Que 20 años no son nada

Adrián Pérez Ortiz me recuerda, de cuando en cuando, el tiempo que llevo sin pisar este blog. Adrián es amigo de Interviú. Llegó a esta revista siendo un chaval. Por supuesto, detrás, traía una historia que contar, que acabó siendo reportaje. Siempre dice que aquel reportaje le ayudó a creer en sí mismo. Y le dio fuerza para resolver su batalla. La de David contra Goliat. Ganó. Aunque, Goliat sigue por ahí, campando a sus anchas. Pero ganó. Y eso es lo importante.

Adrián forma parte de mi club de fans. También Francisco, que hace unas semanas se arrancó con un insólito regalo que tuve que devolverle porque, por su valía, sobre todo sentimental, resultaba inaceptable. Argumentó que me lo merecía, porque fui de las pocas personas que le escuchó. De Francisco hablé en este mismo blog. Su historia, cuanto menos, singular.

Dije por primera vez que quería ser periodista cuando apenas tenía unos diez años. No sé por qué. No me venía de familia. Bueno, rectifico. Con los años me di cuenta de que una tía abuela, Aurora, fue corresponsal de ‘El Progreso’, el periódico de mi ciudad, Lugo. Contaba la actualidad de un precioso pueblo llamado As Nogais, el pueblo de mi abuela materna. Quizá de ahí me vino la cosa. El asunto es que la primera vez que verbalicé que quería ser periodista, siendo muy niña, fue a unas primas mías. En una tarde de piscina. “Eso debe ser como ser electricista o algo así“, me contestaron impertinentes porque, entiendo, en su universo de futuros estudios jurídicos o económicos, les sonaba a ser muy pringada (falta de razón no les faltaba, todo hay que decirlo). Aquello me dolió. Pero seguí con mi idea.

Acabé siendo periodista. Entré -muy jovencita- en Grupo Zeta. Mi casa durante toda mi vida laboral. La única que he conocido. Recuerdo, con cariño, a Antonio Asensio, su fundador. Su amplia sonrisa cuando te lo encontrabas en un acto. Recién llegada a la empresa, me mandó una pluma, unas Navidades, para agradecerme mi trabajo. Con nota de afecto incluida. Me dejó KO. ¡Vaya detallazo!.  Parecía poner cara y nombre a todos y cada uno de sus empleados. Por muchos que fuéramos. Era un poco como el patrón del barco. El que nos llevaría a buen puerto.

Interviú lo ha sido todo para mí. Cuando llegué, por primera vez, hace más de 20 años, de la mano de Agustín Valladolid, me asusté. Imponía aquella redacción. Tan masculina, tan aguerrida, tan dada a la copa y el puro cuando caía la tarde. Tan canalla. Me costó entender a esos compañeros. Eran tipos duros aquellos. Sí, imponían un poco. Daban miedito. Sobre todo porque notabas, casi mascabas, que en aquella redacción de reporteros de la vieja escuela, tú no eras más que una niñata que no pintabas nada. Tan correctita, tan modosa, tan acostumbrada a las ruedas de prensa y las notas oficiales. Salvando los iniciales resquemores, sin embargo, la mayoría me acogió con los brazos abiertos. Mi primer reportaje en esta revista iba sobre el dinero que, ya entonces, empezaba a mover el mundo gay en materia de ocio. Con Antonio Pardo -irrepetible- y el fotógrafo Fernando Abizanda, otro grande de esta cabecera. ¡¡Vaya tardes me dieron por Chueca, entrando y saliendo de los sex shops!! “Esto es reporterismo, guapa”, me decía Antonio cuando yo abría la boca alucinada ante sus comentarios. Dos reporteros irreverentes, inusuales, impertinentes, ingeniosos. Enormes. Divertidos. Únicos. Incorrectos políticamente. Tuve la suerte de conocer la vieja escuela de Interviú. Tan divertida. Tan entregada. Tan diferente a lo que yo había vivido hasta entonces. Tan diferente a la que viví después, cuando poco a poco esos veteranos fueron desapareciendo y nuestra redacción se volvió un lugar mucho más formal. Más aburrido, también. Quizás más operativo, todo hay que decirlo.

Más de veinte años en Interviú dan para mucho. Es, sin duda, de las mejores escuelas que hay en este país. Historia muy viva del periodismo español. Imprescindible en la hemerotecas. Punto y aparte. Aquí, en esta redacción, ya lo he dicho en otros post, lo pasé “que te cagas” como, a modo de resumen, diría otro compañero irrepetible, Juan Luis Álvarez, Fiti, del que tanto sigo acordándome. También sufrí, claro. Peleé mucho por hacerme mi hueco. Por encontrarme a mí misma como periodista. Por ganar en seguridad y hacerme visible, dentro y fuera de esta redacción. Lidiando con mis inseguridades, que entonces eran muchas. No siempre ha sido fácil. Sería absurdo decir que todo fue rodado. Costó, pero valió la pena. Sin duda. Sin ninguna duda. Convencer en determinadas esferas de que este era uno de los medios de comunicación más rigurosos de este país y que de nada valían los prejuicios ante determinadas portadas, resultaba titánico. Cansino, frustrante, agotador.  ¡Cuántas veces tuve que escuchar la bromita de “¿pero es para salir en portada?”!. Un clásico. Pero también era sumamente reconfortante cuando ya empezaban a llamarte para que les hicieras hueco entre tus reportajes. Curioso que, a los que enarbolaban la bandera de los más liberales, fuera a los que más había que convencer. Si algo he aprendido en todos estos años es que la tolerancia se escribe andandito. Que todos estamos llenos de contradicciones y que, ojo, cuidado, con los que se erigen en defensores morales de nada. Todo es un gran teatrillo -el periodismo, por supuesto, también- y, salvo lo verdaderamente importante, el resto no hay que tomarlo muy en serio. Ni creerte nada.

_MG_2518Con Interviú, viajé por toda España –también cayeron varios viajes internacionales que plasmé en reportajes como este–; casé a un príncipe (hoy Rey)  cubriendo su boda en Madrid un día de mayo que llovía a chuzos; y, con una tripa monumental, porque estaba embarazadísima, acompañé, casi hasta el altar, a la hija de un expresidente del Gobierno llamado José María Aznar en El Escorial (Madrid). Una boda llena de bigotes. Cuando digo casi al altar es prácticamente literal. Tan embarazada estaba que los tipos de seguridad me obligaron a sentarme por si me ponía de parto en pleno evento. Aquello, sospecho, hubiera causado un buen revuelo.

Para esta revista cubrí los terribles atentados del 11-M en 2004 -imposible olvidar aquellas escenas de familiares y heridos llegando al hospital Gregorio Marañón; imposible no escuchar el silencio que aquella mañana recorrió las calles de Madrid- o, durante semanas, con mis compañeras Inma Muro y Esther Ortega, viví por y para las noticias generadas en torno a un virus terrible que, de forma imprevista, llegó a España: el ébola.

Con Interviú vibré con ‘Operación Triunfo’ y sus cantantes; conté, semana tras semana, los entresijos detrás de ‘Gran Hermano’; me camuflé como clienta de un reputadísimo doctor francés para, tumbada en la camilla, descubrir qué llevaban esas agujas misteriosas con las que pinchaba a señoras tan estupendas como Isabel Preysler y las dejaba maravillosas. Con Interviú, me hice pasar por mujer de mi querido Fiti para comprar una casa; por compradora de medicamentos ilegales para descubrir una trama farmacéutica…Con Interviú aprendí a ser mejor persona, conocí a gente interesantísima, tuve la oportunidad de ver mundos muy diferentes –que nunca había visto–; de preocuparme por lo que asolaba a colectivos de todo tipo, clase y condición. Lloré más de una vez viendo realidades completamente injustas. Que yo no conocía. Que hay mucha fatiga por ahí adelante y hay que contarla. Por solo una persona a la que, con alguno de mis reportajes, haya podido ayudar, ha valido la pena todo esto. A ellas, a esas personas, me toca agradecer que me abrieran los ojos, que ensancharan mi mundo que, mil y una veces, me dieran enormes lecciones de dignidad pese a su sufrimiento. Lecciones que, he de decirlo, pocas veces aprendí en los despachos.

10006033_734503729904460_7626358153353874744_oCon Interviú recorrí Córdoba, Lleida o Málaga con excepcionales chavales con síndrome de Down mucho más capacitados que algunos de los que juzgan sus capacidades; acompañé a moribundos capaces de dar lecciones de vida extraordinarias; entrevisté a curas y a prostitutas, intentando siempre hacerlo con el mismo respeto con el que me gusta que me traten a mí; a grandes ejecutivos y a enormes trabajadores que apenas si sacaban un salario para dar de comer a sus hijos;  a padres de niños con rarísimas enfermedades que buscaban esperanza y luchaban como jabatos; a madres coraje, dispuestas a todo por sus hijos, mujeres extraordinarias; a médicos de todas las especialidades, a enfermeras valientes…Conocí a personas maravillosas que, tengo la certeza, de ningún otro modo hubiera podido conocer.

