He vivido fiestas que poca gente creería. Quienes siguen mis andanzas, bien lo saben. Pero nunca había estado en una como la de la anoche. He comprobado en primera persona que hay gente a la que los muebles les pone cachondos, en el sentido literal de la palabra. Pero no cualquier mueble, solo los bien diseñados, que no los de diseño, que no es lo mismo.
Urbanización de lujo a las afueras de Madrid. Casoplón de los de revista. 10 de la noche. Un grupo de hombres elegantes, muy bien vestidos, –de firma la mayoría– toman una copa distendidos, hacen chistes con la actualidad, hablan de deporte, hobbies… Las puertas abiertas permiten visitar todas las estancias de la mansión y según voy adentrándome en ellas voy comprobando lo que me habían prometido: esos hombres están ahí para mantener relaciones sexuales, pero no entre ellos, sino con los muebles de la casa.
Al entrar en una habitación, veo a un hombre desnudarse frente a un sofa ’2 plazas’ de líneas rectas, –limpias, dicen los expertos–, estilo años 50 tapizado en terciopelo verde claro. Creo que es terciopelo porque no me acerco a palparlo, no es cuestión de interrumpir. El caballero dobla con esmero cada una de las prendas que se quita y las coloca sobre una mesilla. Cuando está completamente desnudo, se arrodilla, agarra los dos cojines del respaldo, se los acerca hacia él y los coloca en forma de V invertida, de manera que desde atrás pueden parecer las piernas de una persona. Adelanta su cuerpo al punto de intersección y… ¡¡comienza a bombear!! Lo hace a la vista de todo el que pase por esa habitación pero ni a él le importa, ni el resto mira, porque aquí parece que el único voyeur soy yo. El resto de la gente va cada uno a lo suyo, no se tocan entre ellos ni se interrumpen. No me quedo a ver la escena final, –ya imagino cómo va a acabar– y prefiero ni pensar en el dineral que deben de pagar en tintorería.
A cada paso voy encontrando casos similares: un señor que peina canas intimando con una mesa de despacho de madera de nogal; uno más joven con cuerpo de gimnasio a lo suyo con una chaise longe en tono malva; otro a medio desvestir que ha decidido echar uno rápido con un una cama estilo años 70 con cabecero y estructura de piel en blanco… El volumen de los gemidos que se oyen por las habitaciones habla más que mil palabras del placer que sienten estos hombres follándose el mobiliario de la casa.
Estoy en una fiesta para gente que siente un profundo deseo por los objetos, lo que se conoce como ‘Objectum sexual’ u objetofilia. La persona que me ha invitado me explica que estas personas también mantienen relaciones sexuales con humanos, que la mayoría están casados o tienen pareja formal y puntualiza que, aparentemente, todos son heterosexuales. “Lo que pasa es que ninguno consigue tanto placer con ninguna mujer como el que logran con estos objetos, de los que practicamente se enamoran a primera vista. Son personas que admiran la belleza y la perfección y solo la encuentran en determinados objetos“, me dicen. De ahí vendrá la experesión ‘objetos de deseo’, digo yo.

La mujer que se casó con la Torre Eiffel demostrándole su amor con un apasionado morreo o pidiéndo perdón por haberle puesto los cuernos con el Golden Gate.
Esta es una noche masculina pero el ”Objectum sexual’ no es cosa de hombres. Lo sé porque al llegar a mi casa lo he buscado en internet. La ex militar estadounidense Erika Eiffel se cambió el apellido cuando se casó por amor con la Torre Eiffel. Pero le fue infiel con el Golden Gate de San Francisco y asegura en un video en internet que consiguió hacerse con un trozo de su estructura con el que “hago el amor porque así el puente puede sentir cómo realmente le amo”.
Erika Eiffel –e infiel– creó la primera web que explicaba qué es el ‘Objectum sexual’. No es la única, otra se casó con el Muro de Berlín, –ahora es viuda–. Un inglés fue detenido por montar a su bicicleta en un hostal… Los sexologos lo tratan como parafilia pero algunos luchan porque se reconozca como una orientación sexual más, y no un fetiche, asegurando que hace años la homosexualidad también era una parafilia. Es decir, poniendo a comparando a una persona con una boiserie, aunque haya quien piense que su marido es como un mueble; y quienes digan que su mujer parece una mesa camilla.
Entonces me he acordado de un colega de la adolescencia que me contaba que la metío una vez en el tubo de la aspiradora a ver qué pasaba cuando la encendía. Y como daba gustito, repitió. Y repitió. Y repitió… Y ahí tengo yo la mía delante, con esas curvas seductoras… Buenas noches.













