, incluso, por reducir el consumo, en  lugar de eliminarlo de un plumazo. Reducir el consumo es complementario a la abstinencia. Es decir, son dos opciones que se encuentran en el camino de la recuperación del paciente”, señala el psiquiatra catalán.

Los asistentes al seminario llaman la atención sobre las consecuencias sociales del alcohol. Sobre la violencia que genera en su entorno. Hablan del bebedor pasivo. De hijos, madres, mujeres, compañeros… De los accidentes, la falta de productividad, los costes directos e indirectos…

Pero hay un dato en el que me paro. Cuenta el doctor Gual que no llegan a tratamiento más de un 10 por ciento de los alcohólicos. Además, tarde. Con 10 años de retraso. Yo, pregunto qué se puede hacer por ellos. Por esa bolsa de alcohólicos ocultos. Que poco a poco van machando sus vidas. Sí, sí. Esos que todos conocemos. Vosotros también. Con historias completamente normalizadas. Me acuerdo, de repente, del conductor de una ambulancia al que conocí en un reportaje que hice no hace mucho. ¿Es que nadie se daba cuenta de que aquel hombre no debería llevar a enfermos?. Solo había que mirarle. Olerle. Sentirle.

Insisto en la pregunta. Bien por los que están en fase de recuperación. Esa es, sin duda, la gran buena noticia, pero: “¿qué pasa con los otros?, ¿es que no se puede hacer nada por ellos?, ¿cómo hacer que lleguen a tratamiento?”. La cuestión queda un poco en el aire. No por falta de respuesta. Gual prefiere hablar de los que sí estan en fase de recuperación. Son la gran mayoría, señala. El doctor Szerman matiza que las propias asociaciones de familiares, por ejemplo de enfermos mentales, están en contra del tratamiento involuntario forzoso. No conduce a nada.

Sigo dándole vueltas al tema. Ya de vuelta, no dejo de pensar en los que conozco que probablemente nunca llegarán a pedir ayuda. Quizás porque ni ellos ni los que le rodean hayan pensado jamás que tienen un problema. Por más que, en el fondo, todos sepan que lo es.

Lógicamente, durante todo el seminario, pienso en ella. Que, en pleno junio, celebra aniversario. Nueve años y unos días. También parecía un imposible. Y se recuperó. Con eso me quedo. Y, por fin, sonrío.

 

 

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¿Cómo viste un masai cuando viene a Murcia?

masaiEl título de esta entrada está tomado de una pregunta que lanzan en un programa de viajes de Radio 5 que escucho en el coche, en pleno atasco de una mañana lluviosa. La cosa va de que William Kikanae, jefe de la tribu de los Masai, en Kenia, ha visitado el campus de la Universidad Católica de Murcia (UCAM) y de que la institución educativa ha mostrado su interés en colaborar en temas de cooperación. En la entrevista, el jefe cuenta algunas cosas de su pueblo. Pero, a mi juicio, lo mejor es la pregunta que plantea el locutor: “¿Y cómo viste un masai cuando viene a Murcia?”.

Reproduzco la cuestión porque, de repente, me acuerdo de mi primer -y único- viaje a Kenia, que ahora me da por compartir. El primer masai al que conocí respondía por James y era el responsable del camping que regentaba con sus paisanos y en el que, contra todo pronóstico, me alojé unos cuantos días. Entre los masai, que aparecían sigilosos por cualquier esquina; los monos, agresivos y saltarines; y lo no identificado -rugidos, alaridos, risas locas, bufidos…-, que era mucho, o así lo imaginaba yo, aquello fue un no vivir. Salí airosa, aunque no sé si volvería a pasar por lo mismo.

James era un tipo alto que, como mandan los cánones, vestía túnica roja que, eso sí, aderezaba con deportivas último modelo. Contaba que se las habían mandado desde Canadá.  Aquello me descuadró. No lo de Canadá. Lo de las deportivas.  Normalmente los masais calzan sandalias hechas con neumáticos con las que aseguran –al menos alguno de ellos fardó de eso conmigo- que recorren a diario distancias de hasta cien kilómetros. Son tipos atléticos, bien plantados y, en el caso de James, con poco apego a la limpieza como pude comprobar en un viaje en todoterreno en el que compartí con él asiento trasero. Duro.

Los masais, si quieres foto, piden dólar. Parte importante de sus ingresos, vienen de los turistas. Y, oye, que hacen muy bien, que para eso son tan exóticos y tienen una cultura tan ancestral. James, a base de llevarle de aquí para allá, se dejaba fotografiar gratis. Tipo selfie. Y se reía un montón. Yo con él.

