De vuelta

Casi dos meses sin pisar este blog. Dos meses intensos. Por el camino, la pérdida –brutal por inesperada, por irreparable, de un querido compañero-; un viaje, navideño, a Kenya –de los que te sacuden y, seguro, darán para más de un post- y hasta un par de comentarios a este blog que me han dejado KO. Alguien, se ve que un represaliado por alguno de los reportajes que firmo, me ha mandado mensajes en los que me desea todo tipo de males. Por decirlo suavemente. Lo cierto -soy una afortunada- es que es la primera vez que arremeten contra mí de semejante manera. Tras el shock inicial, me repongo  y vuelvo a la carga. Ningún descerebrado merece que deje de contar una historia. Sobre todo si es bonita, como la que conozco a través de Espíritu González.

Veamos. Espíritu González –pseudónimo de Javier Ramón González Martínez- es policía local en Torre-Pacheco (Murcia). Y criminólogo. Y maratoniano. Y escritor. Lo cuenta él mismo –y en este orden- en su web. Además de ser tantas cosas y aunque no lo conozco personalmente, tengo la impresión de que es uno de esos tipos que va por la vida cargado de entusiasmo –del bueno- y, con semejante equipaje, uno siempre arrasa. A través de Espíritu, conozco la publicación de  Entre superhéroes. La historia de Edu Balboa” (Círculo Rojo Editorial), su tercer libro. El libro de su vida -aclara él mismo- porque narra la historia de “uno de los policías más generosos que tenemos en España”.

libro-entre-superheroes3-1Edu Balboa es un tipo raro. Muy raro. No lo digo yo. Lo explica él mismo. Dice que así le ven algunas personas que no acaban de entender -¡¡¡ay,ay,ay, los prejuicios!!!- que un joven policía nacional se dedique a ir por fundaciones y hospitales con el único propósito de alegrar la vida de los niños con cáncer.  El libro narra sus peripecias y, sobre todo, su historia solidaria. A mí, sólo por eso, ya Edu Balboa del Cid -así se le conoce- me cae bien. Es más, me encanta que sea raro. Ojalá muchos fueran tan raros como él. Lo mismo que me encanta que Espíritu González se haya embarcado en dar voz a este personaje tan peculiar que, por si fuera poco, es amigo del mismísimo Spiderman y consigue que el superhéroe, en cuanto se le reclama, se presente en un hospital y muestre sus superpoderes a niños que, día a día, pelean sin descanso por salir adelante.

Cada año, en España se diagnostican cerca de 1.400 nuevos casos de niños con cáncer (aquí la fuente). El cáncer infantil es la primera causa de muerte por enfermedad hasta los 14 años. En Interviú hemos puesto la lupa sobre esta realidad en diferentes ocasiones. Justo hace ahora un año publiqué este reportaje sobre uno de los momentos más difíciles que atravesaron las familias.

Muchas veces olvidamos que hay niños y familias que están en un hospital batallando por sobreponerse a algo tan duro. Hoy mismo, desde la Fundación Aladina, recuerdan que cumplen diez años repartiendo sonrisas por los los centros sanitarios españoles. Toda ayuda es poca para quienes, en cuerpo y alma, se dedican a que la vida de estos pequeños sea mejor. Así que, por favor, pinchad enlaces, compartid, corred la voz, comprad este y otros libros…Para que los ‘edus’ que hay por ahí haciendo que este mundo sea un lugar más habitable -y que muchas veces no tienen visibilidad-, puedan continuar con su trabajo, para que no se sientan solos y, sobre todo, para que no dejen que nadie les haga creer que son unos bichos raros.

 

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Adiós a Fiti, enorme reportero

421049_338632522824918_134849093_nQuiero escribir pero no me salen las palabras. De repente, estás en la revista una mañana cualquiera y alguien llama para decir que tu compañero de mesa, tu querido Fiti, al que conoces desde hace tantos años, al que tanto admiras; al que tantas veces le has preguntado por cómo encarar este o aquel reportaje; al que siempre has escuchado con respeto por saber que era un maestro; el que tantas veces te ha hecho reír con sus historietas y tonterías; el que ponía la música –desde la copla hasta canción protesta- a todo volumen en las tardes tontas, el que…Te sueltan, así, sin prepararte, que Fiti –de nombre oficial Juan Luis Álvarez y uno de los más veteranos reporteros de Interviú- ha muerto. Y se te rompe el corazón porque no puedes ni concebir que nunca más Fiti vuelva a entrar en esta redacción. No puede ser posible. No me lo quiero creer.

En mi escritorio tengo una foto de mi compañero. La he elegido para ilustrar este post escrito a trompicones. Es lo único que se me ocurre para rendir un pequeño homenaje a mi compañero. Aunque, bien lo sé, él no lo necesitaría. Fiti no era de los que necesitaban esas cosas. Jamás fue un reportero estrella. Era, tan solo, un reportero. Con mayúsculas. Enorme, digno. Demasiados años en esta profesión, demasiados reportajes difíciles, demasiadas investigaciones a sus espaldas como para dejarse adular ni impresionar fácilmente. Fiti era de esos reporteros de los que ya no quedan. De los que creía en lo que hacía. Ese periodismo adusto, complejo, riguroso, sin concesiones…Ese periodismo, qué bien lo sabías compañero, que tan poco lucía y que tantos disgustos le dio, pero, como él mismo contaba cuando se ponía con sus batallitas, tan bien se lo hizo pasar. “¡Qué te cagas!”, aclaraba por si existía alguna duda.

Ese periodismo que tanto y tanto marcó su vida. “Cada nuevo reportaje es un exámen”, decía no hace mucho en una de las tertulias que, con otros compañeros, montábamos en el bar de Carmen (gracias Carmen, por consolarnos hoy con tanto cariño), muy cerquita de nuestra revista. Tertulias surrealistas, absurdas, espontáneas…Charletas que nos daban vida.

La foto que ilustra este post improvisado y tan triste representa al Fiti que yo quiero recordar. Al que tanto voy a echar de menos. Al divertido, faltón, simpático, irreverente, siempre con ganas de hacer reír…Era nuestra última tarde-noche en la madrileña calle O’Donnell, anterior sede del Grupo Zeta. Nos costaba mucho despedirnos de aquel edificio en el centro de la ciudad en el que pasamos tantos años y emprender la marcha hacia unas nuevas oficinas ubicadas en una zona mucho más alejada. Así que organizamos una fiesta de despedida. En la redacción teníamos un gran cartel de Marisol, portada emblemática de la revista, que a alguien se le ocurrió poner para que posásemos a modo de photocall. Allí nos hicieron esa foto en la que aparece Fiti tocado con una gran peluca afro y unas gafas que debió de mangar de cualquier mesa. Fiti en estado puro. A su lado, el también periodista Manuel Marlasca, que fue compañero nuestro, y la que esto firma. La foto es única. Irrepetible.

En fin. Poco más que decir. Hoy se nos ha ido Fiti y no hay ganas de nada. A mí, en el escritorio, me queda esa foto. A la foto y a su peluca me agarro porque no quiero llorar más. Ni pensar en que ayer mismo, ya de tarde, antes de dejar la revista, le hice otra de mis consultas sobre un tema que me preocupaba y él, que conmigo siempre se ponía muy serio (“dime Nievosky”, me decía con su mirada pícara, muy de reojo) me soltó lo que opinaba. Y, como siempre, le di más de una vuelta a lo que opinaba. Porque, que lo sepas compañero, es uno de los periodistas a los que más he respetado en todos los años que llevo en esto. Se lo dije a él. Y lo digo ahora. Así que..Adiós Fiti.

Hasta siempre compañero.

