Trasiego digital

3. Las cifras se enredan y nos obligan a preguntarnos cuándo ocurrió aquello, porque todo tiene su momento, menos las lanzadas a moro muerto

El azar y la distracción provocan muchos errores que complican la vida de autores y escritores. La razón y la experiencia imponen verificar con cuidado especial los textos que llevan cifras, caracteres proclives a alterar el orden, sobre todo cuando expresan años. Sobran ejemplos.

Hace poco, un periodista especializado en historia y viajes vio publicada bajo su nombre esta afirmación:

Es el 7 de octubre de 1751, se libra frente a la costa griega, entre una “tormenta de arcabuces” y un “granizo de flechas”, la batalla de Lepanto.

Se trataba de una fecha muy conocida, por lo que cualquier lector pudo darse cuenta de la transposición de dígitos, y nadie pensó que ese periodista ignoraba el año de la famosa batalla. Esa errata fue corregida inmediatamente en la página web de su diario. El papel en que quedó impreso ese 1751 será sudario de un error que permanecerá oculto para siempre en las hemerotecas.

Otro ejemplo. El colofón de un manual:

Este libro
se terminó de imprimir
en los talleres gráficos
de Rógar, S.A.
Navalcarnero, Madrid, España
en el mes de julio de 1997

Se trata de una obra que trae citas de textos aparecidos en periódicos. Una de esas citas es esta:

“Tal vez ahora ese Estado que sólo existe en la fantasía de los cartógrafos encuentre la manera de unir los añicos en que le dejó la lucha implacable entre clanes” [El País, 3 de agosto de 1997…]

Es lógico preguntarse cómo puede ser que el libro se imprimiera antes de haberse publicado uno de los textos que vienen en él. Resulta evidente que en el colofón o en la cita hay una errata. Y quizá en sucesivas ediciones del libro se haya corregido.

Otro más. Busco una obra en la web de un librería. Pone lo siguiente:

Año de edición: 2044

Pero sé que no tendré que esperar más de treinta años para poder leerlo. En el apartado de «disponibilidad» aseguran que lo envían inmediatamente si se compra por la web (en la librería que esa cadena tiene en Madrid estaría disponible en 4-5 días).

Y me dirán: «Claro, en la red, ya se sabe…». Pues sigan leyendo. Un crítico recomienda un libro, y destaca entre sus virtudes que «la edición está cuidada en extremo». Se trata de una colección de ensayos que incluye una breve autobiografía del autor, en la que textualmente se lee:

En 1787 recibí del señor Conway una invitación para ser subsecretario.

Como el lector está siguiendo un relato cronológico, y previamente se le ha informado de que ese autor murió en 1776, no le es difícil deducir que la referida invitación se hizo unos años antes, en 1767.

Y un último ejemplo. Un conocido historiador escribe lo siguiente:

El cortejo a pie, con el ataúd a hombros de falangistas, que se relevaban cada diez kilómetros, partió de Alicante el 20 de noviembre de 1936, tardando diez días y diez noches en llegar al monasterio fundado por Felipe II.

Cualquier español sabe que la conducción de los restos del Ausente (lo del negro Lloma siempre fue una patraña, lo que ahora se llama una leyenda urbana) no se pudo hacer hasta el año 1939.

Todos esos errores, que nos han llevado de Lepanto a El Escorial, son salvables y no son intencionados. Incluso alguien con imaginación podría inventar historias sobre esas fechas equivocadas: la mayor ocasión que vieron los siglos librándose el mismo año en que se publica el primer tomo de la enciclopedia de Diderot y D’Alembert; el viaje al futuro de un autor para encontrar un ejemplo que le cuadre; saber ya el título de un libro que se editará dentro de 32 años…

Más que insinuada con estos ejemplos la naturaleza proterva de los números, ya sean modernos o elzevirianos, conviene hacer una de esas afirmaciones que por aquí siempre hemos llamado perogrulladas y que ahora el redichismo anglicado denomina truismos: hay una diferencia entre la errata y el yerro interesado. No es lo mismo crear historias a partir de errores en los años que elucubrar ignorando voluntariamente las fechas. Y es que algunos, quizá con la conciencia (falsa) de que los dígitos terminan liándose, deciden no darles importancia, como quien se convence de que contra los elementos no se puede luchar, o bien cree que para beneficiar sus intereses es más provechoso pasarlos por alto.

