Soy un padre del siglo XXI y mi hijo fuma porros

Una china, un dilema. Foto: Alberto Gayo.

Una china, un dilema. Foto: Alberto Gayo.

En la banda sonora de los que hoy somos padres y madres de adolescentes resuenan los cuatro millones de rayas de Los Planetas, el exilio en el lavabo de Estopa, los camellos que no fían a Extremoduro, eso que hace volar a Fangoria o la china que sacaba el tron de los Ska-P. Canciones sobre drogas siempre se han escrito.

Los hijos nacidos con el final del siglo XX y el inicio del XXI, esos que tienen entre 12 y 20 años, deberían ser chicos y chicas privilegiados, tendrían que tener la oportunidad de hablar con sus padres sobre drogas de una forma sincera, normal. No quiere decir que esta tesitura se esté produciendo en cada familia en este mismo instante pero las posibilidades son mucho mayores que hace una, dos o tres décadas.

Por primera vez, los hombres y mujeres que desarrollan el rol de padres y madres de niños y adolescentes han tenido un mayor conocimiento de las sustancias psicoactivas, han sido testigos de la normalización del consumo de la marihuana y el hachís, han visto convertirse en realidad –en España todavía no– propuestas reguladoras, conocen los placeres y riesgos de fumar un porro, comerse un éxtasis o meterse una raya. Y bastantes de ellos fueron (o son) consumidores recreativos de drogas, han ido a pillar, han analizado una pasti en un festival de música o conocen de primera mano lo que es deshidratarse por un atracón de MDMA, un amarillo de hachís, o un bajón tras pasarse con la coca.

Los padres de antes solo tuvieron contacto con el tabaco y el alcohol. El resto de drogas era tabú. La incorporación de ex policonsumidores de fin de semana no problemáticos (o sensatos) al papel de progenitores no es garantía de nada pero podría ayudar a una relación distinta con las drogas… y, sobre todo, con nuestros hijos.

De esta tesis parte (o a esta conclusión llega) el trabajo de David Pere Martínez Oró ‘Del tabú a la normalización. Familias, comunicación y prevención del consumo de drogas’ (Edicions Bellaterra, 2016), un texto más que recomendable para esos padres que a pesar de haber probado más de un psicoactivo en su juventud (o en la actualidad) se sienten confundidos –o alarmados– cuando llega el momento de hablar de drogas con sus hijos. Este doctor en Psicología Social, coordinador de la Unidad de Políticas de Drogas de la Universidad Autónoma de Barcelona y antropólogo en el Medical Anthropology Research Center de la Universidad Rovira y Virgili examina mediante entrevistas las diferentes miradas de las familias después de constatar que entre 1994 y 2008 se está produciendo un proceso de normalización. ¿Por qué? porque hoy los padres son aquellos que se drogaron en discotecas, en rutas de insomnio, en raves y afters, en festivales y conciertos, en fiestas caseras.

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Os dejo esta reflexión textual de David Pere: “La crisis de las subprime, la burbuja inmobiliaria, el rescate de los bancos hizo ver a la población que el estado del bienestar ya no sería nunca igual: precariedad laboral, reducción de los salarios, exclusión, pobreza energética, paro, los estudios ya no garantizan nada. El miedo mezclado con el pesimismo se permeabiliza en los hijos. El bienestar está en casa, la emancipación se retrasa, desahucios, corrupción, recortes… en la cuestión de las drogas también estamos en un interregno, estamos asistiendo a los estertores del prohibicionismo, el fracaso de la guerra contras las drogas, que ni ha limitado el acceso ni ha erradicado el tráfico. Algunos expertos siguen hablando del monstruo de la droga y no se han dado cuenta de que la mayoría de jóvenes han desplazado su ritual de paso de las drogas hacia las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) y el consumo de productos cargados simbólicamente. En unos años los riesgos de los psicoactivos serán vestigios del pasado”.