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Desde la ventanilla de un coche blindado

DSCF3031Cuanto cuento en este blog está basado en hechos reales. Vamos, en la vida misma. Pasan cosas y las traduzco en forma de historias. Es mi trabajo. Y este es un espacio personal que me brinda la revista para dar salida a lo que considere oportuno -suerte la mía- y no tiene cabida en forma de reportaje semanal. Otra asunto es que -por aquello de preservar determinados hechos o circunstancias que considero deben quedar en el ámbito privado- de vez en cuando enmascare un tanto lo que sucede a mi alrededor. Como debe ser.

Y, por favor, que no suene a petulancia eso de que “cuanto cuento está basado…”. Que, en estos días tristes, soy la primera en asistir -con mucho bochorno- al espectáculo que -sobre todo en redes sociales- están brindando determinados personajes en torno a la enorme tragedia de París. Todavía no me he recobrado del selfie de ese gran comunicador desde uno de los santuarios que los parisimos han dedicado a las víctimas. Ni de la foto de recordatorio de un aspirante a la presidencia del Gobierno que, apenas horas despúes de la masacre, y en un extraño modo de mostrar su solidaridad con el pueblo francés, recordaba que él, un año antes, había estado en la capital francesa celebrando su cumpleaños. El tuit, en este caso, incluía una foto suya junto a la mítica Torre Eiffel. Muy fuerte, ¿no?. “Políticos y periodistas corren a exhibirse sin prudencia alguna. No reparan en q las ocasiones históricas sacan a la luz tu exacta dimensión”, tuiteaba el otro día una magistrada. Como suscribo cien por cien esas palabras, y sin pedirle permiso por ser un comentario público, se las he cogido para este post. Seguimos.

DSCF3028La historia que quiero contar arranca hace poquito más de un mes. Los protagonistas, una familia española. De tantas. Normalita. Con su día a día. En esas que el padre llega a casa y anuncia que tiene que salir de viaje de trabajo. En la familia, todo hay que decirlo, están más que acostumbrados a que ese padre viaje a lugares lejanos y -solo a veces- un tanto peligrosos. En esta ocasión, el destino es Turquía. Estambul para ser exactos. Hace tiempo que el padre no viaja y como en ese mismo país -semanas antes- se habían registrado 95 muertos en un horrible atentado -en un acto por la paz celebrado en Ankara- existe cierta inquietud. “Cuidado, por favor, mucho cuidado”, le dicen.

Imposible esconder a los niños las cosas que pasan. Cada día más imposible. Por eso, durante los días que dura el viaje de su padre, los pequeños están inquietos. Oyen hablar de bombas, de aviones que explotan en pleno vuelo, de muertos por todas partes. No hace falta ni encender la tele. La información se cuela hasta por los patios de los colegios. Con todo lujo de detalles. De lo más escabrosos. ¿Cómo explicarles que ya ningún lugar en el mundo es, en realidad, un sitio seguro?. Aconsejo la lectura de este artículo del diario El País sobre cómo trasladar a los niños hechos tan trágicos como los ataques de París.

DSCF3017Sigo. En la familia, la ausencia del padre, como vengo explicando, se vive con cierta desazón. Normal. Aunque estuviera en Albacete, sería lo mismo. Desde Estambul, a donde viaja por primera vez, el padre llama poco. Normalmente por la noche. Siempre dice que está agotado. Que son muchas reuniones y que no le quedan ganas, y menos tiempo, de visitar Santa Sofía, la Mezquita Azul o el Palacio Topkapi.  “Hombre, pero date una vueltecita. Sí, es verdad que tienes que tener cuidado, pero es una ciudad tan bonita…Hay tanto que ver”, le dicen en casa.“Ya”, contesta. Suena lacónico.

Pasan los días. Pocos. La casa sigue su ritmo. Coles, trabajo, compromisos, peleas por los deberes…Lo hermoso de lo cotidiano. Llega el día de la vuelta del viajero. Se le espera con ganas. Aterriza rozando la noche. Parece cansado. Muy cansado.

El hombre da besos a los niños y mira a su mujer fijamente. Uno de los niños, más mayor, que lleva días extremadamente inquieto, guarda un secreto del padre. Un gran secreto. Que todavía hoy yo -que tan bien conozco a esa familia- no comprendo como ha sido capaz de guardar.

DSCF3030[1]Porque el padre no ha viajado a Turquía. El padre -que suelta la noticia mientras mira sin pestañear a su mujer- acaba de llegar de Irak. Sí, del mismísimo Irak. Ese polvorín al que nadie quiere ir y que se recomienda no pisar salvo caso de extrema necesidad.

Noqueo. Espanto. Incredulidad. Mucho, mucho miedo. Incapacidad de asimilar semejante noticia. El resto de la historia fácilmente imaginable: de entrada, bronca.  “Tú allí jamás vuelves”, “No me vuelvas a mentir con algo así”, “¿Y si te secuestran? ¿Y si pasa algo?”, “Que no, que no”, “Ahora lo entiendo todo. Ya entiendo porqué nunca salías de la habitación del hotel”, soltaban de un lado. “Lo hice para que no te preocuparas”, “Imagínate la semana que habrías pasado, tú sola con los niños, sabiendo que estaba en Irak”, respondían desde el otro lado del ring.

Las fotos que ilustran este post están hechas por ese padre que ha estado en Basora cuando todavía en París no se atisbaba la gran tragedia. En realidad, nada -y todo-, tiene que ver. Por eso -aunque quizás ya estaba previsto- surge este post.

La idea es dar a conocer estas fotos tomadas desde un coche blindado en Irak hace poco más de un mes. Son inéditas. Es decir, nunca se han publicado porque pertenecen al archivo personal de su autor que no es periodista. Ni corresponsal. Ni nada que se le parezca. Me dice que puedo disponer de ellas. También de su testimonio. Lo considero de especial relevancia y, por eso, le doy forma y lo comparto. Es su experiencia, intuyo que traumática, en la segunda ciudad más poblada de un país donde ya no hay nada y a la que no pudo negarse a viajar. Una ciudad donde solo hay destrucción y basura. Mucha basura, resalta impresionado. Basura que todo lo inunda. Estas son sus palabras:

DSCF3015“En Irak hay cientos de empresas de seguridad. En las empresas de seguridad -que se ocupan de garantizar la protección de los trabajadores que viajan al país o de consulados y embajadas- todos son ex militares. Los ingleses que estaban conmigo (ejerciendo de guardaespaldas) eran de Manchester. Uno de ellos era, además, paramédico. Su mujer y su hijo viven en el Reino Unido. Él intentó volver a su país. De hecho, regresó y trabajó en Manchester pero, al cabo de un año, volvió de nuevo a Basora. Por pasta me imagino. O porque no podía acostumbrarse a la vida tranquila. Se llama Bobbi.

A Bobbi, antes, en los puntos de control le pedían la “mordida” en dinero. Ahora, la “mordida” es agua mineral. Paran en el punto de control, abren el maletero, sacan cajas de 12 botellas de agua, de las de plástico, y se las la dan a los soldados.

Dicen que el peligro principal en Basora es el secuestro por dinero. Otro peligro es encontrarte con el fuego cruzado en una discusión entre tribus. A la primera, te sacan un Kalashnikov.  En la planta a la que tuvimos que viajar – el segundo pozo de petróleo más grande del mundo- los trabajadores de las empresas de seguridad son bosnios. También ex militares. Nos contaban que allí, en la planta, el peligro no eran los Kalashnikovs, sino las serpientes (cobras) y los escorpiones. Y, por supuesto, las altas temperaturas en verano. Me contó Bobbi que un verano la temperatura marcaba 61 grados y las crías de cobra recién nacidas “estaban cocidas (muertas) al sol”.

