Próxima estación: Córdoba

Vuelvo en AVE desde Málaga. Viaje de trabajo. Mi vagón, con muchos asientos, está casi vacío. Apenas unos cuantos viajeros. Silencio y ganas de relajarse. Que para eso está acabándose el día.

Con el tren a pocos minutos de la salida, entra un hombre. Es alto, aparenta unos cuarenta y tantos, va impecablemente vestido y lleva unas gafas de sol que le dan un aspecto un tanto canalla. O eso es lo que pienso al principio. Hasta que me fijo más. No son las gafas (grandes, tipo aviador). Es su aspecto. Descuidado. Como si llevase varios días de farra. Y su andar. Impreciso. Vacilante. Haciendo eses. Cayéndose sobre los asientos de cuero mientras, con el billete pegado a la cara, busca el que le toca.

ATOCHA_1

Foto: Inma Muro

El que le toca es, por supuesto, el que está delante de mí. Lo sabía. Últimamente me ocurren todo tipo de aventuras. La mayoría sin buscarlas. Así que me dispongo a disfrutar de un viaje que, sospecho, va a resultar movidito. Me centro en lo mío. Repaso el reportaje que acabo de hacer. Tema humano.

Cae la tarde. Mi compañero de viaje, parece dormitar. Inquieto. Llega la hora de la merienda. Pasa la azafata con el carrito. Le pregunta qué quiere beber y el tipo –a esas alturas ya he descubierto que solo habla inglés- balbucea algo. La azafata apenas le entiende. El hombre atina a señalar que quiere un vino. Se lo bebe de inmediato. Luego, otro más. Sin apenas pausa. De un tirón. Tengo la certeza de que, a más alcohol, más la va a liar. Está clarísimo. El hombre saca dinero. Se empecina en pagar su consumición. La azafata le aclara que es gratis. El otro insiste. 20 euros vuelan por el aire. Luego, se le cae la cartera. Repleta de tarjetas. La azafata se la recoge y le vuelve a decir que no tiene que pagar las consumiciones. El hombre parece querer hablar. Dice que tiene cinco hijos. Dos son gemelos, aclara a trompicones. La azafata, todo cortesía, le contesta. Con una sonrisa.

Cuando la azafata llega a mi asiento le pregunto que para qué le ha servido más vino, si ve en qué estado va. Sé que me meto en donde nadie me llama, la verdad.  “Así se duerme”, me contesta. Pues vaya”, pienso yo. (Me da pena. No lo puedo evitar).

Pero no se duerme. Cada vez se le ve más inquieto. Pasado un rato, comienza a hablar. Dice algo de unos niños. Suena a lamento. Parece atormentado. Quizás es solo el alcohol. Que le hace ver demonios. El tono va subiendo.

En el asiento de delante del hombre viaja un chico. De vez en cuando, se da la vuelta y lo mira. A estas alturas, el tipo ya vocifera lo suyo. Parece a punto de perder el control. Hago señas a la azafata que, a su vez, me hace gestos de que esté tranquila. La cosa va de mal en peor.

Por el extremo contrario llega un revisor. Le pide que baje el tono de voz. Firme, le advierte que no le va a consentir que siga gritando. Que si lo hace tendrá que bajarle del tren. El tipo parece no enterarse de nada, pero en su  nebulosa debe sospechar que tiene que moderarse. “Finito”, farfulla. Y sigue con su charla confusa. El revisor empieza a perder la paciencia. El AVE se acerca a Córdoba.

A todo esto, el chico del asiento posterior vuelve a darse la vuelta y se acerca también. Le indico que el inglés está fatal. “Ya lo sé”, contesta con la mirada. Así que se le planta delante y, ante mi asombro, saca una placa. “I’m a policeman”, le suelta. Entiendo que viene a decirle que se comporte. “¡¡Uauuuuu!!, vaya aventura…”, pienso¡¡Nunca había visto eso de la placa en vivo y en directo!! ¡¡Como en las pelis!!. El resto de pasajeros -que hasta entonces parecían no haberse enterado de nada o, simplemente, pasaban de todo, que es otra posibilidad- ya siguen atentos el espectáculo. Revisor y policeman razonan con el inglés. Hasta donde pueden claro. Porque parece no pillar ni una. En realidad, lleva todas las de perder.

El revisor decide que la cosa no puede continuar así. Y del “no le voy a consentir que siga gritando. O se calla o le bajamos” pasa al “pues mejor como que le voy a bajar. Ya. En la pròxima estación porque así no puede continuar viaje”. Dicho y hecho. El tren llega a Córdoba. El tipo, mediante aspavientos con las manos, acierta a decir que él no quiere bajar en esa estación. Que su viaje continúa hacia Madrid. Pero ya no hay vuelta atrás. Revisor y policeman le ayudan a levantarse. Lo cierto es que se deja llevar. Vamos, que no opone resistencia alguna. Entre todos, le buscan la maleta. Y le ayudan a bajarse. Cabalmente, policeman indica que no le dejen solo en la vía. Que a ver si se va a caer.

El AVE deja Córdoba. En la vía, el inglés está junto a un vigilante de seguridad. El vigilante parece preguntarle algo.

Fin de la historia.

Los viajeros continuamos a lo nuestro.

Empiezo entonces a preguntarme que habrá sido de él. ¿Le habrán dejado dormir en algún lado? ¿Habrán llamado a su familia? ¿A una ambulancia? ¿A un voluntario de alguna asociación? ¿Quién se habrá ocupado de que no caiga a la vía, no le roben, no se meta en follones…? ¿Habrá llegado a su destino? ¿Viajaría a Madrid para coger un vuelo rumbo a su país? ¿Estarán los suyos preguntándose dónde está? ¿Llegaría tarde a una reunión de negocios?. ¿Aparecerá dentro de unos días, sin acordarse de nada, en cualquier sitio inesperado?

Y, sobre todo, no dejo de preguntarme por qué le dejaron subir a ese tren viendo su estado. No. No se trataba de unas cervezas de más. Lo suyo tenía pinta de borrachera perpetua. De esas que te destrozan la vida. Y la de los demás

¿Es que nadie -ni en el control, ni al verle tambaleándose por las vías- se dio cuenta de que necesitaba ayuda?. Y no hablo de la seguridad de los viajeros. Hablo de la suya propia.

En Interviú publicamos hace unas apenas unas semanas un tema sobre adicciones. Dejo el enlace. Por si alquien quiere echarle un vistazo. Entresaco un titular: “El alcohol sigue siendo una de las sustancias más consumidas por los españoles”. Solo en nuestro país, hay 1.600.000 consumidores de riesgo. Poco más que decir.

 

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

‘No Cold’

Tiempo sin escribir en este blog. Y tiene que ser Esperanza Aguirre, candidata a la alcaldía de Madrid por el PP, quien me saque de mi ensimismamiento para darle vida de nuevo a este espacio. El motivo, a día de hoy, ya es conocido. Aguirre quiere sacar a los ‘sin techo’ del centro de Madrid porque afean las calles y ahuyentan a los turistas. No nos echemos las manos a la cabeza. No es la primera vez que el alcalde, o el aspirante a, de una ciudad salta con semejante ocurrencia. Ni seguro que será la última. De hecho, más de uno ha cumplido su amenaza. Pero es igual de insolidario.

Captura de pantalla 2015-04-28 a las 11.29.24He escrito varias veces sobre ‘sin techo’. Ante mi sorpresa, una de las entradas más leídas en este blog, casi recién inaugurado, fue una titulada ‘El Gallego’ que me salió casi de carrerilla y dedicaba a un indigente que fue vecino de mi barrio.

