H de humanización

Se llama humanización de la sanidad y estoy segura de que ella, que acaba de salir del hospital, tras más de diez días mal durmiendo en un sillón reclinable, pegada a la cama de su compañero, nunca ha oído hablar del tema. Incluso quizá ni le importa. Conociéndola, le sorprendería. A ella, que es tan humana. Que no concibe otro trato, en el tú a tú, que no sea vía humanidad. Es la costumbre.

¿Acaso cabe otra forma de tratar a las personas que con humanidad? ¿Es que quizá debe sorprendernos que el trato cuando uno atraviesa un momento difícil -en cualquier escenario- sea afable o respetuoso? ¿Es de verdad tan inusual que las personas practiquen la empatía o que, en un hospital, un sitio donde a nadie le gusta estar, un sanitario te salude, te sonría un poco, te guiñe un ojo, te pregunte como estás o cierre la puerta con cuidado?

Eso me lo preguntaría ella. A mí, que algo conozco de estos temas, me tocaría explicarle que, desde hace tiempo, existe una corriente que aboga por humanizar el entorno sanitario y que, en los últimos tiempos, los políticos se llenan la boca anunciando planes con los que pretenden instaurar el buen trato a los pacientes, el respeto a su intimidad, a la toma de decisiones con plena autonomía, a la comunicación fluida, al máximo respeto… Que, entre los pioneros, está el médico Gabi Heras, especialista en medicina intensiva. En esta web, los detalles de su Proyecto HU-CI. Altamente recomendable pinchar el enlace.

“¡Qué cosas!”, me diría ella. Que hace apenas unos días, precisamente, me comentaba la brusquedad –cero malintencionada- de la médico que entró en la habitación para, en toda su crudeza, exponer la situación al enfermo y a su acompañante. “Hoy vino otra chica”, me aclara hace apenas unos momentos. “Más amable”, precisa. Y el matiz, en determinadas circunstancias, cuando estás asustada, es todo un mundo. Cambia la perspectiva. Al que está en la cama. Y a quien le acompaña.

“¡Pues me parece muy bien!”, me añadiría, al tiempo que, en uno de los muchos cafés que hemos tomado en estos días de hospital, le contase que humanizar es más que una palabra que empieza por H. Que esa H ya no es muda. Que son muchos los que piensan como ella. Que hay que volver a humanizar el entorno sanitario. Hacer la vida más fácil a los pacientes y sus acompañantes. Tratarles con afecto. Que obra milagros. Incluso de cara a la curación.

Que se lo digan a ella, al pie del cañón en una habitación donde las horas pasaban lentamente. Donde la rutina solo se rompía con las comidas, la limpieza del baño, la vía para poner la vitamina…Con ruido, por cierto, me explica, que hubo mañanas en las que el toque de diana era a las seis. Como si no estuvieran sufientemente cansados. Traqueteo de carros, timbres de llamada, conversaciones…¡Vaya usted a saber!. “Un poquito de silencio, por favor”, viene a decirme. Que no viene mal.

Vuelvo de pasar unos días -en modo apoyo- en ese hospital. Público, tamaño medio y, en el entorno, pequeños jardines plagaditos de margaritas, que para algo es primavera. No es lo mismo un centro que tiene un respiro donde los pacientes o sus familias pueden sentarse a tomar un poco el aire que un hospital-aeropuerto, todo hormigón y distancias enormes. Sin un triste banco, ni una friste flor. Sí, ya lo sé, lo que cuenta es la excelencia del centro, pero lo otro ayuda a animarse un poco. Desde el hospital que ha sido mi segunda casa estos días se veía, a lo lejos el mar y, también, las montañas. Todo suma.

Humanización es que, tras el impacto inicial, alguien, pongamos un auxiliar, entre y te sonría y, al paciente, le llame por su nombre. No es lo mismo Ángel que Antxón. Carolina que Marta. No es lo mismo que se dirijan a ti por tu nombre a que se refieran a tu persona como el de la habitación 235. Si te ponen nombre, te humanizan. Eres algo más que el de la tensión alta, la pancreatitis o las piedras en la vesícula. Eres persona.

Humanización es que, como a mí me pasó el otro día, en ese hospital del norte, el de los campos de margaritas, del que ya había oído hablar más que bien -ejemplo de hospital humano, me decían- te acerques a un control de enfermería, transmitas tus inquietudes y una enfermera, que de nada te conoce, te coja las manos y te las apriete fuerte y diga: “Hay que ser optimistas”. (Gracias enfermera).

Humanización es que a tu habitación llegue alguien a preguntarte qué necesitas. Si pueden ayudarte en algo. Simplemente a escucharte. Tranquilizarte. Darte esperanza. Aunque nunca antes te hayan visto. En ese hospital, el de las margaritas, hay gente maravillosa que en estos días se ha volcado con ella. La ha arropado cuando le ha hecho falta y yo quiero darles las gracias. Como a la enfermera.

La humanización debería extenderse como una mancha de aceite. Ser asignatura obligatoria. Contagiarse como la gripe. Pegarse como la cola. Practicarse a diario. Circular sin control. En los hospitales. Y fuera de ellos. En muchos otros circuitos.

Sin humanización, en realidad, no hay nada. Así que bien por los que apuestan por ella. Mejor nos irá a todos.

PD. Mañana, en Ourense, se celebra una gala solidaria en apoyo a Simón González. Le he prometido que lo contaría y ya lo hago con retraso. Pero seguro que Simón lo podrá entender. Simón es un campeón. En concreto, trece veces campeón del mundo del kickboxing. Es decir, un super crack que diría un antiguo colaborador de Interviú. A finales del mes de julio de 2014, el campeón se subió al tejado de su casa del barrio de Lavadores (Vigo) para arreglar unas humedades provocadas por las últimas lluvias. Resbaló y cayó de la escalera desde una altura considerable. Sufrió una lesión medular que le dejó en silla de ruedas. Parapléjico. ¡Qué absurda es la vida, ¿verdad?!. De él hablamos en este repor de Interviú en el que denunciamos, hace apenas unos días, las carencias en la atención a los 20.000 lesionados medulares que hay en España. Desde ese 2014, Simón no ha dejado de batallar. Esta gala solidaria pretende arroparle y ayudarle. Os dejo el cartel del evento. Apenas quedan unas horas, pero todavía, entre todos, estamos a tiempo de menearlo. Ya sabéis. Cuestión de humanidad.

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El miedo

El miedo, por supuesto, es libre.

Martes de Semana Santa. El país a medio gas -la entrada de mails es el principal barómetro de días como este- y vuelve el miedo. Esta vez, a Bruselas, en Bélgica.

El miedo, en realidad, siempre está ahí.

DSCF0198 copiaPor motivos familiares, la pasada Navidad me metí en un avión rumbo a Nairobi, capital de Kenya. Por supuesto, iba con mucho miedo. Es más, a medida que se acercaba la fecha de salida, más miedo tenía. ¿En qué cabeza cabe coger un vuelo a un país que, según leía esos mismos días, está considerado por el Ministerio de Exteriores como punto caliente?.

Yo sabía que tenía que hacer ese viaje. Largamente planificado. Muy deseado. Pero, en aquellos días, el patio andaba más que revuelto por el mundo entero -París retumbaba en mis oídos- y volar a África se presentaba, cuanto menos, como una temeridad. En realidad, nadie comprendía porqué elegir semejante destino. También es cierto que muchos otros, envidiando mis vacaciones africanas, quitaban hierro al asunto y me animaban a no pensar en nada, a disfrutar de lo que me esperaba, a desafiar a quienes quieren meter miedo. Eso es lo que quieren -me decían- que tengas miedo“.