De esto último daré solo un ejemplo. El periódico La Razón publicó una pieza, de la que copio y pego, directamente de su página web, el antetítulo, el título, la data con la firma del autor –o autora– y los dos primeros párrafos:

Un manual editado por el Instituto Cervantes dirigido por Carmen Caffarel sirvió de referente de algunos de los trabajos criticados por la Real Academia Española
La guía no sexista que dejó el PSOE
12 Marzo 12 – - P. Rodríguez – Madrid
El instituto Cervantes,  entidad destinada a la difusión de la lengua y la cultura española en el mundo, se ha visto salpicado por la polémica del lenguaje no sexista. A finales del pasado año, la institución, bajo la dirección de Carmen Caffarel, editó la «Guía de Comunicación no sexista», un trabajo de 260 páginas que sirvió de inspiración para la elaboración de algunas de las nueve guías criticadas por la Real Academia Española en un informe elaborado por el prestigioso lingüista Ignacio Bosque que, según señaló,  si se siguieran al pie de la letra «no se podría hablar».
El documento del Cervantes, avalado por el Instituto de la Mujer, es otro ejemplo de las maniobras del Gobierno de Zapatero para intentar imponer un modelo ideológico de sociedad. Así, bajo el paraguas de la igualdad, Carmen Caffarel, primera mujer en dirigir el Cervantes –esta frase es machista según su manual–, en un momento de recortes en Educación y Cultura, decidió gastar una parte del presupuesto en editar una guía por la que se presupone que son las palabras las que tienen ideología y no las personas que deciden utilizarlas. Caffarel deja clara esta idea en el prólogo, en el que sostiene que «lengua e ideología son ámbitos estrechamente relacionados».

Al margen de la gran polémica generada por el asunto del lenguaje sexista, y la aparente intención del texto de dar más lanzadas que en Lepanto (1571), la primera pregunta que se puede hacer el lector es: ¿por qué Ignacio Bosque no incluyó a esa especie de madre de las guías en su informe? Para responder a esta cuestión, he ido al documento de la Real Academia y he copiado la lista de guías estudiadas. Es esta (no hace falta que se la lean):

AND: Guía sobre comunicación socioambiental con perspectiva de género. Consejería de Medio Ambiente, Junta de Andalucía, ISBN-978-84-96776-78-4, sin fecha.
CCOO: Guía para un uso del lenguaje no sexista en las relaciones laborales y en el ámbito sindical. Guía para delegadas y delegados. Secretaría confederal de la mujer de CCOO y Ministerio de Igualdad, Madrid, 2010.
GRAN: Guía de lenguaje no sexista. Unidad de Igualdad de la Universidad de Granada, Universidad de Granada, sin fecha.
MAL: Antonia M. Medina Guerra (coord.): Manual de lenguaje administrativo no sexista. Asociación de estudios históricos sobre la mujer de la Universidad de Málaga y Área de la mujer del Ayuntamiento de Málaga, 2002.
MUR: Guía de uso no sexista del lenguaje de la Universidad de Murcia. Unidad para la Igualdad entre mujeres y hombres, Universidad de Murcia, 2011.
UPM: Manual de lenguaje no sexista en la Universidad Politécnica de Madrid. Madrid, Unidad de Igualdad, Universidad Politécnica de Madrid, sin fecha.
UGT: Guía sindical del lenguaje no sexista. Madrid, Secretaría de Igualdad, Unión General de Trabajadores, 2008.
UNED: Guía de lenguaje no sexista. Oficina de Igualdad, UNED, sin fecha.
VAL: Igualdad, lenguaje y Administración: propuestas para un uso no sexista del lenguaje. Conselleria de Bienestar Social, Generalitat Valenciana, 2009.

