El Rey y su golpe de cadera

Pocos saben quién es Javier Ayuso. Un buen hombre con una cruz a cuestas. Un profesional de primer orden con una misión imposible. Hacer luz en la catástrofe informativa en que se ha convertido la Casa Real.
Ayuso es el jefe de prensa de La Zarzuela. La comunicación institucional es lo que los plumillas presuntuosos llamamos “la otra trinchera”. Pero son personas, y también periodistas, y muy buenos, aunque les toque lidiar con… bueno, mejor sin chistes.

Hay mil tratados, tesis y teorías que desarrollan esta ciencia. No creo que ninguna enseñe los antídotos para cuando tus “clientes” se dedican a hacer el tonto. Uno va y se pega un tiro en el pie, el otro se da un leñazo cuando se escaquea del curro y acaba en el hospital, la de allá en sus conciertos y missing, y no digamos nada del que se hace el sordo y se lleva la pasta a Suiza. Algo más que tonterías.
Uno piensa en marrones o imposibles similares y solo se le viene a la cabeza el infausto George W. Bush, que en el colmo de sus astracanadas casi muere en el ala oeste de la Casa Blanca atragantado con una galleta. A veces a los poderosos les da por hacer el tonto. O que forma parte de su idiosincrasia.
La Casa Real era una cosa seria en tiempos. Cuando tratabas con ellos -en interviú poco, porque somos más bien plebeyos- había un eco señorial en el teléfono, un fru-fru de árboles nobles en la entrada de sus Palacios y cuarteles, mucho traje azul, mucho señor de voz grave. Una telefonista de voz remota te pasaba con prensa, un fax gestionaba tus impertinentes ideas, las semanas pasaban entre las moquetas de la reflexión hasta que probos funcionarios del Rey daban señales de vida.

Los becarios te miran con cara incrédula cuando recuerdas que interviú es uno de los escasos medios que ha hecho una entrevista al Rey. “El mago de La Zarzuela”, decía aquel titular ochentero. Nuestro presidente fundador aparecía sonriente en los salones de palacio con Su Majestad, también de buen humor.

Eran tiempos en que en La Zarzuela se mantenían encuentros con destacados lideres de opinión. También en los que el Rey se daba un baño de vulgo con ocasión de su onomástica (por San Juan, su santo, para los no iniciados). Entonces era fácil llevar los temas de imagen zarzueleros: un Rey rubio, dinámico y simpático, aclamado por el país como si fuera Perico tras ganar el Tour.

Y todo Dios callado. Sobre la leyenda de invulnerabilidad de la Corona en los medios se podría escribir un libro. Un capitulillo nos los guardaríamos Alberto Pozas y servidor, por un sucedido de 1998, pero no diré más por cobarde prudencia. Pero –y ahora llegan las batallitas, que tanto me reprocha quien mira por mi bien– las relaciones con la monarquía mejoraron. Mucho.

Los que viven en Madrid pueden presumir con sus amigos de provincias de encontrarse por la calle con los personajes que salen en la prensa. En la prensa de Madrid, claro, lo que le debería quitar mérito a las coincidencias. Si eres periodista, mucho más. El caso es que circunstancias paralelas a la vida profesional me han llevado un par de veces a la vera de su majestad, al que se llama en los círculos que le tratan “el señor”. Se da la curiosa circunstancia de que –y ahora nos quitaremos el falso manto de la modestia– entre “el señor” y servidor –aquí, un súbdito– se da una inexplicable complicidad. Vamos, que las dos o tres veces que hemos coincidido en foros públicos me siento objeto de la complicidad del Rey. Así, como suena. Me explico.

La primera vez, yo sentado entre el público, en tercera fila, me percaté de que don Juan Carlos miraba en mi dirección. Pensé que entablaba una mirada de conocimiento con alguien del público. Pero no, era a mí. Me señalé el pecho, con cara de “¿es a mí?”. Sí, era a mi. Inclinó la cabeza y puso una cara de enorme paciencia en la que leí: “Vaya coñazo”. Asentí con respeto. El hombre tenía razón.