Cuando te da la mano, un masai no te la suelta. Yo creía que me vacilaban. Pero no. Era así. Saludan con un interminable apretón de manos. Te das la mano y así te quedas. En silencio. Si no sabes qué decir, te aguantas. Hasta que el tío se canse. O considere que ya pasó el tiempo suficiente. Son sus costumbres.

Los masai, que son pastores, creen que todo el ganado del mundo les pertenece. No es broma. Vaca que ven, vaca que quieren.

También tienen cierta fijación con casarse con una blanca porque, más allá de sus vastos y hermosísimos territorios, algunos de ellos creen que todo es jauja. Cualquiera les saca de ese entuerto. Lo comprobé cuando, casualmente, me quedé sola en una playa de Mombasa y tuve que convencer a dos aguerridos guerreros -que volvían de hacer bailes tradicionales en un lujoso hotel- de que, en la lejanía, alguien estaba esperándome. No me creían. Insistía. Que sí, que no. Lanzas clavadas en la arena. Miradas –medio nubladas porque muchos de ellos tienen problemas con la vista- fijas en mí. Desconfiadas. Curiosas. Que si de dónde era, que cuántos años tenía, que si cómo era mi país….Uauuu, difícil convencerles de que no me veía tipo ‘La masai blanca‘, protagonista de ese libro -también película- que cuenta las desventuras de una turista suiza que se enamora de un masai y pasa mil y una vicisitudes acomodándose a la vida de la aldea africana.

Por lo demás, la esperanza de vida de los masais es alta. El elixir de su juventud es una alimentación en la que tienen papel destacado la leche y la sangre de los bueyes que pastorean. Vamos, que se beben la sangre como agua. ¡Qué tíos!. Cuidado, que todo esto no lo se sacado de Wikipedia alguna, ni mi intención es ahora hacer un estudio sociológico de la tribu. Hablo de lo que me contaron ‘in situ’ y lo que vi. Claro, que lo cuento a mi manera. Para algo este blog es un espacio personal.

Las mujeres masai hacen una bisutería preciosa. Combinan con enorme elegancia abalorios de vivos colores con los que dan forma a artesanías -que venden por poco dinero- y con las que elllas mismas se adornan.

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Mundo Cooperante

En España, ONG’s como Mundo Cooperante, tienen proyectos como ‘Las Pulsera Masai contra la Mutilación Genital Femenina’, una brutal práctica contra la que llevan años luchando. Las pulseras están hechas a mano por mujeres masai en situación de extrema vulnerabilidad. Con lo que se recauda por su venta, se les ayuda. Algunas de ellas, en el pasado, vivían de mutilar a otras mujeres y ahora quieren abandonar definitivamente estas prácticas. El símbolo de las pulseras es una X, en alusión cómo se sienten: encerradas en un rombo porque están amenazadas por la cuchilla de la mutilación. Toda la información en la web.

Entre las masais, la prevalencia de la mutilación genital femenina ronda el 70 por ciento de las mujeres de entre 15 y 49 años. Las circuncidadoras gozan de un enorme prestigio social. Aunque la práctica está prohibida en Kenia, continúa campando a sus anchas. El rito -que marca la entrada de las niñas en la edad adulta y las convierte en casaderas- se lleva a cabo en la adolescencia pero, cuanto más perseguida está la mutilación, más se adelanta la edad: niñas de hasta 7 y 8 años pasan por esa tortura que acarrea consecuencias, físicas y psicológicas, de por vida.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que entre 100 y 140 millones de niñas y mujeres han sido sometidas a la ablación de clítoris.

La buena noticia es que cada vez más pequeñas se niegan a ser mutiladas.

Desde julio de 2005, la justicia española puede perseguir universalmente la mutilación genital femenina. Aquel texto se redactó con intención. Porque la mayor parte de los casos de ablación que sufren las niñas con residencia en España tienen lugar en los viajes a los países de origen de sus padres. Muchas veces, son los médicos los que detectan la aberración.

Hace apenas unos días se supo que  la Audiencia de Barcelonba ha confirmado condenas de doce años de cárcel para un matrimonio de Gambia, residente en Vilanova i la Geltrú, por la ablación de sus hijas menores de edad.

La suerte depende muchas veces de la esquina del mundo donde hayas nacido. Eso es así. Digan lo que digan los orgullosos masais.