Desde Nairobi, comprendían mi inquietud. Pero, quien esperaba con los brazos abiertos, aseguraba que allí, en Kenya, todo estaba en orden. Que tranquila. Que no pasaba nada. Que el safari estaba listo, las tiendas preparadas, los coches a punto, los guías expectantes  y el parque nacional de Masai Mara, nuestro primer destino, recién finalizada la temporada de lluvias, lucía espléndido. Con más elefantes que nunca.

De manera que me lancé. Tipo mantra repitiéndome una y otra vez que loca estaría para arriesgar mi vida. Que todos los días y a todas horas, millares de personas viajan de un lugar a otro del mundo por negocios, por trabajo, por amor, para reunirse con los suyos, para escapar de vidas miserables, para volar en busca de sueños, para cambiar el rumbo de los destinos…Para huir, por ejemplo, del terror. Del terror que siembran los que obligan a miles de personas a pedir que les refugiemos.

Así que mi miedo y yo libramos una ardua batallla para meternos en ese avión confiando en que nada debía pasar. Y lo conseguí. Muertita de miedo, pero fui capaz de llegar al aeropuerto de Madrid y presentarme ante el mostrador de Ethiopian Airlines para coger un vuelo directo a Addis Abeba. El miedo se disipó cuando vi que, al igual que yo, otros tantos viajeros españoles cogían ese vuelo con destino a un aeropuerto, el de Bole, que se ha convertido en centro neurálgico de las conexiones intercontinentales.

Como el miedo es muy traicionero, opté por disfrazar el vuelo de aventura. Para mí y mis acompañantes. Por ejemplo, repetí una y otra vez a quien me quisiera oir, que nunca hasta ese momento había pensado que pisaría suelo etíope, llamé la atención sobre la belleza de las azafatas, lo curioso de la comida a bordo o el color de las mantas para taparnos.

DSCF0004 copiaEl vuelo transcurrió sin incidentes. Pasados los primeros momentos, el miedo fue quedándose agazapado y dio paso al sueño, el cansancio o la ilusión por la llegada al destino. El miedo escampó cuando África se presentó amaneciendo a través de la ventanilla. El miedo ya no existía cuando, a toda prisa, una furgoneta nos trasladó por las pistas del aeropueto de Addis Abeba rumbo a un nuevo avión que nos llevaría a Nairobi.

El miedo era sólo un mal recuerdo en los días que transcurrieron en un país maravilloso como es Kenya que tanto sabe de ataques terroristas, de amenazas. El miedo daba risa cuando una se encontraba en el Masai Mara, ese sueño convertido en parque nacional, donde todavía se puede ver un espectáculo tan increíble que parece irreal, propio de un documental de National Greographic. El de la vida salvaje.

El miedo dio tregua durante días. África es tan hermosa que si no existiera habría que inventarla. África es incomensurable. África es dignidad. Africa no es un país, como reza el blog del diario El País que coordina Lola Huete y cuya lectura recomiendo. África es mucho y diferente. Imposible no enamorarse.

DSCF0279El miedo volvió en Nairobi al entrar en alguno de los centros comerciales de la ciudad. Cuando te cacheaban para acceder a las tiendas, algo a lo que una no se acostumbra. El miedo estaba presente cuando, a un lado, y al otro, y al de más allá, veías decenas de soldados armados hasta los dientes, una imagen insólita para quien viaja desde un país donde, en la cotidianeidad, no ves armas. Afortunados que somos.

El miedo estuvo. Y se fue. Demasiadas vivencias para tenerlo presente. Bye, bye, miedo.

La vuelta a Madrid hizo que reapareciera. Pese a los recuerdos de esas manadas de elefantes que quitan el sentido, el señorío de las jirafas, la majestuosidad de los leones, las risas histéricas de las hienas, las noches a la luz de las velas, las conversaciones con el guía samburu, los sabias palabras del chófer Thomas…La felicidad.

En Nairobi, kilómetros antes de acceder al aeropuerto vía peaje, los viajeros están obligados a abandonar los coches y acceder a un control de seguridad. El objetivo, pasar un primer filtro antes de entrar en las instalaciones del Jomo Kenyatta. El control, más exhaustivo, se repite después. El vuelo Nairobi-Addis Abeba salió con retraso. Con el tiempito justo para darse una vuelta rápida por ese aeropuerto de Bola, quizás uno de los más bulliciosos que he visto y veré nunca. Las medidas de seguridad, extremas. Los controles, exhaustivos. Los soldados armados, por todas partes.

Ya a bordo, sin previo aviso, la compañía decidió que el que debía ser un vuelo directo Addis Abeba-Madrid incluyese una escala. Así, sin decir nada a nadie. En mitad de la noche, el avión aterrizó en El Cairo, Egipto. Para repostar, dijo una azafata cuando se le preguntó el por qué de la parada.

El miedo, entonces, reapareció con intensidad. Pese al cansancio, pese a los buenos recuerdos, pese a los mantras para mantener la calma.

En mis pies, descubrí una luz. Algo que parpadeaba. Miedooooooo. Porque juraría que esa luz no estaba cuando el avión despegó de Etiopía. O yo no la vi. Más miedo. Tirando hacia la escala de pánico. Y la mente disparada. Que si Egipto, que si esa parada imprevista, que si qué hacíamos allí parados durante tanto tiempo, que si quería salir ya hacia  Madrid…No, no puede ser, pensaba. Es imposible. Nadie se ha colado en el avión. Esto no puede estar pasando y por tanto, no es verdad…”, me repetía sin parar.

El miedo me obligó a llamar a una azafata. En voz muy bajita. No quería asustar a nadie y que se montase una escena de histeria colectiva. Pese al miedo, conseguí mantener el control. La azafata, miró hacia mis pies. Y me dijo que tranquila. Que nada pasaba. Pero, en cuanto me di cuenta, una sobrecargo ya estaba con su compañera atisbando esa lucecita que no dejaba de parpadear en mis pies y que a mí me daba mucho miedo. La sobrecargo miró y calló. Me dijo que esperase un momento, que llamaría a alguien. En dos segundos corría hacia mi asiento uno de los dos pilotos del avión. Muy alto. Con la cara desencajada. Con mucho miedo.

Se tiró hacia mis pies. Y soltó un enorme suspiro. Tan grande como él. Inacabable. “¡No, por favor!. Eso no es nada. Es un…(no recuerdo lo que me dijo que era, algo así como un sensor). Todo está bien”, me soltó de malas maneras. Normal. Le había dado el susto de su vida. Todavía camino de la cabina se dio la vuelta y me hizo la señal de la victoria. Lívido. Falsa alarma. Fuera miedo.

Sucede Bruselas y, en la cascada de condolencias, alguien dice en las redes que hoy, más que nunca, está prohibido tener miedo. Pero el miedo es libre. Yo, ahora, sé que hay muchas personas que tenían miedo a que yo cogiera ese vuelo rumbo a Kenya. Que no durmieron hasta que, en tierra, confirmé que todo OK. Sé, incluso, que hay quien me confesó que nunca habría hecho lo mismo. Y que, en Kenya, las compañías que viven del turismo se lamentan que de que se avecinan tiempos difíciles una vez más. Que nadie quiere subirse a un avión depende a qué destino.

Hay quien vive con miedo todos los días. Hay quien viene hacia nosotros huyendo del horror de guerras que nunca cesan. Familias enteras que buscan ese lugar seguro donde vivir sin miedo.

¡Qué absurdo, ¿verdad?! Vivimos sin miedo y apenas lo valoramos. Como si lo nuestro fuera lo normal.

El miedo está ahí, campando a sus anchas. Porque el terror, aunque queramos olvidarnos, acecha en cualquier lado.

De manera que, es difícil, pero hay que intentarlo.

Vivir sin miedo.