Con el tiempo, otro director, Manuel Cerdán, decidió que los temas médicos vendían. Y, casi sin quererlo, comencé a especializarme. Si mi padre, médico, hubiera visto todos los temas sanitarios que publiqué en Interviú…Creo que un poquito orgulloso se hubiera sentido. No pudo ser. Como la vida está llena de casualidades, hace apenas unos días entrevisté -en uno de mis últimos reportajes- a un médico que conoció al doctor Salinas, mi padre. Fue un momento de gran emoción.

Con Interviú me colé en hospitales para destapar sus miserias y relatar sus grandezas, que son muchísimas porque tenemos una sanidad pública que es espectacular pese a todos los escollos; “mangué” bandejas de comida, también en hospitales, para analizar su calidad; seguí la pista de afectados por todo tipo de dolencias, escuché sus reivindicaciones e incluso, también embarazada, y esto es verídico, tuve que ver como, ante una emergencia, y tumbada en una camilla (otra vez), dos médicos, que cinco minutos antes eran todo simpatía, me abandonaban –vamos que se piraban y me dejaban en manos de una enfermera ojiplática- tras confesarles (aturdida y sin darme cuenta) que trabajaba en esta revista. Ocurrió en un gran hospital de Madrid. Supongo que imaginaron que iba de infiltrada para destapar algún escándalo. Desde entonces, nunca volví a identificarme cuando pisé un centro sanitario. Voy de incógnita. Aprendí lo que impactaba decir que eras de Interviú. Eso, marcaba la diferencia. Hasta entré en un quirófano –a puntito estuve de desmayarme- con motivo de un reportaje sobre trasplantes de órganos para ver cómo, contrarreloj, un grupo de médicos extraía los órganos de un hombre fallecido demasiado joven que, después, daría la vida a otras personas. Una aventura extraordinaria.

Cfsq636W4AENXZfEn  Interviú entrevisté a políticos, a cantantes, bailarinas, escritores, actrices,  toreros…Hasta, no hace tanto, a una de las diez enfermeras que asistieron a Franco en su agonía en La Paz de Madrid.  Una exclusiva que quedó eclipsada por los terribles atentados de París. Asistí a congresos, a fiestas divertidísimas, a conciertos surrealistas, a citas únicas…En los últimos meses, tuve ocasión de saludar,  junto al resto de la redacción, a los Reyes de España, que vinieron a visitarnos. Mil y un recuerdos que vienen de golpe. En Interviú me codeé con malotes, pendencieros y villanos (algunos simpatiquísimos, todo hay que decirlo) y con gente que ocupaba puestos de altísima responsabilidad, gente importante, de la de verdad,  y que, sin embargo, hacían gala de una enorme humildad.

Con Interviú, hasta gané un par de premios. El Línea Directa de 2012 y el Albarelo, del Colegio de Farmacéuticos de A Coruña, en 2016. Dos reconocimientos inesperados. Momentos muy felices. Felicísimos. De los que quedan para tu particular baulillo de recuerdos.

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En Interviú conocí elperiodismo de investigación, un género casi en vías de extinción en esta profesión nuestra que hoy trabaja tan en precario. Que está tan maltrecha. Que tan difícil resulta ejercer porque cuando no te vapulean de un lado, te dan del otro. En la que consagrados compañeros engrosan las filas del paro y otros tantos  malviven a no se cuántos euros la pieza.  El periodismo de investigación –al menos para mí- es lo más de lo más. Esa sensación de tener algo y comenzar a tirar del hilo. Ese gusanillo…Ese estrés de llamadas, preguntas sin respuesta, descubrimientos inesperados, malísimos ratos, ese venirte arriba e irte abajo…Ese tirarte al ruedo, con tu redactor jefe pisándote los talones y esperando que vuelvas con algo bueno. Ese “¡¡¡sí!!!!!, ¡¡Lo conseguí!!”Ese pensar que te estás equivocando. Ese saber que tienes algo entre manos. Intenso, duro, estresante hasta puntos insospechados, divertido muchas veces, terrible otras tantas.

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Interviú ha sido una lección de vida para mí. Aquí tengo compañeros que hacen un periodismo fuera de lo común. Preciso, riguroso, detallado, documentado y, sobre todo, muy valiente. Periodismo de autor diría yo. E independiente. Que aquí sabemos lo que es trabajar a nuestra bola, sin presiones, sin intentos de manipulación. Oro molido. Compañeros que lo dan todo por sus reportajes y sus portadas. Sin escatimar horas. Es más, rascándolas de sus vidas personales por mantener esta cabecera en pie. Periodistas que nunca son protagonistas de nada, y que, sobre todo, creen en su revista y la defienden ante quien haga falta. Lean Interviú, señoras y señores. Háganme caso y lean esta revista.

IMG_20161212_205329Hoy me he marcado este post porque se lo debo a mi pequeño club de fans. Que sí, que  los tengo. Poquitos, pero muy, muy valiosos. Los mejores del mundo. He sentido la necesidad, casi imperiosa, de escribir lo que siento. Y contar que dejo Interviú después de media vida. Me cuesta verbalizarlo. Casi me ahoga decirlo. ¿Qué será de mí ahora cuando levante un teléfono y no diga: “¡Hola!, soy Nieves Salinas, de Interviú”?. Imagino que más de un gabinete de prensa (de hospitales, consejerías, sociedades médicas)…se alegrará. En el buen sentido lo digo. Entiendo que durante estos años he tocado mucho las narices en algunos ámbitos. Pero esa es la fórmula: investigación, denuncia y portadas espectaculares. Eso es Interviú. Detrás de mí, otros tocarán las narices. Que para eso estamos.

Emprendo otra ruta. Ha sido una decisión muy, muy difícil. Y apenas he tenido tiempo de contarlo.  Así que he rebuscado la contraseña de mi blog –tan abandonado en los últimos tiempos- y, sin esperar un minuto, vuelco sentimientos -por cierto, algo muy sano, absolutamente recomendable- para comunicarle a mi querido club de fans que nos veremos en otros foros.

Así que, sin más, gracias Alberto Pozas, mi director durante tantos años por tantos momentos compartidos. Gracias Luis Rendueles, Ana Pascual, Miguel Ángel Plaza (Budy), Ignacio Andrade, Marisol Romero, Thais Escamilla, Jesús Santiago, Rafa Negrete, Carlos Rubio, Carlos Barrio, Ana de Blas, Luis Miguel Montero, Adela Sánchez…por todo lo vivido. Gracias Alba Guerrero, Vanesa Lozano y Reyes Tatay y mucha suerte. Gracias a los compañeros fotógrafos -a Guillermo Navarro, Jorge Peteiro, Jorge Ogalla, Alberto Paredes, Eva Peñuela, Jordi Parra, Carlos Puga…, por citar solo algunos- que me han acompañado en mis viajes, en mis investigaciones, en mis reportajes. Sin vosotros, imposible. Gracias, cómo no, a todos los muchísimos -y buenos- compañeros de Grupo Zeta con los que también he pasado momentos de los que no se olvidan.

Bj0dFcFIUAAh0sg.jpg_large[1]Gracias, de corazón, a Juan José Fernández, Inma Muro, Alberto Gayo, David Arnanz, Esther Ortega y Soledad Juárez por acompañarme en esta larguísima andadura, por abrazarme cuando hizo falta y por hacerme reir tantas veces, compartiendo mis miedos, alegrías, éxitos y fracasos, ilusiones, preocupaciones, mi vida personal…

Pero, sobre todo, gracias a los que han leído mis reportajes. A quienes me han dejado entrar en sus casas; a quienes me han confiado sus vidas y me han dejado conocer sus inquietudes más íntimas para poder contarlas. A quienes han pensado en mí para denunciar una situación injusta o desvelar alguna tropelía. Ya lo he dicho antes: por una sola persona a la que haya podido ayudar con esos reportajes, todo esto ya ha valido la pena. No hay mejor premio.

Hasta pronto. En cualquier sitio y cualquier momento, volvemos a vernos.  Al fin y al cabo, veinte años no son nada. 

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Que 20 años no es nada

En septiembre de 2013 publiqué en Interviú un reportaje sobre abusos sexuales en deporte infantil. Alguien me había dado una información que consideré relevante y ahondé en un asunto tan turbio como horrible. Fue un tema complejo. Nadie quería saber nada. Me costó más de una bronca. Recuerdo haber discutido con directivos del Consejo Superior de Deportes y con una investigadora catalana que decía estar muy preocupada por el asunto pero que, finalmente, dejándose llevar por toda clase de prejuicios, consideró que no le apetecía hablar del tema. Topé con un muro de silencio que relaté en un post que titulé ‘El depredador’.

