Sale Bárcenas

Sale Bárcenas y se monta el pertinente revuelo. Normal. Actualidad pura y dura. Personaje del momento. El más deseado...(con permiso de todos los demás deseados, claro está).

Paso a menudo delante de la casa de Bárcenas en Madrid. Y, en función de las cámaras que están apostadas a la entrada del portal del extesorero del PP, mido la intensidad informativa del momento que vive este señor tan pintón y tan fuerte (eh!!! que él mismo lo dice). No puedo evitar solidarizarme con mis colegas. Allí, en la entrada del señorial portal, tan quietos y muertos de frío. Horas y horas. “¡Buena guardia!”, les digo al pasar por delante a modo de apoyo moral.

Sale Bárcenas y con voz alta y clara suelta un rotundo: “No me arrepiento de nada”. Olé. En plan peineta y tal.

Sale Bárcenas y, su fortaleza, su convencimiento, su aplomo, su determinación…me sugieren escribir una entrada. Últimamente, la actualidad me inspira. Lo que no deja de preocuparme. Muchas son ya las voces que se dedican a eso. En este espacio intento siempre desmarcarme del día a día. Es una imposición personal.  Pero qué se le va a hacer: Bárcenas me inspira una entrada. Quién lo iba a pensar.

Los “bárcenas” -porque hay muchos- son señores y señoras que tienen otros códigos. Entran y salen de prisión como si nada. Defendiendo siempre su inocencia. Normal. Es más –y en esta revista se han publicado varios reportajes al respecto- son señores y señoras que se adaptan a la vida carcelaria estupendamente. Lejos de sufrir un shock o de traumatizarse, se buscan sus amigotes, descubren aficiones, siguen las rutinas, hasta parece que aprenden a manejar fregonas y esas cosas tan domésticas y tan poco propias de su estatus anterior. Pero, sobre todo, los “bárcenas” se carcajean de quienes nos pasmamos ante esas cuestiones.

Vivo estos días la resaca de un tema recién publicado. El de tramas dedicadas al tráfico ilegal de medicamentos que, en su afán de enriquecerse, no han tenido reparo en dejar sin sus medicinas, entre otros enfermos, a niños con cáncer. Gravísimo. Cuanto más indago en el tema, menos crédito doy. Feo asunto. Porque, cómo no, en el camino de lo que voy investigando me encuentro a unos cuantos “bárcenas”.  A mi entender: tipos de vida aparentemente estupenda –lo que se viene llamando triunfadores- que, en cuanto te descuidas, ya están cometiendo tropelías. En plan sutil. Como si fuera de lo más normal. Y que, en cuestión de segundos, pasan de ser ejemplos a seguir –reconocidos por todo tipo de instituciones, sobre todo las políticas- a apestados. Incluso por los suyos. Que son los que más suelen dejar de lado en estos casos. Y los que más tienen que ocultar. Por encubridores.

Sale Bárcenas y me da por darle vueltas al “no me arrepiento de nada”. “¡¡¡Toma!!!. iTremenda afirmación!”, pienso. Vaya que sí. A mí, que tanto me arrepiento de tantas cosas –de las decisiones equivocadas, de no haber hecho la peineta a unos cuantos que se la merecían, de los pasos no adelantados, de las palabras calladas, de los besos guardados…- ese tipo de sentencias, tan “bárcenas”, como que me imponen mucho.

Vuelvo a darle vueltas a eso de los códigos (vitales). Intento saber si los que yo doy por válidos, coinciden con los de la población en general. Sospecho que no y, de hecho, no tiene porqué. Pero, aún así, abro carpetas en mi correo y tiro de los últimos estudios recibidos. Variopintos. Encuentro cosas no demasiado interesantes, la verdad. Acaso uno reciente -octubre, 2014- del Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud que versa sobre ‘Jóvenes y valores’. Parte dos. Echo un vistazo y me encuentro con estas conclusiones que dejo a modo de píldora por si a alguien interesan:

-Los jóvenes españoles de 16 a 24 años no perdonan a los responsables de la crisis.

-Los jóvenes españoles describen el presente como inestable, incierto e injusto. Especulan con una inmadurez casi “congénita” del carácter español. Responsabilizan de la situación, sobre todo, a los adultos. Se sienten engañados y desconfían del sistema.

-Frente a ello, tanto los que defienden el modelo social tradicional como los que buscan su modificación, consideran el esfuerzo, la honestidad, la rebeldía o la responsabilidad como valores absolutamente necesarios para salir adelante tanto personal como socialmente. Formarse sigue siendo considerada la mejor estrategia de futuro, aunque son conscientes de que no es garantía. Los jóvenes reivindican el sentido del esfuerzo y la honestidad como medio de ennoblecer la vida y de, al menos en teoría, corregir los antiguos errores que condujeron al país a la situación de grave crisis.

Estoy segura de que Bárcenas, Luis, es de los que defienden esos mismos valores cuando se sienta a fumar un puro. En la intimidad de su hogar (bonita frase me ha salido). Otra cosa, bien diferente, es que los practique. Como los otros “bárcenas”. En el trecho, está la diferencia. Ahí lo dejo.

Como punto final, una sugerencia. Este fin de semana se estrena “Camino a la escuela”. Un documental del director francés Pascal Plisson sobre las dificultades -extremas- de algunos niños para llegar al colegio. Real como sus trayectos. El filme está patrocinado por la UNESCO. A los de la peli les he “robado” algunas fotos. Iré a verla. Sugiero que lo hagáis también. Y que llevéis a los más pequeños. Incluso hasta los “bárcenas” deberían entrar en un cine, sentarse en la butaca y verla. A lo mejor se les pega algo. Nunca se sabe.

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Sucede París

2015-01-09 14.18.17Sucede París y me coge resolviendo por teléfono un pequeño drama doméstico. Mi interlocutor, una juguetería. ‘Moni, Monita’ –que llegó a casa un 6 de enero, día de Reyes- ha perdido una de sus orejas. Orejones, diría yo. Porque las tiene tipo soplillo. Enormes. Demasiado grandes para una pequeña y amorosa primate que emite soniditos guturales cuando le haces cosquillas, le das de comer un plátano o le mueves sus bracitos.

Moni perdió su oído de cuajo. Apenas dos horas después de salir de su enorme caja de cartón. Sin ataque previo. Sin que nadie le hiciera nada. Ni volteretas, ni lanzamientos por el aire, ni aplastamientos contra el suelo. De pronto: ¡pluff!, oreja al suelo. Incredulidad. Disgusto. Miradas de asombro a la pequeña bebé mientras ésta, tan Moni, tan mona, seguía sonriendo con sus enormes ojos azules. Embajadora de S.S.M.M., me toca saber qué pasó. Y qué hacemos con Moni. Y con su oreja. En esas andamos.

Sucede París y en la redacción de Interviú se nos encoge el corazón.  ¡Cómo no!. También somos semanario, también somos irreverentes, presumimos de comprometidos  y, por supuesto, de siempre, adoramos el humor gráfico. Transcurre la mañana despacio. En un momento, apenas horas después de la tragedia, mientras se conoce que alguien juega a crear falsas alarmas y que la policía acordona varios medios de comunicación, mi compañera Inma Muro y yo, nos quedamos, de repente,  solas en la revista y nos gastamos bromas de pésimo gusto. Quizás para sacudirmos el miedo. O la tristeza. O la rabia que sentimos mientras el mundo mira hacia la Torre Eifell con estupor. Llega el director, Alberto Pozas, y parece como que respiramos un poco. Seguimos bromeando. Por si acaso. Sin bajar la guardia.

Sucede París y ya vamos por un jueves. Me toca cerrar reportaje. Apresuradamente. De los míos, de los de médicos, como me dicen en mi entorno. De reclamación, de drama humano, de injusticia…Hablo con un hombre al que respeto. Se llama Eugenio y es gallego, como yo. El lunes conoceréis su historia en la revista. Comienza el año y me he propuesto ampliar temas, cambiar tercio, tocar otras historias…Seguimos.