Estuvimos en Basora durante la fiesta de la Ashura, el festejo más sangriento de Irak. (La fiesta más importante para los chiíes. Los peregrinos conmemoran la muerte de su mártir Husein, nieto de Mahoma, asesinado en el año 680. El imán Husein fue decapitado y su cuerpo mutilado, lo que los fieles chiítas conmemoran autoflagelándose). Hombres y chicos vestidos de negro ondeando banderas negras. Puestos de comida gratis para todos los peregrinos, etc. Lo que me impresionó eran dos manos, de medio metro de tamaño cada una, cortadas al  nivel de la muñeca, con la sangre plastificada saliendo en la zona del corte. Estaban hechas, me imagino, de escayola o papel.

Nosotros nunca fuimos solos a ningún sitio, así que todo tranquilo por allí. Todo visto desde la ventanilla del coche blindado. Con Bobbi y su fusil al lado”.

Ese padre ya esta en casa viendo en la tele lo que sucede en la cercana París. Con mucho dolor. Con mucha inquietud. Imagino que, aunque no lo transmite, con mucha ansiedad también. Ahora, lejos queda Irak. Y sin embargo, tan cerca, de nuevo…

Sus palabras, para mí, son un tesoro. Sus fotos, tomadas desde un coche del que nunca le dejaron bajar, tan solo para entrar a dormir en un vetusto hotel que era su fortaleza, hablan bien de cómo fueron esos días en los que mintió a su familia para no preocuparles. De lo que vio a través de la ventanilla del blindado cuando viajaba hacia uno de los campos petrolíferos más grandes del mundo. Ni que decir tiene que su vuelta es el mejor de los regalos.

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¡¡¡¡Bonjour, mon amour!!!!!

¡¡¡¡¡Bonjour, mon amour!!!!. Es la leyenda que, en letras doradas, reza en la sudadera de una chica que, en pleno estiramiento, pasa a mi lado camino de marcarse una carrera en el Retiro. Ese precioso parque de Madrid que a ti y a mí tanto nos gusta. Ese que tan bien conocemos.

110b888f506b5abb7747803b5e35ceb2¡Bounjour, mon amour!. ¡¡¡Buenos días, mi amor!!!!. ¡Qué bien suena en francés! ¡Cuánto me gusta leerlo! ¡Me llena de alegría! Lo repito en voz baja mientras recorro algunas de las calles más bonitas de la ciudad en un día especialmente soleado. ¡Cuánta vida estampada en la frase de una sudadera!

¡Bonjour, mon amour! Invita a todo. Incluso a los que -como a mí misma- nadie nos tiene que convencer de nada porque nos tragamos la vida a bocados. En lo bueno y en lo malo. Hasta hartarnos. Tipo indigestión.

¡Bonjour, mon amour!. Y pienso en ti. ¿Cómo convencerte de todas las cosas buenas que hay ahí fuera?. De todas las personas a las que podrás conocer, los lugares a los que podrás viajar, las mil y una veces que te enamorarás, los desafíos que tienes por delante. ¿Cuántas veces te he dicho mon amour que nadie, salvo tú mismo, podrá ponerte límites? No flaquees, no bajes la guardia, no te rindas jamás…¡Venga! ¡Vamos! ¡Puedes con las mates, con el trabajo de Cono, el proyecto de Lengua, tus citas con el teatro y las clases de inglés! A pesar de que a veces sientas que te sobrepasa todo. Te aseguro que merece la pena. Aunque sólo sea para, de vez en cuando, poder gritar a los cuatro vientos: “¡¡¡¡Bonjour, mon amour!!!!!“. Así, en francés. Que suena tan bonito.

¡Bonjour, mon amour!. La vida mola. Mola un montón. Aún en aquellos días en los que no mola nada. Que es muy a menudo, para qué engañarnos. Que no todo es como se planea. Cuanto antes lo comprendas, mejor. De eso tienes que darte cuenta pronto. Que mil veces te sentirás cansado, frustrado, decepcionado, perdido, solo, confundido…Aún así, mon amour, créeme, mola un montón. Doy fe. Habrá otros muchos días en que sentirás que lo que te rodea es tan estupendo que saltarás de alegría. Sin poder contenerte. Como sólo tú sabes saltar.

carte-postale-bonjour-mon-amour¡Bonjour mon amour!. En la sudadera de la runner una frase y se me escapa un post en este blog. Sucede una mañana en la que recibo dos cartas por correo. Sí, cartas, mon amour, nada de mail. Letra y papel. Eso que tú ya casi ni sabes qué es. Una, la de un amigo, larga y tendida, como acostumbra, y con el regalo de un décimo de lotería de Navidad. Para más señas, con fecha señalada. La de un día, de un mes y un año que marcó su vida. Dice mi amigo varias cosas, mon amour, algunas privadas, pero cuenta que, tras mil batallas, llegó la victoria y habla de un sueño cumplido, hecho realidad. Se siente, por tanto, feliz.  ¿No es bonito?.

La segunda carta es mucho más abultada. El remitente se considera víctima de una gran injusticia, mon amour. Lo sé porque me ha pedido que, en cuanto me llegue su envío, le avise. En realidad es un sobre. Bien gordo. Apenas me he atrevido a abrirlo por lo que sé que contiene. Mucho dolor, mucha desesperación.  ¿Estaré a la altura?, ¿podré ayudarle?. ¿Ves mon amour?. Unas veces cal. Otras, arena.

Hoy he querido mandarte un mensaje impreso en una prenda deportiva. Porque pienso que lo mereces, mon amour. Porque a veces te veo como que dudas, que no acabas de creerte esto de que lo que te espera es una gran aventura, que piensas que quizás los demás son los culpables de como tú te sientes. Hecho un lío. ¡¡Qué va mon amour!! Hoy así, mañana asá. Forma parte del juego de la vida. Mira, ahora mismito, acaba de llegarme -esta vez vía mail- el menú que servirán mañana en un lujoso restaurante de Ibiza que suele mandarme sus convocatorias. No podré ir, mon amour, bien que tú lo sabes, pero sólo de pensar en dejarme caer por la isla, ya me pongo contenta.

Bonjour-mon-amour-je-t-aime-4Fíjate que cosas, mon amour. Minutos después me llega otro mail del Ministerio de Sanidad con motivo del XXV Aniversario de la Federación Española de Padres de Niños con Cáncer (FEPNC). ¿Sabías que en España se diagnostican cada año 1.500 casos de menores con cáncer?. Los avances en la lucha contra esta enfermedad -te leo la nota de prensa- se han traducido fundamentalmente en un aumento de la tasa de supervivencia a cinco años de los menores que padecen cáncer. Ahora es del 77%, cuando en 1980 era del 54%. Esto significa que el riesgo de muerte por cáncer se ha reducido a la mitad. Aun así, el cáncer pediátrico es la primera causa de muerte por enfermedad en menores. Nunca pensamos en esas cosas. Nosotros que apenas pisamos el médico…Entiendo que ahora ni te des cuenta. No estás en esa batalla. Solo quiero que lo sepas. Que hay otros niños que no tienen tu fortuna. Y, sin embargo, mon amour, luchan como jabatos, con sus familias, para salir adelante. Ahí no cabe bajar la guardia. Ni los agobios. Ni enfadarse porque no te han regalado la tablet que querías o tu móvil no es el último del mercado. Ahí existen otras prioridades.

Tira de la madeja, pequeño. Y lo entenderás todo. Que habrá mucho bueno. Hazme caso, mon amour. Que te gano en años. Y algo sé. Aunque también un día, hace un puñado de años, como tú, haya estado hecha un lío. Pensando que el mundo estaba contra mí. Se llama adolescencia. Y se pasa. ¡Vaya si se pasa!. Fíjate. Una vez escribí sobre eso en este reportaje. Tú eras todavía un renacuajo. La adolescencia, un horizonte. Un día, cuando seas mayor, si te apetece, le echas un vistazo. Solo si te apetece, claro está. Que ahora no quiero aburrirte con mis rollos.

