Revolución de 1917, amor dadá y anarcafeminismo

Desnudo de Mina Loy, 1905.

Desnudo de Mina Loy, 1905.

Si hace cien años, en febrero de 1917, Vladímir Ilich Uliánov Lenin se hubiera quedado tranquilo en su cuchitril de Zurich y hubiese bajado todas las noches al Cabaret Voltaire –a unos pocos portales de su casa en la calle Spiegelgasse, donde el movimiento Dadá se empeñaba en hacer saltar todo por los aires– hoy podríamos estar hablando de otro estado de las cosas interplanetario. Pero no, cogió un tren y se piró a su tierra fría y salvaje para hacer triunfar la Revolución bolchevique. Convirtió a todos en comunistas, en rojos, cuando podía haberlos transformado a todos en negros. Y de aquella demolición podría haber surgido una alternativa al capital más ilógica, sí, pero más divertida y demoledora. ¡Vaya usted a saber! A lo mejor no existiríamos ninguno. O a lo mejor la Antiunión de Antirepúblicas Antisocialistas Antisoviéticas, la cuádruple A, hubiera hecho frente al fascismo, a la Triple A y, luego, al Capitalismo de manera más eficaz.

Si se hubiese tomado en el cabaret dadaísta unos cuantos vodkas o unos chupitos de absenta, se hubiese echado unos bailes africanos o peleado a guantazo limpio con alguno de los artistas que por allí penaban, la revolución podría haber sido otra. Hubiera cogido otro tren y les habría explicado a los parias rusos que otro mundo era posible. Demasiados hubiera.

Lenin, antes y después de la Revolución rusa.

Lenin, antes y después de la Revolución rusa.

El profesor Dominique Noguez, en su Lenin Dadá (editorial Península), explica que en 1916 y durante varios meses, Lenin se codeó en la ciudad suiza con los primeros dadaístas. La por entonces compañera del revolucionario, Nadezhda Konstantínovna Krúpskaya, confiesa que a Lenin le gustaba la farra o al menos se ponía tontón con las canciones populares rusas. “Nos quedamos en Zurich, donde la vida era mucho más animada”, explica Krúpskaya. De hecho, en el Cabaret Voltaire se llegaron a organizar veladas rusas en las que participaba un tipo bajito con bombín, como recordó el dadaísta Hugo Ball. ¿Sería Lenin? En esos días, Zurich estaba llena de desertores, anarquistas, bandidos y artistas de medio mundo. Ana Muiña, en Mina Loy. Futurismo Dadá Surrealismo (ed. La linterna sorda), explica que mientras Lenin se documentaba y escribía en Zurich ‘El imperialismo, fase superior del capitalismo’, tuvo contacto con el inicial nihilismo dadaísta y sus espectáculos nocturnos. “Tanto Hugo Ball como Marcel Janco –dos de los fundadores del Dadá– afirman en sus memorias que la pareja famosa acudía al local [Cabaret Voltaire] de incógnito, pues aunque el grupo dadaísta conocía su identidad, no podían revelarlo porque el cabaret empezó a ser frecuentado por espías y policías que iban a controlar a los artistas”.

Lenin y Krúpskaya estuvieron en Zurich entre febrero de 1916 y abril de 1917. Cuentan que Lenin jugaba al ajedrez con el poeta Tristan Tzara, autor del primer manifesto dadaísta, y que el ruso tocaba en el local melodías folk rusas y declamaba fragmentos humorísticos de Chéjov. “El encuentro de la pareja con sus vecinos del cabaret se produjo a través del responsable de la Juventud Internacional Comunista, que tenía la base en Zurich”. Lo cuenta Krúpskaya en sus memorias y lo recoge Ana Muiña en la introducción del libro sobre la poeta, pintora y actriz Mina Gertrude Lowy Bryan, conocida como Mina Loy, una de esas mujeres dadaístas que fue solapada y escondida por la historia y sus propios compañeros.

Resumen de esta primera parte: el caos y la destrucción –que sí eran principios dadaístas– los aplicó Lenin (y los suyos) a la perfección y no solo contra aristócratas y enemigos del bolchevismo, también contra muchos anarquistas, según cuenta Noguez. Así que al final triunfó el comunismo en Rusia y el dadaísmo se quedó como movimiento subversivo underground, como los punkis de hace cien años.