A raíz de ese reportaje recibí un mail. Alguien me pedía que investigara sobre un caso. Había ocurrido hace muchos años. En Alhama de Murcia. El correo rezaba así: “El tema que te voy a explicar es bastante complicado, pero en principio te diré que ha estado motivado por una información que nos ha llegado a un grupo de personas de un pequeño pueblo donde estuvo trabajando una persona que, parece ser, ha recibido dos denuncias por abusos a menores en Tenerife. A esa persona se le hizo salir de aquí (la historia es muy rocambolesca y hasta a mí, muchos años después, me cuesta  asimilarla) sin que se interpusiera ninguna denuncia, por lo que, como entenderás, nunca hemos sabido como proceder, aun sabiendo que el personaje en cuestión seguía en otro lugar como maestro y como entrenador. El tema, periódicamente hablando, tiene muchísima molla, pero creo que han prescrito los delitos cometidos aquí al haber sobrepasado los 20 años desde los abusos…”.

Quien firmaba el mail era una mujer. Hablaba en nombre de un grupo de deportistas y, tras mucho insistir, apuntaba directamente al supuesto abusador: Miguel Ángel Millán, entrenador, hoy en boca de todo el mundo. Solo hay que echar un vistazo a la prensa. Durante meses, entrado ya el 2014, intenté que aquel grupo de Alhama diera un paso adelante. Les animé a denunciar. Pensaba, sobre todo, en evitar otros casos. Ellos insistían en que seguía en activo. Soy madre. Me ponía en el pellejo. Temblaba solo de pensarlo. Incluso, consulté con un investigador de confianza y le pregunté que podíamos hacer. También, alguien me sugirió el nombre de Antonio Peñalver, el único medallista olímpico murciano, entonces director general de Deportes de la Comunidad, como uno los afectados,  y barajé hablar con él. Desistí. “Si no hay denuncia. Si todo ha prescrito. ¿Cómo va a querer encontrarse conmigo?”, pensé.

Al final, lo dejé todo. Aunque nunca olvidé el tema. Me escocía pensarlo. Por el motivo que sea, vi que por más que insistía con los atletas murcianos -les ofrecí viajar a Murcia, conocerlos, hablar sin compromiso…- nadie quería dar un paso adelante. Miedo. Miedo. Miedo. Tampoco en mi entorno me animaron demasiado. “Si ellos no denuncian, no hay tema”, me insitían. Hablábamos de un entrenador de élite. De la ‘creme de la creme’ del atletismo.

Sabía que un día este tema saltaría. Guardé una carpeta con todos los datos recopilados. Los que me contaron desde Murcia. Por ejemplo, sobre el  chalet de Sierra Espuña donde se cometían los presuntos abusos. Nunca me olvidé de que, hasta no hace tanto, ese entrenador seguía en activo.

Por el motivo que sea -lo desconozco y soy la primera sorprendida- ese grupo de Murcia ha decidido dar un paso al frente en otros medios. Toni, que es quien contactó conmigo, aparece hoy contándolo todo en el diario El País. Rememorando esos abusos de los que hablaba conmigo vía mail. Ahora, todos hablan lo que antes, entiendo que por miedo, callaron.

Siento rabia. Sí. Y no solo en el plano periodístico (que también, no nos vamos a engañar…) Lo que de verdad me duele es que se ha perdido un tiempo precioso en el que nadie sabe lo que ha podido pasar. Quizás debería haber insistido. Ese investigador de confianza me dijo el otro día que no me culpabilice. Que poco podía haber hecho yo. Me queda la duda. Tal vez, de no haber claudicado, se podrían haber evitado otros casos. En realidad, lo único que pienso es si, de alguna manera, he sido cómplice de ese silencio que, en como en tantos casos, tan brutal es para las víctimas. Que, por favor no olvidemos, son niños y niñas.

Pienso ahora en la valentía de ese joven atleta de Tenerife que, por fin, ha conseguido parar los pies al depredador. Muy bien por él. Ojalá muchos.

Muchos más.

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Historia de un cuadro

Esta es la historia de un cuadro. De un cuadro que un día acabó aparcado en un contenedor. Resumiendo: en la basura.

La historia arranca en verano. Un retén –pintores, acuchilladores…- se dispone a entrar en una vivienda de Madrid. Lavado de cara. Puesta a punto. Pequeña reforma.

En la casa, como en todas, se acumulan los trastos. Momento de abrir armarios, vaciar estanterías, revisar cajones y tirar trastos inútiles. Muchos.

Captura de pantalla 2016-09-27 a las 15.52.11Aparcado en una esquina, tras un armario, hay un cuadro. Regalo de la pintora lucense Paula Salinas. El apellido no es pura coincidencia. Paula es mi hermana. Su cuadro, una obra antigua, de cuando estudiaba en la Facultad de Bellas Artes de Madrid. Nunca llegó a adornar pared alguna. Por motivos hoy inexplicables, como tantos otros objetos que dejas en una esquina y ahí quedan durante años.

Cuando llega el momento de deshacerse de trastos, el cuadro va de avanzadilla. No, no es un acto irresponsable. Tampoco una decisión alocada. Es más, acaba en la calle con permiso de su autora a quien, antes, se le comunica. Ella lo da. Es una obra primeriza, repite. No le gusta. Casi un experimento de su época universitaria. “¡Es horrible!, ¡adelante!“, dice. ¡¡¡Cuadro fuera!!!!.

Pasa el verano y pasa la vida. Cada uno a lo suyo. Comienzo de curso. ¿Quién recuerda ya el cuadro?. Los trastos no dejan huella. O eso pensamos. ¡Qué equivocados!.

Sucede, entonces, algo increíble. Carambolas de la vida, Paula Salinas, entra en una página web llamada Todocolección. “Un mercado online de antigüedades, arte y coleccionismo, donde comprar, vender y subastar toda clase de objetos coleccionables”, reza en su quienes somos.

Y, en el apartado de arte, luciendo como nunca, aparece el cuadro de Paula. ¡¡¡¡¡¡El de la basura!!!!!!!. Su precio: 800 euros. Ni más ni menos. Perplejidad.

Captura de pantalla 2016-09-27 a las 15.53.20Paula me llama. Sí, a mí, la (i) responsable de que una obra de arte haya acabado en la basura, la que ha perpetrado la tropelía. No me queda otra que admitir que, en mi afán por deshacerme de cuanto pensaba que estaba de más en mi casa, arramplé con cuanto me cruzaba por el camino. ¿A quién se le ocurre algo así en una ciudad donde las basuras tienen vida propia, donde centenares de personas recorren cada día los contenedores en busca de tesoros ocultos?.

Confirmado el despropósito, las dos nos quedamos tiesas. Del contenedor el cuadro ha pasado a ser objeto de venta en una página de coleccionistas. 800 euracos. Sin palabras. ¡Qué mal me siento!. Parece irreal.

Captura de pantalla 2016-09-27 a las 15.52.36En la página de coleccionistas, la obra de Paula Salinas luce esplendorosa. Pronto nos damos cuenta de que, quien se ha topado con el cuadro en el contenedor, se ha molestado en averiguar quién es su autora. En la venta, ofrece todo lujo de detalles. Se equivoca en algunos. Como la fecha de nacimiento. Le ha echado unos cuantos años encima. Además, ofrece varias fotos. Incluso deja constancia de la firma. Sólo consuela pensar que quien se lo ha encontrado -desde ese momento su dueño se mire como se mire, pese a la rabia que una pueda sentir- lo mimó, lo valoró, lo vendió con cariño. Pensamos que entiende de arte. Al menos, dentro del gran despropósito, cayó en buenas manos. El vendedor, insisto, cuida los detalles. Ofrece varios planos. Plasma la firma. Para que se vea su autenticidad. Para que nadie dude que lo que se ha topado en plena calle no es un cartelito cualquiera. Dignifica el trasto. Ante nuestro estupor, el cuadro se revaloriza. Alguien creyó en él. Desde luego, mucho más que yo. Más que su propia autora. ¡Qué sinsentido!.

Captura de pantalla 2016-09-27 a las 15.52.48Paula y yo apenas hemos tenido tiempo de hablar en estos días de esta historia. Tan bonita. Tan surrealista. Tan increíble. Tan absurda. Que merece ser contada. Sólo supe, rápidamente, que un amigo suyo, por curiosidad, se puso en contacto con el vendedor y, al indagar sobre el origen de la pintura, éste (un tío honrado) admitió que lo había encontrado en la basura. Le honra.