PD. La adolescencia es un terreno pantanoso por el que se mueven cinco millones de españoles. Se les considera los grandes olvidados del terreno sanitario porque, en cuestiones médicas, están en tierra de nadie. Hospitales como La Paz, en Madrid, cuentan con unidades específicas. La violencia, el acoso escolar, los trastornos alimentarios, la adicción a las nuevas tecnologías, el suicidio, el embarazo precoz o el consumo de drogas son algunos de los problemas, cada vez más comunes, que se ven en el hospital. El Plan de Infancia y Adolescencia 2013-2016 -aprobado por el Gobierno hace más de dos años y medio- incluía, entre otras medidas, ampliar a los 18 años la atención pediátrica, tal y como pedían los especialistas.

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Sin filtro

Hace un tiempo -no tanto- hice un reportaje sobre daño cerebral. Aquí el enlace. Recuerdo que visité durante toda una tarde el Centro de Referencia Estatal de Atención al Daño Cerebral (Ceadac), que está en Madrid, no muy lejos de la redacción de mi revista, y depende del Imserso. Comenzaba entonces el reportaje diciendo que lo primero que llamaba la atención de aquel lugar era la juventud de sus moradores.

De cada reportaje hay algo que se te queda. Bueno, seré sincera. No de todos. Hay temas que afectan más que otros. Por lo que vives, por las personas con quienes lo vives -evidentemente no todo el mundo llega de la misma manera- o porque, simplemente, te coge con la guardia más o menos baja. Hay temas que, directamente, te destrozan, te noquean, te hunden y te hacen decir: “¡Cuánta fortuna tengo!“. Hace poco viví uno de los que más me ha afectado en toda mi vida, que es el de la niña Andrea. Todavía estoy reponiéndome de aquel viaje a Santiago. Durísimo. Siempre lo digo. Si no te afecta, no puedes contarlo igual.

Vuelvo al inicio del post y a aquella tarde que pasé en el Ceadac. La recuerdo perfectamente porque, además de las entrevistas, asistí a un taller de habilidades sociales.  Primero, para situar el asunto, copio y pego la definición que del daño cerebral adquirido (DCA) hace la Federación Española de Daño Cerebral (FEDACE). Una de las primeras causas de discapacidad. El DAC es el resultado de una lesión súbita en el cerebro que produce diversas secuelas de carácter físico, psíquico y sensorial. Estas secuelas desarrollan anomalías en la percepción sensorial, alteraciones cognitivas y alteraciones del plano emocional. Las causas más comunes  son los traumatismos craneoencefálicos, los accidentes cerebrovasculares (ACV o ictus), los tumores cerebrales, las anoxias cerebrales y las infecciones cerebrales.

La desinhibición, me explicaba entonces una fisioterapeuta, es uno de los problemas asociados al daño cerebral adquirido. Alguno de los pacientes contaban aquella tarde que, por primera vez en su vida, habían comenzado a decir cuanto pensaban. Manolo, que era chófer de actores –de los que les llevaba a los set de rodaje–explicaba con absoluta despreocupación delante de todo el mundo que le había dado un ictus “mientras hacía el amor. Me levanté, me mareé y me caí en el pasillo. Como una borrachera”. Su caso no era único. En aquel taller al que asistí, enseñaban a controlar los impulsos. “En muchas ocasiones se producen graves problemas de convivencia”, aclaraba una de las profesionales del centro.

Recuerdo aquel reportaje porque mi compañera Inma Muro ha acuñado una expresión últimamente que me atañe. Vamos, que me la ha dedicado a mí. Dice que le asusto porque hablo “sin filtro. Vamos, que suelto lo primero que se me ocurre. Sin medir las consecuencias.  Yo le contesto que –lejos de sufrir las secuelas de un grave episodio cerebral como los que relataba en aquel reportaje– he decidido que es hora de decir lo que tanto tiempo callé. Es decir, eso que piensas y que muchas veces no consideras conveniente decir en voz alta. Por aquello de que la gente vaya a molestarse. Admito que, de vez en cuando, me sale un tanto brusco. Y, acto seguido, tengo que aclarar al interlocutor de turno que no se moleste. Sobre todo, por el tono. Matizo que es que hablo así. De forma impulsiva. Que me sale. No sé si es bueno, malo o regular. Sí sé que me siento mucho mejor.

Enlazo con un informe que se hizo público hace días y habla de autoestima en las mujeres españolas. Los resultados del  “Barómetro de Autoestima de la mujer española” de Doveen el que se mide la belleza, la competencia intelectual y profesional y la relación con los demás como territorios más relevantes de eso que se llama quererse a uno mismo— demuestran que nuestro índice de autoestima se sitúa en un aprobado justito: 5,6.

Me da que pensar. De hecho, es un tema en el que pienso a menudo. La correlación entre el concepto que una tiene de sí misma y lo que eso influye no sólo en cómo enfrentarse a la vida, si no en como la misma vida te trata. ¿Dónde nace la autoestima?, ¿de qué depende?, ¿se trabaja?, ¿es innata? ¿cómo influyen los demás?, ¿ayuda que te adulen?… Conozco a mujeres validísimas que, inexplicablemente, no se quieren nada. Aún teniéndolo todo a favor. Y a otras que se adoran a sí mismas porque han mimetizado el papel de soy una chica estupenda. Y, aún sin serlo, han conseguido convencer al personal de que la etiqueta que lucen es real. Pasa con mujeres y, por supuesto, con hombres. Que ahí no diferimos tanto. Lo realmente importante es la imagen que vendes.

El informe de Dove arroja otros datos interesantes. En términos generales, 7 de cada 10 mujeres españolas declaran sentirse satisfechas con su belleza; sólo 1 de cada 4 se define a sí misma como una persona optimista; 8 de cada 10 están satisfechas con sus capacidades intelectuales y, un dato llamativo, las mujeres que se autodefinen como luchadoras son las que se consideran menos válidas en su trabajo y las que se tienen menos valoradas a nivel profesional y personal.

Más cosas: el color negro (¡qué curioso!) es el que aporta más seguridad a las españolas, seguido por el azul y el rojo. Además, desvela el estudio que las gallegas somos las más fuertes emocionalmente –de eso doy buena fe–, que a las mujeres andaluzas es a las que más influye el físico en el bienestar o que las castellanoleonesas son las que más se definen como decididas.

He considerado importante marcarme un post con las dos cuestiones. Tipo tocino y velocidad. El vivir “sin filtros” y la autoestima. De alguna manera, están íntimamente relacionadas. Al menos, en mi opinión. Vivir pendiente de lo que los demás piensen de uno es pura tiranía. No conduce a ningún lado. Los demás es mucha gente. Y la autoestima no ha de estar sujeta a las opiniones de una muchedumbre que hoy te adula y mañana te machaca, sobre todo desde que existen esas redes sociales que tejen y destejen a su antojo. De ejemplos andamos sobrados. Me viene ahora a la mente, no sé porqué, Casillas. Por mi parte, como soy muy poco de idolatrar a nadie (¿habré puesto el listón demasiado alto?), he tomado la decisión, quizá insensata, de no filtrar. Que para eso ya tengo a los que me advierten, siempre con cariño, que me estoy pasando.

Y no imagináis lo bien que me siento.

PD. El próximo 26 de octubre es el Día del Daño Cerebral. El 29, el del Ictus. Las asociaciones ya calientan motores. A la espera de conocer los nuevos datos,  en aquel reportaje de Interviú se hablaba de 420.000 españoles afectados.

