El peligro de ser abogado

Contamos esta semana en Interviú que el pasado mes de diciembre, unos sicarios se presentaron en el despacho del abogado Óskar Zeín con una granada, una bala de gran calibre y unas imágenes de cadáveres desmembrados reclamándole una deuda de siete millones de euros que había contraído uno de sus clientes, Ángel Suárez Flores, Cásper. Afortunadamente, las amenazas de los sicarios no se han cumplido y Zeín y su despacho siguen intactos, aunque, eso sí, el letrado ha decidido abandonar la defensa de Cásper.
Y es que en los últimos tiempos, ser abogado penalista y defender a según qué clientes es una profesión de alto riesgo. Rafael Gutiérrez Cobeño, letrado de la familia Peña Enano –históricos líderes de Los Miami, ahora enfrentados a muerte con los López Tardón–, fue asesinado a tiros a las puertas de su despacho en 2005. El crimen continúa sin esclarecer. Tres años después, en 2008, Alfonso Díaz Moñux, abogado de numerosos narcotraficantes y que había llegado a representar al mafioso ruso Kalashov, fue tiroteado en presencia de su pareja, la abogada Tania Varela, que había sido novia de David Pérez Lago, narco e hijo de Esther Lago, la mujer de Laureano Oubiña. Cuatro sicarios fueron detenidos por este crimen, del que sigue sin conocerse el inductor.
A estas muertes se suman los letrados que en los últimos tiempos han sido detenidos por, presuntamente, traspasar los límites que establece el derecho a la defensa. Roberto Rodríguez Casas –abogado de Lauro Sánchez Serrano– y Arturo García Hernández –relacionado con Álvaro López Tardón– son los últimos ejemplos.

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“Mejor perseguir a los que roban bolsos”

La cacería contra las personas que investigaron la trama Gürtel de corrupción continúa. Conozco a algunas de esas personas y doy fe de la cantidad de horas que han dedicado al asunto, muy por encima de sus sueldos y de sus familias. No voy a hablar aquí del juez Garzón, que tiene suficientes abogados y paladines, casi tantos como inquisidores. Pero sí de algunos policías, sobre todo de uno, Juan Antonio González, el que fuera comisario general de Policía Judicial.
González no ha buscado nunca las cámaras ni ha hecho política. Es un madero a la antigua, un profesional, el tipo que, con su gente, cogió a los asesinos de Anabel Segura, por ejemplo, o a Luis Roldán. Alguna vez, impresionado por la cacería desatada contra él por el caso Gürtel se le ha escuchado decir: “en este país hay que perseguir solo a los que roban bolsos a las ancianas o carteras en la puerta del Sol”. A González, jefe de una investigación que, además de provocar la caída de numerosos políticos corruptos en Madrid y Valencia, ha recuperado para el Estado español, entre otras cosas, 27 millones de euros en Suiza y Estados Unidos, le acusaron de corrupción y Asuntos Internos investigó su vida, sus cuentas y las de su familia durante dos años. Nada.
Un concejal de Majadahonda llegó una tarde con unas grabaciones que había realizado a la trama. Eran dinamita. Mucho más que trajes. 120 millones de euros en contratos, sobornos, viajes pagados, fiestas con prostitutas… Así empezó la investigación de la Gürtel. La investigación que, algunos manipuladores mediante, ha acabado por darse la vuelta. Hoy, la Comunidad Valenciana está en quiebra. Ni los dirigentes del PP defienden la era Camps.
En algún pasillo, a González también se le escuchó decir: “si viene otra vez ese tío con las grabaciones, le doy una patada en los huevos y lo mando a casa”. Los que le conocemos sabemos que, pese a todo lo que ha pasado, el comisario González no lo haría, nunca lo haría. Porque es un madero, y de los buenos. Se llama Juan Antonio González e intentó luchar contra la corrupción y la delincuencia económica que arrasan España. Mientras le han dejado.