Luego he buscado los años de edición de las cuatro que figuran como «sin fecha» en el documento académico (he dado con ellos fácilmente en internet) y he ordenado la lista de forma cronológica:

2002. MAL: Antonia M. Medina Guerra (coord.): Manual de lenguaje administrativo no sexista. Asociación de estudios históricos sobre la mujer de la Universidad de Málaga y Área de la mujer del Ayuntamiento de Málaga, 2002.
2008. UGT: Guía sindical del lenguaje no sexista. Madrid, Secretaría de Igualdad, Unión General de Trabajadores, 2008.
AND: Guía sobre comunicación socioambiental con perspectiva de género. Consejería de Medio Ambiente, Junta de Andalucía, ISBN-978-84-96776-78-4, sin fecha. [Según la página web de la Junta de Andalucía, se publicó en 2008]
2009. VAL: Igualdad, lenguaje y Administración: propuestas para un uso no sexista del lenguaje. Conselleria de Bienestar Social, Generalitat Valenciana, 2009.
2010. CCOO: Guía para un uso del lenguaje no sexista en las relaciones laborales y en el ámbito sindical. Guía para delegadas y delegados. Secretaría confederal de la mujer de CCOO y Ministerio de Igualdad, Madrid, 2010.
GRAN: Guía de lenguaje no sexista. Unidad de Igualdad de la Universidad de Granada, Universidad de Granada, sin fecha. [Según las propiedades del documento que está en la web, se creó el 15-3-2010].
UPM: Manual de lenguaje no sexista en la Universidad Politécnica de Madrid. Madrid, Unidad de Igualdad, Universidad Politécnica de Madrid, sin fecha. [Según la web de esta Universidad, es de fecha 24-9-2010].
2011. MUR: Guía de uso no sexista del lenguaje de la Universidad de Murcia. Unidad para la Igualdad entre mujeres y hombres, Universidad de Murcia, 2011.
2012. UNED: Guía de lenguaje no sexista. Oficina de Igualdad, UNED, sin fecha. [Según el documento que está en la web de la UNED, es de fecha 1-2-2012]

Así que ahora la pregunta es esta: ¿cómo una obra publicada «a finales del año pasado» [exactamente, el 14 de septiembre de 2011, según la editorial] pudo servir «de referente» o «de inspiración» a algunas guías publicadas en años anteriores o a principios de este? Probablemente, solo lo hizo en la mente de un –o una– periodista o de sus jefes –o jefas–, personas quizá prevenidas frente a las enfadosas prácticas aparentemente estocásticas o caprichosas de los dígitos, si descartamos la posibilidad de que estuvieran más interesados en dar la puntilla a determinadas personas que en informar a sus lectores. Caso en el que habría que lamentar que la verdad le estropee a ese –o esa– P. Rodríguez lo que él –o ella– creía que era una buena historia. Quizá encuentre orientación en este libro, que humildemente (bueno, con la escasa humildad con que me dotó mi creador) le recomiendo y del que extraigo la siguiente lista:

El propósito del periodismo consiste en proporcionar al ciudadano la información que necesita para ser libre y capaz de gobernarse a sí mismo.
Para cumplir esa tarea, el periodismo debe ser fiel a los siguientes elementos:
1. La primera obligación del periodismo es la verdad.
2. Debe lealtad ante todo a los ciudadanos.
3. Su esencia es la disciplina de verificación.
4. Debe mantener su independencia con respecto a aquellos de quienes informa.
5. Debe ejercer un control independiente del poder.
6. Debe ofrecer un foro público para la crítica y el comentario.
7. Debe esforzarse por que el significante sea sugerente y relevante.
8. Las noticias deben ser exhaustivas y proporcionadas.
9. Debe respetar la conciencia individual de sus profesionales.
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Apuntes de prosopografía… subjetiva