 

 

 

 

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Se me olvidó que te olvidé

Día Mundial del Alzheimer y me viene una canción. Y ahí se queda. No se me va. Se titula “Se me olvidó que te olvidé”. Al cante, Diego el Cigala. En el piano, Bebo Valdés. Dos grandes. Quizás una de las canciones más maravillosas de cuantas haya escuchado. Del disco “Lágrimas negras” (2003). Que no se me olvide volver a escucharla…

Tomo prestadas para la ocasión cifras de la Fundación Alzheimer España: se calcula que, en nuestro país, hay 700.000 personas con Alzheimer (otras fuentes hablan de 600.000). De ellas, hasta 200.000 podrían estar sin diagnosticar. Se estima que por cada paciente diagnosticado hay dos personas en su entorno afectadas por la situación, lo que supone hasta un total de 1.500.000 afectados por la enfermedad. A estas cifras se suman la estimación de los expertos que indican un diagnóstico anual de 150.000 nuevos casos.

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“Se me olvidó que te olvidé”. La canción sigue en mi cabeza. El desgarro de Diego el Cigala adquiere hoy, para mí, una dimensión especial. Diego se quedó viudo hace apenas un mes. También me acuerdo de eso. De la crónica en prensa del que fue uno de los mejores conciertos de su vida. El que protagonizó horas después de irse su compañera, ante un auditorio rendido. 

Recuerdo, así, de repente, que El Cigala debe andar roto. Más roto que nunca.

“Se me olvidó que te olvidé”. Y tiro de mi libreta, la que siempre va en el bolso, en la que anoto las cosas importantes. En la que escribo cartas, emborrono nombres, memorizo situaciones, recuerdo a las personas a las que quiero…Bendita libreta.

Hoy me llegan iniciativas de todo tipo. Este año, una vez más, se recuerda el papel de los cuidadores. Vuelvo a tirar de datos. Esta vez de la mano de la Fundación Vianorte-Laguna que, en porcentaje, habla de un 70 por ciento de cuidadores no profesionales de personas con Alzheimer en riesgo de sufrir enfermedades musculares, cardiovasculares o problemas respiratorios…Cuidadores que, por supuesto, se sienten desbordados, agotados, superados y que, muchas veces, no saben dónde encontrar recursos. A veces, ni tan siquiera a donde acudir. Cuidadores que necesitan cuidados. Que no se nos vaya a olvidar ahora que el Alzheimer, además de devastador, cuesta dinero. Y si no hay dinero, no hay terapia. Y si no hay terapia…Leed, leed este artículo. Demoledor. Un problema sociosanitario de primera magnitud.

Yo no quiero que se me olvide nada. Ni tan siquiera que hoy es el Día Mundial del Alzheimer. No se me vaya a pasar publicar este post. Que la cabeza anda volada y la tarde ya avanza hacia el final. Por eso escribo. Para que quede constancia. De lo bueno, lo malo y lo regular. De los que me interesan. De lo que no me interesa nada. De las personas que están en mi vida, algunas sólo de paso, gentes de ida y vuelta. Otras, para siempre. Si escribo sobre ellas, no las olvidaré si un día llega el olvido.

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Fuente: www.janssen.es

“Se me olvidó que te olvidé”. Es duro que no te recuerden. Tanto como no recordar. No puedo imaginar algo peor. Y, ante la avalancha de datos, de declaraciones institucionales, de recordatorios y acciones varias, a mí, hoy, sólo se me ocurre rescatar la letra de una canción en la que suenan acordes de Bebo Valdés, ese mago cubano que murió en 2013 en Suecia, a los 94 años de edad, tras pasar los últimos años de su vida viviendo en Benalmádena (Málaga). Enfermo. De Alzheimer.

Nada mejor que la letra de una canción que me ronda la cabeza para recordar a Bebo, el maestro que ya lo había olvidado todo, y a los demás. Los que ya no pueden recordar. Por más que buceen en su memoria.

Machacona. Inolvidable. “Se me olvidó que te olvidé”. Ahí va la letra:

“Yo te recuerdo cariño,
mucho fuiste para mí,
siempre te llamé mi encanto,
siempre te llamé mi vida,
hoy tu nombre se me olvida.

Se me olvidó que te olvidé,
se me olvidó que te dejé
lejos muy lejos de mi vida.
Se me olvidó que ya no estás,
que ya ni me recordarás,
y me volvió a sangrar la herida.

Se me olvidó que te olvidé
y como nunca te encontré
entre las sombras escondida,
la verdad no sé por qué
se me olvidó que te olvidé
a mí que nada se me olvida…

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Incuestionable

Hace un puñado de años y otros tantos reportajes, me tocó hacer un tema sobre el síndrome del inmigrante con estrés crónico y múltiple, un trastorno mental específico que el psiquiatra Joseba Achotegui, profesor de la Universidad de Barcelona y especialista en temas de migración, bautizó entonces como ndrome de Ulises, en referencia a los padecimientos del héroe de la Odisea en su viaje a Ítaca.

No es la primera vez que, en este blog, hablo del tema. De hecho, le dediqué una entrada en la que abordaba ese trastorno que ya entonces -2004, ¡¡anda que no corrió!!- afectaba a cada vez más inmigrantes y, detallaba  el doctor Achotegui, no era una depresión estándar, sino un profundo sentimiento de desolación que les carcomía y padecían, principalmente, los ‘sin papeles’. Hablar de desolación y de familias que salen de sus países en busca de un futuro que salve sus vidas y la de los suyos, adquiere especial importancia en días como estos. Días de imágenes terribles, de esas que atormentan el corazón y que, por supuesto, merecen otro post.

Retomo la cuestión porque el Ministerio de Sanidad se ha reunido con las CCAA para debatir qué hacer con la asistencia de los  inmigrantes que están en nuestro país en situación irregular y que, desde el decretazo de la ex ministra Ana Mato de 2012, han quedado fuera del circuito sanitario. Y no, no se trata de su salud mental. Esa, por desgracia, ya pasa a segundo término. De lo que han hablado los técnicos es de lo primario (aunque lo otro lo es tanto o más). De si se les debe atender cuando llegan a un centro de salud o a un hospital, al margen de la documentación que porten en sus carteras.

Conozco algo del tema. Por tanto, sé lo complejo que es. De hecho, provoca enconados debates que mil veces saltan a la arena política. ¿Se debe o no se debe atender a las personas que llegan a nuestro país pero no tienen regularizada su situación?. ¿Es el acceso universal a la sanidad sostenible por el sistema? ¿Pura utopía? ¿Cuestión de derechas o de izquierdas? ¿Quizá de centro? ¿De centro izquierda o de centro tirando a la derecha? ¿De la calle de en medio? ¿Dónde están los límites? ¿En las urgencias y en las mujeres embarazadas y los menores, como marca la ley?…

La sanidad es probablemente una de las cuestiones más manipulables en términos políticos. Bueno, venga, vamos…No nos vamos a engañar. Manipular las cuestiones sociales es muy fácil. Cuando llevas cierto tiempo trabajando a pie de obra, rechazas de plano la hipocresía reinante en este y otros debates. No hace tanto, una dirigente política autonómica me confesaba, en ese pantanoso terreno llamado off the record, que no le convenía hablar sobre los mil y un problemas que sufría el gran hospital público de su ciudad –aunque su partido lo utilizaba constantemente para atacar al gobierno autonómico y yo misma estaba allí, llamada por su partido, por las irregularidades que se sucedían en ese centro- porque, en realidad, ella nunca lo pisaba. Vamos que, cuando se ponía mala, se iba a una clínica privada. La señora, incluso, y ante mi asombro, intentó administrar las declaraciones que me hacía. Lo correcto era defender la sanidad pública. Otra cosa es que ella frecuentara la privada. Lo más.