En más de una ocasión he comentado aquí mismo que tiendo a fijarme en la gente que vive en la calle. No lo puedo evitar. Me da por imaginar cómo habrá sido la vida anterior de esa persona: cómo sería de niño, cuántos hermanos tendría, a qué le gustaría jugar, en qué trabajaría o qué soñaría su madre para él. Y, sobre todo, en qué momento se rompió todo. Hablo en masculino porque, aunque me consta que la indigencia también tiene cara de mujer, mi experiencia me dice que un porcentaje altísimo de quienes viven en la calle son hombres.

Siempre he pensado que nadie está libre de algo así: acabar en la calle. Cierto, no nos vamos a engañar, que unos tienen más papeletas que otros, pero…¡cuidado!. Una ruptura, la falta de trabajo, una pérdida dolorosa, una familia rota, un paro que se hace eterno, malos momentos, adicciones o la vida, que a veces es muy puñetera, y visto y no visto, enfilas la cuesta abajo…A toda velocidad. Y ahí acabas un día. En la calle. Rodeado de cientos de personas que pasan a tu lado y solo te ven como un bulto. Que guarrea las aceras. Que monta follones. Que extiende sus dominios invadiendo el espacio público. Que causa molestias. Ruido. Suciedad. Conflictos.

imagesEso es lo que, imagino, piensa Esperanza Aguirre -y muchos otros- de los ‘sin techo’ que pueblan las calles de Madrid, de Barcelona, de Sevilla, de Zaragoza…Esos que espantan a los turistas, según su peculiar visión de una realidad que, entiendo, les resulta completamente ajena e indiferente. Que solo causan problemas. Vagabundos que se apostan a las puertas de los grandes teatros y los cines de calles tan turísticas como la madrileña Gran Vía -donde marcan territorio con sus mantas, sus colchones y sus trastos- y que nunca asisten a los estrenos.

Claro que hay que adoptar medidas con las personas sin hogar. Con los del Madrid turístico que tanto gusta a los visitantes. Pero también con los de la periferia, los que duermen en los puentes (centenares y en cualquier escondrijo); entre los setos de los jardincillos que recorren la M-30, en los soportales de muchos barrios…

¿Qué hacemos con ellos?. ¿Los barremos?. ¿Llamamos a un mago para que los haga desaparecer?. ¿Los mandamos en masa a los albergues? ¿Les damos un billete para que se vayan por donde han venido? ¿Buscamos, entre todos, la manera de ayudarles? 

SKID-ROBOT-2Hay organizaciones que llevan años faenando con las personas sin hogar y son las voces más autorizadas para dar respuesta a estas y otras cuestiones que, seguro, se plantean los dirigentes municipales o los que aspiran a serlo en unos días. Como Solidarios para el Desarrollo que, junto a muchas otras ONG, lleva tiempo dándole vueltas a soluciones. Os pido un instante. Pinchad el enlace de Solidarios. Ahí están muchas de las claves. No es fácil. Claro que no. Pero hay que tener voluntad. Y, sobre todo, cierta sensibilidad. Porque, estoy casi segura, a los turistas que visitan Madrid no les molestan. Es más, los habrá, estoy segura, que sientan empatía, lejos de pensar que convierten la capital de España en un territorio tercermundista, espejo de lo que no queremos ser.

Captura de pantalla 2015-04-28 a las 14.41.40Igual que me pasa a mi cada vez que voy a Nueva York. Nunca, en mi vida, he visto tantas personas sin hogar como en Manhattan. Es impactante. Muchísimos tienen graves problemas mentales. Forman parte del paisaje de una ciudad dura donde nadie mira a nadie. El pasado mes de febrero, en Nueva York, 3.000 voluntarios lanzaron una pregunta a cualquiera que paseara por las calles de la ciudad: “Esta noche, ¿tiene algún lugar que considere su casa o un sitio donde vivir?”. Las respuestas pretendían ayudar a la alcaldía a identificar a los sin techo de la ciudad. Vamos, a hacer un censo. Es la décima edición de un recuento que se realiza cada año a finales de enero, pero que, este año, se demoró por la tormenta de nieve que en esas fechas colapsó el noreste de EE.UU. Una de las promesas del alcalde, Bill de Blasio, es que en 2015 sea el año en el que se busquen soluciones para esos vecinos, que cada vez son más y más.  Está por ver qué se les ocurre.

2363724_1413249034.2742_funddescriptionEl último ‘sin techo’ al que tengo fichado vive en una calle comercial de un barrio, el mío, por donde solo ocasionalmente pasan turistas. Es joven y guapo. Por su aspecto, parece extranjero. Lleva días asentado delante de una óptica. No pide. No molesta. No hace nada. Solo dormita abrazado a dos perros a los que cuida con mucho mimo. Tiene pinta de que quiere más a los perros que a sí mismo. Sospecho que son lo único que le importa. A veces, pocas, levanta la vista y mira a la gente. Pero tengo la impresión de que habita un mundo propio y los que pasamos delante no somos más que gente. Gente. Sin más. Que no le interesa nada. Me apena verle tan joven y tirado en la calle. Entonces, me acuerdo de las imágenes que he tomado prestadas a Skid Robot, un grafitero que lleva años dibujando los sueños de los ‘sin techo’ de una ciudad tan brutal como Los Angeles. Y me da por pensar con qué soñará el rubio. Si es que sueña algo. Intento imaginar que vuela y regresa a un lugar donde haya sido feliz. Que seguro que lo tiene.

PD. El proyecto ‘No Cold’  -una manta térmica pensada especialmente para abrigar a las personas que viven en la calle- acaba de ganar la IX Competición Nacional de Miniempresas de Junior Achievement. Sus autores: alumnos del Colegio Sagrado Corazón de Sarriá de Barcelona. ¡Enhorabuena!.

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

El dolor de un médico

medico-muerte--575x323-1Es una de esas imágenes que circulan por la red y acaban convertidas en fenómeno viral que, a su vez, merece el titular de los medios. De esas de las que tan a menudo desconfío. Admito que los acontecimientos  que estallan por las redes y producen revuelos instantáneos, me causan cierta reticencia. Quizá porque, mucha veces,  no coincido con lo que a la mayoría le resulta interesante, espectacular, emotivo o digno de admiración.

Pero, en este caso, la historia me atrae. Y, aún no sabiendo si es real -quiero pensar que sí, si no no la compartiría- me emociona. Cómo no. Habla de un médico de urgencias de un hospital de California (EEUU) que se rompe de dolor tras no poder salvar la vida de un paciente de 19 años. En realidad, la historia se basa en una foto -de muy mala calidad, como muestro aquí- en la que se ve al médico apoyándose contra un muro a las afueras del hospital. Abatido. Desolado. Seriamente tocado. La imagen, captada por un compañero que la ha compartido en una página web, lo dice todo. Nada que añadir. Me dan ganas de ir corriendo. Y abrazarlo. Creo que lo mismo que pensaron las muchas personas que en estos días han mostrado solidaridad con este profesional. Muchos de ellos, compañeros. Alguien que es capaz de sufrir así la pérdida de quien no conoce -por joven que sea quien se le ha quedado en una camilla- es más que un médico. Es una persona excepcional.

Y las personas, sobre todo las excepcionales, de las que tan poco sobrados andamos, a veces se rompen. Ser médico no inmuniza contra nada. Por más acostumbrados que estén a lidiar con el dolor. Con la enfermedad o con la muerte. Lo sé bien. Conozco a unos cuantos.

