Los fantasmas de la matanza de Atocha

Monumento que homenaja a las víctimas de la matanza de la calle Atocha en la plaza de Antón Martín (Madrid).

Monumento que homenaja a las víctimas de la matanza de la calle Atocha en la plaza de Antón Martín (Madrid).

Volveremos a escuchar sus nombres: Francisco Javier Sauquillo Pérez del Arco, Enrique Valdevira Ibáñez, Luis Javier Benavides Orgaz, Serafín Holgado de Antonio y Ángel Rodríguez Leal. Reconoceremos, quizá con más fuerza este año por eso de que han pasado cuarenta, que aquellos trabajadores del despacho de abogados laboralistas del número 55 de la calle Atocha de Madrid fueron unos mártires de una democracia que aún no se había estrenado. El próximo 24 de enero se cumplirán cuatro décadas de la matanza fascista. Se han escrito libros y rodado películas… Pero algo no va bien si siguen existiendo fantasmas. Y no hablo ni de zombis ni de conspiraciones. Estos fantasmas están vivos y coleando (o no). Saben cómo esconderse. Los espectros son los tres pistoleros ultraderechistas que llamaron a la puerta y abatieron sin compasión a los jóvenes letrados y trabajadores del despacho. Muy poco sabemos de lo que hacen Fernando Lerdo de Tejada, José Fernández Cerrá y Carlos García Juliá, los autores materiales detenidos. Huyeron o se ocultan en el anonimato o a miles de kilómetros. Uno de estos fantasmas ni siquiera pudo ser juzgado. Los otros dos, por ahí andan.

De izquierda a derecha, Luis Javier Benavides, Enrique Valdevira, Francisco Javier Sauquillo, Ángel Rodríguez y Serafín Holgado, asesinados el 24 de enero de 1977.

De izquierda a derecha, Luis Javier Benavides, Enrique Valdevira, Francisco Javier Sauquillo, Ángel Rodríguez y Serafín Holgado, asesinados el 24 de enero de 1977.

¿Seguirá García Juliá dando tumbos por Brasil, Paraguay o Bolivia? ¿Vivirá con miedo a que otro narcotraficante lo quite de en medio? ¿habrá vuelto a España? Me gustaría saber cómo es la cara de Lerdo de Tejada cuatro décadas después. Participó en la matanza con 23 años, ahora tendrá 63. También cuentan que está en Sudamérica, como aquellos nazis que huían de sus cazadores. ¿Y qué será del tercer fantasma, de Fernández Cerrá? Si no ha muerto, tendrá 71 años y seguro que todavía conserva su acento almeriense. Uno de ellos (Lerdo de Tejada) no fue sentenciado porque escapó antes del juicio y a otro (García Juliá) le quedan más de dosmil días de prisión para estar en paz con la Justicia. Ninguno de los condenados ha pagado un solo euro de indemnización. Legalmente me figuro que todo estará prescrito.

De izquierda a derecha, José Fernández Cerrá, Fernando Lerdo de Tejada y Carlos García Juliá, los autores materiales del crimen.

De izquierda a derecha, José Fernández Cerrá, Fernando Lerdo de Tejada y Carlos García Juliá, los autores materiales del crimen.

Pensar en conspiraciones y complicidades no aporta tranquilidad. Pero tampoco sosiega el tufillo de dejadez en la persecución de un caso con tanto significado en la Transición española. La abogada Dolores González Ruiz, una de las supervivientes de la matanza, fallecida hace poco más de un año, me dijo en 1999, cuando descubrimos el paradero de García Juliá en Bolivia, que “después de los hechos no hubo interés en ningún grupo político por esclarecer lo sucedido”.

En 1990, un informe reservado del Comité Ejecutivo para los Servicios de Información y Seguridad (CESIS), organismo dependiente de la Presidencia del Consejo de Ministros de Italia, implicó en la matanza de Atocha al fascista italiano nacionalizado español Carlo Cicuttini, refugiado en nuestro país desde 1972 y relacionado con la red Gladio de la OTAN y la CIA. Las pruebas contenidas en el informe, desvelado por El País, no fueron tenidas en cuenta por la Audiencia Nacional durante el juicio celebrado en 1980 contra los tres ultras españoles. Seis años antes, el diario italiano Il Messagero ya habló de esta conexión italiana. Nadie quiso seguir la pista.