No va desencaminado. Cualquier padre de adolescente está hoy mucho más preocupado por si su hijo pasa demasiado tiempo con el móvil, la tableta o frente al ordenador que por si se ha fumado un canuto. Muchos temen el acoso de un novio controlador a través del Whatsapp, de las fotos que una hija sube a Instagram, del youtuber que se ha convertido en consejero particular o del vídeo porno que consume su vástago. Antes, las familias eran el mejor aliado del prohibicionismo, “hoy pueden serlo de la normalización en el consumo de drogas”.

Hagamos un poco de historia. Antes de los 80, los padres eran los últimos en conocer el idilio de sus hijos con las drogas. El día que el consumo se convertía en adicción o llamaba la policía a casa, ellos se enteraban. “La prevención basada en el silencio no valía de nada. Algunos padres vieron la adicción como una deshonra y les echaban de casa. Otros esperaron a que los hurtos y las mentiras se hiciesen insoportables. Y solo unos pocos les cuidó en todo momento”, relata este psicólogo social.

En los 80 aparecieron las madres coraje y los proyectos de desintoxicación. La heroína campaba a su antojo. Las madres organizadas fueron las primeras en darse cuenta de que el problema no era solo de sus hijos y de los camellos, había una compleja red de poderes fácticos que impedía una solución. “Los hombres estuvieron ausentes y a esas madres les sirvió para liberarse del machismo casero. La adicción y el desenganche también era una lucha de clases. Los pobres tenían más facilidad de engancharse porque tenían menos oportunidades socio-laborales y menos posibilidades de desengancharse porque no tenían dinero para comunidades terapéuticas privadas (donde se usaba una alegal metadona). Los pobres cayeron en manos de sectas”. Algunos expertos se dieron cuenta entonces de que una prevención centrada en la confianza, los valores y la comunicación eran más eficaces que el manido ‘no a la droga’ de campañas publicitarias sostenidas con dinero público.

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Y llegó la crisis tras los fastos del 92. Paro, ansiedad, trabajos precarios, efímeros. Las mujeres, agobiadas, posponían la maternidad, los padres delegaban, estaban más ausentes buscándose la vida con varios trabajos. “La individualización acarrea la perdida de los valores comunitarios (solidaridad, respeto, colaboración…), todos competimos contra todos. Menos comunicación con los hijos”, explica el autor de ‘Del tabú a la normalización’. Aumentó el ocio nocturno, los jóvenes no tenían motivación ni anhelos políticos. La fiesta de fin de semana y los psicoactivos son lo único importante para olvidar los días laborables. “Conceptualizaron las drogas como cualquier otro bien de consumo, usando drogas que intensificaban los fines de semana: cocaína, speed, MDMA… y se desvinculan del mundo sórdido de la heroína.. Disminuyó la alarma, se cogió distancia con lo marginal y a la vez  se tenía más fácil acceso a las sustancias. Los consumidores evalúan los riesgos y cumplen con sus obligaciones cotidianas, solo algunos tienen problemas”.

Es el momento en que todas las personas en contacto con las drogas (consuman o no) abandonan el tremendismo y se apuntan a la normalización. Sin embargo, las políticas oficiales de drogas no cambian, se siguen centrando en el ‘di no’. Volvió a ser ineficaz. Llegó el botellón, un amplio catálogo de sustancias de síntesis, la difusión del cannabis, la apertura de clubes de marihuana, y también hay información más veraz, surgen colectivos que reducen los daños que provoca el consumo, instituciones que realizan estudios serios. Las ciudades y pueblos incorporan planes de prevención, se consolidan las evidencias científicas sobre el potencial terapéutico de algunas drogas…

Hoy día, el alcohol de fin de semana sigue, entre semana no tanto, ha descendido el consumo de cannabis pero es mucho más visible: hay ferias, más clubes, publicaciones, aplicaciones para el movil… hasta la forma de comprar ha variado, no hace falta tener contacto con un camello, existe la otra web, la profunda. Los adolescentes no se sienten tan atraídos hacia los estimulantes, el ritual de paso ya no son las drogas, son las tecnologías. Los padres siguen viendo que hay un peligro y lo siguen viviendo con inquietud. “Ahora, la prevención tiene que ver con reconocer los consumos moderados, respetar la voluntad de consumir, aceptar la compatibilidad entre normalizar consumos y la excelencia educativa, empoderar al progenitor…”, resume David Pere.