Mina Loy (Ed. La linterna sorda) y Cartas de amor a Mina Loy (Ed. Periféricas)

Mina Loy (Ed. La linterna sorda) y Cartas de amor a Mina Loy (Ed. Periféricas)

En este texto utópico-distópico es imprescindible incluir la figura de Mina Loy, la subversión y la insumisión hecha mujer. El libro editado por La linterna sorda es una joya para entender quién y cómo era Mina. Vuelvo a los hubiera o hubiese. Si Lenin hubiese conocido a esta poeta, la revolución rusa no solo sería dadaísta, también feminista. La inglesa Mina Loy –nació en Londres en 1882– se movió en aquel principio de siglo XX buscando eliminar prejuicios, “fue una de las pioneras en romper los roles tradicionales femeninos victorianos. Comenzaron a hablar, desde las distintas expresiones artísticas, de sí mismas como mujeres y sobre las problemáticas que les importaban a ellas: la sexualidad femenina, el cuerpo, el parto… Hubo un movimiento importantísimo a finales del XIX y principios del XX que fue el de la libertad sexual y el amor libre, promovido por mujeres y hombres que componían un sector del movimiento anarquista y socialista revolucionario, no compartido por todos sus miembros”, me cuenta la librera y poeta Ana Cibeira, una de las estudiosas de la obra y vida de Mina Loy.

Retratos de Mina Loy.

Retratos de Mina Loy.

Esta autora todoterreno, y su concepto “demolición absoluta”, apostó por un cambio en el punto de partida simbólico en el tratamiento de los grandes temas que afectaban a las condiciones materiales de la vida de las mujeres. “El deseo ocuparía un lugar central y serviría como estrategia emancipatoria, no como un valor en sí mismo que preserva la virtud como ideal social; el sexo se vería con naturalidad y no como tabú; la monogamia, la infidelidad y los celos serían revisados a la luz de la dependencia femenina y el privilegio masculino; y la maternidad sería reivindicada como un derecho que todas, solteras y casadas, podrían tener”, explica Cibeira en el libro. Por ello, se incorpora a Mina Loy en el feminismo de la diferencia, en el anarcafeminismo, y no tanto en la primera ola del sufragismo.

Le pido a Ana que profundice un poco en esas ideas de Mina Loy y de otras mujeres de hace cien años: “El feminismo inicial era muy heterogéneo. De una parte estaba compuesto por mujeres más moderadas que aspiraban al derecho al voto de las mujeres, decantándose sólo por el sufragismo reformista; y de otra, colectivos de mujeres más radicales que aspiraban a la emancipación completa de las mujeres en todos los planos vitales: familia, educación, trabajo, procreación, sexualidad, en el plano emocional, sentimental, social, económico… Por tanto, reclamaban la abolición absoluta de los sistemas democráticos burgueses para que la mujer libre pudiera nacer con plenitud”.

Mina Loy y Djuna Barnes, fotografiadas en Niza (Francia) en 1972 por Natalie Clifford Barney.

Mina Loy y Djuna Barnes, fotografiadas en Niza (Francia) en 1972 por Natalie Clifford Barney.

Mina Loy llegó a redactar de su puño y letra el ‘Feminist Manifesto’ en noviembre de 1914. En vida nunca llegó a editarse y, en castellano, es la primera vez que se publica de la mano de La linterna sorda. Es una réplica al Manifiesto Futurista de Marinetti. Este vanguardista veía a las mujeres inferiores y Loy hizo una declaración subversiva frente al predominio masculino. Escrito en verso libre (sin puntuación) y con una composición tipográfica dinámica, plantea propuestas revolucionarias. Aquí reproduzco, tal cual lo escribió, alguna de sus declaraciones del manifiesto:

“Y si de verdad deseáis encontrar vuestro sitio sin menoscabo –sed Valientes y comenzad negando ese patético grito de guerra disparatado La mujer es igual al hombre– ¡NO lo es!”. “El primer engaño que os conviene demoler es la división de las mujeres en dos clases –la amante, y la madre Cualquier mujer madura y equilibrada sabe que es mentira. La naturalez ha dotado a la mujer completa de la facultad para expresarse a través de todas sus funciones –sin restricciones”. “(…) no hay nada impuro en el sexo –excepto en la disposición mental hacia él– constituirá una regeneración social incalculable y más vasta de lo que puede imaginar nuestra generación”.