Sucede París y el caos se siembra en Madrid por una caja de zapatos. Trabajo en un polígono comunicado con la ciudad, principalmente, por metro y cercanías. De manera que, en tarde de cierre, la del jueves, se complican aún más las cosas. Quienes tienen coche se brindan a llevar al resto hacia el centro. En el que a mi viene a recogerme, viajan ya dos personas. De las que han quedado sin transporte. Incomunicadas. Una, es una chica rusa. Muy simpática y muy guapa. El otro, un elegante francés que me pregunta -¡a mí!- cómo he vivido las últimas horas y, sobre todo, mucho por las chicas de nuestra portada. Imagino que por cambiar de tema y no pensar en la tragedia que asola su país, montamos una improvisada y divertida tertulia mientras dura el trayecto. Que si Belén Esteban, que si Terelu, que quién hace las entrevistas, que si…Después, pienso que debería haberle mostrado algún tipo de condolencia. Al francés. Pero no lo hice. La vida sigue.

lapizSucede París y a Alberto Gayo, que es adjunto al director de Interviú y tiene una creatividad desbordante, se le ocurre pintar un precioso corazón para regalar a los franceses. Se lo he pedido. Y me lo ha dejado para ilustrar este post. Me encanta.

Sucede París y llega el viernes. Remate de semana. Leo que la policía tiene arrinconados a los terroristas y que cree que el hombre que mató a una agente está vinculado a la misma célula que los hermanos Kouachi.  Y, de repente, sucede algo inesperado y tan curioso como que, muy de mañana, llega a mis manos una poesía infantil que va de lápices. ¡Sí, de lápices!. Como los de los dibujantes. Como los de los ilustradores. Como los de los humoristas gráficos. Como los que, imagino, habría por todas partes en la redacción del semanario  ‘Charlie Hebdo’. Y me pega un vuelco el corazón. ¿Habrá sido el acto intencionado de una profesora? ¿Su tributo? ¿Por qué justo hoy llega a mis manos una poesía que habla de un lápiz, en la semana en la que lapiceros y bolis se han blandido en alto en honor a los muertos de París?. Increíble.

IMG-20150109-WA0008Así que sucede en Madrid que me viene una y otra vez a la cabeza esa poesía que va de lápices.  Y, al tiempo que voy por la calle, intentando no tropezar, me toca repasar el poemita. Por cierto, su autor es el maestro y poeta asturiano Alfonso Pascón. Y es entonces cuando leo esto. Siento que no existe mejor homenaje hacia mis compañeros asesinados que esta estrofa infantil que, casualmente, hoy viajaba en la mochila de una niña de Primaria y que ha llegado a mis manos y que reproduzco a la derecha (incompleta, tal y como está escrita). Reza así:

Un lápiz pequeño

sin rayas ni estrellas,

sin goma ni adornos

y hasta sin banderas.

Debes colocarlo

en su propio reino

y hacerle un gran trono…

 

 

 

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‘Operación Camaleón’

2014-11-10 13.10.24Vuelvo de Málaga. Viajé con un objetivo concreto que he bautizado como ‘Operación Camaleón’. Con esto vengo a decir que esta entrada no será una crónica de desarraigo, ni expondré una situación de desamparo, ni abordaré un tema de denuncia social, ni tan siquiera mencionaré un asunto relacionado con salud. Vamos, que solo hablaré de camaleones. Sin más. Aviso a esos navegantes que luego me recriminan no haber escrito una historia de las que suelo acostumbrar. Otra advertencia, este post es de esos de churras y merinas. Mezclo ideas varias. Quizá sin mucho ton ni son. Quien avisa…

Me centro en la idea principal que es relatar la ‘Operación Camaleón’. Arranca un día en el que un niño –amante de los animales en general y muy fan de los camaleones en particular- averigua por su cuenta y riesgo que, en Málaga, existe un lugar, único en España que, para resumir, se dedica a la recuperación y la conservación del camaleón común, (chamaeleo chamaeleon), una especie originaria de Málaga -también de Huelva o Cádiz, pero menos-  y en peligro de extinción.

El niño se pone en contacto con el centro y pide que le dejen pasar allí una jornada cuidando de los reptiles. Insólita petición que, lógicamente, ha de llevar la firma de un adulto -la que esto suscribe- y que, a decir de algunos allegados, nos convierte en una pareja un tanto friki. “¿A quién se le ocurre ir a Málaga a ver camaleones?”, “¡¡Estáis fatal!!”- nos dicen. Consideraciones que me traen sin cuidado porque de lo que se trata es de hacer que se cumpla un pequeño sueño. Y para eso, una siempre se presenta voluntaria. “¿Qué es la vida si no soñar?”, suelto muchas veces a modo de provocación….”Plaf, plaf, plaf…Baja a la tierra, que aquí te esperamos“, me suelen contestar mientras sonríen. Yo, ni caso. Además, cuando a los niños se les mete entre ceja y ceja algo, no hay quien les frene. De manera que, a modo de cómplice, me veo envuelta en un operativo que ahora relato en este blog.

La respuesta de Málaga tarda unos días en llegar. Pero llega. Desde el Centro de Recuperación del Camaleón  contestan que estarán encantados de recibir al visitante. La ilusión del crío, indescriptible. La emoción, inmensa. Las perspectivas, maravillosas. De manera que, sin más espera, parte la expedición caminito de Málaga. Ahí me veo yo, un lunes soleado, encabezando una comitiva a la que esperan con curiosidad. Explicación: sí, son muchos los colegios que visitan el centro. Es más, cada curso pasan decenas de escolares por su aula educativa. Pero lo que les llama la atención es que un niño tenga la iniciativa de dirigirse a ellos y se traslade desde Madrid con el único afán de compartir una jornada camaleónica. Así que el niño y sus acompañantes, casi sin quererlo, se convierten en estrellas invitadas en las instalaciones municipales, ubicadas a las afueras de la ciudad, en un paraje precioso.

La última vez que yo había viajado a Málaga -bonita donde las haya, dicho sea de paso- fue la pasada primavera para entrevistar a Cristina Rosell, una de las protagonistas de un reportaje sobre personas con Síndrome de Down. A Cristina, por cierto, me la encontré en esta ocasión paseando por el centro de la ciudad. Tan guapa y simpática como siempre.

 Pero vamos al camaleón, que es de lo que va esta historia. Para situarse. El camaleón común es una especie designada como de ‘Régimen de Protección Especial’. Hace años, en Málaga, según me contaron, te encontrabas a uno de estos reptiles en cada esquina. Era tan corriente como ver largartijas. Ahora, son ejemplares amenazados. La presión urbanística y la agricultura intensiva le están dejando sin su su hábitat natural. Eso, sin contar con quienes cogen a los reptiles como mascotas y luego, cuando se cansan, los abandonan o venden en un mercadillo.

Foto: Gennady Fiksman

Todo esto, y mucho más, estresa a los camaleones. Sí, sí, estresa. Y cuando un camaleón se estresa, cambia de piel. De repente está verde y momentos después tipo morado, o marroncillo o verdoso. Y no solo cambia  el color, también los lunares de su piel. Amarillos, azules, naranjas…Curioso, ¿verdad?. Una nunca llega a imaginar que acabará viendo, en vivito y en directo, como es una cría de camaleón o aprendiendo cosas como que su lengua tiene aproximadamente la misma longitud que el cuerpo o puede mover sus ojos de forma independiente –uno mira hacia Murcia, el otro hacia Albacete, por poner un ejemplo- y se alimentan de grillos que, a su vez, comen zanahoria rallada. La de cosas que quedan por aprender. Falta tiempo, no ganas.