A día de hoy, el cuadro ya no figura en el catálogo de la web. La venta, si es que la hubo, debió de ser reciente. Quizá alguien, probablemente un vecino con el que me cruzo a diario, tiene hoy unos cuantos euros más en el bolsillo. Mejor no pensarlo. No hizo nada ilegal. Aquí, la única culpable, la que esto escribe.

Aunque Paula Salinas le reste importancia y diga que no pasa nada, que era una obra de la que no se sentía especialmente orgullosa, siento que he metido la pata hasta el fondo. Son muchos los que en estos días se han echado las manos a la cabeza cuando les he contado lo sucedido. “Pero, ¿estás tonta?, cómo pudiste deshacerte de algo así?. Yo lo hubiera comprado”, me dicen.

No tengo excusa. Cuando me pica la conciencia, me repito que pedí permiso a la autora para aparcarlo frente al contenedor. Queda claro que no era una de mis obras favoritas. Porque Paula Salinas es una pintora excepcional. Sí, es mi hermana. Pero, además, es una pintora excepcional. (Conste que no lo digo yo sola, sus éxitos la avalan). Tengo la enorme fortuna de lucir en mi casa gran parte de su obra. Un lujo.

El cuadro de tonos amarillos tuvo mala suerte. Por mi mala cabeza. Pero de alguna manera, como cada vez estoy más convencida de que existe eso que llaman justicia poética, ha tenido una segunda oportunidad. 

Que la vida no siempre es justa es algo que ya todos sabemos. Que no todo el mundo tiene la suerte que se merece, también. Que yo tenía que escribir este post para restituir el honor de un cuadro que acabó en la basura y luego volvió a la vida, era una urgencia.

Por fin, lo he soltado.

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Estoy por llamar a ‘El Langui’

 

Sucede algo. Esta misma mañana. Lo cuento rapidito, no vaya a ser que se me olviden los detalles. Que sirva de denuncia. Que, quien lo tenga a bien, y espero que sean unos cuantos, lo expanda para que a alguien se le caiga la cara de vergüenza. Que se sepa en los despachos y oficinas, que circule a la velocidad del rayo entre las asociaciones, que llegue hasta las autoridades correspondientes y a los mandatarios políticos. Esos que tienen la capacidad de, a golpe de teléfono, cambiar las cosas en cuestión de minutos. Sobre todo cuando se destapan. Aunque, seamos realistas, sean de esas cosas que solo te importan cuanto te tocan de cerca.

Sucede algo delante de mis narices y hasta ahora no me había dado cuenta de lo injusto y amoral que es. Primero, el contexto. Mi revista está alojada en un edificio a las afueras de Madrid. Junto a un polígono (feo, no nos vamos a engañar). Cuando no vengo en coche, lo hago en Cercanías de Renfe. Esta mañana, un viernes cualquiera, cojo el tren. Un poco de música y algo de trabajo. Quince minutos preciosos para recibir y mandar mensajes, enterarme de lo que pasa y organizar algunas cosas. Mucho sueño por una mala noche y sensación de resaca. Eso viene a cuento de algo que después diré.

Mi parada, pequeñita y bastante dejada, se llama Ramón y Cajal (abajo, la foto testimonio) y corresponde a la del hospital del mismo nombre. Por tanto, es habitual que en el tren coincida con pacientes que vienen camino del que es uno de los grandes centros sanitarios de Madrid. Se les distingue porque muchas veces, despistados, preguntan. A menudo, son personas muy mayores. Otras, familias con niños. Casi siempre, con cara de preocupación.

Esta mañana, en el tren, venía una madre con un chico, ya mayor, con discapacidad. Me dio la impresión de que tenía parálisis cerebral. No podría asegurarlo. La escena me la topé al bajar porque, hasta entonces, no había reparado en ellos. El andén de la estación es estrecho. De tablones viejos (repito, abajo foto ilustrativa, de cosecha propia, tomada rápidamente). De esos que crujen cuando llevas zapatos de tacón. Ahora, están en obras. En ese lado, el que se ve en la foto, no había tornos para acceder al tren. Es decir, subías directamente. Muchos, me cuentan, se colaban. Lógicamente, eso, a Renfe, le preocupa. No que los tablones crujan, ni que tengan que echar sal en invierno para que no se resbale la gente y, mucho menos, claro está, que no exista un mínimo de accesibilidad para las personas que van al hospital. Así que la compañía está construyendo unas pequeñas instalaciones en las que hay unos tornos para que nadie se cuele. Parece que les queda poco.

Cuando el cercanías paró y abrió las puertas, vi que la madre intentaba bajar al chico –que apenas andaba- con ayuda de otro viajero. Tarea titánica si se tiene en cuenta la altura del escalón para descender al andén. De repente me acuerdo con mi madre, a la que tanto le cuesta andar. Nunca, jamás de los jamases, podría subir a uno de esos trenes –ni a otros muchos- salvo que le pusieran una rampa. O que la lleváramos en volandas. Algo que, dado su genio y orgullo de señora de todavía muy buen ver, nunca consentiría. No es la primera vez que, en esta misma parada, veo a una persona mayor a la que, entre familiares y pasajeros, ayudan a subir al tren. En la parada de un hospital, repito. ¡Pero si yo misma a veces casi no puedo da la distancia que hay! ¡Por favor!. ¿Es que nadie se da cuenta de eso?.

Sigo. La madre y el chico logran bajar, muy malamente, a trompicones, del tren. Por supuesto, con ayuda del viajero solidario que coge al chaval por un lado. Detrás, otra viajera, a la que conozco de vista porque coincidimos en alguna ocasión, acaba de echar capotes. Ayuda a bajar la silla de ruedas del chico. Una silla muy simple, un tanto ajada. Pero el maquinista lleva prisa y, entiendo que sin intención, solo faltaba, cierra las puertas. La silla queda semi estrujada y se produce un pequeño griterío. “¡Es increíble!,. Pero, hombre, ¿no ve que está bajando el chico?. ¡Espere por favor!”. Veo la escena pasmada. Como el andén es estrecho se organiza un pequeño atasco. ¡Qué tremendo todo!.20160923_101625

Ya en el andén, los viajeros ayudan a la madre a colocar al chico en la silla. Y, por favor atención, ahí viene lo más grave. Lo que todo el mundo debería saber. Para que cambie. En el andén, la madre, exhausta, se enfrenta a la mayor de las soledades, al más grande de los retos: acceder al hospital  (en la foto, a lo lejos con pantalón rojo, se ve como empuja la silla camino del centro sanitario). ¿Cómo hacerlo si para llegar al otro lado de las vías, que es donde está el hospital, hay que bajar una veintena de escalones, atravesar un pequeño tunel y subir otra veintena?. ¿Cómo va a conseguir esa mujer llegar con su hijo?. ¿Es que nadie se da cuenta del reto que tiene por delante?. ¿Es que nadie ha pensado que esa parada corrresponde a un hospital y llega gente que no está en condiciones de emprender semejante viacrucis?.

No. Nadie lo ha pensado. O les importa tirando a nada. Que es otra posibilidad.

La vida, cuando andas, cuando te mueves, cuando nada te impide subir y bajar, es estupenda. Hasta las estaciones de tren resultan románticas.

Pero la vida, cuando tu movilidad es reducida, es otro cantar. Sin un ascensor, cruzar las vías de acceso al hospital Ramón y Cajal, es un infierno para muchas personas. Pero ninguna cabeza pensante ha querido reparar en ello. Vamos, que no les da la gana ni de contemplarlo. Lo de los tornos para que nadie se cuele, sí. Sin ascensor, la única forma de acceder al centro desde la estación es dar una vuelta de al menos un kilómetro. Empujando la silla.

Busco información sobre la accesibilidad de la parada de Ramón y Cajal. A ver si se me está escapando algo. Me topo con una carta que reproduzco por pública. Es de una trabajadora del hospital y la dirige al Ayuntamiento de Madrid. Me cuentan que, en la estación de la localidad madrileña de Ciempozuelos, sucede lo mismo. Mi compañero David Arnanz acaba de encontrar otra foto denuncia. Va a continuación. Que alguien tome nota.

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Por la parte que me toca, esta mañana estaba tan atontada que no fui capaz de reaccionar y ayudar a esa madre a llegar a ese destino que, imagino, se le antojaba imposible. Vamos que, inútil de mí, no presté ayuda ninguna. Utilizo este espacio para denunciar lo que he visto. No es lo mismo. Imagino que quiero acallar mi conciencia.

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Protesta en la localidad de Ciempozuelos, Madrid. De lo más ilustrativa.