Cicuttini, miembro del neofascista Movimiento Social Italiano (MSI) y dirigente del grupo terrorista Ordine Nuovo, fue condenado a cadena perpetua por el atentado de Peteano, en mayo de 1972, en el que murieron tres policías. Italia pidió a España su extradición en 1983 y 1986 y las dos veces fue rechazada por la Audiencia Nacional. Otra vez el tufillo. Cicuttini murió en 2010.

¿Y qué se sabe de los tres ultras españoles que participaron en la matanza? Viajemos por un instante al 24 de enero de 1977: José Fernández Cerrá se ha juntado con sus compinches en la cafetería Nilo, situada cerca de la Plaza de España, para tomar cañas, alguna copa de coñac y preparar el escarmiento, tal y como relatan Jorge M. Reverte e Isabel Martínez Reverte en La matanza de Atocha (La Esfera). Hablan de Joaquín Navarro, el supuesto blanco de su acción. El sindicalista de CCOO es uno de los líderes de la huelga del transporte de ese mes de enero. Navarro es peleón, tiene quemados a los dirigentes del franquista Sindicato del Transporte, sobre todo al responsable en Madrid, Francisco Albadalejo. Éste decide que hay que darle un susto. Para llevarlo a cabo contacta con José Fernández Cerrá, un tipo fuerte y sin estudios natural de Almería. Tiene 31 años y le va la violencia, el rollo facha. Es vendedor de libros –aunque la cultura no le interesa mucho– y se excita cuando se pone la camisa azul para ir de machaca a algún acto de Fuerza Nueva o Falange. Fernández Cerrá fue condenado a 193 años por la matanza de la calle Atocha. Cumplió 15 años y en 1992 salió con la condicional. Se le ha vinculado con empresas de seguridad y construcción en la provincia de Alicante pero no hay fotos, ni un dato, no se sabe nada de él. Una imagen en blanco y negro de la época es el único testimonio para la historia.

En el bar Nilo, Fernández Cerrá está acompañado de un chaval de 23 años apellidado Lerdo de Tejada. Es un pijo madrileño con tierras en El Toboso (Toledo). Vive de las rentas familiares, lo de estudiar y trabajar no van con él. Eso sí, se le llena la boca con las palabras España y patria… y con las razias contra los rojos. El dirigente ultra Blas Piñar fue testigo en la boda de su hermano Luis Augusto. Estando en prisión a la espera de juicio, un juez le dio un permiso de fin de semana y sabiendo la que le iba a caer, aprovechó para huir a Sudamérica. Brasil parece su último destino. Actualmente tendrá 63 años, podría ser su vecino en La Manga del Mar menor o ser empresario en Salvador de Bahía. Su delito prescribió en 1997, 20 años después de la matanza. No se consideró acción terrorista, lo que hubiera cambiado el tiempo de prescripción.

García Juliá, junto a Blas Piñar, en un acto de la ultraderechista Fuerza Nueva.

García Juliá, junto a Blas Piñar, en un acto de la ultraderechista Fuerza Nueva.

El tercer pistolero que se encuentra en la cafetería aquella noche de enero de 1977, con una pistola cargada y escondida, es Carlos García Julía, hijo de un comandante de Artillería. Trabaja en una bodega, afiliado primero a Fuerza Nueva y luego a Falange de las JONS, es de misa diaria  y “no se deja llevar por la lujuria”, tal y como destacó el párroco de una iglesia de Ópera cercana a su domicilio. En el despacho de los abogados sacó toda su cobardía para acribillar por la espalda a las víctimas.

A Carlos García Juliá lo tuve enfrente, a menos de diez metros, en abril de 1999. Ni se enteró. Fue dentro de la prisión de Palmasola (Santa Cruz, Bolivia). Gracias a la información de otro preso español, pudimos localizar y fotografiar al ultraderechista, condenado por narcotráfico en el país sudamericano. Allí estaba el falangista. Era el interno nº 8981, había engordado pero mantenía esa cara de niñato repelente. Se hacía acompañar de unos cuantos presos que servían de comparsa y protección, entre ellos algunos conocidos narcos de esa zona. Era un tipo de rutina diaria. La prisión boliviana es como un pueblo amurallado. En el interior las normas las ponen los internos. Hay clases dependiendo de la plata que tengas. En 1999 los soldados y policías se encargaban de la vigilancia exterior. Dentro había tiendas, boliches, campos de fútbol, callejuelas…

Carlos García Juliá, con gafas, en la patio de la prisión boliviana de Palmasola. La foto se hizo en 1999 por el reportero de interviú Fernando Abizanda.

Carlos García Juliá, con gafas, en la patio de la prisión boliviana de Palmasola. La foto se hizo en 1999 por el reportero de interviú Fernando Abizanda.