Publico esta semana un reportaje sobre consumo de drogas en España. Mapa de adicciones, titulamos en portada de Interviú. De esos de mil y un datos y decenas de porcentajes obtenidos tras llamar, rellamar e insistir -sobre todo insistir- a las consejerías de turno de las comunidades autónomas. (Un día dedicaré un post al infierno de recabar datos autonómicos). Tanta información tenía sobre la mesa -para resumir el alcohol, el tabaco y los hipnosedantes son las sustancias (legales) más consumidas por los españoles, tras las que aparece el cannabis como la droga que más demanda de tratamiento genera entre quienes piden ayuda por primera vez en España- que, precisamente, no tuve tiempo de incluir un despiece en el que hablaba de un programa que hay para médicos con problemas de adicciones. Que un día se rompen y recurren al consumo de sustancias para bregar con su dolor o su ansiedad. En realidad, un asunto que ya abordé hace años bajo el título de “El desgaste de las batas blancas”.  Los médicos drogodependientes son los peores pacientes para sus compañeros. Les cuesta, mucho, admitir que también a veces necesitan ayuda.

Esta misma mañana, conozco que Montserrat Soler, auxiliar de Enfermería del Servicio de Urgencias del Hospital Universitario Sant Joan de Alicante, ha editado la guía “El factor humano en Urgencias”. Soler, explican desde el centro sanitario, quiere promover la reflexión acerca de la actuación de los sanitarios de este servicio en el momento de curar y cuidar a personas enfermas. Llama la atención sobre el significado que para un enfermo o familiar tiene el hecho de recibir, no solamente una atención científica, sino también una atención humana. “Son muchos ya los años que he dedicado al cuidado de pacientes en Urgencias y he aprendido muchas cosas pero, la más importante, es el gran papel que ejercemos a nivel humano en situaciones críticas donde ya nada técnico se puede hacer”, explica.

Y añade una cita del doctor Marañón que a mí me viene más que bien para acabar esta entrada: “Solo se es dignamente médico (enfermero, auxiliar o celador) con la idea clavada en el corazón de que trabajamos con instrumentos imperfectos y con medios de utilidad insegura, pero con la conciencia cierta de que hasta donde no puede llegar el saber, siempre llega el amor”.

 

 

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

Con permiso de Monedero

Llama el doctor Cros desde Ibiza. Quiere contarme algo. Conozco a Lluís Cros por un reportaje que publiqué a finales de 2013. Gracias a él –que es presidente del comité científico de la junta local de Ibiza y Formentera de la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC)- supe de la realidad de unos enfermos, los de Ibiza, que, para curarse, tienen que volar a Mallorca porque en su hospital no pueden darles el tratamiento. Un sinsentido.

Hablo a menudo de radioterapia. Más bien de la falta de. De unidades donde recibir un tratamiento capaz de curar hasta el 90 por ciento de los tumores localizados. Hace poco bromeaba con alguien de que puedo presumir de haber cumplido la trilogía. En esta revista he hablado de las rutas que tienen que hacer para radiarse enfermos de cáncer de toda España. Por tierra –en coche, por ejemplo de Lugo a A Coruña-; por mar –en ferry, desde Ceuta a Algeciras (Cádiz)- y por aire, en avión desde Ibiza a Mallorca. Enfermos que lo pasan fatal en esos desplazamientos. Que sufren. Que se cansan. Que a veces, por los efectos secundarios, vomitan en las vueltas. Que se marean. Que tienen que buscarse a alguien de la familia para que les acompañe y ese alguien a su vez se tiene que pedir días en el trabajo…En fin. Como digo, he denunciado tanto padecimiento en diferentes ocasiones en Interviú.

Dr.Cros. Foto: Dani Tur.

Dr.Cros. Foto: Dani Tur.

Pues bien. Llama Cros y quiere contarme algo. Siempre le escucho atenta porque soy muy fan suya. El doctor Cros –perdón, doctor, no se vaya a enfadar por este pequeño guiño cariñoso- siempre me ha recordado mucho al entrañable abuelo de ‘Up’, esa deliciosa peli de animación de Walt Disney y Pixar Animation. Parecidos razonables al márgen, insisto en que siempre le he respetado mucho. Ahora, más que nunca.

Codo a codo con Carmen Tur -activista y una de las mujeres más peleonas de la isla, amén de impulsora del Movimiento Pitiuso Pro Radioterapia-, Cros lleva años batallando -con valentía, con firmeza, sin desfallecer- para que Ibiza tenga un servicio de radioterapia en su hospital de Can Misses que evite esos vuelos del cáncer Mallorca. No es lo habitual. Lo de subir tanto la voz me refiero. Hablo muy a menudo con presidentas/es de juntas locales de la AECC, otra organización a la que respeto profundamente. Y, desde luego, no todos se implican de la misma manera. Es más, puedo decir que hay más de uno/a que prefiere no mojarse en nada. Ni en el sufrimiento de los enfermos. No vaya a ser que se enfaden los políticos de turno. Cros es como Tur. De otra pasta.

images-1Al lío. Tanta lucha, tanto molestar por parte de Cros y de Tur consiguieron que todo el mundo se enterase de lo que pasaba con los enfermos de cáncer de la isla. Y, lo que es la vida, dio sus frutos: el gobierno balear prometió que ese servicio sería una realidad en diciembre de 2014. Pero -¡¡¡Oh!!!, sorpresa- no ha cumplido. Ibiza sigue sin radioterapia. Y, lo que es peor, sin noticias. (¿Le suena de algo esta historia al señor Núñez Feijóo, presidente gallego…?).

Carmen Tur. Foto: Dani Tur.

Carmen Tur. Foto: Dani Tur.

Pues bien. Es importante aclarar esto porque ese mismo gobierno, encabezado por José Ramón Bauzá (PP), es el que ha llamado a las entidades que luchan contra el cáncer en las Pitiusas y Menorca -encabezadas por la AECC y el Movimiento Pro Radioterapia- para darles un notición: les han concedido el premio Ramón Llull, uno de los galardones más prestigiosos de cuantos entrega el ejecutivo autonómico.

¡¡Enhorabuena!!”, le digo al médico en cuanto me lo cuenta. Silencio. Por su tono de voz, y tal que se lo digo, entiendo que me confundo de tiros. Porque para lo que me llama Cros es para decirme que el notición no es que les hayan premiado. Qué va. La noticia es  que han decidido rechazar el afamado premio. Que no irán a Mallorca a recogerlo esta semana, que es cuando se entrega. Que les hubiera encantado, pero que las cosas no son así. Que Ibiza sigue sin radioterapia. Los enfermos esperando. Vamos, me explica, que no hay nada que celebrar, ni distinciones que recoger.

“¡Pues claro!”, me digo. Es tan solo cuestión de COHERENCIA.

No, aquí no hablamos de una rabieta. Tampoco de afán de protagonismo. Ni tan siquiera se trata de escenificar un gesto de rebeldía para que luego salga en la tele. Es coherencia. En estado puro. Y dignidad. Y orgullo. ¿Puede existir algo más importante?.

Me consta que, en condiciones normales, si las cosas estuvieran bien hechas, Cros, Tur y todos los demás irían a Mallorca encantados a recibir ese premio. Pero no ha sido así. Y, para ellos, que son tan respetables, acudir al acto supone una traición a todo lo que han defendido durante meses.

¿No se merecen un aplauso?. ¿No se merecen que esta historia se conozca?. Yo, desde luego, aplaudo a Cros. Y a Carmen Tur. Y a todos cuantos trabajan en su causa. Y a los que, de forma anónima, como ellos, mantienen alto el pabellón. Que son muchos. Un auténtico placer ir topándose por el camino con gente así. Y, por pedir, pido un aplauso colectivo. De los atronadores.