Una ríe por no llorar cuando se topa con determinados personajes. Abundan. En la clase política. Pero, cuidado, no solo. Los encuentras en todos los frentes. Trabajando en asistencia a inmigrantes me enfangué con otra asociación que ayuda a extranjeros en situación irregular a recibir asistencia sanitaria porque, esta vez vía correo electrónico, se permitían el lujo de ponfiticar sobre cómo debía nuestra revista hacer los reportajes. Ellos, en posesión de la verdad. Nosotros, según su versión, viviendo en la ignorancia. Y así.

Bueno. A concretar. Sanidad ha dado a conocer qué va a hacer con la atención médica a estas personas y yo quiero contarlo mediante este post. La situación,  tras el decretazo, era la siguiente: hay comunidades que seguían a rajatabla la normativa; otras que se declararon insumisas e iban a su bola; las que, tras el vuelco electoral, han devuelto esa asistencia a los inmigrantes y las que, incluso, como Madrid, con el mismo partido político en el poder (PP) han decidido en las últimas semanas que, frente a la política instaurada en sus hospitales hasta no hace mucho -por favor os ruego pinchéis este enlace- a partir de ahora volverán a dar esa asistencia a estas personas.

La Comisión de Prestaciones, Aseguramiento y Financiación del Sistema Nacional de Salud (SNS) (vaya nombrecito) que se celebró en el Ministerio de Sanidad terminó con la negativa de 12 de las 17 comunidades autónomas a la propuesta del secretario general, Rubén Moreno, de crear un nuevo sistema de atención específica para los inmigrantes en situación irregular. El correo está que echa humo y ya llegan las primeras reacciones. Moreno propone que los sanitarios atiendan a los ‘sin papeles’ que lleven seis meses empadronados y demuestren no tener recursos económicos. Además, ha precisado que el Ministerio del Interior no conocerá los datos de los inmigrantes que precisen de esa atención.

A partir de ahora, las comunidades tienen quince días para mejorar el borrador propuesto por el Ministerio. Como digo, las primeras reacciones van llegando porque el tema trae largo recorrido. Por ejemplo, el Sindicato de Enfermería SATSE critica “la incapacidad de los responsable públicos de dejar a un lado los intereses políticos y acordar una solución qie conlleve una homogeneización de la atención“. Además, lamenta que se use la atención a inmigrantes irregulares como un “arma arrojadiza” para conseguir votos de cara a las próximas elecciones generales.

Tras el funesto decretazo que ha dejado a tantas personas rapiñando atención médica y del que tantas veces hemos hablado en esta revista, por fin se ha empezado a hablar en serio de un tema que urge solucionar. Por supuesto, no lo digo yo. Lo dicen todas las organizaciones, sociales y médicas, que llevan tiempo reclamando que se de marcha atrás. Ahora solo queda que unos y otros se pongan de acuerdo para ir a lo verdaderamente importante: que quien lo necesite, independientemente de su situación administrativa, pueda llegar hasta un médico sin que al salir le pasen factura. Que es de justicia.

PD. Hace tiempo que no escribía una postdata. Esta vez por quienes de vez en cuando me recuerdan que esperan mis entradas. Cuando una escribe, no puede haber mayor piropo. ¡Gracias a los que ya sabéis!

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VERDAD Y JUSTICIA, UNA VEZ MÁS

Verdad y justicia. Son las primeras palabras que escucho solo encender la radio, muy de mañana. Es 24 de julio. Verdad y justicia en boca del representante de una de las asociaciones de víctimas de la mayor tragedia ferroviaria sucedida en España, la del tren que descarriló en Angrois, a pocos kilómetros de Santiago, en esa curva ya maldita de A Grandeira. Verdad y justicia es lo que hoy piden desde Galicia, mi tierra. ¿Acaso puede existir algo más grande que eso?. La verdad y la justicia. Si el mundo se moviera entre esas dos grandes variables…

Hoy se cumplen dos años de aquel siniestro que noqueó Galicia. De manera que reciclo y actualizo un post escrito en 2014. No cabe hacer otra cosa. Mantener vivo el recuerdo. Que nunca se olvide.

24 de julio. Maldita fecha. Escribo esto mientras se preparan los homenajes, las palabras de afecto, las misas, los recuerdos a quienes murieron en aquel tren.

Hoy, muy de mañana, precisamente, recibo a alguien querido que acaba de llegar desde Galicia y que mañana cogerá, de vuelta, uno de esos trenes. Se me encoge el corazón.

El 24 de julio de 2013 –miércoles- se presentaba un día medianamente tranquilo en la redacción de Interviú. Verano, becarios a tope con sus primeros reportajes, adelanto de temas y unos cuantos redactores ultimando sus cosas y a punto de irnos de vacaciones mientras que otros compañeros llegaban de las suyas.

La terrible noticia nos cogió fuera de la revista. El accidente de Angrois fue a última hora de la tarde. El drama comenzó tímidamente, como suelen empezar los más terribles sucesos. Como en cámara lenta. Primeras informaciones contradictorias. ¿Pero cómo va estamparse un tren Alvia, cargadito de veraneantes, de turistas, de peregrinos, de familias que iban a pasar el Día de Santiago con los suyos?. Esas cosas no pasan…

Un año antes yo había cogido un tren parecido. Mi destino, A Coruña. En San Juan. Eran los primeros trenes híbridos-duales S-730. Esos que –menos a Lugo, mi ciudad, donde tarda como en tiempos de la diligencia- Renfe y la ministra de turno, la del gremio, anunciaban a bombo y platillo que llegarían con menos tiempo a sus destinos gallegos. A falta de AVE (Galicia, furgón de cola en comunicaciones)  algo es algo, pensábamos entonces los primeros que los estrenamos.

Aquel viaje, el mío a A Coruña, fue tipo odisea. Mi híbrido-dual S-730 debía llegar a destino en 6 horas y 9 minutos. ¡JA,JA!. Apenas dos horas de viaje y caput. Primera parada. En mitad de la nada. Ni “p’atrás ni p’alante”. Revisor correteando por entre los vagones. Problemas técnicos. O eléctricos. Vaya usted a saber. “Disculpen, ustedes, señores viajeros. Les mantendremos informados”…

En el tren viajaba un grupo de sindicalistas, la mayoría gallegos, que reivindicaban no me acuerdo ahora qué. Sí que era algo relacionado con Renfe. Subieron en Chamartín (Madrid) y llenaron los vagones con su jolgorio y sus pancartas. Venían de algún tipo de acto. Sin dormir. Fueron ellos quienes me explicaron que los pasajeros de aquel tren -tras más de dos horas parados, todo el vagón había estrechado lazos de amistad por decirlo finamente-éramos un poco los conejillos de indias de esos  trenes híbridos más rápidos que los antiguos talgos a Galicia.

Aquel día, había un partido importante (¿sería la Eurocopa?). Todos, niños incluidos, querían verlo. España jugaba y se la jugaba. Pero no había cobertura. Un chico que viajaba delante de los sindicalistas, sacó su ordenador. Hizo virguerías y consiguió sintonizar algún canal. Todos se apiñaron a su alrededor. Los niños, lo sindicalistas, la productora de televisión que viajaba a mi lado, las dos estudiantes de Medicina…Ya éramos una pandilla. Cuando pasábamos un túnel o atravesábamos una montaña, perdíamos la cobertura. Los sindicalistas, subían tono. Las futuras médicas, chillaban. Los niños, histéricos, saltaban entre los asientos. Aquello era una locura. Para resarcirnos del retraso que acumulábamos, el revisor repartía bocadillos de jamón. Creo que de los más ricos que probé en toda mi vida. ¡Vaya viajecito! Como a la antigua. Pero muy divertido. Nunca lo olvidaré. Viajar en tren tiene algo de otros tiempos, siempre lo he visto así. Algo mágico, diferente.