Camaleon pequeña

Foto: Gennady Fiskman

El Centro de Recuperación del Camaleón se encuentra en el parque zoosanitario de Málaga, que depende del área de Medio Ambiente del Ayuntamiento. Allí se recogen animales abandonados que muchas veces, cuentan, llegan en condiciones penosas. Hay perros, caballos, gatos, hasta dos monumentales iguanas… Esas mascotitas tan monas que se compran y, cuando molestan, se despachan. Animales que también se pueden adoptar. Aquí hago llamamiento. Si buscáis perro, no lo compréis. Como en Málaga, en muchos otros lugares hay decenas de perros buscando dueño. Dicho queda.

De los camaleones se ocupa Joaquín Santaolalla, que es veterinario. Joaquín, que de reptiles lo sabe todo, ha atendido a decenas de camaleones. Algunos, son entregados, por ejemplo por el Seprona, en terribles condiciones, explica, mientras enseña a un ejemplar con la columna maltrecha tras ser atacado por un gato. Con sus cuidados, casi todos los reptiles han salido adelante. Joaquín los cuida con mimo y esmero. Le encanta su trabajo.

2014-11-10 13.04.36Además, y eso es casi un hito, en cautividad, en Málaga, han nacido un buen número de crías. Ya van 104 ejemplares. El objetivo es siempre soltarlos en cuanto pueden valerse por sí mismos, para que retornen a su hábitat natural, explica el veterinario. En el centro existe una zona que recrea ese entorno que Joaquín enseña con orgullo. Es algo así como un espacio para que los reptiles tengan su entrenamiento antes de volver a campar a sus anchas monte adelante, que es donde tienen que estar.

Todo esto y mucho más sucede en Málaga. Podría haber sucedido en Vitoria, Murcia o Pontevedra. A veces, una tiene que salir de sus cuatro paredes para darse cuenta de que el mundo se extiende mucho más allá de las tramas, las investigaciones periodísticas, las corruptelas varias, las sesiones parlamentarias, las tertulias políticas, los trapicheos sanitarios, las denuncias de contenido social…Otras, tiene que ser un niño el que muestre a los adultos la de cosas interesantes que hay por ver, por conocer, por contar…que nada tienen que ver con lo que vemos y contamos cada día. En mi caso, después de unas cuantas semanas informativamente duras, la ‘Operación Camaleón’ me ha ayudado a poner las cosas en perspectiva. Eso siempre es bueno.

¿No son en realidad las historias pequeñas las más importantes?. ¿Las que de verdad hacen ilusión?. ¿Esas que nos mantienen vivos?. Escribo esto mientras conozco la resolución de un suceso terrible, el del niño de la maleta. Me ha impactado especialmente. No solo su muerte, sino su vida. ¡Debió de ser tan dura, pese a lo pequeño que era!. Me da por pensar en él, porque leo que, antes de acabar en las vías del tren en Asturias, vivía en Málaga. Y me da por imaginarlo entre camaleones, viviendo otra vida tan diferente a la que le tocó conocer. Y así, entre ensoñaciones, pongo punto y final a este camaleónico post.

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No seas tú quien me ponga límites

Imagen_Fundación-ALPEHay historias e historias. La de esta niña es tan cruda que cuando la escucho pienso que no hay ficción que pueda superarla. Quien la cuenta, que es trabajadora social del Ayuntamiento de una gran ciudad, casi no se da cuenta de su dureza hasta que la verbaliza. Se excusa explicando que son tantas las historias descarnadas escondidas en las carpetas de su mesa de trabajo que, a veces, teme convertir en una roca a aquella adolescente que fue y tendía a la sensibilidad. Lo que sí sabe la trabajadora social es que si se deja llevar y se hunde con cada expediente, no resolverá nada. “Estaría todo el día con el kleenek”, precisa. Por eso, cuando supo del caso de Cata, que es la niña de esta historia, no se dejó arrollar por tanta miseria y peleó por buscarle salidas. No era fácil la verdad.

Cata tiene 10 años. Nació con acondroplasia, una alteración genética que conlleva enanismo. De tan escasa incidencia que se da un caso entre cada 15.000 niños. Para Cata lo del enanismo era casi lo de menos. Y es ahí donde se pone todo el acento de esta denuncia que la trabajadora social me hace llegar. En lo que marca la diferencia entre nacer en una familia con o sin recursos. A Cata le tocó la opción B. Su madre se crió en centros de menores porque, a su vez, su madre era toxicómana y no podía hacerse cargo de ella.  La mamá de Cata sobrevivió. Entre alcohol y otras sustancias. Tuvo a un hijo, hoy todavía niño. Después, vino la niña. Llegó “chiquita” y la madre, muy tocada, como la abuela, lo asumió como normal.

Durante años, con los niños pequeños, vivieron como okupas. Aquí y allá. Después, entre unos y otros, todos gente de bien como se puede comprender, les consiguieron una vivienda. Medio digna, dirá la trabajadora social, si se tiene en cuenta que las cucarachas tamaño XXL campaban a sus anchas y otras lindezas similares en una familia que llena la nevera a base de ayudas. “¿Pero tú pasas hambre Cata?- le preguntó una vez la educadora. “No –contestó la cría- pero muchos días comemos macarrones con tomate”.

A Cata la operaron tres veces para conseguir alargarle unos centímetros. En una de ellas, le rompieron el fémur. Una burrada. Sucedió en un hospital de esa ciudad grande donde vive. Como la casa estaba en condiciones tirando a chungas, la niña cogió una infección. Suma y sigue. Es la sentencia de nacer en una familia con dificultades económicas terribles, lamenta la trabajadora. Existe en Málaga una unidad de referencia a donde podría haber ido. La dirige el doctor Felipe Luna, jefe del Servicio de Cirugía Ortopédica y Traumatología del Hospital Clínico Universitario. Allí se opera a niños llegados de toda España.

(Gracias a esas operaciones –enlogaciones óseas se llaman- los niños con talla pequeña consiguen ganar en torno a 40 centímetros, aproximándose así a una estatura casi normal en un país donde ser bajito es más que habitual. Centímetros que, me contaba una madre, a los críos y a sus familias, no solo les dan la vida a nivel estético, sino que les permiten una mayor independencia. Por cierto, otro día contaré el porqué en España las familias prefieren que los niños se operen -la intervención es dura y complejao- frente a familias como las estadounidenses o alemanas donde las personas con enanismo no optan por la cirugía).

En el caso de Cata, su suerte estaba echada. Para ir a Málaga hace falta dinero y, en su casa, de eso no había. Así que ahí se quedó. Hasta que llegaron dos ángeles de esos que a veces pasan por la vida sin avisar. Uno, en forma de trabajadora social. La otra, en forma de Carmen Alonso, que es coordinadora de la Fundación Alpe, de la que hablo más adelante y es la que más y mejor conoce lo que les preocupa a los afectados españoles.

Las dos se pusieron manos a la obra y han conseguido que la niña y su madre, que ya no consume porque sabe que si consume no tiene para darle de comer a los niños y por ahí no pasa, en unos días vayan a tener la oportunidad de, en el caso de la cría, ver el mar por primera vez. Es más, por vez primera saldrá de su ciudad. Eso, la tiene loca. De alegría. Porque, lo mejor de toda esta historia, es que, cual heroína de tebeo, Cata es una niña feliz. “Y si le preguntas, dice que está super bien. Siempre. Se despierta cada día con ilusión de afrontar sus retos, de estudiar, de “crecer” -a todos los niveles- y de exprimir su vida y sus oportunidades”, cuenta la trabajadora social.

Este cuento -tan real, por otro lado- viene a cuento de que hoy finaliza en Gijón el V Congreso Internacional en torno a la Acondroplasia y otras Displasias al que, por cierto, estaba invitada, pero al que no pude ir por cuestiones de actualidad fáciles de comprender. Bien. En Gijón, durante tres días, se han reunido algunos de los mayores especialistas mundiales y, como explican desde la Fundación Alpe, que todo lo organiza con mucha profesionalidad y mucho amor, cientos de afectados y familiares para compartir información, experiencia y emociones. Se habló de investigación, los médicos valoraron a los afectados -sí, allí mismo, una costumbre importada de las grandes convenciones de Little People of América, que es la primera vez que se hace en España- y, por supuesto, se trató el tema de clichés.