Porque, ya sabéis, ¿quién dijo que la vida era justa?.

 

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¿Cuánto vale la palabra de un presidente?

DownloadedFileI’m from Lugo & don’t deny it (soy de Lugo y no lo niego). Es un lema lanzado por mis paisanos para promocionar Lugo. De repente me ha venido a la cabeza y lo suelto. Por cierto, os animo a conocer la ciudad, que es la mía. Una ocasión estupenda es el Arde Lucus,  importantísimo evento al que acuden miles de visitantes. Se celebra del 13 al 15 de  junio y revive el pasado romano de la ciudad. Un espectáculo grandioso. Ahí lo dejo.

Dicho lo cual, cuento que, hace apenas unas semanas, viajé a A Coruña para hacer un reportaje. En el aeropuerto, solo llegar, me crucé con el presidente gallego, Alberto Núñez Feijóo, que hacía el trayecto contrario: rumbo a Madrid. Iba yo despistada, con cierta prisa, y pensé: ‘Esa cara me suena‘. Solo cuando me saludó, muy sonriente y como si me conociera de siempre, le puse nombre. En realidad no habíamos coincidido nunca. Vamos, que no le conozco de nada. Ni él a mí, hasta donde yo sé. Hablo de conocerse personalmente, claro está. Pero, ya lo sabéis, los políticos tienden al saludo fácil y tienen la sonrisa siempre dispuesta. Es la forma de ganarse al personal.

El tema es que, en nuestro fugaz encuentro, desaproveché la ocasión para plantearle al presidente autonómico una serie de cuestiones sobre mi tierra que me inquietan. Es verdad que yo iba un poco acelerada. Y lo cierto es que tampoco una va abordando a los mandatarios para plantearles cuestiones sociales por importantes que sean como este caso. Vamos, no es lo usual, aunque una tenga todo el derecho.

Perdón, que me lío y hablo en voz alta. A mí Feijóo no me cae mal. Ni hay porqué. Es más, tiene cara de persona afable. Todo esto, lógicamente, lo digo desde la subjetividad. Desde las distancias cortas. Sin remitirme  a los hechos políticos. Que ahí voy a entrar y ahí es donde, si tuviera ocasión, le comentaría un par de asuntillos.

En 2011 Núñez Feijóo inauguró el Hospital Universitario Lucus Augusti (HULA) que sustituyó a la vieja Residencia, que tantas veces yo pisé de niña. El Hula, doy fe, es espectacular. Tipo aeropuerto. Tan grandes son las distancias que las personas con problemas de movilidad -como los mayores- tienen que acudir a las consultas de especialidades en silla de ruedas, que ya están dispuestas en la entrada. Con esto vengo a contar que el HULA es un centro sanitario importante. Como se merecen sus ciudadanos. Ni más ni menos.

En aquel 2011 -e imagino que en el fragor de la inauguración, que cuando uno está en un acto siempre se emociona- el presidente gallego prometió que sería un centro puntero y, lo más importante, que contaría con unidades de Radioterapia, Hemodinámica y Medicina Nuclear para los enfermos lucenses. Todo esto está grabado. Me refiero a sus palabras.

De lo dicho, nada. Los enfermos de Lugo siguen teniendo que viajar a A Coruña para radiarse. Y, sin infartan, solo pueden hacerlo por la mañana, porque la unidad de Hemodinánima funciona en horario de oficina.  Todo eso lo conté en un reportaje titulado “El peregrinaje de la radioterapia”. Tiempo después hablaría en otro reportaje de enfermos de Menorca, Formentera e Ibiza –ahí parece que se soluciona en breve, nuevamente gracias a la presión popular- que tienen que volar hasta Mallorca por los mismos motivos. Un disparate. Aunque solo desde el punto de vista económico, que al final siempre es lo que cuenta. 

Pues bien. Pregunto cuánto vale la palabra de un presidente porque me cuenta Vicente Quiroga, ex alcalde de Lugo y cabeza de la Asociación Abre la Muralla que, lejos de solucionarse, la situación ha empeorado.

Quiroga fue el portavoz de la plataforma -formada por diferentes asociaciones ycolectivos vecinales- que impulsó una iniciativa legislativa popular (ILP), avalada por 43.000 firmas, para reclamar esos servicios en el hospital. El 25 de marzo, en el Parlamento, expusieron sus reclamaciones. Objetivo, evitar el sufrimiento de los enfermos lucenses, que bastante pu***** es que te diagnostiquen un cáncer, como me decía una responsable de la AECC el otro día, trabajando en otro reportaje, como para que te regateen la mejor manera de curarte.