Lógicamente son muchas las asociaciones que llevan años peleando para que esto se solucione. FAMMA-Cocemfe Madrid  lo ha denunciado recientemente. Más del 75% de las estaciones de la red de Cercanías de Madrid  aún no cuentan con las debidas medidas de accesibilidad universal y presentan carencias importantes. Ni Renfe ni Adif, como responsables de esta situación, toman medidas para paliar la situación, aseguran.

La estación del Ramón y Cajal es uno de los muchos puntos negros que hay en España en cuestión de accesibilidad. Especialmente grave que suceda en el entorno de un hospital. Estoy por llamar a ‘El Langui’  para que se plante aquí. Él, que acostumbra a parar autobuses liándola parda, seguro que es capaz de atrincherarse y que, de nuevo, le abran las puertas de los despachos. Claro que, como se ponga, ya no para.

En cualquier caso, que se sepa. Quién sabe. Que por mí no quede. Por esa madre. Por ese chico. Y las escaleras insalvables. Esas que, para ellos, nunca debieron existir.

 

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Once años y una tarta de celebración.

Nos manda un mensaje y nos dice: Hoy hace once años de lo mío”. Ella se entiende. Nosotros, los cercanos, también. De hecho, este post es una actualización de uno anterior -de 2014- en el que, por las mismas fechas, mandaba otro mensaje. También enigmático. En plan clave. Hoy hace nueve años…”. Cojo el post anterior, lo bato un poco, lo remuevo, agito y aderezo, le quito -parte- y le pongo -cosas nuevas- y vuelvo a lanzarlo. Once años bien valen la pena.

Seguimos entonces. Y sumamos. Y alzamos la copa -sin alcohol- por ella y su triunfo. Sabemos lo importante que es la fecha. Y  esos once años. Con sus noches y sus días. Horas y minutos. Uno tras otro. Con sus más y sus menos. Los “me vengo arriba”, los “me hundo”  y “los me mantengo”. Una carrera de obstáculos. De tropezones. De caídas y subidas. De tentación, a veces. De voluntad, siempre. Desde que lo dejó.

Once años sin beber. El aniversario de una decisión: no volver a probar gota de alcohol. Ni en las tartas. Ni en los bombones. Ni en los solomillos. Ni en nada. Cero.

¿Once años ya?. Pero si parece que fue ayer. Cuando todo era caos, preocupación constante, tremenda tristeza, dolor…Once años que son un premio. ¿Cómo no sentir orgullo?. Solo quien ha vivido de cerca el infierno del alcohol, quien sabe de sus devastadores efectos, es capaz de comprenderla. Sí, porque es ella. Mujer. Y joven. Y guapa. Y de clase media alta. Vamos, lejos de los patrones habituales. Doble vergüenza. Más motivos para esconderse. Para ocultar.

Durante años -como ella misma dice cuando quiere desdramatizar- se lo bebió todo”. Hasta que un día –después de otros tantos días- dio el paso y entró en la consulta de un médico de Atención Primaria que, en lugar de lavarse las manos, como sucede en otras ocasiones, supo de su historia y decidió ayudar a quien –desesperada- buscaba ayuda. Hubo suerte. Topó con un médico bueno. Y no hablo precisamente de su profesionalidad. Dispuesto a saltarse papeleos y burocracias. A mojarse e, inmediatamente, movilizarse.

Porque si ella no hubiera dado el paso, nadie podía hacerlo en su lugar. Eso siempre quedó claro. Era ella la que tenía que decidir si quería o no acabar con aquello. De nada valía empujarla.

Los once años son el final –ese que en un alcohólico nunca está escrito- de una pesadilla de otros tantos en los que beber era el día a día. Cuando se estaba bien. Y cuando se estaba mal. También cuando se estaba regular. Siempre.

La adicción al alcohol es una enfermedad, diagnosticable y tratable. En España, se calcula que el 5,3 por ciento de la población y un 12,3 por ciento de los estudiantes de 14 a 18 años, presentan un consumo de riesgo… (Datos 2014 del Seminario Lundbeck Adicción al alcohol: viaje al interior de una enfermedad”) . El alcohol que arrasa con todo. Quienes conocen bien el tema siempre hablan del bebedor pasivo. De hijos, madres, mujeres, compañeros… De los accidentes, la falta de productividad, los costes directos e indirectos…También de que no llegan a tratamiento más de un 10 por ciento de los alcohólicos. Además, tarde. Con 10 años de retraso.¿Qué se puede hacer por ellos?. ¿Por esa bolsa de alcohólicos ocultos que poco a poco van machando sus vidas?. Sí, sí. Esos que todos conocemos. Vosotros también. Con historias completamente normalizadas. Me acuerdo, de repente, del conductor de una ambulancia al que conocí en un reportaje. ¿Es que nadie se daba cuenta de que aquel hombre no debería llevar a enfermos?. Solo había que mirarle. Olerle. Sentirle.

Lógicamente, hoy, pienso en ella. Que, en pleno junio, celebra aniversario. Once años ya. Parecía un imposible. Y lo logró. Toca, como dije antes, agitar un blog antiguo y darle nueva forma. Nueve y once no es la misma cifra. Son dos años más. De triunfo y valentía.

13305066_1138746206146875_1683509215810327994_oAsí que no se me ocurre mejor regalo que compartir con ella -que me consta es lectora fiel- algo querido para mí: un trozo de la tarta con la que el otro día celebramos otro aniversario: nada más y nada menos que los 40 años de Interviú. Se acaba la semana y apenas he tenido tiempo de escribir sobre semejante acontecimiento. Pero no quería dejar ir la ocasión de rendir un pequeño homenaje a mi revista en este post que surge de otro aniversario.

En Interviú lo he aprendido todo. Primero, a ser reportera. Y a hacer algo tan maravilloso -y tan difícil- como el periodismo de investigación. Pero también a ser persona. Mucho más abierta, tolerante, empática. Conocí a gente de toda clase y condición. Viajé muchísimo. Pasé ratos muy malos -de mucho estrés por esos reportajes arriesgados, difíciles y provocadores- y, sobre todo, ratos buenísimos. Me divertí mucho. “Que te cagas”, que diría mi compañero Fiti, al que tanto sigo echando de menos. Él tenía que haber estado esta semana con nosotros. De celebración. Por los pelos no ha llegado. ¡Si supiera la de veces que le hemos recordado en estos últimos días…!.

Y aquí sigo. Con el mismo estrés. Cerrando otro reportaje complejo. Que alguno preferiría que no viera la luz el próximo lunes. Pero para eso estamos nosotros. Para presumir de que no somos fáciles de amedrentar.

Obviamente no soy la misma chavalita confusa que, hace ya veinte años, llegó a la revista.  A una publicación que, para mí, tan pardilla entonces, me dejó impactada. Los que llegamos jóvenes ahora somos casi dinosaurios. Mucho menos divertidos, más seriotes, pienso a veces, que nuestros antiguos compañeros. Esos reporteros que marcaron escuela en el periodismo español en las páginas de una cabecera imbatible. (¡¡Cuánto te echo de menos Fiti…!!).

Aquí estamos. Al pie del cañón. Defendiendo nuestra revista a capa y espada. Ante quién haga falta. Porque creemos en ella. En lo que hacemos y en lo que publicamos. Todos estamos felices de haber llegado hasta aquí. Además, sumamos el éxito de una portada conmemorativa con la que hemos arrasado: la de Chenoa. Aún vivimos el resacón.

Cjz33cLUgAAkyEgEsa tarta con la que Interviú celebró su cumpleaños es también un poquito mía. Por eso, con mis compañeros, apagué las velas con tanta ilusión en una semana que ha estado cargada de emociones, risas, brindis y felicitaciones. Mi trozo quiero dedicarlo a quien hoy manda ese mensaje de otro aniversario: el de los once años.

Va por ti, querida. Con toda mi admiración.

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H de humanización

Se llama humanización de la sanidad y estoy segura de que ella, que acaba de salir del hospital, tras más de diez días mal durmiendo en un sillón reclinable, pegada a la cama de su compañero, nunca ha oído hablar del tema. Incluso quizá ni le importa. Conociéndola, le sorprendería. A ella, que es tan humana. Que no concibe otro trato, en el tú a tú, que no sea vía humanidad. Es la costumbre.

¿Acaso cabe otra forma de tratar a las personas que con humanidad? ¿Es que quizá debe sorprendernos que el trato cuando uno atraviesa un momento difícil -en cualquier escenario- sea afable o respetuoso? ¿Es de verdad tan inusual que las personas practiquen la empatía o que, en un hospital, un sitio donde a nadie le gusta estar, un sanitario te salude, te sonría un poco, te guiñe un ojo, te pregunte como estás o cierre la puerta con cuidado?