Por aquel entonces, cuando el fotógrafo de interviú Fernando Abizanda le cazó una mañana soleada en uno de los patios de la cárcel, García Juliá llevaba cinco años fuera de España. En 1979, antes del juicio por el asesinato de los abogados, intentó fugarse de la cárcel de Ciudad Real. No lo consiguió. En 1980 le cayeron 193 años de prisión por la matanza y en 1994 convenció a un juez español para que le dejase vivir en Paraguay “una vida honrada en libertad”, según rezaba el auto judicial. Se habían forzado los beneficios penitenciarios y pocos se enteraron de su libertad condicional: se dictó en 1991 y se mantuvo oculta casi un año. El periódico Diario16 fue quien finalmente informó de la resolución. Poco después se marchaba a Sudamérica.

El ferviente católico y falangista volvería a incumplir el octavo mandamiento de la ley de Dios. Se hizo pasar por psicólogo, por empleado de naviera. Dos años después de dejar España fue detenido como jefe de una red de narcotraficantes que introducía cocaína en Europa y EEUU vía Bolivía. Al ser apresado dijo: “Esto me lo ha preparado la Embajada española porque soy muy famoso en España, porque maté a comunistas, maté a cinco”. Un policía antinarcóticos explicó a un periódico de Santa Cruz que el ultra se dedicaba también a captar a menores de edad de familias pobres para prostituirlas.

Para Interpol, García Juliá estaba en ese momento en busca y captura, le faltaban por cumplir 3.855 días de cárcel por los asesinatos de la calle Atocha. En 1998 intentó fugarse de la cárcel boliviana por un túnel que había encargado construir. Su oronda figura truncó sus planes. No cupo por el conducto. Cuando interviú desveló su paradero y su situación procesal, el fiscal de la Audiencia Nacional Ignacio Gordillo dictó un auto de reingreso en prisión, lo que activó una petición de extradición. El Gobierno español tardó dos años, desde que interviú informó de su localización, en reclamar a Bolivia la entrega del ultra. El Gobierno de José María Aznar no actuó con diligencia y García Juliá aprovechó la libertad provisional que le concedió un juez boliviano para cruzar la frontera con Brasil. Se esfumó.

Ficha de la prisión de Palmasola (Santa Cruz, Bolivia) del ultra convertido en narcotraficante Carlos García Juliá.

Ficha de la prisión de Palmasola (Santa Cruz, Bolivia) del ultra convertido en narcotraficante Carlos García Juliá.

Parece que a los autores materiales de la matanza de Atocha les ha resultado muy fácil fugarse, conseguir permisos y libertades condicionales, escapar a países lejanos, obtener beneficios…

A las 21,45 horas del 24 de enero de 1977, la joven letrada Manuela Carmena acabó su trabajo en el despacho del número 55 de la calle Atocha y se fue. En la calle se encontró a Javier Sauquillo y Lola González, tomaron un café y Carmena se fue al número 49 donde tenía una reunión. Allí estaba José María Mohedano. Se salvaron por poco. Al rato oyeron muchas sirenas. Se asomaron al balcón y vieron mucha policía en el portal. Al salir, algunos vecinos les dijeron: “Iros, iros corriendo, os van a matar a todos. Han matado a vuestros compañeros”. Subieron al despacho y allí vieron las colchonetas manchadas de sangre. A Carmena le tocó localizar al decano de los abogados madrileños, Antonio Pedrol Rius, para sondear la respuesta del Colegio ante la matanza: “Te prometo que los cadáveres de los compañeros saldrán del Colegio de Abogados, pase lo que pase”, le dijo Pedrol. Estamos en 1977, no habían pasado ni dos años desde la muerte del dictador. La despedida fue multitudinaria.

“Es importante recordar aquellas muertes, pero también la vida que llevábamos: Éramos extraordinariamente felices en aquel despacho (…) Esas personas habrían envejecido con nosotros, habrían vivido la democracia; y no están aquí porque alguien decidió quitarles la vida. Pero tuvimos la suerte de abrir un camino para que hoy haya otros que seguimos intentando hacer de este mundo un mundo más justo”. Eso lo dijo Manuela Carmena, la actual alcaldesa de Madrid.

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Una respuesta a Los fantasmas de la matanza de Atocha

  1. Diego Martín dijo:

    Muy bien escrito Alberto. Gracias por recordar algo que debemos tener presente. al menos hasta que haya justicia. Todo esto escuece bastante.

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