2. De cómo en ocasiones los periodistas toman a sus personajes las medidas, pero no nos informan de lo que miden en realidad

Tras escribir prosopografía he dado un trago de agua: quizá sigue en vigor la pena de muerte por deshidratación que un médico francés creía merecido castigo para los personajes de ficción que usamos palabras extrañas. En esto había algo de impostura, pues, siendo él real, fue el primero que llenó su lengua de escollos y voces raras. He aquí una: mateólogo. Algo así llamaba a los charlatanes y pedantes, profesores de cosas triviales. Es la que mejor me define, si fuera la hora de la etopeya [¿otro trago?]. Pero no. Es la de la prosopografía, que, para lo que aquí nos interesa, consiste en la descripción del aspecto externo de las personas.

«Era alto, fornido y con cara de niño». Así comienza el escritor mexicano Carlos Fuentes un artículo sobre el periodista estadounidense Tom Wicker, recientemente fallecido. Es un modelo de retrato conciso, que nos sitúa ante el personaje, por si no lo conocíamos. Más adelante, Fuentes atribuye a Wicker haber «denunciado el mito de la objetividad informativa», lo que no deja de ser una afirmación doblemente polémica (¿Wicker defendía eso?, ¿la objetividad es un mito?). Pero como yo pretendo huir de los debates de altura, hoy me referiré solo a lo que miden los individuos (no se asombren, aquí todo son bromas porque fuera han sembrado muchas sombras).

La altura de una persona no es, necesariamente, un dato relevante en una información, sea del género que sea. En todo caso, sí es un dato objetivo. Y un lector espera exactitud cuando el autor de un texto considera preciso referirse a lo que mide un sujeto. Pero aunque algunos periodistas, sin ser sastres, hacen trajes a medida y otros cortan de vestir, no todos llevan una cinta métrica en el bolsillo (y que me corrija Vidal si me equivoco). Por eso emplean los adjetivos convencionales o referencias comunes y comparaciones para dar cuenta cabal de la talla física de los personajes, que es algo menos que tomarle las medidas a alguien. Son sencillos principios de descripción. Veamos tres ejemplos:

a. “XXX, poco dado a la sonrisa, de proporciones imponentes y vestido con la simplicidad de quien tiene poco interés por salir guapo en la foto».

Se retrata a un individuo grande («de proporciones imponentes»).

b. «De la serie también se desprenden los signos vitales de este señor bajito y con boina: su incorruptibilidad, su fijación por los temas sociales, su desprecio por las convenciones y lo políticamente correcto».

Este es pequeño («bajito»).

c. «Y me pregunto cómo será el inquietante XXX. Un tipo muy listo que ha estado con él más de una vez me lo define como ni alto ni bajo, calvo y enjuto, no parece ni joven ni viejo, ni simpático ni cómodo, en una entrevista sólo se interesa si hay preguntas que suponen un reto […]».

Y este, ya ven, «ni alto ni bajo», «enjuto».

Es muy simple. Pero, como se reconoce en c, sí que hay algo inquietante: en los tres ejemplos (a, b y c), tres autores distintos están describiendo a la misma persona, y en el mismo número de una publicación. El sujeto es el periodista estadounidense David Simon, famoso, sobre todo, por ser el creador de la serie de televisión The Wire, y quizá a partir de ahora por ese físico al parecer polimorfo. No sé qué le diagnosticaría el citado doctor transpirenaico, experto, por otro lado, en el cuerpo grotesco. Por mi parte, como aún tengo sed, recurriré a la anacoenosis, con su poquito de apóstrofe, que no es esto ‘, sino esto otro:

–Navegante que desatiendes tus asuntos para pantallear estas líneas, te pido que te detengas, compasivamente, a meditar dos segundos sobre cómo es ese señor imponente-bajito-ni-alto-ni-bajo-enjuto –y con boina–. ¿No te parece un producto extremo de la pluralidad informativa, quizá ya pluralidaje; un engendro proteico de cierta subjetividad periodística?, tal vez de la que se aborda en otro texto de la misma publicación así:

«La objetividad, por supuesto, no existe: toda entrevista es una versión del personaje, una traducción realizada por el reportero. Pero no hay que confundir la subjetividad inevitable con las manipulaciones maliciosas: el reportero está obligado a ser todo lo veraz que pueda».

