Hay días en la vida del reportero en que es mejor no haberse levantado. En la atribulada vida reporteril hay un día señalado en negro, el día de la marmota, el de la cuesta arriba, el que más pereza te da: el día de la llamada puñetera.
Pongamos en antecedentes a los profanos. Hay veces que la vida del periodista parece un cachondeo: que si quedas a comer con fulanito, a un café con menganita (y no al revés, un café con menganito y una comida con fulanita, malpensados), una conferencia de media tarde mientras el sol cae dulcemente en la Castellana, una cena con señores de corbata… Días de vino y rosas. Pues no, de esos polvos vienen los lodos.
Las vías por las que la información llega a un periodista y luego ésta se convierte en titular y epata al guarda del garaje que te dice, “¿y cómo te enteras tú de eso?”, con cara de querer decir también “con la pinta de pringado que tienes”, son variopintas. Pasan por eso efímero y disforme conocido como “las fuentes”.
“Las fuentes” se encuentran en sitios de lo más raro. Eso es verdad, pero si me ha de creer –no tiene por qué, ahora que lo pienso–, las que son de fiar suelen estar metidas en un despacho, en horario normal de oficina, y no en cabinas de teléfono misteriosas en un punto indeterminado de la carretera de Burgos, entre la niebla. Aunque de todo hay. A un amigo al que a estos efectos llamaré “fuente” me lo encontré haciendo el jíbaro en un bar. Nos reconocimos inmediatamente como jíbaros y desde entonces negaré unas cuantas veces ante el juez que él tenga nada que ver con algunas cosas que se publican.
Bueno, comiendo, fumando, hablando o en el fútbol, el periodista pilla cacho: tiene tema. Vamos, que hay reportaje. Una vez tiene el tema, llegan los papeles. Una tonelada de papeles, por lo general. Prolijos, espesos, fotocopiados, casi siempre incomprensibles. Vale, el indocumentado plumilla se apresta a desenredar el follón de legajos y “otrosí digo” y saca en claro una historia. No se impaciente, que ya llega la llamada puñetera.
Total, que tenemos varios días enterrado en papeles, llamadas para enterarnos bien del follón, una entrevista previa, acompañada de viandas o caña o café o austera botella de agua mineral. Convencer al jefe y conseguir explicarle lo que hoy se llama “la bacalá”, pensar un título y estructurar la confusión mental que te asola en un proyecto de texto. Vale, pero aún hay que hacer la llamada puñetera.
En toda buena historia hay un malo. Esa es la idea que se monta el reportero en la cabeza, a donde le conducen los papeles, la obsesión llega a tal calibre, que hasta lo ve anunciado en los autobuses urbanos. Fulanito es el malo. Es el señor Malo.
Pero el malo, amigo, el malo tiene mucho que decir, por lo general. El día que hay que hacer la llamada puñetera uno se despierta más despacio, con peso en el alma. El desayuno se masca y se masca, la radio se ignora, ves claros indicios de que todo el mundo sabe la que te espera. La gente te mira por la calle con gesto airado. Piensas, “saben que soy un villano que voy a destrozar la vida al señor Malo”. Ese pensamiento se alterna con el de “caerá sobre mí todo el peso de la ley, por malvado”.
Cuando vas a hacer la llamada, inexplicablemente, se hace un silencio en la redacción. Tu voz retumba por las paredes del amplio espacio con que hemos sido obsequiados para hacer nuestro trabajo.
Luego oyes tu voz, trémula, cuando escuchas la grabación de la llamada. Insegura, con risas nerviosas inoportunas, llena de inflexiones y monosílabos absurdos; odiosa. Puede ocurrir que el pánico se apodere de tu alma: ¿Y si el señor Malo tiene razón y los señores Buenos son en realidad unos taimados embusteros? Puede pasar. Para eso está el derecho de refutación, sagrado y aplicable en primer lugar en la estrecha mente del periodista. No suele ser para tanto. Los señores Malos habitualmente tratan a los plumillas con displicencia, como los mosquitos que son, o mejor, moscas cojoneras. “El mundo de verdad se juega fuera, en los despachos, no en las redacciones, enano”, parece que te dicen.
Refutas, compruebas, añades todas las versiones, comprueban tus jefes, jefes más altos que la luna y, al final, se publica el reportaje. Liberación. O no. Porque los señores Malos que trataron al plumilla como la mosca cojonera que es, se duelen en varas. Y amenazan.
Es curioso. Cuando alguien cuenta una maldad en una comida amistosa, suele ser muy celebrado. Cuando se publica un reportaje que ha sido comprobado, contrastado y leído hasta la saciedad por ojos autorizados, parece que se ha matado a Manolete. Pueden los señores Malos haber robado a manos llenas, haberse llevado el colacao y la merienda de los vecinos de su pueblo, haber hecho la vida imposible al empleado o al ciudadano o a la competencia. Pero una hoja impresa desata la ira. Y hay que recordar que el que escribe no roba, ni amenaza, ni se lo lleva crudo, ni siquiera es obsequiado por un carguito del partido. Pero, en cambio, le puede caer el peso de la ley como patine media palabra mal puesta. Así es el juego, el que no quiera, que se dedique a otra cosa.
Otro día hablaremos de los edificantes juicios en que los lobos se ponen la piel de corderos, que es asunto que da mucha risa. Y mucha grima (y toco madera).
Un consejo para los jóvenes que tienen que hacer la llamada puñetera. Hay que tener claro quién es quién. Tú no has robado, ni matado, ni especulado, ni hecho contratos falsos, ni debes pasta al sursum corda. El que llama solo quiere hacer luz y saber. Y contar.
Al fin y al cabo, preguntar no es ofender, como dijo un sabio.
Cuánta razón, amigo.
Tienes razon, Joaquin pero en estos momentos no reflexiones porque te tendrias que meter en casa o en una hurna y no salir, para no dejar a los malos que haberlos ahilos como las brujas campear como si esta España fuese el corral de la moreria.