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Jefes de prensa

Viñeta de Mulet. http://rincontopo.blogspot.com


Los periodistas tenemos que lidiar casi a diario con los gabinetes de prensa.También los que nos dedicamos a esto de los sucesos. Policía, Guardia Civil, Ministerio del Interior, policías municipales, Tráfico, Instituciones Penitenciarias… Todas las entidades con las que tratamos en nuestro trabajo cuentan con esos departamentos de prensa y comunicación, que forman un universo peculiar, tan peculiar como los organismos para los que trabajan. Me intentaré explicar.
Hay gabinetes de prensa formados por agentes o funcionarios del cuerpo que corresponda; policías en el de la policía, guardias en el de la Guardia Civil y así sucesivamente… En los gabinetes civiles hay funcionarios o periodistas que han accedido de una u otra forma a la plaza. Eso, en cuanto a su composición. Sus funciones, sobre el papel, están claras: difundir el trabajo que haga su cuerpo o institución y facilitar el trabajo de los periodistas, es decir, intermediar –por ejemplo– entre un reportero y el responsable de la unidad policial que ha hecho una brillante operación anti-drogas sobre la que el periodista quiere más información que la que ofrece la, por lo general, escueta nota de prensa.
Los jefes de prensa están obligados a mantener un muy difícil equilibrio entre la lealtad a la entidad a la que pertenecen y que les paga y los intereses de los periodistas. Eso lo sabemos todos los profesionales de la información, que conocemos bien la idiosincracia de estos departamentos y que convivimos con la mayoría de ellos respetándonos y colaborando… en la medida que se pueda. A veces, el varapalo es inevitable, la exclusiva revienta la rueda de prensa prevista para el día siguiente y se pone en evidencia que los intereses de unos y otros son difíciles de conciliar.
Como entre los periodistas o entre los policías o entre cualquier colectivo, hay jefes de prensa malos, regulares, buenos y unos pocos excepcionales. Excepcionales por su visión periodística aún estando al otro lado, por la agilidad con la que tramitan las peticiones de los medios, por la profesionalidad con la que mantienen el equilibrio entre la lealtad a su institución y la colaboración con los periodistas, por la habilidad para parar los golpes y por la deportividad para encajar los que son justos, por la capacidad de entresacar lo mejor del trabajo que hace su organismo y darlo a conocer, por su sentido de la justicia para no favorecer a uno o a otro medio al margen de su adscripción ideológica… Créanme. Hay muy pocos jefes de prensa así. Una de ellas llevaba dos décadas prestando unos magníficos servicios a la Administración –fuese del color que fuese– y a los periodistas con honestidad y profesionalidad. La han despedido. La Secretaría General para la que trabajaba es hoy un poco peor.

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Sangre y semen. Dos preguntas

“Hijo, ¿no te cansas de hacer asesinatos?” Cuando pasaba unos días de descanso en Gijón, mi madre aprovechaba algún descanso en Tómbola para preguntarme qué tal me iba por Madrid. Además de animarme a tener paciencia con Manuel Marlasca“se nota que te quiere mucho”–, no entendía mi pasión por el periodismo de sucesos. Nunca supe qué contestarle.

Lo mismo me ocurrió tiempo atrás, hacia el año 1996, cuando un director de un programa de televisión al que llamábamos El Churrero, nos exprimía a ritmo salvaje en busca de sangre y semen para nutrir un reality show. Una tarde acabé en una ciudad del norte buscando a una chica violada. Ni la chica ni su familia querían saber nada de la televisión ni de la prensa. En algún pasillo de algún juzgado alguien me dejó ver la dirección de la casa familiar y hasta allí me acerqué con otro compañero. Llamamos a la puerta y nos abrió un señor en bata con la edad de mi padre y aire muy triste. En el salón las voces de la televisión narraban un partido del Barça, en el que jugaba Iván de la Peña. Como pude, le dije a aquel hombre que habíamos irrumpido en su casa para contar la historia de su hija violada, que había que hacer justicia… Todos los tópicos falsos para que entrara al trapo.