Es el momento de la comunicación entre aquellos padres que consumieron o consumen y unos hijos que tienen de todo a su disposición. Tal y como ha analizado el autor, conviven cuatro posiciones de los padres hacia las drogas:

Hegemónica: Nunca se han drogado y rechazan cualquier contacto con los estupefacientes. La droga es tabú y para lograr que no la prueben, los mensajes se centran solo en las consecuencias funestas. “Restringen compañías y dinero, controlan movimientos”, admite David.

Tolerante: Padres que no se han drogado pero presentan mayores niveles de tolerancia. “Saben que el tabú, la alarma y el miedo enmarañan la prevención”. Para que haya más comunicación, aumentan la tolerancia. Buscan evitar el contacto de sus hijos con las drogas pero si empiezan los consumos, no lo convierten en un conflicto familiar.

Precavida: Padres que aunque consumieron en su juventud, entienden el fenómeno desde el tremendismo. Piensan que sus experiencias son locuras de juventud, son más ávidos a la hora de detectar consumos. “La comunicación es endeble y cuando se produce, tienden al conflicto”.

Transformadora: Padres y madres que toman drogas. Adoptaron la normalización para entender la complejidad de los consumos y normalizan sustancias dependiendo de os criterios de toxicidad y peligrosidad. Ven el cannabis menos peligroso y buscan la abstinencia en otras sustancias. “Buenos niveles preventivos y de comunicación”.

En resumen, la inmensa mayoría de los padres y madres entienden las drogas como potencialmente peligrosas y creen que sus hijos evitarán riesgos si se mantienen abstinentes. Solo una minoría de familias transformadoras liberales considera que el uso de psicoactivos aporta experiencias vitales imposibles de conseguir mediante otra vías y recomienda a sus hijos que cuando sean adultos experimenten en un contexto adecuado y con información.

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Con el tabaco ya hay camino ganado. Las evidencias sobre su nocividad, la legislación y los esfuerzos preventivos han provocado un descenso del numero de fumadores. Cada vez menos adolescentes se incorporan al hábito del humo del cigarro. Los padres fumadores señalan el error de su adicción y lo entienden como un mal ejemplo. Sobre el alcohol, los niños han visto beber a sus padres desde pequeños, está presente en la práctica totalidad de los hogares y muchos padres beben en presencia de sus hijos sin reparos.

Respecto al cannabis, los padres hegemónicos o precavidos lo consideran menos peligroso que la heroína o la cocaína, y entienden que la marihuana es una sustancia frontera entre lo blando y lo duro. Si los padres son fumadores optan por esconderse o hablar más de la cuenta. David Pere recomienda que “es mejor explicarlo de forma pedagógica, ofreciendo información veraz para despejar dudas, es la vía más sensata. No hace falta hablar de la experiencia personal. Sí debe haber dialogo donde se muestren los efectos y riesgos interpelando a la responsabilidad de los hijos, igual que al hablar de conducir, montar a caballo o esquiar…”. Si se fuma cannabis en casa, llegará un momento en que aunque lo escondamos, el adolescente lo sabrá y si no encontramos tiempo para dar explicaciones o dar la opinión sobre los porros, “los jóvenes pueden tomar el silencio como fuente de legitimidad y decidir que ‘si vosotros fumáis, yo también’. Debe ofrecerse información antes de cualquier contacto con el cannabis”.

Todo hace ver que la clave es la comunicación pero “hablar no es comunicar y mucho menos prevenir. Si por hablar solo entendemos las arengas antidroga, no servirá de nada. Hay que invitar a la reflexión, no parecer policías; hablar sin tabú ni pudor elimina los elementos morbosos, hablar de placeres y de riesgos. Entre la disyuntiva de informar para empoderar u omitir la información para evitar la atracción, hay que optar por la primera”.