Pues bien. Entonces, ante el Parlamento, pareció como que todos los grupos políticos estaban de acuerdo en que así era. Que hay cosas que son de cajón. La desagradable sorpresa llegó cuando, hace apenas unos días, el PP, al que pertenece Feijóo, presentó varias enmiendas a esa iniciativa que, por un lado, alargan el plazo para que el hospital cuente con esas unidades -se habla de hasta el 2016- y por otro, ni tan siquiera dejan claro si eso algún día será una realidad.

MENSAJE FIN DE A„O DE Nò„EZ FEIJîOSupongo que el presidente Feijóo ni se imagina lo que es subirse en una ambulancia, desde la costa, o desde la montaña lucense, para viajar a radiarse a A Coruña. Para una sesión que apenas dura veinte minutos, echan el día entero, porque tienen que esperarse unos a otros. En la vueltas, me contaba un conductor, a veces hay que parar porque algunos enfermos no se encuentran bien.

Quizás, es solo una sugerencia, pero un día el presidente debería acompañar a uno de esos pacientes. Ponerse en su piel. Empatizar y esas cosas. Es importante. Para entender los problemas que tienen los que te votan.

En Lugo están que trinan. Decepcionados no. Lo siguiente. Llevan mucho luchado para esto. Solicitan el “cese inmediato” de la consejera de Sanidad y quieren que el Ayuntamiento de permiso para “utilizar durante estos días, megafonía en automóvil, para difundir las palabras, hoy mentiras, del Presidente de la Xunta diciendo el día de la inauguración del HULA que en el plazo de tres meses se licitarían los tres servicios, de eso hace tres años y ahora nos dan un plazo más de 25 meses, lo que hace un total de cinco años de retraso. En este tiempo sólo se nos ha instalado la Hemodinámica en horas de oficina, gracias a la presión popular ejercida”. Lo cuentan desde Abre la Muralla y yo lo reproduzco

Feijóo ha incumplido su palabra. Y eso es feo. Si se promete, se cumple. Como en la vieja usanza. Cuando la palabra era ley. Eso, ahora lo pienso, se lo tendría que haber dicho hace unas semanas. Cuando me lo crucé de casualidad en ese aeropuerto y me saludó tan sonriente. Ahí no estuve rápida. La pregunta clave era: “¿Cuánto vale su palabra, presidente?”.

Quizá, es probable, no habría tenido respuesta. O quizá sí. Nunca se sabe.

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Mamás tranquilas y bebés felices

Caminamos por el campo y, como me pide, le guardo a la niña -hija de unos amigos- el móvil en mi bolso. Con cierta envidia, claro que sí. Es un modelo mucho mejor que el mío. ¡Dónde va a parar!.

En el campo, los niños juegan al fútbol. Un partidillo. Por parejas. De vez en cuando, a modo de descanso, la niña me pide el móvil y whatsappea un poco. Los otros niños miran. Me cuenta de qué va la conversación. Que si Tadeo, que es de su clase, le dijo que Susana era guapa. ‘Vamos, que le gusta’ , me aclara, como si yo fuera tonta. Yo entro al trapo: ‘Vamos a ver, que le parezca guapa no es que le guste y cuidadín con el whatssap que me conozco el tema’.

La verdad, me pongo un poco en plan poli mala. Entre los niños y sus amigos sospecho que tengo fama de rarita. La tengo tomada con el móvil de la niña, por el peligro que intuyo entraña en sus manos regordetas, porque es un modelo mucho mejor que el mío –inmaduro por mi parte, ¿no?- y porque desde hace meses sufro la ofensiva, en mi propia casa, de otro niño emperrado en tener un móvil y al que voy alargando plazos a ver si la cosa aguanta.

Lo del móvil me vale de excusa para tocar un tema que me interesa. Del que hablo a menudo con otros padres. Va de niños que lo tienen todo y nunca están contentos con nada. Va de si somos los padres los que nos equivocamos al educarles. Va de por qué quieren siempre más y más y más. Y de cuando nosotros éramos chavalines y –en esa nebulosa que son los recuerdos- nos vemos contentos con cualquier cosa: las patatas fritas y el medio vaso de coca-cola de los aperitivos del domingo, una chaqueta de marca que solo te ponias en las fiestas, los primeros ‘Levis’…

Sí, sé que sueno a un tanto pasadita. Pero me inquieta ese come-come constante que lleva a muchos niños a querer siempre el móvil más caro, el viaje más lejano, el último estreno de una película o la atracción más novedosa para suplir ese estado de permanente insatisfacción que a algunos consume.