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

Sale Bárcenas

Sale Bárcenas y se monta el pertinente revuelo. Normal. Actualidad pura y dura. Personaje del momento. El más deseado...(con permiso de todos los demás deseados, claro está).

Paso a menudo delante de la casa de Bárcenas en Madrid. Y, en función de las cámaras que están apostadas a la entrada del portal del extesorero del PP, mido la intensidad informativa del momento que vive este señor tan pintón y tan fuerte (eh!!! que él mismo lo dice). No puedo evitar solidarizarme con mis colegas. Allí, en la entrada del señorial portal, tan quietos y muertos de frío. Horas y horas. “¡Buena guardia!”, les digo al pasar por delante a modo de apoyo moral.

Sale Bárcenas y con voz alta y clara suelta un rotundo: “No me arrepiento de nada”. Olé. En plan peineta y tal.

Sale Bárcenas y, su fortaleza, su convencimiento, su aplomo, su determinación…me sugieren escribir una entrada. Últimamente, la actualidad me inspira. Lo que no deja de preocuparme. Muchas son ya las voces que se dedican a eso. En este espacio intento siempre desmarcarme del día a día. Es una imposición personal.  Pero qué se le va a hacer: Bárcenas me inspira una entrada. Quién lo iba a pensar.

Los “bárcenas” -porque hay muchos- son señores y señoras que tienen otros códigos. Entran y salen de prisión como si nada. Defendiendo siempre su inocencia. Normal. Es más –y en esta revista se han publicado varios reportajes al respecto- son señores y señoras que se adaptan a la vida carcelaria estupendamente. Lejos de sufrir un shock o de traumatizarse, se buscan sus amigotes, descubren aficiones, siguen las rutinas, hasta parece que aprenden a manejar fregonas y esas cosas tan domésticas y tan poco propias de su estatus anterior. Pero, sobre todo, los “bárcenas” se carcajean de quienes nos pasmamos ante esas cuestiones.

Vivo estos días la resaca de un tema recién publicado. El de tramas dedicadas al tráfico ilegal de medicamentos que, en su afán de enriquecerse, no han tenido reparo en dejar sin sus medicinas, entre otros enfermos, a niños con cáncer. Gravísimo. Cuanto más indago en el tema, menos crédito doy. Feo asunto. Porque, cómo no, en el camino de lo que voy investigando me encuentro a unos cuantos “bárcenas”.  A mi entender: tipos de vida aparentemente estupenda –lo que se viene llamando triunfadores- que, en cuanto te descuidas, ya están cometiendo tropelías. En plan sutil. Como si fuera de lo más normal. Y que, en cuestión de segundos, pasan de ser ejemplos a seguir –reconocidos por todo tipo de instituciones, sobre todo las políticas- a apestados. Incluso por los suyos. Que son los que más suelen dejar de lado en estos casos. Y los que más tienen que ocultar. Por encubridores.

Sale Bárcenas y me da por darle vueltas al “no me arrepiento de nada”. “¡¡¡Toma!!!. iTremenda afirmación!”, pienso. Vaya que sí. A mí, que tanto me arrepiento de tantas cosas –de las decisiones equivocadas, de no haber hecho la peineta a unos cuantos que se la merecían, de los pasos no adelantados, de las palabras calladas, de los besos guardados…- ese tipo de sentencias, tan “bárcenas”, como que me imponen mucho.

Vuelvo a darle vueltas a eso de los códigos (vitales). Intento saber si los que yo doy por válidos, coinciden con los de la población en general. Sospecho que no y, de hecho, no tiene porqué. Pero, aún así, abro carpetas en mi correo y tiro de los últimos estudios recibidos. Variopintos. Encuentro cosas no demasiado interesantes, la verdad. Acaso uno reciente -octubre, 2014- del Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud que versa sobre ‘Jóvenes y valores’. Parte dos. Echo un vistazo y me encuentro con estas conclusiones que dejo a modo de píldora por si a alguien interesan:

-Los jóvenes españoles de 16 a 24 años no perdonan a los responsables de la crisis.

-Los jóvenes españoles describen el presente como inestable, incierto e injusto. Especulan con una inmadurez casi “congénita” del carácter español. Responsabilizan de la situación, sobre todo, a los adultos. Se sienten engañados y desconfían del sistema.

-Frente a ello, tanto los que defienden el modelo social tradicional como los que buscan su modificación, consideran el esfuerzo, la honestidad, la rebeldía o la responsabilidad como valores absolutamente necesarios para salir adelante tanto personal como socialmente. Formarse sigue siendo considerada la mejor estrategia de futuro, aunque son conscientes de que no es garantía. Los jóvenes reivindican el sentido del esfuerzo y la honestidad como medio de ennoblecer la vida y de, al menos en teoría, corregir los antiguos errores que condujeron al país a la situación de grave crisis.

Estoy segura de que Bárcenas, Luis, es de los que defienden esos mismos valores cuando se sienta a fumar un puro. En la intimidad de su hogar (bonita frase me ha salido). Otra cosa, bien diferente, es que los practique. Como los otros “bárcenas”. En el trecho, está la diferencia. Ahí lo dejo.

Como punto final, una sugerencia. Este fin de semana se estrena “Camino a la escuela”. Un documental del director francés Pascal Plisson sobre las dificultades -extremas- de algunos niños para llegar al colegio. Real como sus trayectos. El filme está patrocinado por la UNESCO. A los de la peli les he “robado” algunas fotos. Iré a verla. Sugiero que lo hagáis también. Y que llevéis a los más pequeños. Incluso hasta los “bárcenas” deberían entrar en un cine, sentarse en la butaca y verla. A lo mejor se les pega algo. Nunca se sabe.

28-180x18014-180x18011-180x18009-180x18022-180x18010-180x180

 

 

 

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

Sucede París

2015-01-09 14.18.17Sucede París y me coge resolviendo por teléfono un pequeño drama doméstico. Mi interlocutor, una juguetería. ‘Moni, Monita’ –que llegó a casa un 6 de enero, día de Reyes- ha perdido una de sus orejas. Orejones, diría yo. Porque las tiene tipo soplillo. Enormes. Demasiado grandes para una pequeña y amorosa primate que emite soniditos guturales cuando le haces cosquillas, le das de comer un plátano o le mueves sus bracitos.

Moni perdió su oído de cuajo. Apenas dos horas después de salir de su enorme caja de cartón. Sin ataque previo. Sin que nadie le hiciera nada. Ni volteretas, ni lanzamientos por el aire, ni aplastamientos contra el suelo. De pronto: ¡pluff!, oreja al suelo. Incredulidad. Disgusto. Miradas de asombro a la pequeña bebé mientras ésta, tan Moni, tan mona, seguía sonriendo con sus enormes ojos azules. Embajadora de S.S.M.M., me toca saber qué pasó. Y qué hacemos con Moni. Y con su oreja. En esas andamos.

Sucede París y en la redacción de Interviú se nos encoge el corazón.  ¡Cómo no!. También somos semanario, también somos irreverentes, presumimos de comprometidos  y, por supuesto, de siempre, adoramos el humor gráfico. Transcurre la mañana despacio. En un momento, apenas horas después de la tragedia, mientras se conoce que alguien juega a crear falsas alarmas y que la policía acordona varios medios de comunicación, mi compañera Inma Muro y yo, nos quedamos, de repente,  solas en la revista y nos gastamos bromas de pésimo gusto. Quizás para sacudirmos el miedo. O la tristeza. O la rabia que sentimos mientras el mundo mira hacia la Torre Eifell con estupor. Llega el director, Alberto Pozas, y parece como que respiramos un poco. Seguimos bromeando. Por si acaso. Sin bajar la guardia.