 

 

 

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Ahora vas y lo cuentas

La historia me llega vía Cáritas de Tenerife. La leo, me sorprende, por supuesto me interesa, y decido contarla. Pasarán unos días hasta que pueda pisar este blog y darle forma. El día es hoy. En ese cortito espacio de tiempo me doy cuenta de que cuántas cosas me quedan por saber. Porque, ¿quién no ha oído hablar de Las Patronas de Veracruz (México)?. ¿Quién no sabe que existe un grupo de mujeres que todos los días, desde hace más de veinte años, acude a las vías de un tren para ofrecer comida y bebida a los maltrechos polizones que viajan en el desvencijado ferrocarril?

¿Quién no ha escuchado nunca esa terrible historia de un tren de mercancías que cruza México, de sur a norte, al que apodan “La Bestia”, “El tren de la muerte” o “El devoramigrantes” y cuyo destino final es Estados Unidos? 

¿Es posible que alguien no haya oído que en ese infernal recorrido -cerca de 2.400 kilómetros en un trayecto que dura alrededor de 25 días- muchos de esos migrantes  desaparecen, otros resultan mutilados al intentar subirse a a lomos de ‘La Bestia’ (os ruego leaís este enlace) y centenares son víctimas de robos, extorsiones, torturas, secuestros, violaciones por parte de los cárteles de la droga y las maras que controlan las rutas migratorias y que “cobran” -hasta 100 euros-  de peaje por dejar que se suban en marcha a los vagones? Por favor, ¿es que nadie sabía que, si no pagan la mordida, les tiran a las vías?.

Pero bueno, seamos sinceros, ¿es que acaso nadie sabía que, ante semejante dramón, en 1995, de forma espontánea, como surgen las cosas importantes, un grupo de mujeres solidarias decidió organizarse para alimentar a esos viajeros de ‘La Bestia’ a su paso por La Patrona (de ahí el nombre), una pequeña localidad que pertenece al municipio de Amatlán de los Reyes, a 15 minutos de la ciudad de Córdoba, en el estado de Veracruz?

patronas2¿Cómo es posible no haber escuchado esa historia de que las voluntarias esperan el silbido de ‘La Bestia’ para, rápidamente, acercarse a las vías y lanzar a los viajeros unos paños de tela en los que envuelven tortillas, frijoles, arroz, pan, fruta y botellas de agua y que los migrantes, que van encaramados a la partes superior de los vagones de mercancía, extienden sus brazos para agarrar los paquetes que desaparecen de las manos de las mujeres en pocos segundos por la velocidad del tren?.

¿Puede existir alguna persona que no sepa que Las Patronas de Veracruz fueron candidatas al Princesa de Asturias de la Concordia 2015 en una campaña internacional impulsada por el obispo de Saltillo, Raúl Vera, a la que se sumaron los obispos españoles y que no fue una candidatura fácil porque parece como que el gobierno mexicano pasaba un poco y hubo que empujar -vía una plataforma de firmas- para que esa candidatura fuera una realidad?.

Respuesta. Yo, Nieves Salinas, reportera de Interviú, lo que me presupone cierto conocimiento sobre cosas que pasan, desconocía la gesta de Las Patronas de Veracruz. Es más, nunca había oído hablar de ellas. Y, la verdad, hasta vergüenza me da admitir no estar al tanto de esta hermosa historia de solidaridad que se remonta a hace dos décadas, una de tantas, seguro, que cada día protagoniza un grupo de gente anónima en cualquier rincón del mundo y que, como en este caso, no siempre tienen la cobertura que merecen.

Han tenido que venir las patronas a España -Galicia fue el inicio, el pasado 7 de marzo, de una gira de encuentros y conferencias (organizada por la Plataforma Noviolencia 2018) que finaliza el próximo 20 en Calatayud (Zaragoza)- para enterarme de quiénes son, de qué hacen, de cómo se organizan. (Gracias, por cierto, Cáritas Tenerife). Llevo varios días detrás de Norma Romero, la patrona de Las Patronas, la mujer que, con su familia, lo comenzó todo y lidera a esa quincena de mujeres que cada día cocinan para los migrantes de ese tren maldito.Casi, casi, conseguí hablar con ella, recién aterrizada en Canarias. Se me escapó. Me consta que son muchos los que quieren escuchar la realidad que viene a contar -sí, esa que nos queda tan lejana- y que trae una agenda llena de compromisos.

En realidad, de Las Patronas se ha escrito mucho. Cualquier referencia en la red, devolverá decenas de enlaces y magníficos artículos y reportajes. Hay también documentales.

Que yo no supiera de este grupo de mujeres valientes no significa nada más que muchas veces vivo en la ignorancia sobre cuestiones que bien vale la pena conocer. O que suceden muchas cosas y una no siempre está atenta a todo. Por eso, esta vez, utilizo este espacio del blog, para hacer de correveidile. Me sale, así de pronto, una expresión que escuché hace unos cuantos años a un pequeñajo con mucho gracejo. Ahora vas y lo cascas, dijo el niño con toda naturalidad. He reconvertido la expresión en título para esta entrada: “Ahora vas y lo cuentas”. Pues eso. Si os parece, ahora vais y lo contáis. En este caso, creo, bien merece la pena que se corra la voz.

PD. Las Patronas de Veracruz tienen página en Facebook y también cuenta en Twitter: @LasPatronas_dh.

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De vuelta

Casi dos meses sin pisar este blog. Dos meses intensos. Por el camino, la pérdida –brutal por inesperada, por irreparable, de un querido compañero-; un viaje, navideño, a Kenya –de los que te sacuden y, seguro, darán para más de un post- y hasta un par de comentarios a este blog que me han dejado KO. Alguien, se ve que un represaliado por alguno de los reportajes que firmo, me ha mandado mensajes en los que me desea todo tipo de males. Por decirlo suavemente. Lo cierto -soy una afortunada- es que es la primera vez que arremeten contra mí de semejante manera. Tras el shock inicial, me repongo  y vuelvo a la carga. Ningún descerebrado merece que deje de contar una historia. Sobre todo si es bonita, como la que conozco a través de Espíritu González.

Veamos. Espíritu González –pseudónimo de Javier Ramón González Martínez- es policía local en Torre-Pacheco (Murcia). Y criminólogo. Y maratoniano. Y escritor. Lo cuenta él mismo –y en este orden- en su web. Además de ser tantas cosas y aunque no lo conozco personalmente, tengo la impresión de que es uno de esos tipos que va por la vida cargado de entusiasmo –del bueno- y, con semejante equipaje, uno siempre arrasa. A través de Espíritu, conozco la publicación de  Entre superhéroes. La historia de Edu Balboa” (Círculo Rojo Editorial), su tercer libro. El libro de su vida -aclara él mismo- porque narra la historia de “uno de los policías más generosos que tenemos en España”.

libro-entre-superheroes3-1Edu Balboa es un tipo raro. Muy raro. No lo digo yo. Lo explica él mismo. Dice que así le ven algunas personas que no acaban de entender -¡¡¡ay,ay,ay, los prejuicios!!!- que un joven policía nacional se dedique a ir por fundaciones y hospitales con el único propósito de alegrar la vida de los niños con cáncer.  El libro narra sus peripecias y, sobre todo, su historia solidaria. A mí, sólo por eso, ya Edu Balboa del Cid -así se le conoce- me cae bien. Es más, me encanta que sea raro. Ojalá muchos fueran tan raros como él. Lo mismo que me encanta que Espíritu González se haya embarcado en dar voz a este personaje tan peculiar que, por si fuera poco, es amigo del mismísimo Spiderman y consigue que el superhéroe, en cuanto se le reclama, se presente en un hospital y muestre sus superpoderes a niños que, día a día, pelean sin descanso por salir adelante.

Cada año, en España se diagnostican cerca de 1.400 nuevos casos de niños con cáncer (aquí la fuente). El cáncer infantil es la primera causa de muerte por enfermedad hasta los 14 años. En Interviú hemos puesto la lupa sobre esta realidad en diferentes ocasiones. Justo hace ahora un año publiqué este reportaje sobre uno de los momentos más difíciles que atravesaron las familias.