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El problema es que en muchas familias resulta complicado hablar de drogas, sexualidad, conflicto entre iguales. No pongamos la excusa de que estamos cansados –aunque lo estemos– o de que el tiempo que estamos juntos en casa cada uno está con su móvil u ordenador. Hay que hablar y comunicar. “También de la música hip-hop, del reguetón, de los youtubers o de los realities. Si mostramos desprecio hacia sus preferencias, nos distanciaremos simbólicamente”, advierte este psicólogo.

Ser padres no solo nos cambia, es además muy difícil. Pero hay estilos y estilos. Están los que aplican una fórmula democrática de control sin despotismo, de permitir tomar decisiones y mostrar interés por las actividades de los adolescentes. Los expertos dicen que éstos obtienen mejores resultados y presentan mayor resilencia para superar adversidades. La mujer adquiere mayor protagonismo y se camina hacia un posconsumismo donde se pone coto a los excesos.

Los hay autoritarios que educan sin afecto y sin comunicación abierta, no entienden las necesidades de los adolescentes, estimulan la dependencia hacia el adulto y ponen normas muy estrictas y castigos severos. “Suele ejercer la autoridad solo el padre, representarían un tercio de las familias españolas”.

Los indulgentes ejercen un escaso, si no nulo, ejercicio de la autoridad y control. Muestran un amor incondicional sin demanda de responsabilidad. Puede haber más comunicación, diálogo y afecto, pero también más sobreprotección y agobios porque fomenta el yo como centro de todo. Expertos dicen que consiguen mejor rendimiento académico, incluso superior al democratico. Pero el padre-amigo puede generar adolescentes mal criados.

Y los hay negligentes e indiferentes que pueden provocar carencias, fracaso, baja autoestima e impulsividad. Y también desbordados o divergentes, capaces de ejercer un excesivo control y otras veces llegan a ignorar a sus hijos.

Cuando fui padre, un colega me dijo: “la vida te cambiará pero si consigues mantener un mínimo sentido común, todo será más fácil”. ¿Y qué es el sentido común cuando tu hijo da su primera calada a un porro? David Pere, que algo sabe de esto, establece unos mandamientos: Fuera estereotipos y juicios morales a la hora de anallizar consumos de drogas, drogarse es una acción que entraña riesgos como otras tantas practicas sociales, pero asumir riesgos sin conocerlos es potencialmente más peligroso; debido a la desigualdad social, las drogas seguirán generando problemas. Potenciemos la abstención mediante información verosímil, fomentemos el consumo sensato, la responsabilidad y el autocontrol, expliquemos los placeres y riesgos de forma sincera, desterremos la atracción por lo prohibido y desmontemos los mitos sobre el consumo, fortalezcamos la igualdad de género y no criminalicemos ni estigmaticemos al consumidor.

Ahora ¡a sufrir y a sentirse orgulloso! Gracias David, tendrían que ponerte una calle.

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7 respuestas a Soy un padre del siglo XXI y mi hijo fuma porros

  1. Rafa dijo:

    Mu gueno, tu.
    Quien es tu camello?

  2. Eurogrow.es dijo:

    Tremendo articulo. Nos quitamos el sombrero desde Eurogrow.es. Extenso y detallado. Excelente!!!

  3. Oaseeds dijo:

    Enhorabuena, buen artículo.

    Hace falta más información. Es muy importante que la gente conozca los efectos y consecuencias del uso de drogas. Para que si deciden consumirlas, eviten en la medida de lo posible los riesgos. El desconocimiento no ayuda.

  4. matillaplant dijo:

    Fantástico!

    A muchos representa, desde matillaplant.com te damos la enhorabuena. Muy bien desarrollado.

  5. Fomentando el Autocultivo del cannabis, fomentamos la información sobre la sustancia y también la prevención de riegos.

    Excelente articulo.

  6. Alejandro morales dijo:

    Muy buen articulo!!!

    Aquí os voy a dejar este blog sobre el cannabis que también es muy interesante de leer un saludo!!

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