Mi primer día en Interviú

#interviu40

Puede sonar un poco raro, pero ahora que hay que echar la vista atrás para celebrar el #interviu40 me doy cuenta de que he tenido tres primeros días en la revista. Eso si no cuento mi primera gestión para Tiempo cuando era suplemento de Interviú: acababa de decidir ser periodista y abandonar Empresariales y me dejaron hacer una toma de declaraciones por teléfono a la jefa de las Juventudes de UCD de Andalucía (¿era la mujer de Javier Arenas?, ya no me acuerdo). Pero eso no se puede considerar un primer día. Tampoco, algún tiempo después, cuando dejé de colaborar en el Tiempo ya autónomo porque no quisieron publicar un reportaje sobre una mafia entre policías y joyeros, y empecé a trabajar para Interviú a través de María Antonia Iglesias, que era mi redactora jefe en la agencia de noticias OTR/Press.

El primero
Un buen día tuve que acudir a la redacción de Interviú, en la calle Potosí de Madrid. Llegué con un respeto reverencial. Había que bajar unas escaleras y cuando franqueé la puerta me encontré con María Antonia Laparte, mítica secretaria, dando voces mientras la redacción se había dividido en dos en una guerra muy peculiar en la que volaban ceniceros. Me vio el redactor jefe, Ignacio Fontes, y su grito de “estaos quietos, coño” obró el milagro de la paz inmediata. Fontes, luego director de la revista, era un gran jefe de redacción del que podías aprender con poco esfuerzo. Y así tuve mi primer contacto físico con Interviú; ese mismo año me invitaron a la copa de Navidad y tuve otra experiencia: tomar unos canapés con la mujer de portada de esa semana, creo que era Violeta Cela.
Como me fui un par de años al gabinete de prensa de la Seguridad del Estado, no rematé mi relación con Interviú, y hubo que esperar algunos años para tener un nuevo primer día con la revista. Enero de 1997, su director Agustín Valladolid y buen amigo, me invita a una hamburguesa en el Geographic. Yo entonces dirigía la agencia OTR y el boletín de información política Off The Record, y venía de haber pasado en ese tiempo por el periódico El Sol, como jefe de Nacional, La Máquina de la verdad (Tele 5), Código Uno (TVE, subdirector) y La Ley del Jurado (TVE, director). Vamos, que alguna experiencia en gestión de redacciones había tenido. En aquella comida, Agustín me dijo que si quería ir a Interviú, y casi me pedía perdón porque sólo me ofrecía el puesto de redactor jefe. Sabía, porque yo se lo había contado, cuál era mi sueño de joven periodista, trabajar en Interviú, y mi sueldo. Así que no le costó ningún trabajo convencerme.

El segundo
Y llegó aquel 2 de febrero de 1997. Entré en el Interviú de la calle O’Donnell y tuve un gran recibimiento: habían buscado una silla rota y me la habían puesto. Una bonita declaración de intenciones. Mientras María Antonia encontraba una sana, Agustín me fue presentando a la gente y luego me invitó a que me reuniera con los reporteros. Así lo hice y no necesité más tiempo para darme cuenta de que aquella redacción veterana se dividía en dos: un grupo que enturbiaba sus aguas para hacerlas parecer más profundas (siempre me acuerdo de esta cita, pero nunca del autor, lo siento) y otro, la mayoría, que te presentaban sus temas con mucha más modestia y honradez. La reunión fue tranquila hasta que le tocó el turno a Antonio Pardo, un grandísimo reportero muy acostumbrado a ir por libre. Dijo que estaba terminando un reportaje sobre drogas blandas, y me sorprendió que todos los testimonios fueran positivos. Empezó la discusión cuando le dije que buscase a alguien que al menos tuviese dudas de esta bondad de los canutos y similares y como era muy cabezón, empecé a alzar la voz. Agustín, que debía estar más que atento detrás de la pared, entró en la sala de reuniones muy tranquilo y preguntando cómo iba todo. Pardo fue rápido para decir que estábamos hablando sobre un reportaje, le tuve que corregir: estábamos discutiendo y le pedí que entregará su texto que ya encargaría a alguien de que lo completara. No fue agradable empezar a gritos, pero creo que sirvieron para que alguno acostumbrado a marcar su territorio (y no hablo de Pardo), tuviera que asumir que yo era el nuevo redactor jefe. Con la inmensa mayoría del equipo funcionamos más que bien, pero he de reconocer que alguno siguió enturbiando sus aguas todo lo que pudo. Y un poco más.
Tras Agustín llegó a la dirección de Interviú Jesús Maraña, después Teresa Viejo y Manuel Cerdán. Hubo un momento que tuve que salir de la revista para dedicarme, con mucho entusiasmo y agradecimiento, a elaborar suplementos para El Periódico. No era lo que más deseaba, pero me permitió tener una nueva oportunidad de volver a sentir mi primer día en Interviú.

El tercero
Tomé posesión como director un 15 de octubre de 2008. Aunque llevaba toda mi vida anhelando ese momento, me presenté a la redacción sin discurso, con la pierna izquierda bailando salsa y con un extra de emoción porque me empeñé en recordar a los que faltaban, una lista demasiado larga que encabezaba Antonio Asensio Pizarro y que ahora ha engrosado Fiti. Echo de menos a todos y cada uno, incluso a alguno que me perreó demasiado. Bueno, el caso es que mis palabras de presentación no figurarán en la historia de Interviú, aunque también estoy seguro de que todos allí me entendieron, porque todos sabían que las ganas presidían mi tercer primer día en la revista.
Se fueron los directores generales, entré en el despacho en el que había estado en tantas ocasiones como visitante y, casi de inmediato, me acordé de las lecciones de Miguel Ángel Aguilar. Cuando llegó Miguel Ángel a El Sol, me llamó para comer, “tenemos que conspirar”, me dijo. Quiso saber dónde comía la gente de la redacción para no coincidir con ella. “A los periodistas hay que darles el mediodía para que puedan llamar hijo puta a su director, y si estás en la mesa de al lado, no te pueden insultar”. Han pasado 25 años desde aquel almuerzo, pero mantengo la premisa de dar una distancia a la gente por si tiene la necesidad de, por lo menos, criticarme.
El caso es que esa primera tarde, sentado en el despacho, sentí la soledad del director, que no me abandonó en los primeros meses, cuando los mejores amigos que tenía allí y que había ayudado intensamente a llegar a Interviú, pensaron que me hacían un favor si no entraban al despacho. Tardaron algo en darse cuenta de que lo que venía era tan duro, que un buen abrazo me sentaría bien. En cuanto las circunstancias lo permitieron, pude contar con ellos para el nuevo proyecto, pero ese momento lo podría considerar como mi cuarto primer día en Interviú.

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