Un año después sucedió lo del tren. Reviví aquel viaje y pensé…¡Ufff! En Angrois, la magia se desvaneció de la manera más cruel. ¿Cómo no acordarme de los niños, las estudiantes, los sindicalistas, la productora, en el ejecutivo del ordenador gracias al que vimos el partido…?¡La de historias que iban entre aquellos vagones!. 

El 24 de julio de 2013 Galicia se enfrentó a la que sin duda ha sido la mayor desgracia vivida. Los minutos de esa película en cámara lenta se sucedieron a velocidad del viento y llegó lo peor. Goteo de víctimas. Caos. Tragedia nacional. Y los vecinos de Angrois, que para siempre quedarán en la memoria colectiva. Tirándose a las vías, arrojando mantas, sacando a los heridos, custodiando a los muertos…

Sostengo que los gallegos no somos gente de grandes alharacas. De los de soltar un “te quiero” así como así, de dar palmaditas sin la oportuna confianza. Ni demasiado aficionados a mostrar nuestros sentimientos en público. No quiero caer en topicazos que para eso ya están las películas que barren en taquilla, aunque no hablen de gallegos. Los gallegos somos más comedidos, más como hacia adentro. Sobre todo si rozamos el interior. Como yo. Pero aquel 24 de julio los vecinos de Angrois dieron una lección tal de solidaridad que todavía hoy se saltan las lágrimas recordando aquellas escenas. ¡Qué gente! ¡Cuánta generosidad! La misma que aquel día demostraron las decenas de voluntarios, los médicos y enfermeras, los equipos de emergencia…¡Cuánto héroe anónimo!

Vuelvo a ese 24 de julio de 2013, en la redacción de Interviú. No. Miento. Voy al día después. Jueves. Mal día para nosotros. Día de cierre. Día de Galicia. Día del Apóstol  Santiago. Día de fiesta para los gallegos que a mí siempre me coge trabajando en Madrid, cuando debería estar de parranda, comiendo pulpo y empanada, bebiendo el vermut en la verbena de un pueblo y escuchando a los gaiteiros. Con mi familia.

Aquel fue un 25 de julio de mier***. En Interviú, reunión de urgencia para ver cómo, informativamente, afrontar el brutal accidente. Todavía noqueados. Con el corazón encogido ante semejante catástrofe. Tensión, cruce de miradas, ideas. Al final se decidió apostar por el testimonio de víctimas de otras tragedias similares. Mis compañeros Juan José Fernández, Juan Luis Álvarez, Carlos Barrio y yo misma, nos pusimos a llamar como locos a víctimas de los siniestros de Spanair o Metro de Valencia, temas ampliamente tocados en este semanario. El último hace apenas unas semanas. Juan José Fernández fue el primero en destapar las lagunas e irregularidades en la investigación del accidente del Metro  y Juan Luis Álvarez sabe como nadie de lo que sucedió con el trágico vuelo de Spanair. A menudo hablamos de ello.

TRENAlgunas de esas víctimas -o sus familias- estaban demasiado tocadas para reaccionar cuando se les pedía su sentir ante el siniestro del Alvia. De pronto, lo revivían todo. Cada uno aportaba su opinión. Pero la mayoría lanzaba mensajes en la misma dirección: que se unieran, que no se dejasen manipular, ni por políticos ni por abogados, y que fueran conscientes de que al principio todo eran palabras de consuelo, gestos de solidaridad, de cariño, promesas…hasta que un día llegaba el silencio. Y el olvido. Y se quedaban solos con su lucha.

Ha pasado dos años de aquel accidente de Angrois. En unas horas, la Plataforma Víctimas Alvia 04155, que aúna a la mayoría de víctimas y familiares, celebrará un acto en la Plaza del Obradoiro de Santiago de Compostela. De nuevo se reclamará verdad y justicia Las víctimas continúan igual. Pero mucho más indignadas. Aseguran que la investigación judicial del accidente lleva más de un año parada y critican la falta de dimisiones y de una comisión de investigación parlamentaria. Y, lo peor, están perdiendo la esperanza de conocer algún día la verdad de lo que pasó.

Siento que tengo que menear este post. Volcar de nuevo lo que sentí aquel 24 de julio y lo que siento dos años después. Si mis palabras sirvieran para algo…

Si no hay verdad, ni hay justicia, como reclaman las víctimas, para saber lo que sucedió, por qué sucedió y cómo podía no haber sucedido, no habrá descanso para los supervivientes, ni para esas familias y sus muertos. Toca pedir a gritos verdad y esa justicia. Sin tregua. Hasta quedarnos sin voz. Por los que quedaron entre los hierros de aquellos vagones. Por los que salieron. Por quienes les ayudaron. Por los sueños rotos.

 

 

 

 

 

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Algo que contar

 

La libreta es puro caos. Siempre va en mi bolso. Por si surge algo que apuntar. Sin ella, como que no soy nada. Quien escriba lo podrá comprender. En la era digital, un trozo de papel, agrupado en pequeñas cuartillas, sigue siendo un tesoro. Tangible, perdurable, amoroso. Punto y aparte.

El cuaderno es pequeño y bonito. Lo venden en una tienda que descubrí hace años en Lisboa y hoy también existe en Madrid. Cada vez que paso delante, no puedo resistirme. Entro y me hago con un nuevo cuaderno. A veces, los regalo. Hay diferentes tamaños. En la portada, siempre una leyenda. En la que hoy escribo reza: “Ahora es el momento”. Por algo la habré elegido.

20150630_220426En la libreta, trozos de reportajes, citas médicas, direcciones, cartas a personas que quiero y que probablemente nunca les daré, entrevistas, dibujos infantiles, fechas importantes, entradas en este post que nunca llegarán a publicarse, declaraciones de los personajes de mis temas, cuentas domésticas, teléfonos de atención al cliente de diferentes compañías, asuntos pendientes, manchones de café, títulos de libros que hay que leer, nombres de personas a las que no sé si un día llegaré a conocer -aunque en algunos casos me gustaría- o móviles que tal vez nunca marcaré. Mucha, mucha vida.

La libreta, casi siempre, reflejo del alma. Cuando la cosa está on, se llena de frases apresuradas, pensamientos alocados, montañas de ideas, proyectos por hacer…Cuando el asunto está off,  las páginas se quedan en blanco, a la espera de acontecimientos.

Me he dicho que de hoy no pasa. Porque, de seguir así, este pequeño espacio que tengo en la red en forma de blog morirá de inanición. Y eso no puede ser. Que me debo a algún lector que de vez en cuando me recuerda que hace ya mucho que no publico entrada. Salga lo que salga, escribiré. Se lo he prometido al lector y -sí, ya sé que es un poco surrealista- a  la libreta. Y cumplo. Nada de ponerse el listón alto, nada de pensar que, si no hay algo interesante que decir, mejor callar. “¡Tira millas…¡,!dale!”, me digo. “Nada de pudor”, me añado. “Pero si hoy todo el mundo escribe, ¿por qué tú no?”, remato. “Ya pero, como lectora exigente, no me vale cualquier cosa”, me respondo. Y así. Rum-rum en la cabeza. Tonterías. ¡A escribir!.

20150630_220335Parece mentira que alguien que se pasa la vida escribiendo historias, de repente un día se bloqueé. ¡Tremenda contradicción!. A veces, sucede. Hoy mismo, lo hablaba con un compañero. Las prisas no ayudan. Y los últimos meses han sido movidos. Mucha información. Muchos temas. Demasiado barullo, que es una palabra que me gusta mucho y resume muy bien una forma de sentirse. Este espacio tira a lo íntimo -así lo concibo yo y ese, para mí, es su valor- y quizás un exceso de información me ha dejado sin reservas para escribir de otras cuestiones y de forma más pausada.