Muchas veces olvidamos que hay niños y familias que están en un hospital batallando por sobreponerse a algo tan duro. Hoy mismo, desde la Fundación Aladina, recuerdan que cumplen diez años repartiendo sonrisas por los los centros sanitarios españoles. Toda ayuda es poca para quienes, en cuerpo y alma, se dedican a que la vida de estos pequeños sea mejor. Así que, por favor, pinchad enlaces, compartid, corred la voz, comprad este y otros libros…Para que los ‘edus’ que hay por ahí haciendo que este mundo sea un lugar más habitable -y que muchas veces no tienen visibilidad-, puedan continuar con su trabajo, para que no se sientan solos y, sobre todo, para que no dejen que nadie les haga creer que son unos bichos raros.

 

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Adiós a Fiti, enorme reportero

421049_338632522824918_134849093_nQuiero escribir pero no me salen las palabras. De repente, estás en la revista una mañana cualquiera y alguien llama para decir que tu compañero de mesa, tu querido Fiti, al que conoces desde hace tantos años, al que tanto admiras; al que tantas veces le has preguntado por cómo encarar este o aquel reportaje; al que siempre has escuchado con respeto por saber que era un maestro; el que tantas veces te ha hecho reír con sus historietas y tonterías; el que ponía la música –desde la copla hasta canción protesta- a todo volumen en las tardes tontas, el que…Te sueltan, así, sin prepararte, que Fiti –de nombre oficial Juan Luis Álvarez y uno de los más veteranos reporteros de Interviú- ha muerto. Y se te rompe el corazón porque no puedes ni concebir que nunca más Fiti vuelva a entrar en esta redacción. No puede ser posible. No me lo quiero creer.

En mi escritorio tengo una foto de mi compañero. La he elegido para ilustrar este post escrito a trompicones. Es lo único que se me ocurre para rendir un pequeño homenaje a mi compañero. Aunque, bien lo sé, él no lo necesitaría. Fiti no era de los que necesitaban esas cosas. Jamás fue un reportero estrella. Era, tan solo, un reportero. Con mayúsculas. Enorme, digno. Demasiados años en esta profesión, demasiados reportajes difíciles, demasiadas investigaciones a sus espaldas como para dejarse adular ni impresionar fácilmente. Fiti era de esos reporteros de los que ya no quedan. De los que creía en lo que hacía. Ese periodismo adusto, complejo, riguroso, sin concesiones…Ese periodismo, qué bien lo sabías compañero, que tan poco lucía y que tantos disgustos le dio, pero, como él mismo contaba cuando se ponía con sus batallitas, tan bien se lo hizo pasar. “¡Qué te cagas!”, aclaraba por si existía alguna duda.

Ese periodismo que tanto y tanto marcó su vida. “Cada nuevo reportaje es un exámen”, decía no hace mucho en una de las tertulias que, con otros compañeros, montábamos en el bar de Carmen (gracias Carmen, por consolarnos hoy con tanto cariño), muy cerquita de nuestra revista. Tertulias surrealistas, absurdas, espontáneas…Charletas que nos daban vida.

La foto que ilustra este post improvisado y tan triste representa al Fiti que yo quiero recordar. Al que tanto voy a echar de menos. Al divertido, faltón, simpático, irreverente, siempre con ganas de hacer reír…Era nuestra última tarde-noche en la madrileña calle O’Donnell, anterior sede del Grupo Zeta. Nos costaba mucho despedirnos de aquel edificio en el centro de la ciudad en el que pasamos tantos años y emprender la marcha hacia unas nuevas oficinas ubicadas en una zona mucho más alejada. Así que organizamos una fiesta de despedida. En la redacción teníamos un gran cartel de Marisol, portada emblemática de la revista, que a alguien se le ocurrió poner para que posásemos a modo de photocall. Allí nos hicieron esa foto en la que aparece Fiti tocado con una gran peluca afro y unas gafas que debió de mangar de cualquier mesa. Fiti en estado puro. A su lado, el también periodista Manuel Marlasca, que fue compañero nuestro, y la que esto firma. La foto es única. Irrepetible.

En fin. Poco más que decir. Hoy se nos ha ido Fiti y no hay ganas de nada. A mí, en el escritorio, me queda esa foto. A la foto y a su peluca me agarro porque no quiero llorar más. Ni pensar en que ayer mismo, ya de tarde, antes de dejar la revista, le hice otra de mis consultas sobre un tema que me preocupaba y él, que conmigo siempre se ponía muy serio (“dime Nievosky”, me decía con su mirada pícara, muy de reojo) me soltó lo que opinaba. Y, como siempre, le di más de una vuelta a lo que opinaba. Porque, que lo sepas compañero, es uno de los periodistas a los que más he respetado en todos los años que llevo en esto. Se lo dije a él. Y lo digo ahora. Así que..Adiós Fiti.

Hasta siempre compañero.

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Desde la ventanilla de un coche blindado

DSCF3031Cuanto cuento en este blog está basado en hechos reales. Vamos, en la vida misma. Pasan cosas y las traduzco en forma de historias. Es mi trabajo. Y este es un espacio personal que me brinda la revista para dar salida a lo que considere oportuno -suerte la mía- y no tiene cabida en forma de reportaje semanal. Otra asunto es que -por aquello de preservar determinados hechos o circunstancias que considero deben quedar en el ámbito privado- de vez en cuando enmascare un tanto lo que sucede a mi alrededor. Como debe ser.

Y, por favor, que no suene a petulancia eso de que “cuanto cuento está basado…”. Que, en estos días tristes, soy la primera en asistir -con mucho bochorno- al espectáculo que -sobre todo en redes sociales- están brindando determinados personajes en torno a la enorme tragedia de París. Todavía no me he recobrado del selfie de ese gran comunicador desde uno de los santuarios que los parisimos han dedicado a las víctimas. Ni de la foto de recordatorio de un aspirante a la presidencia del Gobierno que, apenas horas despúes de la masacre, y en un extraño modo de mostrar su solidaridad con el pueblo francés, recordaba que él, un año antes, había estado en la capital francesa celebrando su cumpleaños. El tuit, en este caso, incluía una foto suya junto a la mítica Torre Eiffel. Muy fuerte, ¿no?. “Políticos y periodistas corren a exhibirse sin prudencia alguna. No reparan en q las ocasiones históricas sacan a la luz tu exacta dimensión”, tuiteaba el otro día una magistrada. Como suscribo cien por cien esas palabras, y sin pedirle permiso por ser un comentario público, se las he cogido para este post. Seguimos.

DSCF3028La historia que quiero contar arranca hace poquito más de un mes. Los protagonistas, una familia española. De tantas. Normalita. Con su día a día. En esas que el padre llega a casa y anuncia que tiene que salir de viaje de trabajo. En la familia, todo hay que decirlo, están más que acostumbrados a que ese padre viaje a lugares lejanos y -solo a veces- un tanto peligrosos. En esta ocasión, el destino es Turquía. Estambul para ser exactos. Hace tiempo que el padre no viaja y como en ese mismo país -semanas antes- se habían registrado 95 muertos en un horrible atentado -en un acto por la paz celebrado en Ankara- existe cierta inquietud. “Cuidado, por favor, mucho cuidado”, le dicen.

Imposible esconder a los niños las cosas que pasan. Cada día más imposible. Por eso, durante los días que dura el viaje de su padre, los pequeños están inquietos. Oyen hablar de bombas, de aviones que explotan en pleno vuelo, de muertos por todas partes. No hace falta ni encender la tele. La información se cuela hasta por los patios de los colegios. Con todo lujo de detalles. De lo más escabrosos. ¿Cómo explicarles que ya ningún lugar en el mundo es, en realidad, un sitio seguro?. Aconsejo la lectura de este artículo del diario El País sobre cómo trasladar a los niños hechos tan trágicos como los ataques de París.