Sucede París y ya vamos por un jueves. Me toca cerrar reportaje. Apresuradamente. De los míos, de los de médicos, como me dicen en mi entorno. De reclamación, de drama humano, de injusticia…Hablo con un hombre al que respeto. Se llama Eugenio y es gallego, como yo. El lunes conoceréis su historia en la revista. Comienza el año y me he propuesto ampliar temas, cambiar tercio, tocar otras historias…Seguimos.

Sucede París y el caos se siembra en Madrid por una caja de zapatos. Trabajo en un polígono comunicado con la ciudad, principalmente, por metro y cercanías. De manera que, en tarde de cierre, la del jueves, se complican aún más las cosas. Quienes tienen coche se brindan a llevar al resto hacia el centro. En el que a mi viene a recogerme, viajan ya dos personas. De las que han quedado sin transporte. Incomunicadas. Una, es una chica rusa. Muy simpática y muy guapa. El otro, un elegante francés que me pregunta -¡a mí!- cómo he vivido las últimas horas y, sobre todo, mucho por las chicas de nuestra portada. Imagino que por cambiar de tema y no pensar en la tragedia que asola su país, montamos una improvisada y divertida tertulia mientras dura el trayecto. Que si Belén Esteban, que si Terelu, que quién hace las entrevistas, que si…Después, pienso que debería haberle mostrado algún tipo de condolencia. Al francés. Pero no lo hice. La vida sigue.

lapizSucede París y a Alberto Gayo, que es adjunto al director de Interviú y tiene una creatividad desbordante, se le ocurre pintar un precioso corazón para regalar a los franceses. Se lo he pedido. Y me lo ha dejado para ilustrar este post. Me encanta.

Sucede París y llega el viernes. Remate de semana. Leo que la policía tiene arrinconados a los terroristas y que cree que el hombre que mató a una agente está vinculado a la misma célula que los hermanos Kouachi.  Y, de repente, sucede algo inesperado y tan curioso como que, muy de mañana, llega a mis manos una poesía infantil que va de lápices. ¡Sí, de lápices!. Como los de los dibujantes. Como los de los ilustradores. Como los de los humoristas gráficos. Como los que, imagino, habría por todas partes en la redacción del semanario  ‘Charlie Hebdo’. Y me pega un vuelco el corazón. ¿Habrá sido el acto intencionado de una profesora? ¿Su tributo? ¿Por qué justo hoy llega a mis manos una poesía que habla de un lápiz, en la semana en la que lapiceros y bolis se han blandido en alto en honor a los muertos de París?. Increíble.

IMG-20150109-WA0008Así que sucede en Madrid que me viene una y otra vez a la cabeza esa poesía que va de lápices.  Y, al tiempo que voy por la calle, intentando no tropezar, me toca repasar el poemita. Por cierto, su autor es el maestro y poeta asturiano Alfonso Pascón. Y es entonces cuando leo esto. Siento que no existe mejor homenaje hacia mis compañeros asesinados que esta estrofa infantil que, casualmente, hoy viajaba en la mochila de una niña de Primaria y que ha llegado a mis manos y que reproduzco a la derecha (incompleta, tal y como está escrita). Reza así:

Un lápiz pequeño

sin rayas ni estrellas,

sin goma ni adornos

y hasta sin banderas.

Debes colocarlo

en su propio reino

y hacerle un gran trono…

 

 

 

Publicado en Sin categoría | 4 comentarios

‘Operación Camaleón’

2014-11-10 13.10.24Vuelvo de Málaga. Viajé con un objetivo concreto que he bautizado como ‘Operación Camaleón’. Con esto vengo a decir que esta entrada no será una crónica de desarraigo, ni expondré una situación de desamparo, ni abordaré un tema de denuncia social, ni tan siquiera mencionaré un asunto relacionado con salud. Vamos, que solo hablaré de camaleones. Sin más. Aviso a esos navegantes que luego me recriminan no haber escrito una historia de las que suelo acostumbrar. Otra advertencia, este post es de esos de churras y merinas. Mezclo ideas varias. Quizá sin mucho ton ni son. Quien avisa…

Me centro en la idea principal que es relatar la ‘Operación Camaleón’. Arranca un día en el que un niño –amante de los animales en general y muy fan de los camaleones en particular- averigua por su cuenta y riesgo que, en Málaga, existe un lugar, único en España que, para resumir, se dedica a la recuperación y la conservación del camaleón común, (chamaeleo chamaeleon), una especie originaria de Málaga -también de Huelva o Cádiz, pero menos-  y en peligro de extinción.

El niño se pone en contacto con el centro y pide que le dejen pasar allí una jornada cuidando de los reptiles. Insólita petición que, lógicamente, ha de llevar la firma de un adulto -la que esto suscribe- y que, a decir de algunos allegados, nos convierte en una pareja un tanto friki. “¿A quién se le ocurre ir a Málaga a ver camaleones?”, “¡¡Estáis fatal!!”- nos dicen. Consideraciones que me traen sin cuidado porque de lo que se trata es de hacer que se cumpla un pequeño sueño. Y para eso, una siempre se presenta voluntaria. “¿Qué es la vida si no soñar?”, suelto muchas veces a modo de provocación….”Plaf, plaf, plaf…Baja a la tierra, que aquí te esperamos“, me suelen contestar mientras sonríen. Yo, ni caso. Además, cuando a los niños se les mete entre ceja y ceja algo, no hay quien les frene. De manera que, a modo de cómplice, me veo envuelta en un operativo que ahora relato en este blog.

La respuesta de Málaga tarda unos días en llegar. Pero llega. Desde el Centro de Recuperación del Camaleón  contestan que estarán encantados de recibir al visitante. La ilusión del crío, indescriptible. La emoción, inmensa. Las perspectivas, maravillosas. De manera que, sin más espera, parte la expedición caminito de Málaga. Ahí me veo yo, un lunes soleado, encabezando una comitiva a la que esperan con curiosidad. Explicación: sí, son muchos los colegios que visitan el centro. Es más, cada curso pasan decenas de escolares por su aula educativa. Pero lo que les llama la atención es que un niño tenga la iniciativa de dirigirse a ellos y se traslade desde Madrid con el único afán de compartir una jornada camaleónica. Así que el niño y sus acompañantes, casi sin quererlo, se convierten en estrellas invitadas en las instalaciones municipales, ubicadas a las afueras de la ciudad, en un paraje precioso.

La última vez que yo había viajado a Málaga -bonita donde las haya, dicho sea de paso- fue la pasada primavera para entrevistar a Cristina Rosell, una de las protagonistas de un reportaje sobre personas con Síndrome de Down. A Cristina, por cierto, me la encontré en esta ocasión paseando por el centro de la ciudad. Tan guapa y simpática como siempre.

 Pero vamos al camaleón, que es de lo que va esta historia. Para situarse. El camaleón común es una especie designada como de ‘Régimen de Protección Especial’. Hace años, en Málaga, según me contaron, te encontrabas a uno de estos reptiles en cada esquina. Era tan corriente como ver largartijas. Ahora, son ejemplares amenazados. La presión urbanística y la agricultura intensiva le están dejando sin su su hábitat natural. Eso, sin contar con quienes cogen a los reptiles como mascotas y luego, cuando se cansan, los abandonan o venden en un mercadillo.

Foto: Gennady Fiksman

Todo esto, y mucho más, estresa a los camaleones. Sí, sí, estresa. Y cuando un camaleón se estresa, cambia de piel. De repente está verde y momentos después tipo morado, o marroncillo o verdoso. Y no solo cambia  el color, también los lunares de su piel. Amarillos, azules, naranjas…Curioso, ¿verdad?. Una nunca llega a imaginar que acabará viendo, en vivito y en directo, como es una cría de camaleón o aprendiendo cosas como que su lengua tiene aproximadamente la misma longitud que el cuerpo o puede mover sus ojos de forma independiente –uno mira hacia Murcia, el otro hacia Albacete, por poner un ejemplo- y se alimentan de grillos que, a su vez, comen zanahoria rallada. La de cosas que quedan por aprender. Falta tiempo, no ganas.