Así que abro la libreta -esa, la pequeñaja, la que siempre me acompaña- y busco los motivos que me han impedido darle un meneo a este espacio. Me justifico señalando que en estas últimas semanas he estado enredada en temas de esos intensitos. Que apenas te dejan tiempo para un respiro. Como el que escribí tras viajar a Melilla -una ciudad que me impactó y mucho- para hablar de los inmigrantes que cruzan la frontera en busca de atención sanitaria o el tema que, también sobre inmigrantes, he abordado desde Madrid, en este caso en dirección contraria. Ha habido más: el médico condenado por mala praxis que se ha puesto al frente de un ensayo clínico; de la presidenta de la AECC en Baleares que, contra viento y marea, sigue al frente de un cargo político…No voy ahora a sacar la lista. Sería aburrido.

20150630_220250Lo que vengo a decir -aviso a mis navegantes porque ya más de uno me ha preguntado- es que no. Que este blog, por ahora, no se ha cerrado por vacaciones. Que las historias van en mi libreta. Esa, la pequeñaja. Y que, con un poco de suerte, irán saliendo. Que para algo esto de escribir es así de absurdo. Y puñetero.

 

 

 

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Próxima estación: Córdoba

Vuelvo en AVE desde Málaga. Viaje de trabajo. Mi vagón, con muchos asientos, está casi vacío. Apenas unos cuantos viajeros. Silencio y ganas de relajarse. Que para eso está acabándose el día.

Con el tren a pocos minutos de la salida, entra un hombre. Es alto, aparenta unos cuarenta y tantos, va impecablemente vestido y lleva unas gafas de sol que le dan un aspecto un tanto canalla. O eso es lo que pienso al principio. Hasta que me fijo más. No son las gafas (grandes, tipo aviador). Es su aspecto. Descuidado. Como si llevase varios días de farra. Y su andar. Impreciso. Vacilante. Haciendo eses. Cayéndose sobre los asientos de cuero mientras, con el billete pegado a la cara, busca el que le toca.

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Foto: Inma Muro

El que le toca es, por supuesto, el que está delante de mí. Lo sabía. Últimamente me ocurren todo tipo de aventuras. La mayoría sin buscarlas. Así que me dispongo a disfrutar de un viaje que, sospecho, va a resultar movidito. Me centro en lo mío. Repaso el reportaje que acabo de hacer. Tema humano.

Cae la tarde. Mi compañero de viaje, parece dormitar. Inquieto. Llega la hora de la merienda. Pasa la azafata con el carrito. Le pregunta qué quiere beber y el tipo –a esas alturas ya he descubierto que solo habla inglés- balbucea algo. La azafata apenas le entiende. El hombre atina a señalar que quiere un vino. Se lo bebe de inmediato. Luego, otro más. Sin apenas pausa. De un tirón. Tengo la certeza de que, a más alcohol, más la va a liar. Está clarísimo. El hombre saca dinero. Se empecina en pagar su consumición. La azafata le aclara que es gratis. El otro insiste. 20 euros vuelan por el aire. Luego, se le cae la cartera. Repleta de tarjetas. La azafata se la recoge y le vuelve a decir que no tiene que pagar las consumiciones. El hombre parece querer hablar. Dice que tiene cinco hijos. Dos son gemelos, aclara a trompicones. La azafata, todo cortesía, le contesta. Con una sonrisa.

Cuando la azafata llega a mi asiento le pregunto que para qué le ha servido más vino, si ve en qué estado va. Sé que me meto en donde nadie me llama, la verdad.  “Así se duerme”, me contesta. Pues vaya”, pienso yo. (Me da pena. No lo puedo evitar).

Pero no se duerme. Cada vez se le ve más inquieto. Pasado un rato, comienza a hablar. Dice algo de unos niños. Suena a lamento. Parece atormentado. Quizás es solo el alcohol. Que le hace ver demonios. El tono va subiendo.

En el asiento de delante del hombre viaja un chico. De vez en cuando, se da la vuelta y lo mira. A estas alturas, el tipo ya vocifera lo suyo. Parece a punto de perder el control. Hago señas a la azafata que, a su vez, me hace gestos de que esté tranquila. La cosa va de mal en peor.

Por el extremo contrario llega un revisor. Le pide que baje el tono de voz. Firme, le advierte que no le va a consentir que siga gritando. Que si lo hace tendrá que bajarle del tren. El tipo parece no enterarse de nada, pero en su  nebulosa debe sospechar que tiene que moderarse. “Finito”, farfulla. Y sigue con su charla confusa. El revisor empieza a perder la paciencia. El AVE se acerca a Córdoba.

A todo esto, el chico del asiento posterior vuelve a darse la vuelta y se acerca también. Le indico que el inglés está fatal. “Ya lo sé”, contesta con la mirada. Así que se le planta delante y, ante mi asombro, saca una placa. “I’m a policeman”, le suelta. Entiendo que viene a decirle que se comporte. “¡¡Uauuuuu!!, vaya aventura…”, pienso¡¡Nunca había visto eso de la placa en vivo y en directo!! ¡¡Como en las pelis!!. El resto de pasajeros -que hasta entonces parecían no haberse enterado de nada o, simplemente, pasaban de todo, que es otra posibilidad- ya siguen atentos el espectáculo. Revisor y policeman razonan con el inglés. Hasta donde pueden claro. Porque parece no pillar ni una. En realidad, lleva todas las de perder.

El revisor decide que la cosa no puede continuar así. Y del “no le voy a consentir que siga gritando. O se calla o le bajamos” pasa al “pues mejor como que le voy a bajar. Ya. En la pròxima estación porque así no puede continuar viaje”. Dicho y hecho. El tren llega a Córdoba. El tipo, mediante aspavientos con las manos, acierta a decir que él no quiere bajar en esa estación. Que su viaje continúa hacia Madrid. Pero ya no hay vuelta atrás. Revisor y policeman le ayudan a levantarse. Lo cierto es que se deja llevar. Vamos, que no opone resistencia alguna. Entre todos, le buscan la maleta. Y le ayudan a bajarse. Cabalmente, policeman indica que no le dejen solo en la vía. Que a ver si se va a caer.

El AVE deja Córdoba. En la vía, el inglés está junto a un vigilante de seguridad. El vigilante parece preguntarle algo.

Fin de la historia.

Los viajeros continuamos a lo nuestro.

Empiezo entonces a preguntarme que habrá sido de él. ¿Le habrán dejado dormir en algún lado? ¿Habrán llamado a su familia? ¿A una ambulancia? ¿A un voluntario de alguna asociación? ¿Quién se habrá ocupado de que no caiga a la vía, no le roben, no se meta en follones…? ¿Habrá llegado a su destino? ¿Viajaría a Madrid para coger un vuelo rumbo a su país? ¿Estarán los suyos preguntándose dónde está? ¿Llegaría tarde a una reunión de negocios?. ¿Aparecerá dentro de unos días, sin acordarse de nada, en cualquier sitio inesperado?

Y, sobre todo, no dejo de preguntarme por qué le dejaron subir a ese tren viendo su estado. No. No se trataba de unas cervezas de más. Lo suyo tenía pinta de borrachera perpetua. De esas que te destrozan la vida. Y la de los demás

¿Es que nadie -ni en el control, ni al verle tambaleándose por las vías- se dio cuenta de que necesitaba ayuda?. Y no hablo de la seguridad de los viajeros. Hablo de la suya propia.

En Interviú publicamos hace unas apenas unas semanas un tema sobre adicciones. Dejo el enlace. Por si alquien quiere echarle un vistazo. Entresaco un titular: “El alcohol sigue siendo una de las sustancias más consumidas por los españoles”. Solo en nuestro país, hay 1.600.000 consumidores de riesgo. Poco más que decir.

 

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