DSCF3017Sigo. En la familia, la ausencia del padre, como vengo explicando, se vive con cierta desazón. Normal. Aunque estuviera en Albacete, sería lo mismo. Desde Estambul, a donde viaja por primera vez, el padre llama poco. Normalmente por la noche. Siempre dice que está agotado. Que son muchas reuniones y que no le quedan ganas, y menos tiempo, de visitar Santa Sofía, la Mezquita Azul o el Palacio Topkapi.  “Hombre, pero date una vueltecita. Sí, es verdad que tienes que tener cuidado, pero es una ciudad tan bonita…Hay tanto que ver”, le dicen en casa.“Ya”, contesta. Suena lacónico.

Pasan los días. Pocos. La casa sigue su ritmo. Coles, trabajo, compromisos, peleas por los deberes…Lo hermoso de lo cotidiano. Llega el día de la vuelta del viajero. Se le espera con ganas. Aterriza rozando la noche. Parece cansado. Muy cansado.

El hombre da besos a los niños y mira a su mujer fijamente. Uno de los niños, más mayor, que lleva días extremadamente inquieto, guarda un secreto del padre. Un gran secreto. Que todavía hoy yo -que tan bien conozco a esa familia- no comprendo como ha sido capaz de guardar.

DSCF3030[1]Porque el padre no ha viajado a Turquía. El padre -que suelta la noticia mientras mira sin pestañear a su mujer- acaba de llegar de Irak. Sí, del mismísimo Irak. Ese polvorín al que nadie quiere ir y que se recomienda no pisar salvo caso de extrema necesidad.

Noqueo. Espanto. Incredulidad. Mucho, mucho miedo. Incapacidad de asimilar semejante noticia. El resto de la historia fácilmente imaginable: de entrada, bronca.  “Tú allí jamás vuelves”, “No me vuelvas a mentir con algo así”, “¿Y si te secuestran? ¿Y si pasa algo?”, “Que no, que no”, “Ahora lo entiendo todo. Ya entiendo porqué nunca salías de la habitación del hotel”, soltaban de un lado. “Lo hice para que no te preocuparas”, “Imagínate la semana que habrías pasado, tú sola con los niños, sabiendo que estaba en Irak”, respondían desde el otro lado del ring.

Las fotos que ilustran este post están hechas por ese padre que ha estado en Basora cuando todavía en París no se atisbaba la gran tragedia. En realidad, nada -y todo-, tiene que ver. Por eso -aunque quizás ya estaba previsto- surge este post.

La idea es dar a conocer estas fotos tomadas desde un coche blindado en Irak hace poco más de un mes. Son inéditas. Es decir, nunca se han publicado porque pertenecen al archivo personal de su autor que no es periodista. Ni corresponsal. Ni nada que se le parezca. Me dice que puedo disponer de ellas. También de su testimonio. Lo considero de especial relevancia y, por eso, le doy forma y lo comparto. Es su experiencia, intuyo que traumática, en la segunda ciudad más poblada de un país donde ya no hay nada y a la que no pudo negarse a viajar. Una ciudad donde solo hay destrucción y basura. Mucha basura, resalta impresionado. Basura que todo lo inunda. Estas son sus palabras:

DSCF3015“En Irak hay cientos de empresas de seguridad. En las empresas de seguridad -que se ocupan de garantizar la protección de los trabajadores que viajan al país o de consulados y embajadas- todos son ex militares. Los ingleses que estaban conmigo (ejerciendo de guardaespaldas) eran de Manchester. Uno de ellos era, además, paramédico. Su mujer y su hijo viven en el Reino Unido. Él intentó volver a su país. De hecho, regresó y trabajó en Manchester pero, al cabo de un año, volvió de nuevo a Basora. Por pasta me imagino. O porque no podía acostumbrarse a la vida tranquila. Se llama Bobbi.

A Bobbi, antes, en los puntos de control le pedían la “mordida” en dinero. Ahora, la “mordida” es agua mineral. Paran en el punto de control, abren el maletero, sacan cajas de 12 botellas de agua, de las de plástico, y se las la dan a los soldados.

Dicen que el peligro principal en Basora es el secuestro por dinero. Otro peligro es encontrarte con el fuego cruzado en una discusión entre tribus. A la primera, te sacan un Kalashnikov.  En la planta a la que tuvimos que viajar – el segundo pozo de petróleo más grande del mundo- los trabajadores de las empresas de seguridad son bosnios. También ex militares. Nos contaban que allí, en la planta, el peligro no eran los Kalashnikovs, sino las serpientes (cobras) y los escorpiones. Y, por supuesto, las altas temperaturas en verano. Me contó Bobbi que un verano la temperatura marcaba 61 grados y las crías de cobra recién nacidas “estaban cocidas (muertas) al sol”.

Estuvimos en Basora durante la fiesta de la Ashura, el festejo más sangriento de Irak. (La fiesta más importante para los chiíes. Los peregrinos conmemoran la muerte de su mártir Husein, nieto de Mahoma, asesinado en el año 680. El imán Husein fue decapitado y su cuerpo mutilado, lo que los fieles chiítas conmemoran autoflagelándose). Hombres y chicos vestidos de negro ondeando banderas negras. Puestos de comida gratis para todos los peregrinos, etc. Lo que me impresionó eran dos manos, de medio metro de tamaño cada una, cortadas al  nivel de la muñeca, con la sangre plastificada saliendo en la zona del corte. Estaban hechas, me imagino, de escayola o papel.

Nosotros nunca fuimos solos a ningún sitio, así que todo tranquilo por allí. Todo visto desde la ventanilla del coche blindado. Con Bobbi y su fusil al lado”.

Ese padre ya esta en casa viendo en la tele lo que sucede en la cercana París. Con mucho dolor. Con mucha inquietud. Imagino que, aunque no lo transmite, con mucha ansiedad también. Ahora, lejos queda Irak. Y sin embargo, tan cerca, de nuevo…

Sus palabras, para mí, son un tesoro. Sus fotos, tomadas desde un coche del que nunca le dejaron bajar, tan solo para entrar a dormir en un vetusto hotel que era su fortaleza, hablan bien de cómo fueron esos días en los que mintió a su familia para no preocuparles. De lo que vio a través de la ventanilla del blindado cuando viajaba hacia uno de los campos petrolíferos más grandes del mundo. Ni que decir tiene que su vuelta es el mejor de los regalos.

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¡¡¡¡Bonjour, mon amour!!!!!

¡¡¡¡¡Bonjour, mon amour!!!!. Es la leyenda que, en letras doradas, reza en la sudadera de una chica que, en pleno estiramiento, pasa a mi lado camino de marcarse una carrera en el Retiro. Ese precioso parque de Madrid que a ti y a mí tanto nos gusta. Ese que tan bien conocemos.

110b888f506b5abb7747803b5e35ceb2¡Bounjour, mon amour!. ¡¡¡Buenos días, mi amor!!!!. ¡Qué bien suena en francés! ¡Cuánto me gusta leerlo! ¡Me llena de alegría! Lo repito en voz baja mientras recorro algunas de las calles más bonitas de la ciudad en un día especialmente soleado. ¡Cuánta vida estampada en la frase de una sudadera!

¡Bonjour, mon amour! Invita a todo. Incluso a los que -como a mí misma- nadie nos tiene que convencer de nada porque nos tragamos la vida a bocados. En lo bueno y en lo malo. Hasta hartarnos. Tipo indigestión.