El hombre me escuchaba con paciencia. Una chica joven, enseguida supuse que su hija, estaba haciendo la cena en la cocina y se asomaba de cuando en cuando al salón. De pronto, el señor me dijo que no saldría en televisión y me contó: “mi mujer no pudo superar la violación de la niña y se tiró por la ventana. Ahora quedamos ella y yo. No voy a salir.”

No pude insistir y me quedé en silencio. Ni siquiera el miedo al paro valía aquello. Le pedí disculpas y nos levantamos. Al llegar a la puerta, el hombre se despidió con toda la educación del mundo y en voz baja me dijo: “pareces buena persona, ¿por qué te dedicas a esto?” Tampoco contesté.

Esto, los sucesos, la sangre y el semen, pueden hacerse bien o mal, como casi todo, pero es la parte del periodismo más viva, o al menos donde encontré menos intereses bastardos y políticos (hasta el 11-M, pero esa es otra historia) y más héroes de verdad. Así que por eso sigo aquí, intentando no hacer demasiado daño, trabajando con material muy sensible, conociendo las pesadillas de las personas, sus peores días. Por eso y, supongo que por algo de vanidad, por dinero, y, al final, porque no sé hacer otra cosa.

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Mentiras que nadie desmontó

Hoy se ha cerrado el penúltimo capítulo del asesinato de Marta del Castillo. La Audiencia Provincial de Sevilla ha condenado a 20 años de cárcel a Miguel Carcaño y ha absuelto al resto de los implicados: Javier Delgado, Samuel Benítez y María García. El fallo es un golpe más para la familia de Marta, pero la consecuencia lógica después de una cadena de errores y omisiones que comenzó el mismo 24 de enero de 2009, el día que desapareció la joven sevillana. Cuando las cosas se hacen mal desde el principio, es muy difícil que se arreglen a estas alturas del procedimiento, cuando los encargados de redactar la sentencia solo pueden atenerse a las pruebas recogidas durante la instrucción y a lo escuchado en las sesiones del juicio.

En este caso fallaron todos. En las primeras horas de investigación, la policía anduvo errática. Señaló pronto como primer sospechoso a Miguel Carcaño, pero en una primera inspección ocular hecha en su casa no se hallaron restos biológicos, que en una más minuciosa sí aparecieron. Surgieron las desavenencias y hasta los celos entre unidades distintas y mientras, a Carcaño le interrogaban agentes distintos. La coordinación de la búsqueda fue insuficiente e incluso provocó roces entre Policía y Guardia Civil. Hasta se echó de mala manera a unos perros holandeses especializados en encontrar cadáveres bajo el agua. Aún con todo eso, la policía logró arrancar la confesión de los principales implicados que publicamos en Interviú. Aquella primera versión, coherente, hecha por separado y compatible con las pruebas halladas por la policía científica, fue pronto alterada por unos y otros, que comenzaron a hacer la guerra por su cuenta, bien asesorados por sus letrados.

La peculiaridad de que los mismos hechos fuesen vistos por dos tribunales –El Cuco fue juzgado por un juzgado de menores– ha posibilitado dos sentencias que en algunos extremos con contradictorias, como en la implicación de Samuel Benítez. Pero en el proceso del menor hubo gravísimas negligencias de la Fiscalía y de la acusación particular: ni unos ni otros llamaron a declarar a Carcaño –que ya había implicado en el asesinato a su amigo en el procedimiento de los mayores–, una omisión que está recogida en la sentencia que condenó a dos años y once meses al menor y que hizo ese brindis al sol condenado al chico a pagar el dinero gastado en la búsqueda de Marta, dislate que no ha repetido ahora la Audiencia de Sevilla.

Imaginamos el insoportable dolor de la familia de la joven sevillana, que hoy mismo pedían a la policía que buscasen a la chica en un arroyo inspeccionado por su abuelo. Pero esa indignación no debe ocultar la realidad: no había pruebas para condenar al resto de procesados y ellos, como acusados, tienen todo el derecho del mundo a mentir. El trabajo de la administración de Justicia en todos los niveles es echar abajo esas mentiras.