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Autor: Gennady Fiksman.

Y me preocupan, pero que mucho, datos como los que contiene el Libro Blanco de la Psiquiatría del Niño y el Adolescente, patrocinado por la Fundación Alicia Koplowitz. Sobre mi mesa, un resumen que me pasan hace ya unos días. Entre las conclusiones, que los trastornos mentales afectan a un millón de menores españoles y que otros muchos  -1,6 millones- están en situación de riesgo. Entre las principales patologías, los trastornos del desarrollo neurológico –de comunicación, por déficit de atención o hiperactividad, trastorno específico del lenguaje…-, el espectro de la esquizofrenia y otros trastornos psicóticos, el trastorno bipolar o los relacionados con depresión, ansiedad, alimentación, sueño o estrés.  Navarra y Cataluña son las comunidades que presentan más casos. Existen desequilibrios tan notables como que Euskadi tiene una ratio de 9,28 psiquiatras por cada 100.000 habitantes frente a Extremadura, con un índice de 1,65 por cada 100.000 habitantes. En general, la media de psiquiatras infantiles por cada 100.00 habitantes está muy por debajo de los estándares internacionales de calidad asistencial.

Pero….Pese a todos estos datos, realmente contundentes, España es el único país de la UE donde no está reconocida la especialidad de Psiquiatría infantil. Pese a que cada vez hay más petición de consultas y a que las listas de espera ya superan los cinco meses en grandes hospitales como el Gregorio Marañón de Madrid donde hay una Unidad de Psiquiatría del Niño y Adolescente, al frente de la cual está Celso Arango, uno de los más reputados psiquiatras infantiles en España.

Con Arango coincidí por primera vez hace ya años, con motivo de un reportaje que publiqué sobre salud mental. Tiempo después, me lo topé en un seminario para periodistas. Ya entonces avanzaba datos como que el 75 por ciento de trastornos mentales se pueden detectar en la infancia y en la adolescencia y que, cuanto más se tarde en diagnosticar, peor pronóstico tendrán.

Pocas cosas se han movido desde ese encuentro. La situación, hasta donde yo sé, sigue igual. España, en el furgón de cola.

Pensando en la niña y el móvil, decido que hoy es un buen momento para dedicar tiempo a esta cuestión que, como otras muchas, pasa desapercibida entre la vorágine informativa. Además, no nos engañemos, es un tema duro. Es verdad, cuesta pensar que un niño o una niña –a los que se les presupone deberían ser felices, sin más- esté deprimido o tenga problemas de ansiedad, por ir a los trastornos más comunes. Por no hablar del estigma.

Dice Arango que ahí hay mucho de genética, pero también de factores ambientales. ¿Cómo no quedar tocado si tu madre es víctima de violencia de género?. ¿Cómo se recupera emocionalmente un niño o una niña enfrentado a algo así? ¿Es que no son ellos víctimas también?.

La crisis o la pobreza también influyen. Si los padres sufren -por ejemplo por la situación económica- los niños acaban pagando los platos rotos. Recuerdo, mientras escribo, a los niños de Costin, que protagoniza un reportaje que publico esta semana sobre cáncer. Costin tiene a su mujer, 35 años, enferma. Por lo demás, no tiene nada. Ni trabajo, ni dinero. Solo ayudas sociales. Y coraje para sacar a los suyos adelante haciendo de madre, padre, cuidador, enfermero, maestro… Ha conseguido, cuenta, que sus pequeños hijos queden al margen. De la enfermedad. De las penurias. Es más, en el cole cada vez van mejor. Ole por Costin.

Me ha salido una entrada un tanto triste. Todo influye, claro está. Una vez alguien me dijo que cómo aguantaba los temas qué escribía. Cierto es que fue una temporada en la que, casi de seguido, visité una Unidad de Cuidados Paliativos, abordé otro de tema de alcoholismo, trabajé en un reportaje sobre suicidios y, como siempre, lo intercalé con asuntos relacionados con sanidad y/o salud en los que siempre hay alguien que está sufriendo. A veces, no me atrevía a decir a los más allegados en qué reportaje andaba.“¿Es que no puedes elegir algo más alegre?”- me reñían.  Hasta llegué a inventarme en qué asunto trabajaba: “Uno de esos reportajes míos, de médicos, ya sabes”, atajaba yo para sacármelos de encima.