Pues eso. Toda la suerte del mundo a esas familias. Que bien que lo merecen. Y un guiño a Cata. Que lo pase “super bien”.

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Entrevista a un psiquiatra disidente

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Allen Frances. Foto: Gennady Fiksman,

Hace unos días, la editorial Ariel me propuso entrevistar al neoyorkino Allen Frances. Un reto teniendo en cuenta su perfil: reputadísimo psiquiatra, profesor universitario, conferenciante y, atención, presidente del grupo de trabajo del DSM IV y parte del equipo directivo del DSM III. Para situarnos, el DSM -en sus siglas en inglés- es el manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. Una mal llamada “biblia” de la psiquiatría -eso me lo dirá Frances a lo largo de la entrevista- en la que los profesionales tienen las pautas para diagnosticar trastornos y tratar a sus pacientes. Hasta ahora, al menos, si el DSM decía que tal comportamiento podía catalogarse como un trastorno, el resto del mundo decía amén. Por absurdo que fuera. Digo hasta ahora porque Frances visitó España este mismo mes para presentar un libro titulado “¿Somos todos enfermos mentales?” en el que cuestiona abiertamente la última edición del DSM -la quinta, en la que él ya no participó- por considerar que se ha hecho de forma descuidada y, lo que es peor, ciertamente peligrosa.

Todas estas cavilaciones la vierte en el citado libro en donde, no solo carga contra su propio gremio entonando una suerte de ‘mea culpa’, sino que, sobre todo, denuncia abiertamente lo que considera abusos de la psiquiatría. Lo que viene a decir, avanzo a modo de simplista resumen, es que existe un exceso de diagnóstico psiquiátrico y que estamos todos empastillados –sí, también los españoles porque se molestó en enterarse de cómo están la cosa por estos lares- cuando muchos de los problemas cotidianos que tenemos podrían resolverse sin fármacos y, desde luego, sin quedar etiquetados como un trastorno mental. 

Antes de proseguir, un consejo: “Nadie que lea tu articulo debe dejar de tomar la medicina que esté tomando”. Frances sabe de lo que habla. En caso alguno quiere que nadie utilice sus palabras y pretende evitar manipulaciones. “Ya estoy siendo citado amplia e incorrectamente por cienciólogos y otros grupos rabiosamente contrarios a la psiquiatría”, asegura en el libro.

El doctor Frances es un señor de aire deportivo y aspecto despreocupado. De esos personajes que, cuando entrevistas, te mira directamente. De los que, más allá de soltarte el rollo promocional de su libro, te contesta con detenimiento. Lo normal, diréis. Pues no. Por experiencia, os digo que no. Ni es habitual que todo el mundo te mire a la cara cuando te habla -desconfiad de los que no lo hacen-, ni tampoco que un personaje se trabaje cada entrevista como si fuera la única que está concediendo. Para la entrevistadora, un placer.

No era la primera vez que, en boca de otros colegas suyos, escuchaba el mensaje que lanza el psiquiatra norteamericano. Sin embargo, él va un paso más allá. Desde la cordura y el sentido común. Sin alarmismos. Con argumentos sólidos y explicaciones convincentes. Pero sin miedo alguno. Por ejemplo, a poner nombres y apellidos a “las actuales falsas epidemias de la psiquiatría”, es decir, los trastornos con más probabilidad de ser diagnosticados y tratados de manera excesiva. Tres le preocupan especialmente, porque atañen a los niños: el autismo, el trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDHA) o el trastorno bipolar infantil. De los desmanes que se han llegado a producir da idea lo que cuenta a continuación: “La falsa epidemia de bipolaridad infantil sucedió a pesar de que habíamos rechazado el concepto en el DSM IV. Algunos investigadores de Harvard, que eran como líderes de opinión, dieron muchas conferencias que convencieron a psiquiatras infantiles, pediatras o médicos de familia que todo tipo de problemas de comportamiento en la infancia eran un desorden bipolar y debían ser tratados con medicación, incluso en niños de 3 años. Sin considerar los riesgos a largo plazo de un cerebro joven sometido a ese tratamiento. Para algunos niños, la medicación es beneficiosa, pero ha de ser evaluada muy cuidadosamente y es solamente un último recurso”. 

Cuando Frances llega a España, ocurre un suceso terrible en Madrid. Una madre acaba de matar a su hijo de dos años. La mujer, parece que tiene antecedentes de depresión. Toco el tema. La mayoría de las personas con enfermedad mental no comenten actos violentos. Suelen ser más las victimas del crimen que criminales violentos. No es útil pensar que podemos prevenir la violencia de manera simple o directa, pero es muy útil proporcionar acceso fácil al tratamiento para la gente que tiene una enfermedad mental, especialmente si tiene un historial que contiene violencia y, sobre todo, abuso de sustancias”, ataja.

Los recortes en servicios sociales y sanitarios, dice, han tenido efectos demoledores en ese sentido. En Estados Unidos, en los últimos años, se han cerrado medio millón de camas en hospitales psiquiátricos. “No proporcionamos suficiente cuidado psiquiátrico o viviendas en las comunidades para cuidar a toda esa gente que fueron dados de alta. Como resultado, tenemos un millón de pacientes psiquiátricos en la cárceles y cientos de miles de personas sin techo con enfermedad mental”, afirma.

Porque, en el meollo de todo lo que expone este asiduo colaborador de algunas de las más prestigiosas publicaciones estadounidenses, está que se trata demasiado a quien no lo necesita y se está dejando sin atención a quien de verdad sí tiene una enfermedad mental que se debe atajar de forma urgente: “La mayoría de medicamentos psiquiátricos los recetan los médicos de Atención Primaria después de 10 minutos con un paciente al que a menudo no conocen o al que probablemente conocen en uno de los peores días de su vida. Además, bajo la enorme presión de las industrias farmacéuticas. Cuanto más sepa el paciente y más preguntas haga, menos tratamientos innecesarios y dañinos habrá. Una diagnosis rápida y descuidada pueden causar problemas que durarán una vida entera. Es muy difícil dejar de tomar una pastilla porque muchas van asociadas a síntomas de abstención graves”, indica.

2014-09-29 17.57.41Es esa presión de las farmacéuticas -“se gastan dos veces más en márketing y en política que lo que gastan en investigación y el público tiene que entender que no lo hacen para ayudar la paciente, si no para  elevar los sueldos de sus ejecutivos”, advierte-  la que, también en España, está provocando un  abuso de los fármacos psiquiátricos (un 20 por ciento de los norteamericanos toman esta medicación) para “problemas que sería más fácil solucionar con el tiempo, tu propia resistencia y, a lo mejor, la psicoterapia. En Estados Unidos, los narcóticos sin receta se están dispensando sin ningún tipo de control, así que tenemos más sobredosis y muertes por estos medicamentos que por la cocaína o la heroína que proviene de la calle”.

Le pregunté al doctor Frances si se considera un médico valiente por poner patas arriba lo que en estos años han venido postulando algunos de sus colegas. “No –me respondió-. Tampoco creo que esto me haya granjeado enemigos. La gente que tiene sentido común, tiene la misma perspectiva que yo”. Y su sentido común, añade, dicta que, por ejemplo, es un absurdo hablar de psiquiatría preventiva. “España tiene en este momento un paro altístimo. Me consta que es difícil para la gente joven conseguir empleo y la situación es terrible. A la gente le rompe el corazón, le hace sentirse triste, se preocupan por el futuro, pero eso son reacciones humanas normales a la pérdida y al estrés. No son una enfermedad psiquiátrica, a no ser que los síntomas sean muy severos, incapacitantes o con pensamientos suicidas. Si tiene síntomas severos debería ser tratado inmediatamente. Pero si tiene síntomas comprensibles, no tiene porqué”.