Eso me lo preguntaría ella. A mí, que algo conozco de estos temas, me tocaría explicarle que, desde hace tiempo, existe una corriente que aboga por humanizar el entorno sanitario y que, en los últimos tiempos, los políticos se llenan la boca anunciando planes con los que pretenden instaurar el buen trato a los pacientes, el respeto a su intimidad, a la toma de decisiones con plena autonomía, a la comunicación fluida, al máximo respeto… Que, entre los pioneros, está el médico Gabi Heras, especialista en medicina intensiva. En esta web, los detalles de su Proyecto HU-CI. Altamente recomendable pinchar el enlace.

“¡Qué cosas!”, me diría ella. Que hace apenas unos días, precisamente, me comentaba la brusquedad –cero malintencionada- de la médico que entró en la habitación para, en toda su crudeza, exponer la situación al enfermo y a su acompañante. “Hoy vino otra chica”, me aclara hace apenas unos momentos. “Más amable”, precisa. Y el matiz, en determinadas circunstancias, cuando estás asustada, es todo un mundo. Cambia la perspectiva. Al que está en la cama. Y a quien le acompaña.

“¡Pues me parece muy bien!”, me añadiría, al tiempo que, en uno de los muchos cafés que hemos tomado en estos días de hospital, le contase que humanizar es más que una palabra que empieza por H. Que esa H ya no es muda. Que son muchos los que piensan como ella. Que hay que volver a humanizar el entorno sanitario. Hacer la vida más fácil a los pacientes y sus acompañantes. Tratarles con afecto. Que obra milagros. Incluso de cara a la curación.

Que se lo digan a ella, al pie del cañón en una habitación donde las horas pasaban lentamente. Donde la rutina solo se rompía con las comidas, la limpieza del baño, la vía para poner la vitamina…Con ruido, por cierto, me explica, que hubo mañanas en las que el toque de diana era a las seis. Como si no estuvieran sufientemente cansados. Traqueteo de carros, timbres de llamada, conversaciones…¡Vaya usted a saber!. “Un poquito de silencio, por favor”, viene a decirme. Que no viene mal.

Vuelvo de pasar unos días -en modo apoyo- en ese hospital. Público, tamaño medio y, en el entorno, pequeños jardines plagaditos de margaritas, que para algo es primavera. No es lo mismo un centro que tiene un respiro donde los pacientes o sus familias pueden sentarse a tomar un poco el aire que un hospital-aeropuerto, todo hormigón y distancias enormes. Sin un triste banco, ni una friste flor. Sí, ya lo sé, lo que cuenta es la excelencia del centro, pero lo otro ayuda a animarse un poco. Desde el hospital que ha sido mi segunda casa estos días se veía, a lo lejos el mar y, también, las montañas. Todo suma.

Humanización es que, tras el impacto inicial, alguien, pongamos un auxiliar, entre y te sonría y, al paciente, le llame por su nombre. No es lo mismo Ángel que Antxón. Carolina que Marta. No es lo mismo que se dirijan a ti por tu nombre a que se refieran a tu persona como el de la habitación 235. Si te ponen nombre, te humanizan. Eres algo más que el de la tensión alta, la pancreatitis o las piedras en la vesícula. Eres persona.

Humanización es que, como a mí me pasó el otro día, en ese hospital del norte, el de los campos de margaritas, del que ya había oído hablar más que bien -ejemplo de hospital humano, me decían- te acerques a un control de enfermería, transmitas tus inquietudes y una enfermera, que de nada te conoce, te coja las manos y te las apriete fuerte y diga: “Hay que ser optimistas”. (Gracias enfermera).

Humanización es que a tu habitación llegue alguien a preguntarte qué necesitas. Si pueden ayudarte en algo. Simplemente a escucharte. Tranquilizarte. Darte esperanza. Aunque nunca antes te hayan visto. En ese hospital, el de las margaritas, hay gente maravillosa que en estos días se ha volcado con ella. La ha arropado cuando le ha hecho falta y yo quiero darles las gracias. Como a la enfermera.

La humanización debería extenderse como una mancha de aceite. Ser asignatura obligatoria. Contagiarse como la gripe. Pegarse como la cola. Practicarse a diario. Circular sin control. En los hospitales. Y fuera de ellos. En muchos otros circuitos.

Sin humanización, en realidad, no hay nada. Así que bien por los que apuestan por ella. Mejor nos irá a todos.

 

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El miedo

El miedo, por supuesto, es libre.

Martes de Semana Santa. El país a medio gas -la entrada de mails es el principal barómetro de días como este- y vuelve el miedo. Esta vez, a Bruselas, en Bélgica.

El miedo, en realidad, siempre está ahí.

DSCF0198 copiaPor motivos familiares, la pasada Navidad me metí en un avión rumbo a Nairobi, capital de Kenya. Por supuesto, iba con mucho miedo. Es más, a medida que se acercaba la fecha de salida, más miedo tenía. ¿En qué cabeza cabe coger un vuelo a un país que, según leía esos mismos días, está considerado por el Ministerio de Exteriores como punto caliente?.

Yo sabía que tenía que hacer ese viaje. Largamente planificado. Muy deseado. Pero, en aquellos días, el patio andaba más que revuelto por el mundo entero -París retumbaba en mis oídos- y volar a África se presentaba, cuanto menos, como una temeridad. En realidad, nadie comprendía porqué elegir semejante destino. También es cierto que muchos otros, envidiando mis vacaciones africanas, quitaban hierro al asunto y me animaban a no pensar en nada, a disfrutar de lo que me esperaba, a desafiar a quienes quieren meter miedo. Eso es lo que quieren -me decían- que tengas miedo“.

Desde Nairobi, comprendían mi inquietud. Pero, quien esperaba con los brazos abiertos, aseguraba que allí, en Kenya, todo estaba en orden. Que tranquila. Que no pasaba nada. Que el safari estaba listo, las tiendas preparadas, los coches a punto, los guías expectantes  y el parque nacional de Masai Mara, nuestro primer destino, recién finalizada la temporada de lluvias, lucía espléndido. Con más elefantes que nunca.

De manera que me lancé. Tipo mantra repitiéndome una y otra vez que loca estaría para arriesgar mi vida. Que todos los días y a todas horas, millares de personas viajan de un lugar a otro del mundo por negocios, por trabajo, por amor, para reunirse con los suyos, para escapar de vidas miserables, para volar en busca de sueños, para cambiar el rumbo de los destinos…Para huir, por ejemplo, del terror. Del terror que siembran los que obligan a miles de personas a pedir que les refugiemos.

Así que mi miedo y yo libramos una ardua batallla para meternos en ese avión confiando en que nada debía pasar. Y lo conseguí. Muertita de miedo, pero fui capaz de llegar al aeropuerto de Madrid y presentarme ante el mostrador de Ethiopian Airlines para coger un vuelo directo a Addis Abeba. El miedo se disipó cuando vi que, al igual que yo, otros tantos viajeros españoles cogían ese vuelo con destino a un aeropuerto, el de Bole, que se ha convertido en centro neurálgico de las conexiones intercontinentales.

Como el miedo es muy traicionero, opté por disfrazar el vuelo de aventura. Para mí y mis acompañantes. Por ejemplo, repetí una y otra vez a quien me quisiera oir, que nunca hasta ese momento había pensado que pisaría suelo etíope, llamé la atención sobre la belleza de las azafatas, lo curioso de la comida a bordo o el color de las mantas para taparnos.

DSCF0004 copiaEl vuelo transcurrió sin incidentes. Pasados los primeros momentos, el miedo fue quedándose agazapado y dio paso al sueño, el cansancio o la ilusión por la llegada al destino. El miedo escampó cuando África se presentó amaneciendo a través de la ventanilla. El miedo ya no existía cuando, a toda prisa, una furgoneta nos trasladó por las pistas del aeropueto de Addis Abeba rumbo a un nuevo avión que nos llevaría a Nairobi.

El miedo era sólo un mal recuerdo en los días que transcurrieron en un país maravilloso como es Kenya que tanto sabe de ataques terroristas, de amenazas. El miedo daba risa cuando una se encontraba en el Masai Mara, ese sueño convertido en parque nacional, donde todavía se puede ver un espectáculo tan increíble que parece irreal, propio de un documental de National Greographic. El de la vida salvaje.

El miedo dio tregua durante días. África es tan hermosa que si no existiera habría que inventarla. África es incomensurable. África es dignidad. Africa no es un país, como reza el blog del diario El País que coordina Lola Huete y cuya lectura recomiendo. África es mucho y diferente. Imposible no enamorarse.

DSCF0279El miedo volvió en Nairobi al entrar en alguno de los centros comerciales de la ciudad. Cuando te cacheaban para acceder a las tiendas, algo a lo que una no se acostumbra. El miedo estaba presente cuando, a un lado, y al otro, y al de más allá, veías decenas de soldados armados hasta los dientes, una imagen insólita para quien viaja desde un país donde, en la cotidianeidad, no ves armas. Afortunados que somos.