Luego, en el ágape y foto posterior, me tocó más o menos cerca de él, vestido de capitán general –yo no, él–. Tras el clic-clac de la foto, se volvió y entablamos la siguiente conversación:

El Rey: ¿Qué tal? ¡Cuánto tiempo!

(Debía hacer unos 40 años que no nos veíamos. Toda mi vida)

Servidor: Bien, señor. ¿Qué tal usted?

El Rey: Aguantando. ¿Cómo te van las cosas?

Servidor: (glubs). Bien, señor. Enhorabuena por la nieta (acababa de nacer una, no recuerdo cuál).

El Rey: Bueno, bueno.

Luego fuimos devorados por la vorágine.

Por supuesto, a nadie pasó inadvertido esté privé del Jefe del Estado con servidor –del Rey y de ustedes–, de manera que pasé a ser la comidilla de la recepción, para mi incomodidad. “¿De qué te conoce?”. Incomodidad que creció exponencialmente porque daba la casualidad de que cada vez que me metía un canapé en el buche –soy un hambrón–, aparecía por el corrillo y me miraba con cara de cachondeo.

No sé con quién me confundía. Todo el mundo sabe que en mi rancio abolengo no hay rastro de Borbón, aunque algún malentencionado dice que tengo tendencia a borbonear, lo que quiera Dios que eso signifique.

La siguiente vez no nos dio tiempo a mantener una de nuestras conversaciones. Nos tuvimos que conformar con un reconocimiento en la distancia, un inclinar la cabeza de respeto. Entonces, su Majestad, que llevaba un vaso de agua en la mano y uniforme de campaña, hizo algo extraño: levantó el vaso sobre su cabeza y flexionó las piernas a la vez, mientras miraba con cara de asombro su propio vaso de agua. Luego me miró con cara de guasa, que correspondí con mi mejor sonisa llena de dientes.

Ya puede ver el lector que soy persona autorizada para hablar de la monarquía por nuestro íntimo y cercano trato Aun así, solo me siento autorizado a hablar de lo que un periodista que trabaja en los despachos de Zarzuela tiene que estar pasando estos días.

Puede haber crisis financieras, crisis porque te pillen robando, hasta crisis por torpezas políticas. Pero a ver cómo arreglas una crisis provocada por una zapatiesta de tiros pegados a destiempo. Vamos, literalmente por pegarte un tiro en el pie.

Javier Ayuso es un profesional muy competente y en contar la verdad de lo que ha pasado ha demostrado que actúa con diligencia y rigor. Y esos parecen los mejores pasos –con muletas de diseño, o no– para recomponer el fiasco.

Entre los periodistas no está demasiado bien visto ser monárquico. Vamos, si en las elecciones votaran solo periodistas a veces pienso que gobernaría lo que hoy es la izquierda extraparlamentaria, quizás troskista o maoista. Es decir, que no somos ejemplo de nada.

Tampoco lo es una familia en la que uno va en patinete eléctrico por la calle Serrano, el otro hace negocios feos, la de allá se arregla la nariz y el busto, se dan tiros fuera de lugar, y el abuelo no va al hospital a ver al nieto, sino que se va de safari a Botsuana.

A nadie le importa si servidor –de ustedes– es monárquico. Solo digo que, si yo estuviera en los zapatos de Ayuso –no es fácil, calzo un 45–, me fijaría en un tipo alto, serio, educado, que tras ligarse a modelos rubias envidiables lleva muchos años sin hacer el tonto. Lo más absurdo que tiene en su vida, que es el trasnochado título de príncipe, debería quitárselo cuanto antes de encima. Se llama Felipe de Borbón.

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2 respuestas a El Rey y su golpe de cadera

  1. pilar dice:

    que les ha mirado un tuerto a la casa real, y por contagio a los periodistas de zarzuela

  2. pilar de la plaza fontan dice:

    Querido amigo, no solo no me creo nada de lo que dicen, si no que si alguien me preguntase mi respuesta, seria que quiza le dio un mareo y perdió la concentración, como el dia que se pego con una puerta, pero a las alturas que estamos y con la que esta cayendo, siento pena al pensar que ni a la principal cabeza invisible no le importamos y tal es su procupación que se va de caza encima a cazar elefantes con lo que a mi me gustan en fin que se le va hacer si la vida le hizo asi.

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