Mina Loy y Peggy Guggenheim en París, 1926.

Mina Loy y Peggy Guggenheim en París, 1926.

La escritora, poeta, pintora, actriz, diseñadora e inventora estuvo en “todas las salsas artísticas y culturales de las llamadas vanguardias de entreguerras”, comenta Ana Cibeira. Se marchó de Londres cuando tenía 17 años para estudiar arte en Munich, se unió al Futurismo en Italia y al al Dadá en Nueva York, y luego al Surrealismo en París. Mina Loy tuvo una relación amorosa y loca con Arthur Cravan (el poeta, boxeador y agitador dadaísta que era sobrino de Oscar Wilde). Anarquista y antimilitarista –le buscaban por desertor–, Cravan conoció a Loy en EEUU. Se casaron y Mina tuvo una hija con él. Anteriormente ya había estado casada y había sido madre de otra niña. En 1929 le preguntaron en una entrevista para The Little Review cuál había sido el momento más feliz de su vida. Mina Loy respondió: “Cada momento que pasé con Arthur Cravan. El más triste: todos los demás”. Períferica editó en 2012 las cartas de amor que Cravan envió a Loy en 1917 y que demuestran que estaba por sus huesos hasta la extenuación. El poeta gigante dadaísta desapareció en 1918 a bordo de una barca en el Golfo de México. Mina nunca más supo de él.

Mina Loy y Arthur Cravan, un 'amour fou'.

Mina Loy y Arthur Cravan, un ‘amour fou’.

Loy regresó con sus hijas a Nueva York en 1936 y se instaló en uno de los barrios más pobres de Manhattan. “Escribió poemas y realizó collage de arte povera, interesándose por el padecer de los vagabundos. Murió en Aspen (Colorado) a los 83 años”, explica Ana Cibeira. Entre sus versos destacan los de Parto, considerado como uno de los primeros poemas donde se plasma la experiencia física del parto narrado por una embarazada.

The coat-stand, fotografía de Man Ray.

The coat-stand, fotografía de Man Ray.

Gracias a pequeñas editoriales como La linterna sorda se están rescatando textos rompedores escritos por personas transgresoras que han sido infravalorados en los últimos cien o ciento cincuenta años. Por ejemplo, los de Mina Loy. En Nueva York coincidió con otras artistas libres como Emma Goldman, la periodista Louisse Bryant, la activista feminista Mabel Dodge Duhan o Isadora Duncan, entre muchas otras vanguardistas.

Valentine de Saint-Point posa para el fotógrafo Alphonse Mucha, 1906.

Valentine de Saint-Point posa para el fotógrafo Alphonse Mucha, 1906.

Como reconoce Ana Muiña, investigadora en la Historia Social y grafista, muchas de ellas utilizaron su propio cuerpo como herramienta de reafirmación y como elemento visual narrativo. “Las imágenes de mujeres desnudas del Dadaísmo y del Surrealismo son bellísimas, estereotipdas y ambivalentes: muestran uno de los mayores estereotipos que hay, el sexo, y también fueron un medio de expresión de rebeldía contra la moral sexual imperante, el cuerpo indómito como afirmación desinhibida de lo natural”. Un cuerpo que hoy ya no subvierte ni escandaliza.

Para acabar, una reflexión que Valentine de Saint-Point incluyó en su Manifiesto de la Mujer Futurista –que también servía de respuesta a Marinetti–: “La humanidad es mediocre. La mayoría de las mujeres no son ni superiores ni inferiores a la mayoría de los hombres. Somos iguales. Ambos merecemos el mismo desprecio”. Salud.

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Una respuesta a Revolución de 1917, amor dadá y anarcafeminismo

  1. avadis dijo:

    Todo muy interesante. Pero hay algo que no es muy correcto: Si cogio un tren para Rusia, PERO ES QUE ESE TREN SE LO PUSO ALEMANIA PARA EL Y SU GENTE.Ayudo a meter el comunismo en Rusia y fomento la la Revolución ( si Alemania no quería el frente del este y si Rusia se retiraba…

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