Sin manipular con malicia, entiendo que a veces no se puede ser veraz. Por lo que esta bobería escolar de la prosopografía nos termina desbordando en el mismo artículo:

«Las clásicas minientrevistas de Manuel del Arco eran breves y muy sencillas, casi únicamente preguntas y respuestas; pero Del Arco se incluía de algún modo en ellas y, por ejemplo, le preguntaba a un barítono alemán wagneriano cuánto medía y cuánto pesaba, porque el periodista decía sentirse abrumado por su presencia física; y así, esa enorme presencia formaba parte de la definición del cantante, a quien casi te parecía ver como un rotundo y carnal Nibelungo».

Realmente ese es un buen consejo: para acertar, preguntarle al personaje cuánto mide. Pero también señalé que las referencias que se le ofrecen al lector deben ser de tipo común, así todo el mundo lo entenderá de la misma manera. Y no es el caso: si la presencia física de ese barítono es abrumadora, enorme, no puede ser comparada con la de un nibelungo [¿por qué lo escribirá con mayúscula?], por muy rotundo y carnal que este sea, porque en ese contexto wagneriano, y refiriéndonos a la altura –no a la tesitura– de las personas, un nibelungo es… un enano. Solo grandes autores como nuestro galeno han podido convertir en colosos a diminutos duendes.

EN LETRA NIBELUNGA (que pone la lupa sobre las minucias)

Lo que se cayó de la sopa que Liebling le daba a Hemingway

El párrafo inicial, y potente, de un artículo muy recomendable sobre el gran reportero estadounidense Abbott J. Liebling (1904-1963); lo firma Fermín de la Calle, un periodista que está en la onda, en una publicación que no deben perder de vista:

«CapoteTaleseThompsonBreslinWolfe… El pretencioso Nuevo Periodismo, ese maridaje de periodismo y literatura en cuyo nombre tanto fantoche ha ensuciado el oficio, era un sucedáneo de lo que A. J. Liebling y Mitchell llevaban años haciendo. Solo en nombre del posmodernismo se han perpetrado tamañas fechorías. Pero antes de este pomposo bing bang periodístico, aquel orondo reportero ya había dado sopa con ondas al bon vivant de Hemingway y mostrado el camino a seguir al nunca suficientemente ponderado Norman Mailer».

Para el autor de esta epifanía, que pronto tengamos a Liebling incluso en la sopa será como si esta se cayera en la miel. Como Liebling era un glotón, es posible que en esas líneas se esconda un juego de palabras [como aquí, por otro motivo] o una doble intención que no logro descubrir, y puede ser que también contengan sutiles cumplidos a su francofilia. Es un arranque con afán iconoclasta, una verdadera arremetida contra los gigantes, de los que tanto sabía el facultativo gabacho que nos acompaña, pero que pasa por alto la precavida destreza de David –no del multiforme Simon–, fundibulario avant la lettre. Y es que lo primero que me llamó la atención de él fue esa «sopa con ondas». ¿Es que Liebling alimentaba con sopa de su pan a un bon vivant que andaba a la sopa boba, y se formaron ondas cuando algo cayó en el plato?, ¿quizá lo que cayó en la sopa fue una piedrecita de ese «camino a seguir» tan francés (voie à suivre)?, ¿o tal vez fue –temor del rústico escudero– una sopa de arroyo (Limpidus lapis de torrente) lanzada con maña balear? Yo creo que lo que cayó fue solo una letra, y así devino sinuosa el arma. Evité usarla aquí para poder mandársela a Fermín: h. Y me reservé otra para mí, que, definitivamente, moriré de hipernatremia.