Para desengrasar un poco, busco título a este post y, justo en ese momento, me llega un e-mail que promociona algún producto infantil imagino que con la perspectiva del  día de la madre. En el asunto: ”Mamás tranquilas y bebés felices”. Suena confortable. A cosas buenas. Por eso me lo apropio. Para el punto y final.

 

 

 

 

 

 

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Una noche de jazz

A Nacho de Noche, que es mi compañero de mesa y además un tipo muy divertido, le encanta meterse conmigo. Es una afición como otra cualquiera. A mí ya me da igual lo que me suelte. A veces, apuesta fuerte y escala tonos…Cuando me escandalizo, se muere de risa. Aprovecho para decir que no os perdáis su blog, del mismo nombre. No tiene desperdicio. Como él.

Nacho y servidora competimos recientemente en un reputado concurso de blogs en el que también participó Alberto Gayo, adjunto al director. Cada uno en su categoría. Como, desde el primer momento, nos situamos bastante bien entre la competencia, nos vinimos arriba y disfrutamos como críos de esas semanas de reñidas votaciones. A nuestro lado, viviendo la campaña con intensidad, siempre arropándonos, Inma Muro, también compañera, bloguera y risueña incorregible. Valió para reírnos, mucho, a costa de recabar votos, ya fuera en el cuerpo a cuerpo –cazando al vuelo a la gente por las aceras- como entre nuestros contactos. De entre los tres, solo Alberto Gayo resultó merecidísimo finalista con su blog. Bien que nos alegramos. En unos días, sabremos si resulta ganador. Cruzo dedos.

image buenaEl asunto es que a Nacho –al que invitan a cuanto sarao se celebra en Madrid- le gusta reírse de y conmigo y me manda cosas como el cartelito que ilustra esta entrada. Por supuesto, lo adereza con comentarios muy irreverentes y un tanto faltones. Yo, ni caso. Me río. Cómo no. Reírse es lo más sano del mundo. Tiro de estudios de gente seria, tipo la Universidad de Navarra, que aseguran que alarga la vida. Casi una obviedad.

Me gusta reírme porque me da la gana. Es decir, con lo que me hace gracia. Rechazo de plano, ese mensaje de que hay que estar siempre feliz, contento, transmitir positivismo y mostrarse estupendo.  Nunca me han hecho gracia los chistes ni la gente que siempre quiere ser graciosa. No me gusta, pero nada, que me obliguen a reírme. Ni aparentar siempre que soy inmensamente feliz. Conste que no soy la única que se rebela contra ese tipo de imposiciones. Uno no puede estar siempre transmitiendo esa imagen de aplastante seguridad, de extroversión, de optimismo desbordado y desbordante…Sí, ya se sabe, la vida es dura y hay que mostrar la mejor cara y tal y tal para que no te aplasten, pero agota. ¿O no?. Mejor ser uno/a mismo/a. Sin tanta floritura.

Llevo días en los que me río mucho. Tipo carcajada. La última ocasión, un estupendo concierto de jazz y una cita a ciegas colectiva. Surrealista y delirante, por las anécdotas. Divertidísima y cordial, por la compañía. Quien nos une, una mujer que se ríe mucho, a lo grande, sobre todo de ella misma. Que no todo el mundo tiene esa capacidad. Es más, diría que, al menos en mi entorno, solo un puñadito. Todos tendemos a tomarnos demasiado en serio a nosotros mismos. Yo, la primera. Error.

Cuando eso ocurre, cuando la risa se contagia, se expande y te atrapa, es casi un pequeño milagro. Te da fuerza, te llena de esperanza y cambia tu perspectiva de vida. Es más, diré que este post de un viernes casi de vacaciones para muchos arrancó con una historia bien diferente que viví hoy mismo. Real como siempre, que aquí no me invento nada. De esas muy mías, tirando al drama. Porque la desdicha ahí está, agazapada en cualquier esquina, como yo me la topé muy de mañanita. La historia era dura, la verdad. Tanto que se me ocurrió mirar a Nacho y preguntarle cómo la veía para insertar en este blog. Su gesto, un tanto horrorizado, me hizo desistir. Y le hice caso. Borré todo lo escrito y comencé de nuevo. Como si nada.

Definitivamente, mejor reírse.

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