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‘El Chele’ y CSI

Esta semana contamos en Interviú que Juan José Ramos Amador, alias El Chele, el tipo que secuestró a dos niños el verano pasado en Torrelaguna, es también el autor de la agresión sexual a una niña de ocho años cometida en Madrid en 1999. El ADN le ha delatado. Y eso que El Chele se esforzó en borrar cualquier rastro biológico de la atrocidad que le hizo a la niña de diez años a la que tiró en un pozo de doce metros de profundidad, junto a su hermano, de ocho años. Los agentes del Emume, del Grupo de Homicidios y de Criminalística de la Comandancia de la Guardia Civil tuvieron que acudir varias veces hasta la inmunda caseta escenario de los hechos para hallar ese milagroso resto molecular en forma de doble hélice, que finalmente encontraron en una sucia manta.

“CSI nos ha hecho mucho daño”. La frase nos la repiten con frecuencia los investigadores: “los malos ya sabían que no tenían que dejar huellas y por eso se ponen guantes, pero desde que la televisión emite esas series, hasta el más tirado, como éste, se preocupa de no dejar ni rastro”, me decía hoy mismo una de las responsables de la captura de El Chele. Ramos Amador tiene el perfil criminal de un depredador sexual de menores: se lleva a los niños mediante trampas o cebos –“os voy a enseñar unos perritos”–, consuma sus actos mediante amenazas de muerte y es capaz de dejar morir a sus víctimas si es necesario, como hubiesen muerto los dos hermanos de Torrelaguna si hubiesen tardado unas horas más en ser encontrados. Desde 1997, cuando salió de la cárcel tras pasar diecisiete años cumpliendo una condena por un delito sexual, solo se le han podido acreditar los dos secuestros de las niñas, el del pasado verano y el de 1999. Muy poco para un tipo de esas características. “Ha cometido más delitos, estamos seguros, pero hay que demostrárselos y va a ser imposible”, nos decía uno de los artífices de su detención. De momento, y gracias al minucioso trabajo de los agentes de Criminalística de la Guardia Civil de Madrid, los jueces tienen herramientas para sentenciarle a una larga condena.

El CSI de la tele ha hecho mucho daño, pero el de verdad ayuda y de qué manera a los investigadores. Y, créanme, poco tienen que ver en medios y en personal el capitaneado por Grissom con el de la Comandancia de la Guardia Civil de Madrid. Cuando a su responsable se le pregunta si ha llegado alguna compañera como Catherine o Sara, dice con sorna: “Ya estoy yo aquí”, señalándose la tripa… De momento, efectivamente, con él ha sido suficiente para encerrar, no solo a El Chele, sino a muchos otros.

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Pareja de hecho

Nacimos separados por 53 días y 480 kilómetros de distancia, pero el destino unió nuestros caminos profesionales en una redacción de periódico hace 21 años y hace ya mucho que escribimos juntos en Interviú historias de policías, guardias civiles, delincuentes… Lo que llaman nota roja al otro lado del Atlántico y crónica negra por estos pagos. Somos pareja de hecho –Pope y Charly para unos, Zipi y Zape para otros…–, pero no mantenemos relaciones, aunque algunos nos han señalado ya como la pareja más estable del periodismo español. Nos puedes encontrar también en Espejo Público (Antena 3) y en Julia en la Onda (Onda Cero).
Interviú nos permite lo que ahora solo está al alcance de unos pocos compañeros: contar en papel –satinado, además– historias. Para eso nos hicimos periodistas y es lo que hoy, muchos años y miles de historias después, nos sigue gustando. A partir de ahora, también podremos contar nuestras historias en este blog, un espacio que nos encantaría compartir con vosotros: enviad comentarios, dudas, preguntas, críticas, sugerencias… Nada será utilizado en contra vuestra y nosotros hace ya tiempo que perdimos el derecho a permanecer en silencio. Bienvenidos.

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