¡Bonjour, mon amour!. Y pienso en ti. ¿Cómo convencerte de todas las cosas buenas que hay ahí fuera?. De todas las personas a las que podrás conocer, los lugares a los que podrás viajar, las mil y una veces que te enamorarás, los desafíos que tienes por delante. ¿Cuántas veces te he dicho mon amour que nadie, salvo tú mismo, podrá ponerte límites? No flaquees, no bajes la guardia, no te rindas jamás…¡Venga! ¡Vamos! ¡Puedes con las mates, con el trabajo de Cono, el proyecto de Lengua, tus citas con el teatro y las clases de inglés! A pesar de que a veces sientas que te sobrepasa todo. Te aseguro que merece la pena. Aunque sólo sea para, de vez en cuando, poder gritar a los cuatro vientos: “¡¡¡¡Bonjour, mon amour!!!!!“. Así, en francés. Que suena tan bonito.

¡Bonjour, mon amour!. La vida mola. Mola un montón. Aún en aquellos días en los que no mola nada. Que es muy a menudo, para qué engañarnos. Que no todo es como se planea. Cuanto antes lo comprendas, mejor. De eso tienes que darte cuenta pronto. Que mil veces te sentirás cansado, frustrado, decepcionado, perdido, solo, confundido…Aún así, mon amour, créeme, mola un montón. Doy fe. Habrá otros muchos días en que sentirás que lo que te rodea es tan estupendo que saltarás de alegría. Sin poder contenerte. Como sólo tú sabes saltar.

carte-postale-bonjour-mon-amour¡Bonjour mon amour!. En la sudadera de la runner una frase y se me escapa un post en este blog. Sucede una mañana en la que recibo dos cartas por correo. Sí, cartas, mon amour, nada de mail. Letra y papel. Eso que tú ya casi ni sabes qué es. Una, la de un amigo, larga y tendida, como acostumbra, y con el regalo de un décimo de lotería de Navidad. Para más señas, con fecha señalada. La de un día, de un mes y un año que marcó su vida. Dice mi amigo varias cosas, mon amour, algunas privadas, pero cuenta que, tras mil batallas, llegó la victoria y habla de un sueño cumplido, hecho realidad. Se siente, por tanto, feliz.  ¿No es bonito?.

La segunda carta es mucho más abultada. El remitente se considera víctima de una gran injusticia, mon amour. Lo sé porque me ha pedido que, en cuanto me llegue su envío, le avise. En realidad es un sobre. Bien gordo. Apenas me he atrevido a abrirlo por lo que sé que contiene. Mucho dolor, mucha desesperación.  ¿Estaré a la altura?, ¿podré ayudarle?. ¿Ves mon amour?. Unas veces cal. Otras, arena.

Hoy he querido mandarte un mensaje impreso en una prenda deportiva. Porque pienso que lo mereces, mon amour. Porque a veces te veo como que dudas, que no acabas de creerte esto de que lo que te espera es una gran aventura, que piensas que quizás los demás son los culpables de como tú te sientes. Hecho un lío. ¡¡Qué va mon amour!! Hoy así, mañana asá. Forma parte del juego de la vida. Mira, ahora mismito, acaba de llegarme -esta vez vía mail- el menú que servirán mañana en un lujoso restaurante de Ibiza que suele mandarme sus convocatorias. No podré ir, mon amour, bien que tú lo sabes, pero sólo de pensar en dejarme caer por la isla, ya me pongo contenta.

Bonjour-mon-amour-je-t-aime-4Fíjate que cosas, mon amour. Minutos después me llega otro mail del Ministerio de Sanidad con motivo del XXV Aniversario de la Federación Española de Padres de Niños con Cáncer (FEPNC). ¿Sabías que en España se diagnostican cada año 1.500 casos de menores con cáncer?. Los avances en la lucha contra esta enfermedad -te leo la nota de prensa- se han traducido fundamentalmente en un aumento de la tasa de supervivencia a cinco años de los menores que padecen cáncer. Ahora es del 77%, cuando en 1980 era del 54%. Esto significa que el riesgo de muerte por cáncer se ha reducido a la mitad. Aun así, el cáncer pediátrico es la primera causa de muerte por enfermedad en menores. Nunca pensamos en esas cosas. Nosotros que apenas pisamos el médico…Entiendo que ahora ni te des cuenta. No estás en esa batalla. Solo quiero que lo sepas. Que hay otros niños que no tienen tu fortuna. Y, sin embargo, mon amour, luchan como jabatos, con sus familias, para salir adelante. Ahí no cabe bajar la guardia. Ni los agobios. Ni enfadarse porque no te han regalado la tablet que querías o tu móvil no es el último del mercado. Ahí existen otras prioridades.

Tira de la madeja, pequeño. Y lo entenderás todo. Que habrá mucho bueno. Hazme caso, mon amour. Que te gano en años. Y algo sé. Aunque también un día, hace un puñado de años, como tú, haya estado hecha un lío. Pensando que el mundo estaba contra mí. Se llama adolescencia. Y se pasa. ¡Vaya si se pasa!. Fíjate. Una vez escribí sobre eso en este reportaje. Tú eras todavía un renacuajo. La adolescencia, un horizonte. Un día, cuando seas mayor, si te apetece, le echas un vistazo. Solo si te apetece, claro está. Que ahora no quiero aburrirte con mis rollos.

PD. La adolescencia es un terreno pantanoso por el que se mueven cinco millones de españoles. Se les considera los grandes olvidados del terreno sanitario porque, en cuestiones médicas, están en tierra de nadie. Hospitales como La Paz, en Madrid, cuentan con unidades específicas. La violencia, el acoso escolar, los trastornos alimentarios, la adicción a las nuevas tecnologías, el suicidio, el embarazo precoz o el consumo de drogas son algunos de los problemas, cada vez más comunes, que se ven en el hospital. El Plan de Infancia y Adolescencia 2013-2016 -aprobado por el Gobierno hace más de dos años y medio- incluía, entre otras medidas, ampliar a los 18 años la atención pediátrica, tal y como pedían los especialistas.

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Sin filtro

Hace un tiempo -no tanto- hice un reportaje sobre daño cerebral. Aquí el enlace. Recuerdo que visité durante toda una tarde el Centro de Referencia Estatal de Atención al Daño Cerebral (Ceadac), que está en Madrid, no muy lejos de la redacción de mi revista, y depende del Imserso. Comenzaba entonces el reportaje diciendo que lo primero que llamaba la atención de aquel lugar era la juventud de sus moradores.

De cada reportaje hay algo que se te queda. Bueno, seré sincera. No de todos. Hay temas que afectan más que otros. Por lo que vives, por las personas con quienes lo vives -evidentemente no todo el mundo llega de la misma manera- o porque, simplemente, te coge con la guardia más o menos baja. Hay temas que, directamente, te destrozan, te noquean, te hunden y te hacen decir: “¡Cuánta fortuna tengo!“. Hace poco viví uno de los que más me ha afectado en toda mi vida, que es el de la niña Andrea. Todavía estoy reponiéndome de aquel viaje a Santiago. Durísimo. Siempre lo digo. Si no te afecta, no puedes contarlo igual.

Vuelvo al inicio del post y a aquella tarde que pasé en el Ceadac. La recuerdo perfectamente porque, además de las entrevistas, asistí a un taller de habilidades sociales.  Primero, para situar el asunto, copio y pego la definición que del daño cerebral adquirido (DCA) hace la Federación Española de Daño Cerebral (FEDACE). Una de las primeras causas de discapacidad. El DAC es el resultado de una lesión súbita en el cerebro que produce diversas secuelas de carácter físico, psíquico y sensorial. Estas secuelas desarrollan anomalías en la percepción sensorial, alteraciones cognitivas y alteraciones del plano emocional. Las causas más comunes  son los traumatismos craneoencefálicos, los accidentes cerebrovasculares (ACV o ictus), los tumores cerebrales, las anoxias cerebrales y las infecciones cerebrales.

La desinhibición, me explicaba entonces una fisioterapeuta, es uno de los problemas asociados al daño cerebral adquirido. Alguno de los pacientes contaban aquella tarde que, por primera vez en su vida, habían comenzado a decir cuanto pensaban. Manolo, que era chófer de actores –de los que les llevaba a los set de rodaje–explicaba con absoluta despreocupación delante de todo el mundo que le había dado un ictus “mientras hacía el amor. Me levanté, me mareé y me caí en el pasillo. Como una borrachera”. Su caso no era único. En aquel taller al que asistí, enseñaban a controlar los impulsos. “En muchas ocasiones se producen graves problemas de convivencia”, aclaraba una de las profesionales del centro.

Recuerdo aquel reportaje porque mi compañera Inma Muro ha acuñado una expresión últimamente que me atañe. Vamos, que me la ha dedicado a mí. Dice que le asusto porque hablo “sin filtro. Vamos, que suelto lo primero que se me ocurre. Sin medir las consecuencias.  Yo le contesto que –lejos de sufrir las secuelas de un grave episodio cerebral como los que relataba en aquel reportaje– he decidido que es hora de decir lo que tanto tiempo callé. Es decir, eso que piensas y que muchas veces no consideras conveniente decir en voz alta. Por aquello de que la gente vaya a molestarse. Admito que, de vez en cuando, me sale un tanto brusco. Y, acto seguido, tengo que aclarar al interlocutor de turno que no se moleste. Sobre todo, por el tono. Matizo que es que hablo así. De forma impulsiva. Que me sale. No sé si es bueno, malo o regular. Sí sé que me siento mucho mejor.

Enlazo con un informe que se hizo público hace días y habla de autoestima en las mujeres españolas. Los resultados del  “Barómetro de Autoestima de la mujer española” de Doveen el que se mide la belleza, la competencia intelectual y profesional y la relación con los demás como territorios más relevantes de eso que se llama quererse a uno mismo— demuestran que nuestro índice de autoestima se sitúa en un aprobado justito: 5,6.

Me da que pensar. De hecho, es un tema en el que pienso a menudo. La correlación entre el concepto que una tiene de sí misma y lo que eso influye no sólo en cómo enfrentarse a la vida, si no en como la misma vida te trata. ¿Dónde nace la autoestima?, ¿de qué depende?, ¿se trabaja?, ¿es innata? ¿cómo influyen los demás?, ¿ayuda que te adulen?… Conozco a mujeres validísimas que, inexplicablemente, no se quieren nada. Aún teniéndolo todo a favor. Y a otras que se adoran a sí mismas porque han mimetizado el papel de soy una chica estupenda. Y, aún sin serlo, han conseguido convencer al personal de que la etiqueta que lucen es real. Pasa con mujeres y, por supuesto, con hombres. Que ahí no diferimos tanto. Lo realmente importante es la imagen que vendes.

El informe de Dove arroja otros datos interesantes. En términos generales, 7 de cada 10 mujeres españolas declaran sentirse satisfechas con su belleza; sólo 1 de cada 4 se define a sí misma como una persona optimista; 8 de cada 10 están satisfechas con sus capacidades intelectuales y, un dato llamativo, las mujeres que se autodefinen como luchadoras son las que se consideran menos válidas en su trabajo y las que se tienen menos valoradas a nivel profesional y personal.

Más cosas: el color negro (¡qué curioso!) es el que aporta más seguridad a las españolas, seguido por el azul y el rojo. Además, desvela el estudio que las gallegas somos las más fuertes emocionalmente –de eso doy buena fe–, que a las mujeres andaluzas es a las que más influye el físico en el bienestar o que las castellanoleonesas son las que más se definen como decididas.

He considerado importante marcarme un post con las dos cuestiones. Tipo tocino y velocidad. El vivir “sin filtros” y la autoestima. De alguna manera, están íntimamente relacionadas. Al menos, en mi opinión. Vivir pendiente de lo que los demás piensen de uno es pura tiranía. No conduce a ningún lado. Los demás es mucha gente. Y la autoestima no ha de estar sujeta a las opiniones de una muchedumbre que hoy te adula y mañana te machaca, sobre todo desde que existen esas redes sociales que tejen y destejen a su antojo. De ejemplos andamos sobrados. Me viene ahora a la mente, no sé porqué, Casillas. Por mi parte, como soy muy poco de idolatrar a nadie (¿habré puesto el listón demasiado alto?), he tomado la decisión, quizá insensata, de no filtrar. Que para eso ya tengo a los que me advierten, siempre con cariño, que me estoy pasando.

Y no imagináis lo bien que me siento.

PD. El próximo 26 de octubre es el Día del Daño Cerebral. El 29, el del Ictus. Las asociaciones ya calientan motores. A la espera de conocer los nuevos datos,  en aquel reportaje de Interviú se hablaba de 420.000 españoles afectados.

 

 

 

 

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Se me olvidó que te olvidé

Día Mundial del Alzheimer y me viene una canción. Y ahí se queda. No se me va. Se titula “Se me olvidó que te olvidé”. Al cante, Diego el Cigala. En el piano, Bebo Valdés. Dos grandes. Quizás una de las canciones más maravillosas de cuantas haya escuchado. Del disco “Lágrimas negras” (2003). Que no se me olvide volver a escucharla…

Tomo prestadas para la ocasión cifras de la Fundación Alzheimer España: se calcula que, en nuestro país, hay 700.000 personas con Alzheimer (otras fuentes hablan de 600.000). De ellas, hasta 200.000 podrían estar sin diagnosticar. Se estima que por cada paciente diagnosticado hay dos personas en su entorno afectadas por la situación, lo que supone hasta un total de 1.500.000 afectados por la enfermedad. A estas cifras se suman la estimación de los expertos que indican un diagnóstico anual de 150.000 nuevos casos.

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“Se me olvidó que te olvidé”. La canción sigue en mi cabeza. El desgarro de Diego el Cigala adquiere hoy, para mí, una dimensión especial. Diego se quedó viudo hace apenas un mes. También me acuerdo de eso. De la crónica en prensa del que fue uno de los mejores conciertos de su vida. El que protagonizó horas después de irse su compañera, ante un auditorio rendido. 

Recuerdo, así, de repente, que El Cigala debe andar roto. Más roto que nunca.

“Se me olvidó que te olvidé”. Y tiro de mi libreta, la que siempre va en el bolso, en la que anoto las cosas importantes. En la que escribo cartas, emborrono nombres, memorizo situaciones, recuerdo a las personas a las que quiero…Bendita libreta.

Hoy me llegan iniciativas de todo tipo. Este año, una vez más, se recuerda el papel de los cuidadores. Vuelvo a tirar de datos. Esta vez de la mano de la Fundación Vianorte-Laguna que, en porcentaje, habla de un 70 por ciento de cuidadores no profesionales de personas con Alzheimer en riesgo de sufrir enfermedades musculares, cardiovasculares o problemas respiratorios…Cuidadores que, por supuesto, se sienten desbordados, agotados, superados y que, muchas veces, no saben dónde encontrar recursos. A veces, ni tan siquiera a donde acudir. Cuidadores que necesitan cuidados. Que no se nos vaya a olvidar ahora que el Alzheimer, además de devastador, cuesta dinero. Y si no hay dinero, no hay terapia. Y si no hay terapia…Leed, leed este artículo. Demoledor. Un problema sociosanitario de primera magnitud.

Yo no quiero que se me olvide nada. Ni tan siquiera que hoy es el Día Mundial del Alzheimer. No se me vaya a pasar publicar este post. Que la cabeza anda volada y la tarde ya avanza hacia el final. Por eso escribo. Para que quede constancia. De lo bueno, lo malo y lo regular. De los que me interesan. De lo que no me interesa nada. De las personas que están en mi vida, algunas sólo de paso, gentes de ida y vuelta. Otras, para siempre. Si escribo sobre ellas, no las olvidaré si un día llega el olvido.