El miedo estuvo. Y se fue. Demasiadas vivencias para tenerlo presente. Bye, bye, miedo.

La vuelta a Madrid hizo que reapareciera. Pese a los recuerdos de esas manadas de elefantes que quitan el sentido, el señorío de las jirafas, la majestuosidad de los leones, las risas histéricas de las hienas, las noches a la luz de las velas, las conversaciones con el guía samburu, los sabias palabras del chófer Thomas…La felicidad.

En Nairobi, kilómetros antes de acceder al aeropuerto vía peaje, los viajeros están obligados a abandonar los coches y acceder a un control de seguridad. El objetivo, pasar un primer filtro antes de entrar en las instalaciones del Jomo Kenyatta. El control, más exhaustivo, se repite después. El vuelo Nairobi-Addis Abeba salió con retraso. Con el tiempito justo para darse una vuelta rápida por ese aeropuerto de Bola, quizás uno de los más bulliciosos que he visto y veré nunca. Las medidas de seguridad, extremas. Los controles, exhaustivos. Los soldados armados, por todas partes.

Ya a bordo, sin previo aviso, la compañía decidió que el que debía ser un vuelo directo Addis Abeba-Madrid incluyese una escala. Así, sin decir nada a nadie. En mitad de la noche, el avión aterrizó en El Cairo, Egipto. Para repostar, dijo una azafata cuando se le preguntó el por qué de la parada.

El miedo, entonces, reapareció con intensidad. Pese al cansancio, pese a los buenos recuerdos, pese a los mantras para mantener la calma.

En mis pies, descubrí una luz. Algo que parpadeaba. Miedooooooo. Porque juraría que esa luz no estaba cuando el avión despegó de Etiopía. O yo no la vi. Más miedo. Tirando hacia la escala de pánico. Y la mente disparada. Que si Egipto, que si esa parada imprevista, que si qué hacíamos allí parados durante tanto tiempo, que si quería salir ya hacia  Madrid…No, no puede ser, pensaba. Es imposible. Nadie se ha colado en el avión. Esto no puede estar pasando y por tanto, no es verdad…”, me repetía sin parar.

El miedo me obligó a llamar a una azafata. En voz muy bajita. No quería asustar a nadie y que se montase una escena de histeria colectiva. Pese al miedo, conseguí mantener el control. La azafata, miró hacia mis pies. Y me dijo que tranquila. Que nada pasaba. Pero, en cuanto me di cuenta, una sobrecargo ya estaba con su compañera atisbando esa lucecita que no dejaba de parpadear en mis pies y que a mí me daba mucho miedo. La sobrecargo miró y calló. Me dijo que esperase un momento, que llamaría a alguien. En dos segundos corría hacia mi asiento uno de los dos pilotos del avión. Muy alto. Con la cara desencajada. Con mucho miedo.

Se tiró hacia mis pies. Y soltó un enorme suspiro. Tan grande como él. Inacabable. “¡No, por favor!. Eso no es nada. Es un…(no recuerdo lo que me dijo que era, algo así como un sensor). Todo está bien”, me soltó de malas maneras. Normal. Le había dado el susto de su vida. Todavía camino de la cabina se dio la vuelta y me hizo la señal de la victoria. Lívido. Falsa alarma. Fuera miedo.

Sucede Bruselas y, en la cascada de condolencias, alguien dice en las redes que hoy, más que nunca, está prohibido tener miedo. Pero el miedo es libre. Yo, ahora, sé que hay muchas personas que tenían miedo a que yo cogiera ese vuelo rumbo a Kenya. Que no durmieron hasta que, en tierra, confirmé que todo OK. Sé, incluso, que hay quien me confesó que nunca habría hecho lo mismo. Y que, en Kenya, las compañías que viven del turismo se lamentan que de que se avecinan tiempos difíciles una vez más. Que nadie quiere subirse a un avión depende a qué destino.

Hay quien vive con miedo todos los días. Hay quien viene hacia nosotros huyendo del horror de guerras que nunca cesan. Familias enteras que buscan ese lugar seguro donde vivir sin miedo.

¡Qué absurdo, ¿verdad?! Vivimos sin miedo y apenas lo valoramos. Como si lo nuestro fuera lo normal.

El miedo está ahí, campando a sus anchas. Porque el terror, aunque queramos olvidarnos, acecha en cualquier lado.

De manera que, es difícil, pero hay que intentarlo.

Vivir sin miedo.

 

 

 

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Ahora vas y lo cuentas

La historia me llega vía Cáritas de Tenerife. La leo, me sorprende, por supuesto me interesa, y decido contarla. Pasarán unos días hasta que pueda pisar este blog y darle forma. El día es hoy. En ese cortito espacio de tiempo me doy cuenta de que cuántas cosas me quedan por saber. Porque, ¿quién no ha oído hablar de Las Patronas de Veracruz (México)?. ¿Quién no sabe que existe un grupo de mujeres que todos los días, desde hace más de veinte años, acude a las vías de un tren para ofrecer comida y bebida a los maltrechos polizones que viajan en el desvencijado ferrocarril?

¿Quién no ha escuchado nunca esa terrible historia de un tren de mercancías que cruza México, de sur a norte, al que apodan “La Bestia”, “El tren de la muerte” o “El devoramigrantes” y cuyo destino final es Estados Unidos? 

¿Es posible que alguien no haya oído que en ese infernal recorrido -cerca de 2.400 kilómetros en un trayecto que dura alrededor de 25 días- muchos de esos migrantes  desaparecen, otros resultan mutilados al intentar subirse a a lomos de ‘La Bestia’ (os ruego leaís este enlace) y centenares son víctimas de robos, extorsiones, torturas, secuestros, violaciones por parte de los cárteles de la droga y las maras que controlan las rutas migratorias y que “cobran” -hasta 100 euros-  de peaje por dejar que se suban en marcha a los vagones? Por favor, ¿es que nadie sabía que, si no pagan la mordida, les tiran a las vías?.

Pero bueno, seamos sinceros, ¿es que acaso nadie sabía que, ante semejante dramón, en 1995, de forma espontánea, como surgen las cosas importantes, un grupo de mujeres solidarias decidió organizarse para alimentar a esos viajeros de ‘La Bestia’ a su paso por La Patrona (de ahí el nombre), una pequeña localidad que pertenece al municipio de Amatlán de los Reyes, a 15 minutos de la ciudad de Córdoba, en el estado de Veracruz?

patronas2¿Cómo es posible no haber escuchado esa historia de que las voluntarias esperan el silbido de ‘La Bestia’ para, rápidamente, acercarse a las vías y lanzar a los viajeros unos paños de tela en los que envuelven tortillas, frijoles, arroz, pan, fruta y botellas de agua y que los migrantes, que van encaramados a la partes superior de los vagones de mercancía, extienden sus brazos para agarrar los paquetes que desaparecen de las manos de las mujeres en pocos segundos por la velocidad del tren?.

¿Puede existir alguna persona que no sepa que Las Patronas de Veracruz fueron candidatas al Princesa de Asturias de la Concordia 2015 en una campaña internacional impulsada por el obispo de Saltillo, Raúl Vera, a la que se sumaron los obispos españoles y que no fue una candidatura fácil porque parece como que el gobierno mexicano pasaba un poco y hubo que empujar -vía una plataforma de firmas- para que esa candidatura fuera una realidad?.

Respuesta. Yo, Nieves Salinas, reportera de Interviú, lo que me presupone cierto conocimiento sobre cosas que pasan, desconocía la gesta de Las Patronas de Veracruz. Es más, nunca había oído hablar de ellas. Y, la verdad, hasta vergüenza me da admitir no estar al tanto de esta hermosa historia de solidaridad que se remonta a hace dos décadas, una de tantas, seguro, que cada día protagoniza un grupo de gente anónima en cualquier rincón del mundo y que, como en este caso, no siempre tienen la cobertura que merecen.

Han tenido que venir las patronas a España -Galicia fue el inicio, el pasado 7 de marzo, de una gira de encuentros y conferencias (organizada por la Plataforma Noviolencia 2018) que finaliza el próximo 20 en Calatayud (Zaragoza)- para enterarme de quiénes son, de qué hacen, de cómo se organizan. (Gracias, por cierto, Cáritas Tenerife). Llevo varios días detrás de Norma Romero, la patrona de Las Patronas, la mujer que, con su familia, lo comenzó todo y lidera a esa quincena de mujeres que cada día cocinan para los migrantes de ese tren maldito.Casi, casi, conseguí hablar con ella, recién aterrizada en Canarias. Se me escapó. Me consta que son muchos los que quieren escuchar la realidad que viene a contar -sí, esa que nos queda tan lejana- y que trae una agenda llena de compromisos.

En realidad, de Las Patronas se ha escrito mucho. Cualquier referencia en la red, devolverá decenas de enlaces y magníficos artículos y reportajes. Hay también documentales.

Que yo no supiera de este grupo de mujeres valientes no significa nada más que muchas veces vivo en la ignorancia sobre cuestiones que bien vale la pena conocer. O que suceden muchas cosas y una no siempre está atenta a todo. Por eso, esta vez, utilizo este espacio del blog, para hacer de correveidile. Me sale, así de pronto, una expresión que escuché hace unos cuantos años a un pequeñajo con mucho gracejo. Ahora vas y lo cascas, dijo el niño con toda naturalidad. He reconvertido la expresión en título para esta entrada: “Ahora vas y lo cuentas”. Pues eso. Si os parece, ahora vais y lo contáis. En este caso, creo, bien merece la pena que se corra la voz.

PD. Las Patronas de Veracruz tienen página en Facebook y también cuenta en Twitter: @LasPatronas_dh.

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De vuelta

Casi dos meses sin pisar este blog. Dos meses intensos. Por el camino, la pérdida –brutal por inesperada, por irreparable, de un querido compañero-; un viaje, navideño, a Kenya –de los que te sacuden y, seguro, darán para más de un post- y hasta un par de comentarios a este blog que me han dejado KO. Alguien, se ve que un represaliado por alguno de los reportajes que firmo, me ha mandado mensajes en los que me desea todo tipo de males. Por decirlo suavemente. Lo cierto -soy una afortunada- es que es la primera vez que arremeten contra mí de semejante manera. Tras el shock inicial, me repongo  y vuelvo a la carga. Ningún descerebrado merece que deje de contar una historia. Sobre todo si es bonita, como la que conozco a través de Espíritu González.

Veamos. Espíritu González –pseudónimo de Javier Ramón González Martínez- es policía local en Torre-Pacheco (Murcia). Y criminólogo. Y maratoniano. Y escritor. Lo cuenta él mismo –y en este orden- en su web. Además de ser tantas cosas y aunque no lo conozco personalmente, tengo la impresión de que es uno de esos tipos que va por la vida cargado de entusiasmo –del bueno- y, con semejante equipaje, uno siempre arrasa. A través de Espíritu, conozco la publicación de  Entre superhéroes. La historia de Edu Balboa” (Círculo Rojo Editorial), su tercer libro. El libro de su vida -aclara él mismo- porque narra la historia de “uno de los policías más generosos que tenemos en España”.

libro-entre-superheroes3-1Edu Balboa es un tipo raro. Muy raro. No lo digo yo. Lo explica él mismo. Dice que así le ven algunas personas que no acaban de entender -¡¡¡ay,ay,ay, los prejuicios!!!- que un joven policía nacional se dedique a ir por fundaciones y hospitales con el único propósito de alegrar la vida de los niños con cáncer.  El libro narra sus peripecias y, sobre todo, su historia solidaria. A mí, sólo por eso, ya Edu Balboa del Cid -así se le conoce- me cae bien. Es más, me encanta que sea raro. Ojalá muchos fueran tan raros como él. Lo mismo que me encanta que Espíritu González se haya embarcado en dar voz a este personaje tan peculiar que, por si fuera poco, es amigo del mismísimo Spiderman y consigue que el superhéroe, en cuanto se le reclama, se presente en un hospital y muestre sus superpoderes a niños que, día a día, pelean sin descanso por salir adelante.

Cada año, en España se diagnostican cerca de 1.400 nuevos casos de niños con cáncer (aquí la fuente). El cáncer infantil es la primera causa de muerte por enfermedad hasta los 14 años. En Interviú hemos puesto la lupa sobre esta realidad en diferentes ocasiones. Justo hace ahora un año publiqué este reportaje sobre uno de los momentos más difíciles que atravesaron las familias.

Muchas veces olvidamos que hay niños y familias que están en un hospital batallando por sobreponerse a algo tan duro. Hoy mismo, desde la Fundación Aladina, recuerdan que cumplen diez años repartiendo sonrisas por los los centros sanitarios españoles. Toda ayuda es poca para quienes, en cuerpo y alma, se dedican a que la vida de estos pequeños sea mejor. Así que, por favor, pinchad enlaces, compartid, corred la voz, comprad este y otros libros…Para que los ‘edus’ que hay por ahí haciendo que este mundo sea un lugar más habitable -y que muchas veces no tienen visibilidad-, puedan continuar con su trabajo, para que no se sientan solos y, sobre todo, para que no dejen que nadie les haga creer que son unos bichos raros.

 

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Adiós a Fiti, enorme reportero

421049_338632522824918_134849093_nQuiero escribir pero no me salen las palabras. De repente, estás en la revista una mañana cualquiera y alguien llama para decir que tu compañero de mesa, tu querido Fiti, al que conoces desde hace tantos años, al que tanto admiras; al que tantas veces le has preguntado por cómo encarar este o aquel reportaje; al que siempre has escuchado con respeto por saber que era un maestro; el que tantas veces te ha hecho reír con sus historietas y tonterías; el que ponía la música –desde la copla hasta canción protesta- a todo volumen en las tardes tontas, el que…Te sueltan, así, sin prepararte, que Fiti –de nombre oficial Juan Luis Álvarez y uno de los más veteranos reporteros de Interviú- ha muerto. Y se te rompe el corazón porque no puedes ni concebir que nunca más Fiti vuelva a entrar en esta redacción. No puede ser posible. No me lo quiero creer.

En mi escritorio tengo una foto de mi compañero. La he elegido para ilustrar este post escrito a trompicones. Es lo único que se me ocurre para rendir un pequeño homenaje a mi compañero. Aunque, bien lo sé, él no lo necesitaría. Fiti no era de los que necesitaban esas cosas. Jamás fue un reportero estrella. Era, tan solo, un reportero. Con mayúsculas. Enorme, digno. Demasiados años en esta profesión, demasiados reportajes difíciles, demasiadas investigaciones a sus espaldas como para dejarse adular ni impresionar fácilmente. Fiti era de esos reporteros de los que ya no quedan. De los que creía en lo que hacía. Ese periodismo adusto, complejo, riguroso, sin concesiones…Ese periodismo, qué bien lo sabías compañero, que tan poco lucía y que tantos disgustos le dio, pero, como él mismo contaba cuando se ponía con sus batallitas, tan bien se lo hizo pasar. “¡Qué te cagas!”, aclaraba por si existía alguna duda.

Ese periodismo que tanto y tanto marcó su vida. “Cada nuevo reportaje es un exámen”, decía no hace mucho en una de las tertulias que, con otros compañeros, montábamos en el bar de Carmen (gracias Carmen, por consolarnos hoy con tanto cariño), muy cerquita de nuestra revista. Tertulias surrealistas, absurdas, espontáneas…Charletas que nos daban vida.

La foto que ilustra este post improvisado y tan triste representa al Fiti que yo quiero recordar. Al que tanto voy a echar de menos. Al divertido, faltón, simpático, irreverente, siempre con ganas de hacer reír…Era nuestra última tarde-noche en la madrileña calle O’Donnell, anterior sede del Grupo Zeta. Nos costaba mucho despedirnos de aquel edificio en el centro de la ciudad en el que pasamos tantos años y emprender la marcha hacia unas nuevas oficinas ubicadas en una zona mucho más alejada. Así que organizamos una fiesta de despedida. En la redacción teníamos un gran cartel de Marisol, portada emblemática de la revista, que a alguien se le ocurrió poner para que posásemos a modo de photocall. Allí nos hicieron esa foto en la que aparece Fiti tocado con una gran peluca afro y unas gafas que debió de mangar de cualquier mesa. Fiti en estado puro. A su lado, el también periodista Manuel Marlasca, que fue compañero nuestro, y la que esto firma. La foto es única. Irrepetible.

En fin. Poco más que decir. Hoy se nos ha ido Fiti y no hay ganas de nada. A mí, en el escritorio, me queda esa foto. A la foto y a su peluca me agarro porque no quiero llorar más. Ni pensar en que ayer mismo, ya de tarde, antes de dejar la revista, le hice otra de mis consultas sobre un tema que me preocupaba y él, que conmigo siempre se ponía muy serio (“dime Nievosky”, me decía con su mirada pícara, muy de reojo) me soltó lo que opinaba. Y, como siempre, le di más de una vuelta a lo que opinaba. Porque, que lo sepas compañero, es uno de los periodistas a los que más he respetado en todos los años que llevo en esto. Se lo dije a él. Y lo digo ahora. Así que..Adiós Fiti.

Hasta siempre compañero.

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