Camaleon pequeña

Foto: Gennady Fiskman

El Centro de Recuperación del Camaleón se encuentra en el parque zoosanitario de Málaga, que depende del área de Medio Ambiente del Ayuntamiento. Allí se recogen animales abandonados que muchas veces, cuentan, llegan en condiciones penosas. Hay perros, caballos, gatos, hasta dos monumentales iguanas… Esas mascotitas tan monas que se compran y, cuando molestan, se despachan. Animales que también se pueden adoptar. Aquí hago llamamiento. Si buscáis perro, no lo compréis. Como en Málaga, en muchos otros lugares hay decenas de perros buscando dueño. Dicho queda.

De los camaleones se ocupa Joaquín Santaolalla, que es veterinario. Joaquín, que de reptiles lo sabe todo, ha atendido a decenas de camaleones. Algunos, son entregados, por ejemplo por el Seprona, en terribles condiciones, explica, mientras enseña a un ejemplar con la columna maltrecha tras ser atacado por un gato. Con sus cuidados, casi todos los reptiles han salido adelante. Joaquín los cuida con mimo y esmero. Le encanta su trabajo.

2014-11-10 13.04.36Además, y eso es casi un hito, en cautividad, en Málaga, han nacido un buen número de crías. Ya van 104 ejemplares. El objetivo es siempre soltarlos en cuanto pueden valerse por sí mismos, para que retornen a su hábitat natural, explica el veterinario. En el centro existe una zona que recrea ese entorno que Joaquín enseña con orgullo. Es algo así como un espacio para que los reptiles tengan su entrenamiento antes de volver a campar a sus anchas monte adelante, que es donde tienen que estar.

Todo esto y mucho más sucede en Málaga. Podría haber sucedido en Vitoria, Murcia o Pontevedra. A veces, una tiene que salir de sus cuatro paredes para darse cuenta de que el mundo se extiende mucho más allá de las tramas, las investigaciones periodísticas, las corruptelas varias, las sesiones parlamentarias, las tertulias políticas, los trapicheos sanitarios, las denuncias de contenido social…Otras, tiene que ser un niño el que muestre a los adultos la de cosas interesantes que hay por ver, por conocer, por contar…que nada tienen que ver con lo que vemos y contamos cada día. En mi caso, después de unas cuantas semanas informativamente duras, la ‘Operación Camaleón’ me ha ayudado a poner las cosas en perspectiva. Eso siempre es bueno.

¿No son en realidad las historias pequeñas las más importantes?. ¿Las que de verdad hacen ilusión?. ¿Esas que nos mantienen vivos?. Escribo esto mientras conozco la resolución de un suceso terrible, el del niño de la maleta. Me ha impactado especialmente. No solo su muerte, sino su vida. ¡Debió de ser tan dura, pese a lo pequeño que era!. Me da por pensar en él, porque leo que, antes de acabar en las vías del tren en Asturias, vivía en Málaga. Y me da por imaginarlo entre camaleones, viviendo otra vida tan diferente a la que le tocó conocer. Y así, entre ensoñaciones, pongo punto y final a este camaleónico post.

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

No seas tú quien me ponga límites

Imagen_Fundación-ALPEHay historias e historias. La de esta niña es tan cruda que cuando la escucho pienso que no hay ficción que pueda superarla. Quien la cuenta, que es trabajadora social del Ayuntamiento de una gran ciudad, casi no se da cuenta de su dureza hasta que la verbaliza. Se excusa explicando que son tantas las historias descarnadas escondidas en las carpetas de su mesa de trabajo que, a veces, teme convertir en una roca a aquella adolescente que fue y tendía a la sensibilidad. Lo que sí sabe la trabajadora social es que si se deja llevar y se hunde con cada expediente, no resolverá nada. “Estaría todo el día con el kleenek”, precisa. Por eso, cuando supo del caso de Cata, que es la niña de esta historia, no se dejó arrollar por tanta miseria y peleó por buscarle salidas. No era fácil la verdad.

Cata tiene 10 años. Nació con acondroplasia, una alteración genética que conlleva enanismo. De tan escasa incidencia que se da un caso entre cada 15.000 niños. Para Cata lo del enanismo era casi lo de menos. Y es ahí donde se pone todo el acento de esta denuncia que la trabajadora social me hace llegar. En lo que marca la diferencia entre nacer en una familia con o sin recursos. A Cata le tocó la opción B. Su madre se crió en centros de menores porque, a su vez, su madre era toxicómana y no podía hacerse cargo de ella.  La mamá de Cata sobrevivió. Entre alcohol y otras sustancias. Tuvo a un hijo, hoy todavía niño. Después, vino la niña. Llegó “chiquita” y la madre, muy tocada, como la abuela, lo asumió como normal.

Durante años, con los niños pequeños, vivieron como okupas. Aquí y allá. Después, entre unos y otros, todos gente de bien como se puede comprender, les consiguieron una vivienda. Medio digna, dirá la trabajadora social, si se tiene en cuenta que las cucarachas tamaño XXL campaban a sus anchas y otras lindezas similares en una familia que llena la nevera a base de ayudas. “¿Pero tú pasas hambre Cata?- le preguntó una vez la educadora. “No –contestó la cría- pero muchos días comemos macarrones con tomate”.

A Cata la operaron tres veces para conseguir alargarle unos centímetros. En una de ellas, le rompieron el fémur. Una burrada. Sucedió en un hospital de esa ciudad grande donde vive. Como la casa estaba en condiciones tirando a chungas, la niña cogió una infección. Suma y sigue. Es la sentencia de nacer en una familia con dificultades económicas terribles, lamenta la trabajadora. Existe en Málaga una unidad de referencia a donde podría haber ido. La dirige el doctor Felipe Luna, jefe del Servicio de Cirugía Ortopédica y Traumatología del Hospital Clínico Universitario. Allí se opera a niños llegados de toda España.

(Gracias a esas operaciones –enlogaciones óseas se llaman- los niños con talla pequeña consiguen ganar en torno a 40 centímetros, aproximándose así a una estatura casi normal en un país donde ser bajito es más que habitual. Centímetros que, me contaba una madre, a los críos y a sus familias, no solo les dan la vida a nivel estético, sino que les permiten una mayor independencia. Por cierto, otro día contaré el porqué en España las familias prefieren que los niños se operen -la intervención es dura y complejao- frente a familias como las estadounidenses o alemanas donde las personas con enanismo no optan por la cirugía).

En el caso de Cata, su suerte estaba echada. Para ir a Málaga hace falta dinero y, en su casa, de eso no había. Así que ahí se quedó. Hasta que llegaron dos ángeles de esos que a veces pasan por la vida sin avisar. Uno, en forma de trabajadora social. La otra, en forma de Carmen Alonso, que es coordinadora de la Fundación Alpe, de la que hablo más adelante y es la que más y mejor conoce lo que les preocupa a los afectados españoles.

Las dos se pusieron manos a la obra y han conseguido que la niña y su madre, que ya no consume porque sabe que si consume no tiene para darle de comer a los niños y por ahí no pasa, en unos días vayan a tener la oportunidad de, en el caso de la cría, ver el mar por primera vez. Es más, por vez primera saldrá de su ciudad. Eso, la tiene loca. De alegría. Porque, lo mejor de toda esta historia, es que, cual heroína de tebeo, Cata es una niña feliz. “Y si le preguntas, dice que está super bien. Siempre. Se despierta cada día con ilusión de afrontar sus retos, de estudiar, de “crecer” -a todos los niveles- y de exprimir su vida y sus oportunidades”, cuenta la trabajadora social.