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Fuente: www.janssen.es

“Se me olvidó que te olvidé”. Es duro que no te recuerden. Tanto como no recordar. No puedo imaginar algo peor. Y, ante la avalancha de datos, de declaraciones institucionales, de recordatorios y acciones varias, a mí, hoy, sólo se me ocurre rescatar la letra de una canción en la que suenan acordes de Bebo Valdés, ese mago cubano que murió en 2013 en Suecia, a los 94 años de edad, tras pasar los últimos años de su vida viviendo en Benalmádena (Málaga). Enfermo. De Alzheimer.

Nada mejor que la letra de una canción que me ronda la cabeza para recordar a Bebo, el maestro que ya lo había olvidado todo, y a los demás. Los que ya no pueden recordar. Por más que buceen en su memoria.

Machacona. Inolvidable. “Se me olvidó que te olvidé”. Ahí va la letra:

“Yo te recuerdo cariño,
mucho fuiste para mí,
siempre te llamé mi encanto,
siempre te llamé mi vida,
hoy tu nombre se me olvida.

Se me olvidó que te olvidé,
se me olvidó que te dejé
lejos muy lejos de mi vida.
Se me olvidó que ya no estás,
que ya ni me recordarás,
y me volvió a sangrar la herida.

Se me olvidó que te olvidé
y como nunca te encontré
entre las sombras escondida,
la verdad no sé por qué
se me olvidó que te olvidé
a mí que nada se me olvida…

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Incuestionable

Hace un puñado de años y otros tantos reportajes, me tocó hacer un tema sobre el síndrome del inmigrante con estrés crónico y múltiple, un trastorno mental específico que el psiquiatra Joseba Achotegui, profesor de la Universidad de Barcelona y especialista en temas de migración, bautizó entonces como ndrome de Ulises, en referencia a los padecimientos del héroe de la Odisea en su viaje a Ítaca.

No es la primera vez que, en este blog, hablo del tema. De hecho, le dediqué una entrada en la que abordaba ese trastorno que ya entonces -2004, ¡¡anda que no corrió!!- afectaba a cada vez más inmigrantes y, detallaba  el doctor Achotegui, no era una depresión estándar, sino un profundo sentimiento de desolación que les carcomía y padecían, principalmente, los ‘sin papeles’. Hablar de desolación y de familias que salen de sus países en busca de un futuro que salve sus vidas y la de los suyos, adquiere especial importancia en días como estos. Días de imágenes terribles, de esas que atormentan el corazón y que, por supuesto, merecen otro post.

Retomo la cuestión porque el Ministerio de Sanidad se ha reunido con las CCAA para debatir qué hacer con la asistencia de los  inmigrantes que están en nuestro país en situación irregular y que, desde el decretazo de la ex ministra Ana Mato de 2012, han quedado fuera del circuito sanitario. Y no, no se trata de su salud mental. Esa, por desgracia, ya pasa a segundo término. De lo que han hablado los técnicos es de lo primario (aunque lo otro lo es tanto o más). De si se les debe atender cuando llegan a un centro de salud o a un hospital, al margen de la documentación que porten en sus carteras.

Conozco algo del tema. Por tanto, sé lo complejo que es. De hecho, provoca enconados debates que mil veces saltan a la arena política. ¿Se debe o no se debe atender a las personas que llegan a nuestro país pero no tienen regularizada su situación?. ¿Es el acceso universal a la sanidad sostenible por el sistema? ¿Pura utopía? ¿Cuestión de derechas o de izquierdas? ¿Quizá de centro? ¿De centro izquierda o de centro tirando a la derecha? ¿De la calle de en medio? ¿Dónde están los límites? ¿En las urgencias y en las mujeres embarazadas y los menores, como marca la ley?…

La sanidad es probablemente una de las cuestiones más manipulables en términos políticos. Bueno, venga, vamos…No nos vamos a engañar. Manipular las cuestiones sociales es muy fácil. Cuando llevas cierto tiempo trabajando a pie de obra, rechazas de plano la hipocresía reinante en este y otros debates. No hace tanto, una dirigente política autonómica me confesaba, en ese pantanoso terreno llamado off the record, que no le convenía hablar sobre los mil y un problemas que sufría el gran hospital público de su ciudad –aunque su partido lo utilizaba constantemente para atacar al gobierno autonómico y yo misma estaba allí, llamada por su partido, por las irregularidades que se sucedían en ese centro- porque, en realidad, ella nunca lo pisaba. Vamos que, cuando se ponía mala, se iba a una clínica privada. La señora, incluso, y ante mi asombro, intentó administrar las declaraciones que me hacía. Lo correcto era defender la sanidad pública. Otra cosa es que ella frecuentara la privada. Lo más.

Una ríe por no llorar cuando se topa con determinados personajes. Abundan. En la clase política. Pero, cuidado, no solo. Los encuentras en todos los frentes. Trabajando en asistencia a inmigrantes me enfangué con otra asociación que ayuda a extranjeros en situación irregular a recibir asistencia sanitaria porque, esta vez vía correo electrónico, se permitían el lujo de ponfiticar sobre cómo debía nuestra revista hacer los reportajes. Ellos, en posesión de la verdad. Nosotros, según su versión, viviendo en la ignorancia. Y así.

Bueno. A concretar. Sanidad ha dado a conocer qué va a hacer con la atención médica a estas personas y yo quiero contarlo mediante este post. La situación,  tras el decretazo, era la siguiente: hay comunidades que seguían a rajatabla la normativa; otras que se declararon insumisas e iban a su bola; las que, tras el vuelco electoral, han devuelto esa asistencia a los inmigrantes y las que, incluso, como Madrid, con el mismo partido político en el poder (PP) han decidido en las últimas semanas que, frente a la política instaurada en sus hospitales hasta no hace mucho -por favor os ruego pinchéis este enlace- a partir de ahora volverán a dar esa asistencia a estas personas.

La Comisión de Prestaciones, Aseguramiento y Financiación del Sistema Nacional de Salud (SNS) (vaya nombrecito) que se celebró en el Ministerio de Sanidad terminó con la negativa de 12 de las 17 comunidades autónomas a la propuesta del secretario general, Rubén Moreno, de crear un nuevo sistema de atención específica para los inmigrantes en situación irregular. El correo está que echa humo y ya llegan las primeras reacciones. Moreno propone que los sanitarios atiendan a los ‘sin papeles’ que lleven seis meses empadronados y demuestren no tener recursos económicos. Además, ha precisado que el Ministerio del Interior no conocerá los datos de los inmigrantes que precisen de esa atención.

A partir de ahora, las comunidades tienen quince días para mejorar el borrador propuesto por el Ministerio. Como digo, las primeras reacciones van llegando porque el tema trae largo recorrido. Por ejemplo, el Sindicato de Enfermería SATSE critica “la incapacidad de los responsable públicos de dejar a un lado los intereses políticos y acordar una solución qie conlleve una homogeneización de la atención“. Además, lamenta que se use la atención a inmigrantes irregulares como un “arma arrojadiza” para conseguir votos de cara a las próximas elecciones generales.

Tras el funesto decretazo que ha dejado a tantas personas rapiñando atención médica y del que tantas veces hemos hablado en esta revista, por fin se ha empezado a hablar en serio de un tema que urge solucionar. Por supuesto, no lo digo yo. Lo dicen todas las organizaciones, sociales y médicas, que llevan tiempo reclamando que se de marcha atrás. Ahora solo queda que unos y otros se pongan de acuerdo para ir a lo verdaderamente importante: que quien lo necesite, independientemente de su situación administrativa, pueda llegar hasta un médico sin que al salir le pasen factura. Que es de justicia.

PD. Hace tiempo que no escribía una postdata. Esta vez por quienes de vez en cuando me recuerdan que esperan mis entradas. Cuando una escribe, no puede haber mayor piropo. ¡Gracias a los que ya sabéis!

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