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Razones y sinrazones de unos regalos

1. Una vez presentado –y estoy encantado de conocerme–, me permito la confianza de hacer una recomendación para el día de Reyes

En cada español hay, sobre todo, un gramático. Mantengo esta idea con relativa convicción –y en contra del tópico de que es un seleccionador de fútbol lo que llevamos dentro–. Me la confirma la pasión con que en cualquier lugar dos compatriotas se ponen a discutir sobre si tal palabra significa esto o lo otro; si esta expresión es así o asá, así que asá, así o así, así que asado (o así que asao, si lo prefieren); si no hay que beber de esta agua o de este agua, etcétera.

Todos creemos saber sobre el asunto, y la mayoría sabe mucho. Es lógico: la lengua en que nos expresamos forma parte de nosotros –y nos forma–. No es necesario argumentar demasiado una opinión que salta (a) la vista hasta en discusiones de taberna. El interés por estos temas explica también el éxito de ventas, apoyado por intensas campañas publicitarias, de determinadas obras. Desde las navidades de 2009 –para no remontarnos demasiado– se convirtieron en puntuales regalos, sucesivamente, la Nueva gramática de la lengua española y la Ortografía de la lengua española (a esta no la llamaron nueva), editadas por la Real Academia, que también ha dado a luz un hijo (Manual) y una nieta (Básica) de la primera. Y este año los académicos nos proponen el tomo de Fonética y fonología –que además es de lomo–. Pero esto ya son palabras mayores, y la campaña ha decaído bastante.

Y toda esta digresión, ¿para qué? Para justificar un escrito con yerro que demuestra que la distracción acecha en las mejores casas para perpetrar sus asechanzas. Es un párrafo de la citada Nueva gramática que transcribo literalmente (repito: literalmente, y bien que lo lamento) a continuación:

«No todas las preposiciones admiten con normalidad, sin embargo, los pronombres oblicuos. Se usa, por ejemplo, bajo sí y desde sí, pero no bajo mí y bajo ti, y son infrecuentes desde mí y desde ti. Se usan, por ejemplo, bajo sí y desde sí, y también, aunque más raramente, desde mí y desde ti, pero no bajo mí y bajo ti. Son normales sin mí y sin ti, pero es muy raro sin sí (aunque se ha registrado sin sí mismo en textos filosóficos)».

Es claro que los autores mantuvieron en la edición impresa, por error, sucesivas redacciones del borrador. Y ahí está, torturando con la repetición al desconfiado que intenta entenderlo de entrada. Párrafos sobre otra materia, pero con tanta sinrazón en sí, embelesaron a Alonso Quijano. También le fundieron el caletre e hicieron de él un quijote. No será ese el destino del frecuentador de las obras académicas, sobre todo si recurre a un reciente antídoto –y esta es mi recomendación como regalo para los que estén interesados–. Se llama El dardo en la Academia, y se puede ver aquí.

EN LETRA PEQUEÑA (con la que bien se mira el dedo que señala a la Luna)

Linda caída del caballo

Se organiza la cabalgata de Reyes cerca de aquí mientras leo un periódico de ayer. Me detengo en varias líneas de una columna. Creo que la autora es de lujo, y con cada obra mejor novelista, menospreciada a veces por repartidores de carnés, pero en este pequeño lance no sacó limpio el caballo, y no puedo evitar despachar el yerro con mis gracietas:

«No sé de cuánto dinero deberían prescindir el presidente y el consejero delegado de Bankia para sostener de manera filantrópica dicha revista [se refiere a la Revista de Libros, financiada por la Fundación de Caja Madrid, que la ha cerrado], pero, dadas las cantidades anuales que reciben, estoy convencida de que el aporte no les descabalgaría el presupuesto».

Del presupuesto se descabalga la partida destinada a la revista. Pero se confunde la forma, se contagian los contenidos, y es el presupuesto todo el que se descabalga, en vez de descabalarse o, quizá, de descalabrarse. En todo caso, no serán esos banqueros quienes se descabalguen del presupuesto. Sería descabellado que ellos propiciaran su descabello, no sin despeinarse. Desmontar no siempre es bajar del caballo, como sabrá el jinete polaco. Por aquí me descabullo.

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Área de distracción

0. Se presenta a L. Cálami, que defiende la distracción como forma entretenida de la realidad

Un poeta, orgulloso –con pocos motivos– de un poema que había compuesto, replica a un allegado que le señaló varios disparates en sus versos: «Estas notas no son de amigo, sino de los que leen y escudriñan las obras con ansias de zaherirlas y de hallar tropiezos en ellas». Describía a un tipo de entrometido contra el que también previno Jorge Luis Borges con un fruto fresco de su genio: «Por increíble que parezca, hay escrupulosos que ejercen la policía de las pequeñas distracciones».

L. Cálami, por lo que sé de él, pertenece de oficio a una rama lejana de los escudriñadores y escrupulosos que amargaban a aquel poeta ya olvidado y eran destinatarios del desdén del escritor argentino. Ahora pretende hacer desfilar por estos Escritos con yerro algunas de las pifias que encuentra en sus lecturas y en su trabajo. Me asegura que su propósito no es zaherir ni hacer de policía. Él cree que en muchos de esos despistes o traspiés se entrevé algo sugerente, más allá del mero error gramatical o del dato equivocado.

–No es lo mismo –me explica– escribir ‘haber’ cuando se quiere escribir ‘a ver’, que escribir ‘expirar’ cuando solo se pretendía decir ‘espirar’. Este caso es mortal. No digamos  cuando los errores son en cifras en fechas o en otro tipo de datos; o cuando se mezclan los significados de las locuciones… Y otras muchas cosas que traeré por aquí. Las posibilidades desbordan la imaginación.

Esas distracciones, y otras similares, originan una realidad, imprevista por el autor, que a Cálami le resulta entretenida, y por eso quiere compartirla. La verdad, yo no entiendo mucho de estas casualidades afortunadas, serendipidades o como quiera que se llamen. Pero sí he comprobado que a las personas no nos consuela tener más que aprendido que errar es humano: a todos nos disgusta equivocarnos; y más, que alguien lo descubra y nos lo haga ver. Sobre todo a los muy distraídos como yo.

–Sobran pedantes de esos –le digo.

–Sin embargo –replica–, muchos autores reconocen en sus libros las deudas que tienen con tal o cual amigo o editor que revisó el original y le señaló los errores.

–Sí, es eso que alguno llamó los «remilgos gratulatorios anglosajones». Desde la comadrona que los sacó de su madre hasta el muchacho que les pasea al perro, decenas de personas los ayudan a que terminen sus libros. Lo de citar ahí a editores y correctores parece mera formalidad. Otra cosa es cuando todo está ya negro sobre blanco. Entonces no se ven las gracias…

–Bueno, sé que usted tiene algo de bermejo –me espeta, delatándome, el plumilla–, y a mí me sobran las licencias. Pero mi intención no es ir de caza mayor ni hacer sangre.

Más bien –se enrolla, y resumo–, se trata de compartir una sonrisa, o carcajadas, por esas pequeñas distracciones que cometemos al escribir, y de asomarnos a esa realidad fortuita, fruto del error, en la que él cree.

Mis vecinos de los otros blogs –remata Cálami– contarán historias reales y opinarán sobre lo que pasa o les pasa. Su trabajo de periodistas es dar cuenta de tres uves dobles, creo. Por mi parte, yo saldré con un lacito a ver qué gazapo pillo por ahí; lo traeré a esta ‘área de distracción’ y daré cuenta de él.

Esto me recuerda una bobada muy manida, que es mi conclusión: unos señalarán la Luna y Cálami mirará el dedo. Veremos.

C. Rubio

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