Este cuento -tan real, por otro lado- viene a cuento de que hoy finaliza en Gijón el V Congreso Internacional en torno a la Acondroplasia y otras Displasias al que, por cierto, estaba invitada, pero al que no pude ir por cuestiones de actualidad fáciles de comprender. Bien. En Gijón, durante tres días, se han reunido algunos de los mayores especialistas mundiales y, como explican desde la Fundación Alpe, que todo lo organiza con mucha profesionalidad y mucho amor, cientos de afectados y familiares para compartir información, experiencia y emociones. Se habló de investigación, los médicos valoraron a los afectados -sí, allí mismo, una costumbre importada de las grandes convenciones de Little People of América, que es la primera vez que se hace en España- y, por supuesto, se trató el tema de clichés.

Pues eso. Toda la suerte del mundo a esas familias. Que bien que lo merecen. Y un guiño a Cata. Que lo pase “super bien”.

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

Entrevista a un psiquiatra disidente

DSCF1276

Allen Frances. Foto: Gennady Fiksman,

Hace unos días, la editorial Ariel me propuso entrevistar al neoyorkino Allen Frances. Un reto teniendo en cuenta su perfil: reputadísimo psiquiatra, profesor universitario, conferenciante y, atención, presidente del grupo de trabajo del DSM IV y parte del equipo directivo del DSM III. Para situarnos, el DSM -en sus siglas en inglés- es el manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. Una mal llamada “biblia” de la psiquiatría -eso me lo dirá Frances a lo largo de la entrevista- en la que los profesionales tienen las pautas para diagnosticar trastornos y tratar a sus pacientes. Hasta ahora, al menos, si el DSM decía que tal comportamiento podía catalogarse como un trastorno, el resto del mundo decía amén. Por absurdo que fuera. Digo hasta ahora porque Frances visitó España este mismo mes para presentar un libro titulado “¿Somos todos enfermos mentales?” en el que cuestiona abiertamente la última edición del DSM -la quinta, en la que él ya no participó- por considerar que se ha hecho de forma descuidada y, lo que es peor, ciertamente peligrosa.

Todas estas cavilaciones la vierte en el citado libro en donde, no solo carga contra su propio gremio entonando una suerte de ‘mea culpa’, sino que, sobre todo, denuncia abiertamente lo que considera abusos de la psiquiatría. Lo que viene a decir, avanzo a modo de simplista resumen, es que existe un exceso de diagnóstico psiquiátrico y que estamos todos empastillados –sí, también los españoles porque se molestó en enterarse de cómo están la cosa por estos lares- cuando muchos de los problemas cotidianos que tenemos podrían resolverse sin fármacos y, desde luego, sin quedar etiquetados como un trastorno mental. 

Antes de proseguir, un consejo: “Nadie que lea tu articulo debe dejar de tomar la medicina que esté tomando”. Frances sabe de lo que habla. En caso alguno quiere que nadie utilice sus palabras y pretende evitar manipulaciones. “Ya estoy siendo citado amplia e incorrectamente por cienciólogos y otros grupos rabiosamente contrarios a la psiquiatría”, asegura en el libro.

El doctor Frances es un señor de aire deportivo y aspecto despreocupado. De esos personajes que, cuando entrevistas, te mira directamente. De los que, más allá de soltarte el rollo promocional de su libro, te contesta con detenimiento. Lo normal, diréis. Pues no. Por experiencia, os digo que no. Ni es habitual que todo el mundo te mire a la cara cuando te habla -desconfiad de los que no lo hacen-, ni tampoco que un personaje se trabaje cada entrevista como si fuera la única que está concediendo. Para la entrevistadora, un placer.

No era la primera vez que, en boca de otros colegas suyos, escuchaba el mensaje que lanza el psiquiatra norteamericano. Sin embargo, él va un paso más allá. Desde la cordura y el sentido común. Sin alarmismos. Con argumentos sólidos y explicaciones convincentes. Pero sin miedo alguno. Por ejemplo, a poner nombres y apellidos a “las actuales falsas epidemias de la psiquiatría”, es decir, los trastornos con más probabilidad de ser diagnosticados y tratados de manera excesiva. Tres le preocupan especialmente, porque atañen a los niños: el autismo, el trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDHA) o el trastorno bipolar infantil. De los desmanes que se han llegado a producir da idea lo que cuenta a continuación: “La falsa epidemia de bipolaridad infantil sucedió a pesar de que habíamos rechazado el concepto en el DSM IV. Algunos investigadores de Harvard, que eran como líderes de opinión, dieron muchas conferencias que convencieron a psiquiatras infantiles, pediatras o médicos de familia que todo tipo de problemas de comportamiento en la infancia eran un desorden bipolar y debían ser tratados con medicación, incluso en niños de 3 años. Sin considerar los riesgos a largo plazo de un cerebro joven sometido a ese tratamiento. Para algunos niños, la medicación es beneficiosa, pero ha de ser evaluada muy cuidadosamente y es solamente un último recurso”. 

Cuando Frances llega a España, ocurre un suceso terrible en Madrid. Una madre acaba de matar a su hijo de dos años. La mujer, parece que tiene antecedentes de depresión. Toco el tema. La mayoría de las personas con enfermedad mental no comenten actos violentos. Suelen ser más las victimas del crimen que criminales violentos. No es útil pensar que podemos prevenir la violencia de manera simple o directa, pero es muy útil proporcionar acceso fácil al tratamiento para la gente que tiene una enfermedad mental, especialmente si tiene un historial que contiene violencia y, sobre todo, abuso de sustancias”, ataja.

Los recortes en servicios sociales y sanitarios, dice, han tenido efectos demoledores en ese sentido. En Estados Unidos, en los últimos años, se han cerrado medio millón de camas en hospitales psiquiátricos. “No proporcionamos suficiente cuidado psiquiátrico o viviendas en las comunidades para cuidar a toda esa gente que fueron dados de alta. Como resultado, tenemos un millón de pacientes psiquiátricos en la cárceles y cientos de miles de personas sin techo con enfermedad mental”, afirma.

Porque, en el meollo de todo lo que expone este asiduo colaborador de algunas de las más prestigiosas publicaciones estadounidenses, está que se trata demasiado a quien no lo necesita y se está dejando sin atención a quien de verdad sí tiene una enfermedad mental que se debe atajar de forma urgente: “La mayoría de medicamentos psiquiátricos los recetan los médicos de Atención Primaria después de 10 minutos con un paciente al que a menudo no conocen o al que probablemente conocen en uno de los peores días de su vida. Además, bajo la enorme presión de las industrias farmacéuticas. Cuanto más sepa el paciente y más preguntas haga, menos tratamientos innecesarios y dañinos habrá. Una diagnosis rápida y descuidada pueden causar problemas que durarán una vida entera. Es muy difícil dejar de tomar una pastilla porque muchas van asociadas a síntomas de abstención graves”, indica.

2014-09-29 17.57.41Es esa presión de las farmacéuticas -“se gastan dos veces más en márketing y en política que lo que gastan en investigación y el público tiene que entender que no lo hacen para ayudar la paciente, si no para  elevar los sueldos de sus ejecutivos”, advierte-  la que, también en España, está provocando un  abuso de los fármacos psiquiátricos (un 20 por ciento de los norteamericanos toman esta medicación) para “problemas que sería más fácil solucionar con el tiempo, tu propia resistencia y, a lo mejor, la psicoterapia. En Estados Unidos, los narcóticos sin receta se están dispensando sin ningún tipo de control, así que tenemos más sobredosis y muertes por estos medicamentos que por la cocaína o la heroína que proviene de la calle”.