Dice Allen Frances que ha escrito este libro porque quiere cumplir con dos propósitos: alertar a las personas que no necesitan tratamiento para que lo eviten y animar a quienes sí lo precisan a que lo soliciten y lo sigan”. Ni más ni menos. Lo dice muy serio. Desde la experiencia de quien define la psiquiatría como una profesión noble e indispensable, en el fondo sana, y extremadamente eficaz cuando se practica bien“. Casi una hora de entrevista y una lectura detallada de su libro, le cargan de argumentos. Pero, sobre todo, dan mucho que pensar. Una lectura absolutamente recomendable si os interesan este tipo de cuestiones.

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El niño

El niño va solo. Me doy cuenta al momento porque coincidimos en el paso de peatones, camino del tren de cercanías, en el centro de la ciudad.

El niño parece decidido. Enfila las escaleras mecánicas sin titubear. Aparenta que sabe bien a dónde se dirige. De alguna manera, no intencionada, sigo sus pasos. Siempre me llama la atención ver a un niño solo en una ciudad grande como Madrid. Se me disparan las alarmas. Instinto maternal.

Calculo su edad. ¿10? ¿11? ¿12?. Desde luego, no más. Es delgadito y va bien vestido. Tiene cara de sueño. Al llegar a la estación, parece dudar. Sin embargo, no es la primera vez que ha estado allí, porque mira hacia los paneles donde informan de la llegada y salida de los trenes como si ya conociera el procedimiento. Simplemente, parece no tener clara cuál es su vía. Al final, siempre seguro, le veo que opta por preguntar en la ventanilla.

Intento no ser paranoica. Sigo mi ruta. En el andén, a punto de coger el tren, volvemos a coincidir. Subimos al mismo vagón. Me siento a su lado (de forma intencionada, esta vez). No sé qué hacer. ¿Le digo algo?. Me muerdo la lengua. En realidad, no se le ve desamparado. Aunque, en el fondo, le doy vueltas a eso de hasta qué punto es normal que un niño –porque se le ve muy niño- viaje solo en un tren de cercanías, por corto que sea el trayecto.

A todo esto, él tan tranquilo. A su bola. Me mira, pero porque yo le miro. Yo le miro, porque no sé si debo decirle algo. Así vamos. Tanteándonos. A nuestro lado, una señora mayor. Cerca, dos vigilantes de seguridad. Desde fuera, parece que el niño viaja con una de nosotras. Nadie pensaría que circula solo.

Llegamos a una estación. La señora se baja. Los vigilantes, que parecen seguir la pista a unas carteristas, por lo que comentan entre ellos, prosiguen su rumbo. Entonces, ya no puedo aguantar más: “¿Vas tú solo?”, le suelto como quien no quiere la cosa. “Sí, voy a tal sitio”, me contesta sonriente. Su destino, a unos 20 kilómetros del corazón de la ciudad. ¡Ah!”, digo yo. El niño no me da pié a más. Muy educado, vuelve la mirada hacia la ventanilla. Pienso que, quizás, desconfía de mí. O que, simplemente, no quiere darme explicaciones. Le dejo tranquilo.

DownloadedFile-1El tren se queda parado un rato en la estación. Lo increíble –mira que es casualidad- es que, por la ventanilla, veo un gran panel que publicita la Fundación ANAR (Ayuda a Niños y Adolescentes en Riesgo) que conozco bien. Trabaja en la protección de la infancia y colabora en la localización de menores desaparecidos. En 2013, el Teléfono ANAR para casos de niños desaparecidos (116000) atendió 229 casos. Más de la mitad, eran por fugas; el otro 19,6 por ciento por secuestros parentales y un 18,8 por ciento estaban relacionados con situaciones en las que los menores habían sido echados de casa.

Pienso si el niño está viendo lo mismo que yo. El gran panel. Quizás ni le haya prestado atención. Ni parece secuestrado, ni perdido, ni que se haya fugado. Sigue tranquilo. Pega la nariz a la ventanilla y disfruta con el trayecto. Tiene las manos pequeñas y las uñas un poco comidas. Lleva zapatillas de moda y luce melenita. Va sin mochila, sin móvil. Puede que lo lleve en los bolsillos de su pantalón de cuadritos. Se le ve absolutamente despreocupado, espabilado y como aleccionado en el sentido de no pararse con nadie desconocido, ni hacer caso a extraños. Esas cosas que los padres siempre soltamos a los hijos.

Sigo dándole vueltas a si debo -o no- hacer algo.  En la cabeza, llevo el run-rún del pederasta que secuestró a las niñas en un barrio de Madrid y al que todavía no han cazado. Ojalá pronto. Por otro lado, me digo si estaré un poquito pesada, metiéndome donde nadie me está llamando y quizás acabe liando la que no deba.

Total que me bajo en la siguiente. Y ahí lo dejo. Tan pancho. Con cara de que alguien le espera y llegará a buen puerto. Mirando el paisaje por la ventanilla. Por cierto, feo a rabiar en las afueras de la ciudad.

A lo largo de ese mismo día, y de los sucesivos, hago una encuesta en mi entorno: ¿consideras normal que un niño vaya solo en un tren de cercanías?; ¿y si hubiera sido una niña de esa misma edad?;  ¿tú le habrías dejado?; si en lugar de ir solo por la ciudad lo hubieras visto en un parque, ¿te habría llamado la atención?…

Obtengo respuestas para todos los gustos. Desde quien recuerda que, cuando nosotros éramos niños, íbamos solos de aquí para allá –a esa edad, claro está- sin que ello entrañase peligro alguno, hasta quien piensa que lo correcto es que los menores vayan siempre acompañados. Por si acaso y al menos hasta determinada edad.

Recuerdo, de pronto, un estudio que recibí hace unos días. Lo firmaban la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria y la Fundación Mapre. Revelaba que un 10 por ciento de los menores españoles de 12 años se quedan solos en sus domicilios en algún momento lo que, lógicamente, representa un mayor riesgo de accidentes. No hay más que repasar las noticias de sucesos de vez en cuando.

El asunto es que, ya rozando agosto, se me ocurre escribir un último post veraniego sobre ese pequeño trayecto en tren con un niño de no más de 12 años que viajaba solo. No es más que una reflexión. Sobre cómo debemos protegerlos, si siempre podremos hacerlo y hasta qué punto debemos darles alas para que descubran este mundo que tantas veces, y en tantos lugares, les resulta tan hóstil.

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VERDAD Y JUSTICIA

ADVERTENCIA: Este post es largo. Quizás demasiado. Por si antes de empezar, alguien quiere recular.

Verdad y justicia. Son las primeras palabras que escucho solo encender la radio, muy de mañana. Es 24 de julio. Verdad y justicia en boca del representante de una de las asociaciones de víctimas de la mayor tragedia ferroviaria sucedida en España, la del tren que descarriló en Angrois, a pocos kilómetros de Santiago, en esa curva ya maldita de A Grandeira. Verdad y justicia es lo que hoy piden desde Galicia, mi tierra. ¿Acaso puede existir algo más grande que eso?. La verdad y la justicia. Si el mundo se moviera entre esas dos grandes variables…

Escribo esto mientras se suceden los homenajes, las palabras de afecto, las misas, los recuerdos a quienes murieron en aquel tren. Intento ir deprisa. Quiero publicar este post ya. ¡Casi mediodía!. ¡Cómo me enrollo!. Pero, qué irónico, salta otra alarma. Se ha perdido la pista a un avión. En Argel. 116 pasajeros. Seis tripulantes españoles porque la compañía es española. Me despisto. ¿Otro avión?. ¿Pero qué está pasando?.

El 24 de julio de 2013 –miércoles- se presentaba un día medianamente tranquilo en la redacción de Interviú. Verano, becarios a tope con sus primeros reportajes, adelanto de temas y unos cuantos redactores ultimando sus cosas y a punto de irnos de vacaciones mientras que otros compañeros llegaban de las suyas.

La terrible noticia nos cogió fuera de la revista. El accidente de Angrois fue a última hora de la tarde. El drama comenzó tímidamente, como suelen empezar los más terribles sucesos. Como en cámara lenta. Primeras informaciones contradictorias. ¿Pero cómo va estamparse un tren Alvia, cargadito de veraneantes, de turistas, de peregrinos, de familias que iban a pasar el Día de Santiago con los suyos?. Esas cosas no pasan…

Un año antes yo había cogido un tren parecido. Mi destino, A Coruña. En San Juan. Eran los primeros trenes híbridos-duales S-730. Esos que –menos a Lugo, mi ciudad, donde tarda como en tiempos de la diligencia- Renfe y la ministra de turno, la del gremio, anunciaban a bombo y platillo que llegarían con menos tiempo a sus destinos gallegos. A falta de AVE (Galicia, furgón de cola en comunicaciones)  algo es algo, pensábamos entonces los primeros que los estrenamos.

Aquel viaje, el mío a A Coruña, fue tipo odisea. Mi híbrido-dual S-730 debía llegar a destino en 6 horas y 9 minutos. ¡JA,JA!. Apenas dos horas de viaje y caput. Primera parada. En mitad de la nada. Ni “p’atrás ni p’alante”. Revisor correteando por entre los vagones. Problemas técnicos. O eléctricos. Vaya usted a saber. “Disculpen, ustedes, señores viajeros. Les mantendremos informados”…

En el tren viajaba un grupo de sindicalistas, la mayoría gallegos, que reivindicaban no me acuerdo ahora qué. Sí que era algo relacionado con Renfe. Subieron en Chamartín (Madrid) y llenaron los vagones con su jolgorio y sus pancartas. Venían de algún tipo de acto. Sin dormir. Fueron ellos quienes me explicaron que los pasajeros de aquel tren -tras más de dos horas parados, todo el vagón había estrechado lazos de amistad por decirlo finamente-éramos un poco los conejillos de indias de esos  trenes híbridos más rápidos que los antiguos talgos a Galicia.

Aquel día, había un partido importante. (¿Sería la Eurocopa?). Todos, niños incluidos, querían verlo. España jugaba y se la jugaba. Pero no había cobertura. Un chico que viajaba delante de los sindicalistas, sacó su ordenador. Hizo virguerías y consiguió sintonizar algún canal. Todos se apiñaron a su alrededor. Los niños, lo sindicalistas, la productora de televisión que viajaba a mi lado, las dos estudiantes de Medicina…Ya éramos una pandilla. Cuando pasábamos un túnel o atravesábamos una montaña, perdíamos la cobertura. Los sindicalistas, subían tono. Las futuras médicas, chillaban. Los niños, histéricos, saltaban entre los asientos. Aquello era una locura. Para resarcirnos del retraso que acumulábamos, el revisor repartía bocadillos de jamón. Creo que de los más ricos que probé en toda mi vida. ¡Vaya viajecito! Como a la antigua. Pero muy divertido.

Un año después sucedió lo del tren. Reviví aquel viaje y pensé…¡Ufff! En los niños, en las estudiantes, en los sindicalistas, en la productora, en el ejecutivo del ordenador gracias al que vimos el partido…¡La de historias que iban entre aquellos vagones!. 

El 24 de julio de 2013 Galicia se enfrentó a la que sin duda ha sido la mayor desgracia vivida. Los minutos de esa película en cámara lenta se sucedieron a velocidad del viento y llegó lo peor. Goteo de víctimas. Caos. Tragedia nacional. Y los vecinos de Angrois, que para siempre quedarán en la memoria colectiva. Tirándose a las vías, arrojando mantas, sacando a los heridos, custodiando a los muertos…

Sostengo que los gallegos no somos gente de grandes alharacas. De los de soltar un “te quiero” así como así, de dar palmaditas sin la oportuna confianza. Ni demasiado aficionados a mostrar nuestros sentimientos en público. No quiero caer en topicazos que para eso ya están las películas que barren en taquilla, aunque no hablen de gallegos. Los gallegos somos más comedidos, más como hacia adentro. Sobre todo si rozamos el interior. Como yo. Pero aquel 24 de julio los vecinos de Angrois dieron una lección tal de solidaridad que todavía hoy se saltan las lágrimas recordando aquellas escenas. ¡Qué gente! ¡Cuánta generosidad! La misma que aquel día demostraron las decenas de voluntarios, los médicos y enfermeras, los equipos de emergencia…¡Cuánto héroe anónimo!

Vuelvo a ese 24 de julio de 2013, en la redacción de Interviú. No. Miento. Voy al día después. Jueves. Mal día para nosotros. Día de cierre. Día de Galicia. Día del Apóstol  Santiago. Día de fiesta para los gallegos que a mí siempre me coge trabajando en Madrid -el año que viene tengo que cambiar las vacaciones- cuando debería estar de parranda, comiendo pulpo y empanada, bebiendo el vermut en la verbena de un pueblo y escuchando a los gaiteiros. Con mi familia.

Aquel fue un 25 de julio de mier***. En Interviú, reunión de urgencia para ver cómo, informativamente, afrontar el brutal accidente. Todavía noqueados. Con el corazón encogido ante semejante catástrofe. Tensión, cruce de miradas, ideas. Al final se decidió apostar por el testimonio de víctimas de otras tragedias similares. Mis compañeros Juan José Fernández, Juan Luis Álvarez, Carlos Barrio y yo misma, nos pusimos a llamar como locos a víctimas de los siniestros de Spanair o Metro de Valencia, temas ampliamente tocados en este semanario. El último hace apenas unas semanas. Lo firma Javier Gallego, uno de nuestros fichajes para este verano. Juan José Fernández fue el primero en destapar las lagunas e irregularidades en la investigación del accidente del Metro  y Juan Luis Álvarez sabe como nadie de lo que sucedió con el trágico vuelo de Spanair. A menudo hablamos de ello.

TRENAlgunas de esas víctimas -o sus familias- estaban demasiado tocadas para reaccionar cuando se les pedía su sentir ante el siniestro del Alvia. De pronto, lo revivían todo. Cada uno aportaba su opinión. Pero la mayoría lanzaba mensajes en la misma dirección: que se unieran, que no se dejasen manipular, ni por políticos ni por abogados, y que fueran conscientes de que al principio todo eran palabras de consuelo, gestos de solidaridad, de cariño, promesas…hasta que un día llegaba el silencio. Y el olvido. Y se quedaban solos con su lucha.

Ha pasado un año de aquel accidente de Angrois. Leo los titulares sobre el aniversario. Entre ellos, una carta del maquinista en la que pide perdón. Poco puedo aportar yo. Salvo volcar lo que siento por si a alguien le interesa. Y necesito decir lo que siento: que si no hay verdad, ni hay justicia, como reclaman, para saber lo que sucedió, por qué sucedió y cómo podía no haber sucedido, no habrá descanso para esas familias ni para sus muertos. Si yo fuera ellos pediría a gritos esa justicia, esa investigación. Sin tregua. Hasta quedarme sin voz. Por los que quedaron entre los hierros de aquellos vagones.

 

 

 

 

 

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Estefanía, la de los ojos tristes

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Mirad la foto que ilustra el comienzo de esta entrada. ¿No es una belleza esta chica?. Tremendo bellezón, diría yo. Estefanía, la de la mirada triste. La que tenía miedo. La que se miraba al espejo y, pese a sus enormes ojazos y la perfección de sus facciones, no se gustaba. Nada. Estefanía la que lloraba cuando se levantaba de la cama, cuando le decías lo guapa que era o cuando relataba las devastadoras consecuencias de la psoriasis que padecía desde niña y había tomado las riendas de su vida.

No sé que habrá sido de Estefanía, a la que conocí con motivo del reportaje “La piel que habito”, que publiqué hará cosa de año y medio. Una no siempre puede seguir la pista de las personas a las que conoce o entrevista, aunque a veces le gustaría y quiere pensar que todo ha ido a mejor desde la última vez que topa con alguien que se ha roto y, a duras penas -algo que siempre he admirado-, te cuenta su vida sin conocerte de nada.

Así sucedió con Estefanía, la de los ojos tristes. Nos sentamos en la sala de un hospital y habló. De sus 25 años entonces. De sus estudios de Farmacia. De que siempre iba tapada y recordaba, como marcados a fuego, esos momentos como cuando, con 15 años, en la piscina del pueblo de su abuela, una señora le pidió que saliera del agua por si contagiaba.

Estefanía, la de los ojos tristes, era una de las protagonistas de ese reportaje que acabo de mencionar. Un tema durillo, la verdad, que yo misma propuse porque, por desconocido, me resultó interesante: el de la Dermatología Psiquiátrica, una subespecialidad en la que se estudia como los problemas de la piel repercuten en la mente, y viceversa.

Personas que sienten su cuerpo infestado de parásitos, que se autolesionan o se arrancan el pelo. Son los casos más extremos. Una minoría. Los casos más graves. Lo habitual, explicaba la doctora Aurora Guerra, jefa de sección de Dermatología del Hospital 12 de Octubre de Madrid, es que quienes ven en consulta sean personas con una enfermedad estrictamente dermatológica -como la psoriasis- que, por su estigma, les puede provocar un trastorno o quienes, a causa de una situación puntual de estrés, acaban teniendo un problema dermatológico.

Los datos indican que uno de cada cuatro pacientes que visitan al dermatólogo sufre ansiedad o depresión. Enfermedades de la piel como la psoriasis a veces causan un enorme sufrimiento. También otras. En aquel reportaje me hablaba Rosa Taberner, dermatóloga del Hospital Son Llátzer de Mallorca, del vitíligo, esas lesiones en forma de marca blanca en la cara y en las manos que no tienen ninguna trascendencia para la salud, que ni tan siquiera dan síntomas, pero que son muy estigmatizantes para quienes las padecen. Recordaba el caso de un empresario, paciente suyo, que se quejaba de que, en las reuniones, se le prestaba más atención a su aspecto que a sus palabras. ¿Sabéis que en estos casos una de las opciones es que las enfermeras enseñen a sus pacientes a maquillarse -un maquillaje especial, claro- para camuflar las manchas?.

14273547550_73186c469fEs fastidiado eso de no gustarse a uno/a mismo/a. Vaya si lo es. Que levante la mano quien no se encuentre un pero. Quiero ser más alta, más flaca, tener más pecho, menos celulitis, una dentadura perfecta, los labios más sensuales…Todos queremos  proyectar la imagen de estupendos y seguros de nosotros mismos. ¿No nos están mareando todo el día con eso de que la primera impresión es la que cuenta?. Imaginad entonces, por un momento, lo que supone ponerse en la piel de una chica joven que, desde niña, ha de luchar contra el estigma.

Hoy me he acordado de Estefanía, la de los ojos tristes, porque Acción Psoriasis, formada por pacientes y familiares, ha puesto en marcha varias acciones y campañas para quitar hierro al rechazo que envuelve la enfermedad. Una de ellas tendrá lugar este 19 de julio, sábado, en varias playas -Barcelona, Gijón, Huelva…- bajo el lema ‘Es Psoriasis…¡Y qué!. La idea es animar a los afectados a que descubran su piel, sin vergüenzas, en verano. Todo un reto. A ver cómo reacciona el personal. Además, una exposición con imágenes de pacientes reales -algunas las he incluído en este post- recorre en estos meses diversos hospitales españoles. Su última parada, el Hospital de Basurto, en Bilbao.

Acabo ya. Repito, no sé que habrá sido de Estefanía. Un día me enteraré y quiero pensar que está mucho mejor. Que tendrá novio, que se habrá destapado y, por fin, sonreirá. Aquel día la dejé en manos de la médico, admitiendo que necesitaba ayuda psicológica, y de Obdulia, 49 años, gobernanta de lencería, con una psoriasis severa para la que probó de todo. Brujas, cremas, hierbas…Hasta se fue a Cuba a experimentar con un tratamiento que consistía en aplicarse una pomada a base de placenta humana bajo el calor de una bombilla, contaba la mujer risueña.

14273591289_f26d05d986El carácter extrovertido de Obdulia, rozando los 50, le había ayudado a sobreponerse a la enfermedad. El miedo, recordaba resuelta, lo había sentido de jovencita cuando, si conocía a un chico y se acostaba con él, apagaba la luz para que no le viera el cuerpo. Aquello era pasado, decía. “Ahora si tengo  que ir a la playa y despelotarme, pues lo hago”, aclaraba desafiante.

El final de aquel reportaje consistió en las dos mujeres, frente a frente, sentadas en un banco a las afueras del hospital. Allí las dejé. A Estefanía con su mirada triste y a Obdulia, feliz, pasando de todo y de todos. Contándose sus cosas. Aunque no lo sabían, creo que caminaban en la misma dirección.

PD. La psoriasis es una enfermedad inflamatoria de la piel, crónica y no contagiosa. En verano, cuando los pacientes descubren su piel, es cuando más sienten los estigmas de la enfermedad.

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Inclusión. Y exclusión…

RUBEN

Rubén, con sus padres. Foto: Peio García

Un post especial. Por imprevisto. Tenía dos o tres asuntos pendientes de los que hablar pero, sobre la marcha, aplazo otras cuestiones porque quiero plantearos una reflexión y, esta vez, me interesa conocer vuestras opiniones que –si os parece y os apetece- podéis dejar a modo de comentario en este mismo rincón.

Hablemos de Down. De tener un hijo Down. De lo que un padre o una madre querría para ese hijo o hija. Bueno, sé que es mucho imaginar. Hay quien ni se plantea tener a un niño o niña así. Pero ese es otro debate. Más pausado. Y ahora me corre prisa contaros lo que sigue.

Insisto. Imaginaos que tuvierais un hijo con Down –o con cualquier otra discapacidad…-,  ¿qué querríais para él?. ¿Todo?, ¿lo normal?, ¿mucho? ¿un poco?, ¿lo adecuado a sus capacidades?… ¿Os gustaría qué tuviera amigos como él/ella o una pandilla variadita?, ¿le dejariaís tener novia/o? ¿salir de copas?, ¿le incribiriaís en las competiciones deportivas?, ¿le hablariaís de sexo?, ¿le educariaís igual que a sus hermanos?, ¿con las mismas exigencias?, ¿las mismas obligaciones?, ¿o seríais más permisivos y protectores?. Muchas preguntas, ¿verdad?. Difícil tener respuestas si uno no está en el pellejo.

Veréis, hay unos padres en León, los de un adolescente llamado Rubén, a los que la Fiscalía ha imputado por un delito de abandono familiar por negarse a que el menor, con  Down, sea escolarizado en un centro de educación especial. “Cuando la realidad supera la ficción…”…me dice Alejandro, el padre de Rubén, en su último mail. Porque la realidad es que, tras cuatro años de lucha, el Tribunal Constitucional no ha admitido a trámite el recurso de amparo que presentó la familia de Rubén y ha cerrado las puertas al caso, explican desde Down España. Pero es que, además, añade Alejandro, por si fuera poco,  la jueza les ha impuesto una fianza de 4.880  -2.400 por cada uno de los padres- para asegurar las responsabilidades pecuniarias que se les pudieran imponer. Fianza que han tenido que pagar por la vía rápida. “De lo contrario, nos embargaban», afirma Alejandro.

¿Cómo os quedáis?. Decidme: ¿qué os parece?. ¿Qué hubierais hecho vosotros?. Los padres de Alejandro quieren que el menor vaya a un cole normal. Por eso, en vista de que no les daban esa solución, han optado por educarle en casa. Alejandro considera que los centros de educación especial son guettos donde condenan a los niños al ostracismo social. Lógicamente es su opinión. Otros padres, piensan de otra manera, que para algo cada familia es un mundo. Lo cierto es que Rubén tiene derecho a ir a un cole normal, no es solo una perra de sus padres. Es lo que se viene llamando inclusión educativa. Eso que tan bien queda soltar, pero no siempre se practica. No darle la oportunidad -especifican desde Down España- es vulnerar uno de los derechos fundamentales recogidos en la Convención de los Derechos de Personas con Discapacidad, vigente desde 2008 en nuestro país.

De Rubén hablé en un reportaje que publiqué la pasada primavera. Viajé a varios lugares y conocí a otras tantas familias y chicos y chicas con Down. Familias muy diferentes entre sí. Por su educación, su forma de ver la vida, su pensamiento político, su nivel social o económico…De los temas que más me dio y, sin duda, de los que más aprendí. ¿Cómo no disfrutar del paseo con Tonet por las calles de Lérida, de sus comentarios espontáneos y divertidos, de sus bromas, de sus maduras reflexiones?. ¿Cómo no quitarse el sombrero ante la determinación de la guapa Cristina de convertirse en una mujer completamente independiente? ¿Cómo no emocionarse con el sentimiento -y la fuerza, y la responsabilidad…- del cantaor Manolo de Santa Cruz en una noche de saetas en Córdoba?.

Alberto, en el club Arkeros Corvera. Foto: Jorge Peteiro

De aquel tema salió otro tema. El de Alberto, un arquero asturiano al que no dejaban federarse en su comunidad. Si, claro, por aquello de ser Down. Ahí sigue batallando Darío, su padre, que, como Alejandro, es de los que no se rinde.

Insisto: si podéis, imaginaos que tuvierais un hijo con síndrome de Down. ¿Qué querríais para él?. ¿Lo mismo que los padres de Rubén, que hoy luchan por defender sus derechos?. ¿Os pondriaís a su lado?. ¿Y de la polémica de Alberto, el arquero asturiano, qué decís?.

Ahí las dejo. Unas cuantas preguntas. Por si, entre todos, encontramos respuestas.  

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Nueve años y unos días

Me manda un mensaje y me dice que son nueve años. Con sus noches y sus días. Horas y minutos. Uno tras otro. Con sus más y sus menos. Los “me vengo arriba”, los “me hundo”  y “los me mantengo”. Una carrera de obstáculos. De tropezones. De caídas y subidas. De tentación, a veces. De voluntad, siempre. Desde que lo dejó.

Nueve años sin beber. El aniversario de una decisión: no volver a probar gota de alcohol. Ni en las tartas. Ni en los bombones. Ni en los solomillos. Ni en nada. Cero.

¿Nueve años ya?. Pero si parece que fue ayer. Cuando todo era caos, preocupación constante, tremenda tristeza, dolor…Nueve años que son un premio. ¿Cómo no sentir orgullo?. Solo quien ha vivido de cerca el infierno del alcohol, quien sabe de sus devastadores efectos, es capaz de comprenderla. Sí, porque es ella. Mujer. Y joven. Y guapa. Y de clase media alta. Vamos, lejos de los patrones habituales. Doble vergüenza. Más motivos para esconderse. Para ocultar.

Durante años -como ella misma dice  cuando quiere desdramatizar- se lo bebió todo”. Hasta que un día –después de otros tantos días- dio el paso y entró en la consulta de un médico de Atención Primaria que, en lugar de lavarse las manos, como sucede en otras ocasiones, supo de su historia y decidió ayudar a quien –desesperada- buscaba ayuda. Hubo suerte. Topó con un médico bueno. Y no hablo precisamente de su profesionalidad. Dispuesto a saltarse papeleos y burocracias. A mojarse e, inmediatamente, movilizarse.

Porque si ella no hubiera dado el paso, nadie podía hacerlo en su lugar. Eso siempre quedó claro. Era ella la que tenía que decidir si quería o no acabar con aquello. De nada valía empujarla.

Los nueve años son el final –ese que en un alcohólico nunca está escrito- de una pesadilla de otros tantos en los que beber era el día a día. Cuando se estaba bien. Y cuando se estaba mal. También cuando se estaba regular. Siempre.

Vuelvo del XIII Seminario Lundbeck para periodistas que, en esta edición, ha estado dedicado a la adicción al alcohol. El encuentro cuenta con los mejores especialistas: Antonio Terán, coordinador del centro San Juan de Dios de Palencia; Antoni Gual, jefe de la Unidad de Alcohología del Hospital Clínic de Barcelona y Nestor Szerman, jefe de Salud Mental Retiro (Hospital Gregorio Marañón de Madrid) y presidente de la Sociedad Española de Patología Dual.

Sobre la mesa, aluvión de datos. Primero, a modo de aclaración, que la adicción al alcohol es una enfermedad, diagnosticable y tratable. En España, se calcula que el 5,3 por ciento de la población y un 12,3 por ciento de los estudiantes de 14 a 18 años, presentan un consumo de riesgo. Estamos un poquito por encima de la media europea. Teniendo en cuenta que es en Europa donde más alcohol se consume y que es la causa directa de una de cada ocho muertes anuales. De cada cien personas que consultan por un uso problemático de alcohol, ochenta tienen otro trastorno mental.

Interesantes otros aspectos que se tratan en el encuentro. Por ejemplo, que la forma de abordar la adicción ha cambiado. Que los psiquiatras negocian con los enfermos, porque de nada vale criminalizar, culpar, incriminar… Ninguna decisión sobre mí, sin mí”, se lee en una de las transparencias que pasa el doctor Gual, quizá uno de las voces más respetadas cuando se habla de alcoholismo. Viene a decir que, lejos del paternalismo, del moralismo que durante años se ejerció -y se sigue ejerciendo, matiza, en centros privados donde los tratamientos son costosísimos y los resultados no siempre están garantizados- sobre el alcohólico, la tendencia actual, la que da mejores resultados, pasa por implicarle en su tratamiento, por darle alicientes, por demostrarle que merece la pena e, incluso, por reducir el consumo, en  lugar de eliminarlo de un plumazo. Reducir el consumo es complementario a la abstinencia. Es decir, son dos opciones que se encuentran en el camino de la recuperación del paciente”, señala el psiquiatra catalán.

Los asistentes al seminario llaman la atención sobre las consecuencias sociales del alcohol. Sobre la violencia que genera en su entorno. Hablan del bebedor pasivo. De hijos, madres, mujeres, compañeros… De los accidentes, la falta de productividad, los costes directos e indirectos…

Pero hay un dato en el que me paro. Cuenta el doctor Gual que no llegan a tratamiento más de un 10 por ciento de los alcohólicos. Además, tarde. Con 10 años de retraso. Yo, pregunto qué se puede hacer por ellos. Por esa bolsa de alcohólicos ocultos. Que poco a poco van machando sus vidas. Sí, sí. Esos que todos conocemos. Vosotros también. Con historias completamente normalizadas. Me acuerdo, de repente, del conductor de una ambulancia al que conocí en un reportaje que hice no hace mucho. ¿Es que nadie se daba cuenta de que aquel hombre no debería llevar a enfermos?. Solo había que mirarle. Olerle. Sentirle.

Insisto en la pregunta. Bien por los que están en fase de recuperación. Esa es, sin duda, la gran buena noticia, pero: “¿qué pasa con los otros?, ¿es que no se puede hacer nada por ellos?, ¿cómo hacer que lleguen a tratamiento?”. La cuestión queda un poco en el aire. No por falta de respuesta. Gual prefiere hablar de los que sí estan en fase de recuperación. Son la gran mayoría, señala. El doctor Szerman matiza que las propias asociaciones de familiares, por ejemplo de enfermos mentales, están en contra del tratamiento involuntario forzoso. No conduce a nada.

Sigo dándole vueltas al tema. Ya de vuelta, no dejo de pensar en los que conozco que probablemente nunca llegarán a pedir ayuda. Quizás porque ni ellos ni los que le rodean hayan pensado jamás que tienen un problema. Por más que, en el fondo, todos sepan que lo es.

Lógicamente, durante todo el seminario, pienso en ella. Que, en pleno junio, celebra aniversario. Nueve años y unos días. También parecía un imposible. Y se recuperó. Con eso me quedo. Y, por fin, sonrío.

 

 

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