Le pregunté al doctor Frances si se considera un médico valiente por poner patas arriba lo que en estos años han venido postulando algunos de sus colegas. “No –me respondió-. Tampoco creo que esto me haya granjeado enemigos. La gente que tiene sentido común, tiene la misma perspectiva que yo”. Y su sentido común, añade, dicta que, por ejemplo, es un absurdo hablar de psiquiatría preventiva. “España tiene en este momento un paro altístimo. Me consta que es difícil para la gente joven conseguir empleo y la situación es terrible. A la gente le rompe el corazón, le hace sentirse triste, se preocupan por el futuro, pero eso son reacciones humanas normales a la pérdida y al estrés. No son una enfermedad psiquiátrica, a no ser que los síntomas sean muy severos, incapacitantes o con pensamientos suicidas. Si tiene síntomas severos debería ser tratado inmediatamente. Pero si tiene síntomas comprensibles, no tiene porqué”.

Dice Allen Frances que ha escrito este libro porque quiere cumplir con dos propósitos: alertar a las personas que no necesitan tratamiento para que lo eviten y animar a quienes sí lo precisan a que lo soliciten y lo sigan”. Ni más ni menos. Lo dice muy serio. Desde la experiencia de quien define la psiquiatría como una profesión noble e indispensable, en el fondo sana, y extremadamente eficaz cuando se practica bien“. Casi una hora de entrevista y una lectura detallada de su libro, le cargan de argumentos. Pero, sobre todo, dan mucho que pensar. Una lectura absolutamente recomendable si os interesan este tipo de cuestiones.

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

El niño

El niño va solo. Me doy cuenta al momento porque coincidimos en el paso de peatones, camino del tren de cercanías, en el centro de la ciudad.

El niño parece decidido. Enfila las escaleras mecánicas sin titubear. Aparenta que sabe bien a dónde se dirige. De alguna manera, no intencionada, sigo sus pasos. Siempre me llama la atención ver a un niño solo en una ciudad grande como Madrid. Se me disparan las alarmas. Instinto maternal.

Calculo su edad. ¿10? ¿11? ¿12?. Desde luego, no más. Es delgadito y va bien vestido. Tiene cara de sueño. Al llegar a la estación, parece dudar. Sin embargo, no es la primera vez que ha estado allí, porque mira hacia los paneles donde informan de la llegada y salida de los trenes como si ya conociera el procedimiento. Simplemente, parece no tener clara cuál es su vía. Al final, siempre seguro, le veo que opta por preguntar en la ventanilla.

Intento no ser paranoica. Sigo mi ruta. En el andén, a punto de coger el tren, volvemos a coincidir. Subimos al mismo vagón. Me siento a su lado (de forma intencionada, esta vez). No sé qué hacer. ¿Le digo algo?. Me muerdo la lengua. En realidad, no se le ve desamparado. Aunque, en el fondo, le doy vueltas a eso de hasta qué punto es normal que un niño –porque se le ve muy niño- viaje solo en un tren de cercanías, por corto que sea el trayecto.

A todo esto, él tan tranquilo. A su bola. Me mira, pero porque yo le miro. Yo le miro, porque no sé si debo decirle algo. Así vamos. Tanteándonos. A nuestro lado, una señora mayor. Cerca, dos vigilantes de seguridad. Desde fuera, parece que el niño viaja con una de nosotras. Nadie pensaría que circula solo.

Llegamos a una estación. La señora se baja. Los vigilantes, que parecen seguir la pista a unas carteristas, por lo que comentan entre ellos, prosiguen su rumbo. Entonces, ya no puedo aguantar más: “¿Vas tú solo?”, le suelto como quien no quiere la cosa. “Sí, voy a tal sitio”, me contesta sonriente. Su destino, a unos 20 kilómetros del corazón de la ciudad. ¡Ah!”, digo yo. El niño no me da pié a más. Muy educado, vuelve la mirada hacia la ventanilla. Pienso que, quizás, desconfía de mí. O que, simplemente, no quiere darme explicaciones. Le dejo tranquilo.

DownloadedFile-1El tren se queda parado un rato en la estación. Lo increíble –mira que es casualidad- es que, por la ventanilla, veo un gran panel que publicita la Fundación ANAR (Ayuda a Niños y Adolescentes en Riesgo) que conozco bien. Trabaja en la protección de la infancia y colabora en la localización de menores desaparecidos. En 2013, el Teléfono ANAR para casos de niños desaparecidos (116000) atendió 229 casos. Más de la mitad, eran por fugas; el otro 19,6 por ciento por secuestros parentales y un 18,8 por ciento estaban relacionados con situaciones en las que los menores habían sido echados de casa.

Pienso si el niño está viendo lo mismo que yo. El gran panel. Quizás ni le haya prestado atención. Ni parece secuestrado, ni perdido, ni que se haya fugado. Sigue tranquilo. Pega la nariz a la ventanilla y disfruta con el trayecto. Tiene las manos pequeñas y las uñas un poco comidas. Lleva zapatillas de moda y luce melenita. Va sin mochila, sin móvil. Puede que lo lleve en los bolsillos de su pantalón de cuadritos. Se le ve absolutamente despreocupado, espabilado y como aleccionado en el sentido de no pararse con nadie desconocido, ni hacer caso a extraños. Esas cosas que los padres siempre soltamos a los hijos.

Sigo dándole vueltas a si debo -o no- hacer algo.  En la cabeza, llevo el run-rún del pederasta que secuestró a las niñas en un barrio de Madrid y al que todavía no han cazado. Ojalá pronto. Por otro lado, me digo si estaré un poquito pesada, metiéndome donde nadie me está llamando y quizás acabe liando la que no deba.

Total que me bajo en la siguiente. Y ahí lo dejo. Tan pancho. Con cara de que alguien le espera y llegará a buen puerto. Mirando el paisaje por la ventanilla. Por cierto, feo a rabiar en las afueras de la ciudad.

A lo largo de ese mismo día, y de los sucesivos, hago una encuesta en mi entorno: ¿consideras normal que un niño vaya solo en un tren de cercanías?; ¿y si hubiera sido una niña de esa misma edad?;  ¿tú le habrías dejado?; si en lugar de ir solo por la ciudad lo hubieras visto en un parque, ¿te habría llamado la atención?…

Obtengo respuestas para todos los gustos. Desde quien recuerda que, cuando nosotros éramos niños, íbamos solos de aquí para allá –a esa edad, claro está- sin que ello entrañase peligro alguno, hasta quien piensa que lo correcto es que los menores vayan siempre acompañados. Por si acaso y al menos hasta determinada edad.

Recuerdo, de pronto, un estudio que recibí hace unos días. Lo firmaban la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria y la Fundación Mapre. Revelaba que un 10 por ciento de los menores españoles de 12 años se quedan solos en sus domicilios en algún momento lo que, lógicamente, representa un mayor riesgo de accidentes. No hay más que repasar las noticias de sucesos de vez en cuando.

El asunto es que, ya rozando agosto, se me ocurre escribir un último post veraniego sobre ese pequeño trayecto en tren con un niño de no más de 12 años que viajaba solo. No es más que una reflexión. Sobre cómo debemos protegerlos, si siempre podremos hacerlo y hasta qué punto debemos darles alas para que descubran este mundo que tantas veces, y en tantos lugares, les resulta tan hóstil.

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario